Cañerías

septiembre 25, 2011

El otro día entro corriendo al baño de minusválidos, un milagro que no haya cola, gracias a Dios y me siento en la taza para dejar escapar una horrible flatulencia que me lleva jodiendo todo el día y.… Esperad, que veo que aquí hace falta algo de contexto, a ver que os explique el tema.

Por si no lo sabíais, en el curro tengo que llevar traje y corbata. Y camisa y zapatos y el resto del disfraz. No hacerlo es motivo de despido. He investigado, me he documentado. Está escrito, negro sobre blanco, no con esas mismas palabras, pero lo está. Lo está en el contrato y el convenio. Cuando vas de traje todos te hablan de usted, incluso a mí, que sólo se me habían dirigido de esa forma los distintos cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, no así las autonómicas, que son más suyas, más como de provincias, muy cercanas, muy de “a que te comes la porra chaval”. Lo del usted me incomoda, pero no se puede negar que el atuendo éste tiene sus ventajas. Los empujones en el metro se ven reducidos en un alto porcentaje, ya lo estoy calculando pero aún me falta aumentar el número de muestras. Las señoras no se te cuelan en la cola del super, supongo que movidas por algún tipo de miedo hacia la figura caciquil heredado de su adolescencia de posguerra pueblerina. Los vagabundos no te miran mal cuando les niegas la limosna, comprenden que los hombres con traje se mueven con soltura en un ambiente de transferencias internacionales y compra-venta de acciones bursátiles pero son más bien torpes con la cosa del suelto.

Pero todos esos pros no pueden balancear las desventajas que trae incorporada la corbata. Una que me resulta especialmente molesta es la súbita transformación que sufre el individuo medio al encasquetarse la americana. De repente los katxis de kalimotxo a 3 euros del bar de Paco ya no van con él y siente la irrefrenable necesidad de estar en la lista del MOMA 56 y sus cubatas a 15 pavos, y todo eso a pesar de que cobra menos que el segurata de la puerta. Cosas veredes amigo Sancho. Podría seguir con esto todo el día así que me voy a saltar las menudencias para ir al plato principal. Lo peor de trabajar en un lugar en el que tienes que llevar traje es que no puedes tirarte pedos con libertad. Nada de ventosidades, ni eructos ni hurgarte la nariz con el dedo.

Lo jodido es que no es estrictamente ilegal. Sobre esto también he hecho un exhaustivo trabajo de investigación y documentación tras el cual puedo decir, como mucho, que el sonido producido por la vibración de la apertura anal flota tranquilamente en un vacío legal. El convenio laboral prevé sanciones en función de la gravedad de la falta cometida. ¿Es la expulsión necesaria de gases producidos por distintos motivos una falta? Bien, echemos un vistazo.

El artículo 24.1.A nos indica que será considerada una falta leve la falta de aseo e higiene personal, al mismo nivel que la embriaguez ocasional, qué cosas. ¿Tirarse un pedo es una muestra de falta de higiene? Podría ser considerado tal si junto al gas se expelen partículas aerosolizadas de excrementos, como suele ocurrir en ocasiones.

Si vamos al artículo 24.1.B, el convenio dicta que serán consideradas faltas graves Las cometidas contra la disciplina en el trabajo o contra el respeto debido a sus superiores. Si yo, después de haberme metido entre pecho y espalda una comida de tres pares de cojones en el restaurante de menú del día a 9.50€ con vino de la casa de al lado de la oficina vuelvo a mi puesto de trabajo y me peo como un orangután como muestra de satisfacción personal y admiración hacia el trabajo del cocinero venezolano del anteriormente mencionado establecimiento o local ¿podría considerarse una falta de respeto? Yo, que soy un hombre moderno, cosmopolita, leído y con bastante mundo diría que no. Y diría que no porque entiendo que es algo necesario que no se hace por capricho y de lo empático que soy, que mi madre siempre me dice “hijo, qué empático que eres”, siento como mía la felicidad que experimentan los demás al liberarse de esa opresión intestinal que lo puede volver a uno loco. Pero claro, quién me dice a mí que mis superiores van a ser tan comprensivos y de mente abierta. De nuevo el mismo problema de indefinición. Ya me he puesto en contacto con mi enlace sindical para hacerle llegar mi preocupación en relación a estos puntos del documento y le he instado a que sean debatidos en la próxima negociación colectiva por el peligro que suponen para la clase trabajadora de nuestro sector estas ambigüedades legales tan fáciles de explotar por un empresario sin escrúpulos y algo de perverso ingenio. Y de eso andamos sobrados en esta época oscura que nos ha tocado vivir. Arriba parias de la tierra.

La cuestión sigue siendo que no puedo tirarme pedos, ni eructar ni hurgarme la nariz en el trabajo. Y todo por miedo. Llevo un año en la oficina y no he visto ni a una sola persona hacerlo. Y todo por llevar traje, un uniforme que por arte de magia abracadabra me encorseta en un marco ético y moral en el que me siento oprimido, como un par generosas tetas a punto de hacer estallar ese indefenso botón de la camisa al primer estornudo. Pero qué le vamos a hacer. Y así paso las horas del día, aguantando todas esas necesidades básicas, como la vivienda y la igualdad, y al igual que estás, olvidadas en la vida real. Si me ausentara del puesto de trabajo cada vez que me viese acosado por alguna de estas obligaciones biológicas, mis relaciones laborales se verían resentidas. Trabajo codo con codo con mis compañeros y superiores, en cubículos, largas mesas o salas de reuniones y, por lo tanto, me veo forzado a espaciar mis ausencias, improcedentes a sus ojos, de nuevo, por culpa de esa insalvable barrera que levanta entre nosotros  el traje, artefacto de Satán, que nos impide expresarnos libremente, “perdóneme Sr. Ruiz, pero he de salir un momento a echarme un pedo que se barrunta terrible”, “vaya usted con Dios y no vuelva hasta que se alivie”. ¿Es, acaso, mucho pedir? ¿Es un sueño tan descabellado? ¿Una utopía irrealizable?

Total, que uno se aguanta como puede. Pero bien es sabido, y ahí están los documentos históricos para ser repasados y no olvidar lo que otros ya vivieron antes que nosotros y extraer las posibles lecciones de sus relatos para no caer de nuevo en los mismos errores  e ignominias del pasado, que toda fuerza ejercida conlleva una reacción igual y opuesta, y que toda opresión provoca una revolución tan intensa como la tiranía sufrida. Y es así como la acumulación de gases, que deberían ser libres para decidir su futuro, ponen en pie de guerra al tracto digestivo que se alza en armas en pos de sus derechos. Sabemos que el flato recorre el mismo camino que las heces y gracias a idénticos movimientos peristálticos, provocando sensaciones muy parecidas de urgencia e incomodidad. Las terminaciones nerviosas del recto suelen ser capaces de distinguirlas la mayoría de las veces, pero hay ocasiones en las que fallan. Hay que ser precavido en caso de duda y disponer de un lugar seguro por si las moscas.

En mi trabajo, los excusados para caballeros disponen de 3 urinarios en una de las paredes, 3 lavabos delante de un espejo y 3 pequeños cubículos con un retrete en cada uno. Las paredes que separan los cubículos son extremadamente finas, no disponen de techo o elemento que tape la parte superior y, por si todo esto fuera poco, esas mismas paredes no llegan hasta el suelo, un aberrante error de diseño que unido al pulido suelo de imitación de mármol negro, permite al usuario del retrete, sentado en el mismo con los pantalones bajados hasta los tobillos, ver el reflejo del usuario del cubículo adyacente desde un ángulo poco decoroso. Comprenderéis mi reticencia a usar esas instalaciones. Además, supongo que derivado del uso del traje y sus ya mencionadas connotaciones, he desarrollado el síndrome del esfínter tímido, que imposibilita la evacuación en lugares demasiado públicos. Pero hace tiempo que encontré la solución. En mi planta existen dos baños para discapacitados, uno de ellos siempre está cerrado a cal y canto, pero el segundo no. Es un baño de lo más espacioso bastante aislado de los demás, aunque esté pared con pared con los que usan las personas que pueden andar. A pesar de que no contamos con ningún discapacitado en plantilla, éste preciado lugar suele estar concurrido por otras personas que, imagino, se encuentran en mi misma situación y se enfrentan a las mismas adversidades. La espera merece la pena.

Así que, como os decía al principio, el otro día entro corriendo al baño de minusválidos, un milagro que no haya cola, gracias a Dios y me siento en la taza para dejar escapar una horrible flatulencia que me lleva jodiendo todo el día. El ruido que provoca es increíble, pero me siento a salvo en el anonimato del baño individual. Al terminar no me siento aliviado, la incomodidad persiste y el causante hace su aparición sin previo aviso. Existen elementos cuya composición hace dudar del estado de la materia, si nos paramos a pensarlo, en realidad, la línea que separa al sólido del líquido es delgada y difusa. Con el trabajo a medio acabar me doy cuenta de que no he seguido mi protocolo personal, es decir, la limpieza concienzuda de la taza mediante papel higiénico al que, inmediatamente después, le doy un uso adicional cortando nuevos trozos que coloco en el retrete hasta cubrir toda su superficie y que me permite disponer de una fina barrera de seguridad entre la taza y mis nalgas. Pero la urgencia no ha permitido ninguna floritura. También me percato de que mis pies no están tocando el suelo, cosa que no es habitual pues, aunque sin ser especialmente alto, tampoco es que sea bajo para los estándares peninsulares. Y ya por último, y que me hace sospechar definitivamente de que algo no va bien, noto la ausencia de frío en mis carnes, en su lugar disfruto de una plácida, agradable y tibia sensación térmica. El carraspeo que oigo detrás de mi nuca es la guinda del pastel. Con los párpados aún temblando debido al placer que estoy experimentando giro la cabeza por mi lado derecho hasta cruzar mi mirada con la de un anónimo caballero. El señor, pelo gris engominado hacia atrás, traje de corte italiano y corbata roja me mira con severidad desde detrás de las lentes de sus gafas. Tiene unos ojos azules muy bonitos. Vuelve a carraspear cuando nota mis manos apoyándose en sus piernas, un gesto muy característico de mi persona que no suelo poder reprimir cuando estoy sentado en cualquier lado. Es entonces cuando mi cordura, sostenida por ese frágil castillo de naipes que es la lógica y la razón, empieza a tambalearse. Estoy bastante convencido de que no había nadie sentado en la taza al entrar, pero claro, ¿no es Heráclito quién nos aconseja desconfiar de nuestros sentidos?, y yo he llegado con mucha prisa y mi cabeza en otra parte, pero aún así, digo yo que me tenía que haber dado cuenta. El terror empieza a apoderarse de mí, no sé si pedir perdón con las manos unidas como si fuera a rezar o vomitar de miedo completando ya el cuadro escatológico que estoy pintando. Pero mientras sopeso las distintas opciones y bajo su atenta e inflexible mirada, no puedo evitar entrecerrar los ojos, apretar los labios y la barbilla, y terminar, ya del todo, lo que he ido a hacer allí.

Epílogo

septiembre 16, 2011

Antes

 

¿Y cómo se llama?

No lo sabemos.

Algún nombre tendrá.

No llevaba nada encima. Y aún no ha aparecido nadie por aquí.

Pero…

¿Qué?

…tiene que tener algún nombre.

¡Por el amor de Dios! Dile a tu hijo que se calle de una vez. Tengo que salir de aquí.

¿Cómo ha ocurrido?

Son cosas que pasan hijo.

No. ¡No son cosas que pasan!

Cielo…

¡No! Siempre lo estás protegiendo y mira lo que has conseguido.

No hables así delante del chaval.

Se va a enterar de todas formas. Ten el valor de decirle la verdad.

Iba borracho ¿verdad?

Sí…

Es lo que dicen todos por los pasillos.

No te preocupes.

Ya.

Se pondrá bien, seguro.

¿Ella?

No… no lo sé, hablaba de él, hijo.

Pero ¿cómo cojones puedes preocuparte más por ella?

Me parece lo más justo.

Décima Parte

septiembre 14, 2011

En realidad nunca llegué a planearlo, simplemente ocurrió ¿sabe? Al principio de forma casi inocente, muy suave, muy tranquila, pero con el tiempo, con el tiempo se hizo completo, total, absoluto. Si era tan fácil con los demás por qué iba a ser diferente conmigo. Quiero decir, quién puede conocerme mejor que yo, entender mis mecanismos, mis rutas, los atajos de mi alma. Cada conexión, cada circuito, cada panel de control. ¿Verdad? Lo mejor es que ni llegué a darme cuenta. Hasta que cayó el telón la obra fue, sencillamente, perfecta. Fui todo, uno y trino, como Dios, director, actores y apuntador.  Quiero decir, es mejor esto que no lo otro, para eso lo hice, supongo, espere, incluso puede que, espere, espere, puede que esto siga siendo parte de la obra, puede que sea el siguiente acto, quiero decir, claro, qué genialidad, la víctima, el inocente, el objetivo puede ser desorientado para que, al retirarle el suelo que esté pisando, acepte agarrarse a lo primero que quede a su alcance y le salve de la caída, es una de las reglas, una de las lecciones, las reglas las inventé yo ¿sabe? Me las dicté, las escribí en alguna parte, tal vez no, no lo recuerdo, pero esta vez me he superado, una obra maestra, no puede haber, no puede existir ¡no puede! una mentira más perfecta, más hermética que la que usa el propio mentiroso para engañarse a sí mismo, no hay escapatoria, no hay ayuda posible ¿no lo entiende? el ardid debe adaptarse al entorno, a la víctima y para eso hay que comprender una verdad fundamental, qué paradoja, y es que las personas, todos nosotros, interpretamos un papel  concreto en función de lo que nos rodea, de los que nos rodean, de sus ojos, de su forma de vernos y mirarnos, de su forma de hablarnos y tratarnos, y nos gusta modificarnos para encajar en su definición de nosotros mismos y por eso actuamos y a veces tenemos que aprendernos más de un papel porque no siempre son las mismas variables las que nos acosan y al final saltamos de uno a otro, corriendo entre bastidores, cambiándonos  de maquillaje y de vestuario y de cara y de piel y de tripas y puede llegar un punto en el que ya no sabemos si en ese momento somos nosotros o uno de nuestros roles o, incluso, si aún recordamos nuestro papel original o, incluso, si alguna vez hubo alguno y entender todo esto y aceptarlo es necesario para moldear nuestra artimaña y así tenga una progresión y se adapte como un virus, como una enfermedad ¿sabe? hay mentiras que son mejor que la verdad, hay que dejar los escrúpulos a un lado, se puede nublar la verdad, marearla, anestesiarla y cuando ya no la sienta extirparla, dejando un hueco, un hueco que la mentira corre a tapar, como una plaqueta y la mentira ya nunca más es mentira, es verdad y por lo tanto lo que era cierto se convierte en falso, y como algo falso se olvida y ya sólo queda la mentira, digo la verdad, ya me entiende ¿verdad, agente?

Novena Parte

septiembre 12, 2011

La noticia me la dio una amiga suya de clase en uno de los recreos del instituto. Habían encontrado el cuerpo en su dormitorio, desangrado. Usó un cúter. Se había cortado las muñecas. Se había rajado el vientre y la cara. Incluso, según parece, había cortado el flujo sanguíneo de su brazo con una mano hasta que la vena cefálica se hinchó lo suficiente como para meter la punta de su herramienta bajo ella y tirar, cortándola de abajo hacia arriba, de adentro hacia afuera. Como las burbujas del río del puente, pensé. Un trabajo de lo más concienzudo. Dejó una nota, pero la familia no quiso hacerla pública.

El rumor corrió como la pólvora y pronto fui el objeto de todas las miradas del colegio. No me importaba demasiado. El director se personó en clase y me llevo ante la psicóloga del centro. Pasó dos horas reconfortándome con palabras vacías. Yo no dije nada. Después quiso saber si habíamos tenido algún problema recientemente. Me encogí de hombros. Al final me dieron el día libre, tal vez fuese porque creyeron que al ser mi novia el dolor sería demasiado grande como para sacar provecho de las clases, o por el terror que les podía inspirar un instigador de suicidios. No quise ir a casa, probablemente hubieran llamado a mis padres y una charla sobre el asunto era lo que menos me apetecía en aquel momento. Me puse a andar sin pensar demasiado en el trayecto. ¿Era yo un asesino? No me sentía como tal. Fue ella quien creyó ver algo especial donde sólo había fluidos. Fluidos. Yo me alimenté de los suyos. Y crecí, y engordé. Pero los míos convirtieron su útero en un sótano, su boca en un erial. La pudrí por dentro. Pero la culpa fue suya.

De repente me encontré en el hospital. En la habitación de mi hermano. ¿Cuánto tiempo llevaba andando? Cerré la puerta tras de mí, quería estar solo un rato. Me senté a su lado. Intenté hablarle sobre ella. Explicarle su olor. Ella olía bien. Explicarle cómo me miraba. Como una tonta. Pero no dije ninguna palabra. En lugar de ello empecé a gritar, como un animal. Un grito de rabia y asco, informe y sin vocales. Caí al suelo. La imagen de la habitación empezó a desdibujarse, sus formas a desenfocarse. No, no, no, aún no. Busqué el origen del problema. Era mi hermano, su cuerpo,  se movía, sus ojos, parpadeaban. Estaba despertando. ¡No! Tiré todos los aparatos de la estancia al suelo. Noté un pitido en el oído, un ruido estridente como por detrás del cerebro. No, joder. Tenía que aguantar, tal vez pudiese intentarlo una vez más. Pero dolía, mucho. Desconecté todos los cables, arranqué todos los tubos. Mientras desenchufaba a mi hermano de todo lo que lo conectaba a aquellos cacharros nuestras miradas se cruzaron y pude ver el brillo de la consciencia en sus ojos. La habitación tembló, de adentro hacia afuera. Alguien abrió la puerta, de una patada. Fue el hombre que me hizo preguntas extrañas sobre mi hermano. Al verlo entrar salté sobre su cama y comencé a darle de puñetazos en su tullida cara. Puse las manos alrededor de su cuello en un intento por ahogarlo. Pero fracasé. El hombre, ayudado por un par de enfermeros del hospital, la señora de la limpieza y varios curiosos que pasaban por ahí me separaron de mi hermano. Los tubos fluorescentes comenzaron a parpadear con un sonido como de gotas de agua demasiado pesadas cayendo en un barreño. Me desembaracé de todos ellos y salí corriendo de aquel lugar, pero mis pies volvieron a traicionarme. Me escondí en la primera habitación que me pareció adecuada. Cerré la puerta y, con la frente apoyada en ella, conteniendo la respiración, pude oír las pisadas de mis perseguidores que pasaron de largo. Suspiré. Me giré y apoyé mi espalda contra la puerta deslizándome hasta que mi culo se posó en el suelo. Mi hermano despierto, pensé para mí mismo. Y al alzar la vista vi esa cama, igual que todas las camas de los hospitales. Vacía al principio. Pero poco a poco comenzó a hincharse, como una colchoneta a la que se le insufla el aire a golpe de pedal hasta que las sábanas dibujaron una silueta humana. Ya sabía quién era, y supe también que verla sería la guinda del pastel de mi fracaso. Pero me acerqué. Y también la destapé. Allí estaba ella. Inmóvil. Una máquina respiraba por ella introduciendo aire en sus pulmones por medio de un tubo sujeto a su boca con esparadrapo. Tenía la cara hinchada y amoratada.

Me senté en la silla que había al lado de la cama.

Probando. Un, dos, tres.

Ya no funcionaba. Me quedé mirando a la pared. Esperando.

Octava Parte

septiembre 10, 2011

Al final pasó lo que tenía que pasar, era inevitable. Una tarde de domingo, tumbados en la cama y desnudos, yo a punto de caer dormido, se inclinó sobre mí y mirándome a los ojos me pregunto si me había cansado de ella. Comencé a elaborar una maraña de frases, datos, fechas y situaciones para justificar mi actitud, o la percepción que ella tenía de la misma. Pero al escrutar su cara pude predecir el devenir de los acontecimientos, pude comprender que ella ya tenía preparada una última pregunta, una acusación final lista para ser usada independientemente del camino que tomase la conversación. Era necesario romper su estrategia con un golpe de efecto para empezar el partido con ventaja. Usaría la verdad para que ella se mintiese a sí misma.

Cuando le contesté que había estado con otras, el castillo de naipes que era su metódico plan se vino abajo. Era evidente que ella ya lo sabía, pero supongo que había preparado todas sus respuestas para arrinconarme y hundirme en mis negaciones. Se cortocircuitó. Un apagón en el que sólo pudo balbucear un por qué. No le contesté, simplemente cogí su cabeza y la abracé contra mí. Así nos quedamos durante un buen rato hasta que la situación se volvió incomoda. La aparte de mí con delicadeza, me levanté y empecé a vestirme. Era una invitación, como cualquier otra, para que se fuese de mi casa. Lo entendió a la primera.

Quiso saber qué iba a ser de nosotros. Yo le aseguré que las demás no significaban nada y que me lo pasaba muy bien con ella, así que estaba en sus manos. Me echó en cara mi frialdad y mi falta de sentimientos, me dijo que estaba muerto, me dijo muchas cosas. Fui con ella hasta la puerta y al despedirse me amenazó con el suicidio. Que se mataría para hacerme daño. Vi como su labio inferior presionaba contra el superior haciendo que su barbilla se arrugase. Le contesté que no, que no lo haría.

Séptima Parte

septiembre 8, 2011

Empecé a verla menos. Aprovechaba los días que mi casa quedaba libre para llevar a otras chicas. A veces, incluso, lo hacíamos en las escaleras o en el portal, a oscuras, con un oído siempre alerta por si bajaba alguien. Alguien tendrá que hacer un estudio serio algún día para determinar las causas del aumento de oportunidades y facilidad a la hora de conseguir un rollo cuando se tiene una pareja estable. Primero fue una chica de clase, más alta que yo, cosa que no me hacía mucha gracia, pero me había pasado los últimos días imaginando su cuerpo desnudo gracias a o por culpa de las sugerentes curvas que se dibujaban en sus camisetas en la zona pectoral. Pude comprobar mis estimaciones en el primer descansillo de la escalera, aunque la cosa no pasó de ahí, no podía seguir, según me comento. No me molestó. Otras no pusieron tantos obstáculos.  Supongo que ella empezó a sospecharlo, pero no dijo nada, se volvió algo más silenciosa, su mirada se torno triste, pero su devoción por mí no disminuyó, incluso aumentó de forma significativa.

Ya no me molesté tanto en ir al hospital, aunque mis padres se volvieron algo insistentes en ese tema tras el incidente de la parada de corazón. Lo que no cambió en absoluto fueron mis guardias en aquel aséptico lugar. Para combatir el aburrimiento y la incomodidad del silenció me aficioné a la lectura. Al final tendré que reconocer que mi pasión por los libros surgió gracias al accidente de mi hermano, fue lo único que saqué en claro.

Un día, saliendo de la habitación del hospital un hombre de mediana edad y calvo se me acercó interesándose por el estado de mi hermano. Me encogí de hombros, pero él insistió y siguió preguntándome por otros temas relacionados con él. Si sabía quiénes eran sus amigos, por dónde solía salir, etc. En ese momento llegó mi madre. Al vernos justos corrió por el pasillo hasta donde estábamos nosotros y a gritos lo separó de mí para llevárselo a una esquina. El dedo índice de ella no para de golpear el pecho de él, al parecer aquel hombre no tenía derecho a hablar conmigo sin la presencia de mis padres. Cuando se dio cuenta de que estaba escuchándolo todo, mi madre me ordenó salir y esperar en su coche.

De camino a casa quise saber quién era aquel hombre. Con ella sólo había que fijarse en los ángulos de su cuerpo, en la comisura de los labios, en el rabillo del ojo. Sabía que iba a mentirme antes de que abriera la boca.

Sexta Parte

septiembre 6, 2011

Aquel momento fue una de esas bifurcaciones que te pone la vida delante, en las que tienes que tomar una decisión, decidirte por un camino. No puedes escapar, no puedes retrasarlo ni consultarlo con nadie. Debes escoger, y dependiendo de lo que elijas tu vida tomará un camino u otro. Yo me decanté por una opción que iba a condicionar toda mi existencia para siempre. Lleno de frustración golpeé su cara con el revés de la mano derecha. Su mejilla se volvió roja y sus ojos se humedecieron. Su mirada se debatía entre el terror y el odio. Luego me enteraría de que fue en aquel instante cuando se le paró el corazón a mi hermano en el hospital.

La habilidad para trasladar la culpa del culpable al inocente de forma sutil es otra habilidad que se adquiere al desmenuzar la maquinaría de la mentira.

Actué rápido. Como en una tragedia griega alcé el rostro y le solté a la lámpara del techo un discurso sobre la culpa que sentía en ese momento por lo que la mujer a la que tanto amaba me había obligado a hacer. Nunca me perdonaría a mí mismo. Que me había convertido en un paria, en un miserable, en un ser despreciable. Ella se abalanzó sobre mí y me abrazó con todas sus fuerzas. Entre lágrimas me pidió perdón. Me pidió que la perdonase. Ya no había vuelta atrás para mí. En ese momento, impasible, sereno, no lo comprendí. Sólo ahora, con el paso del tiempo, he entendido que, lo que me condenó no fue el golpe propinado, sino el aceptar su disculpa.

Con los ojos aún vidriosos me susurró que me quería. Con su manó me quitó el condón, que no había sido usado, de mi flácida polla, se inclinó y se la metió en la boca. Pensé que después de lo sucedido no podría ponerme a tono, pero las lágrimas que aún caían de sus ojos sobre el espacio que había entre mi ombligo y su boca, y la novedosa y loca sensación de notar sus labios y su lengua en lugares nuevos me excitó al momento. Al principio dolió, le pedí que tuviera cuidado con sus dientes y la cosa mejoró inmediatamente. Tanto que no tarde más de unos segundos en correrme. Luego me enteraría, igual que antes, de que justo en ese momento el corazón de mi hermano volvió a latir, estuvo clínicamente muerto unos 2 minutos. Por su mirada de sorpresa intuí que no sabía muy bien qué hacer en ese momento. Ella seguía ahí abajo, sin apartar la boca, dudó, se lo pensó y, al final, se lo acabó tragando con un, me pareció a mí, exagerado gluc.

Salimos a la calle y nos sentamos en un banco, dados de la mano. Me abrazó y apoyó su cabeza en mi pecho. Yo no dije nada, no sentí nada. Me quedé mirando a la orilla de enfrente del río. Había unas casas bastante altas, de esas que tienen la placa del instituto nacional de la vivienda, con su yugo y sus flechas. Casas feas. No amaba a aquella chica.

Quinta Parte

septiembre 4, 2011

Los preliminares los jugamos en las escaleras, en el salón y en la cocina. Sobre la encimera, por fin, miré dentro de sus ojos. Le levanté la camiseta hasta la altura de las axilas, sin descubrir completamente el sujetador negro que llevaba, a la espera de alguna señal, algún asentimiento tácito. Ella levantó los brazos, como en un paso a nivel, para darme permiso y cruzar las vías del tren.  Seguí tirando de su camiseta roja hasta el cuello, le di la vuelta y dejé su cara tapada con ella. Nos besamos a través de la tela. Con una inusitada habilidad solté los enganches del sujetador y se lo quité con suma lentitud. Allí estaban, las dos, me agaché un poco para tenerlas justo a la altura de mi cara. Era, tengo que decirlo, la imagen más bonita que había visto jamás. Ella debió de darse cuenta de lo que pensaba al ver mi cara y, agarrándome del pelo de la parte trasera de mi cabeza, acercó mi cara hacia ella. No sé cuánto tiempo permanecí allí, pero sé que al final no quedaba ni un solo centímetro cuadrado de piel sin saliva, reluciente y brillante.

Entramos a la habitación. Primero sentados y luego tumbados, nos fuimos desnudando hasta quedar ambos únicamente con la ropa interior de debajo de la cintura. Ella me preguntó si era virgen, No, mentí yo, aunque suavicé la respuesta contándole que había sido algo muy tonto y que, además, no llegamos a terminar. Pensé que había llegado el momento, así que me incorporé hasta sentarme en el borde de la cama, abrí el cajón y saqué los condones. Me quité los calzoncillos y bajo su atenta mirada me coloqué la goma como todo un profesional que llevara haciéndolo toda la vida. Estaba orgulloso de mí mismo. Me puse de rodillas delante de ella e intente bajarle las bragas. Pero se negó. Me sonrío e hizo ademán de besarme. Pero yo volví a intentarlo. Le pregunté si tenía miedo, me contestó que no, pero que no quería. Me dejó helado, cómo no iba a querer, nos amábamos por el amor de Dios. Volví a preguntárselo, pero especifiqué que quería la verdad, sólo la verdad (YO le pedía la VERDAD). Me dijo, muy bajito, que tenía la regla. Durante unos segundos no supe que decir. Después monté en cólera. Le pregunté a gritos por qué cojones no lo había dicho antes, antes de llegar hasta ese punto, ella no había querido desilusionarme, no sabía cómo decírmelo. Su voz era sincera, no había mentira en sus ojos.

Cuarta Parte

septiembre 3, 2011

El fin de semana mis padres planearon regalarse una escapa a algún sitio que, aunque no quisieran admitirlo, estuviera lejos del hospital. Nosotros ya habíamos subido un escalón en nuestra relación, nos habíamos comido la boca en cada una de las esquinas de aquel maldito pueblo, de todas las formas posibles, en todas las posturas, con los ojos abiertos y cerrados, acariciándole el pelo, tocándole el cuello, mordiéndole los labios, la lengua, la nariz, las orejas y la barbilla. La primera vez que le eché huevos para meterle la lengua casi me quedo sin los ídem. Nos besamos durante horas literalmente, y, literalmente, tuve una erección capaz de derribar una puerta durante todo ese tiempo, sin saber muy bien qué hacer con ella. Al llegar a casa el dolor en toda la zona genital me obligó a dormir bocarriba esa noche.

Como era de esperar, la imagen de una casa vacía evocó exóticas e insinuantes imágenes en mi adolescente imaginación. Quedamos a eso de las 5 de la tarde. El día anterior fui a la farmacia más alejada de mi casa, primero la inspeccioné, como si fuese un puto rastreador apache, pasando por la puerta, de izquierda a derecha, durante una media hora. Había que esperar el momento adecuado, es decir, cuando no hubiese absolutamente nadie en el interior o el exterior, ni siquiera dentro del rango visual. Pedí una caja de preservativos con mi tono de voz más grave y resuelto, me sentí satisfecho, pero la zorra de la farmacéutica parecía necesitar más datos para venderme el producto, cosas como marca, número de unidades y demás chorradas irrelevantes para un chaval que está a menos de 24 horas de meterla en caliente. Una vez en casa me asaltó una duda, no estaba seguro de saber usar un condón, tal vez hiciese el ridículo el día siguiente. Imaginé la escena, con ella desnuda, suplicante, anhelante mientras mis torpes manos rompían una goma tras otra hasta quedarme sin existencias. No quedaba más remedio que probarlas. Sí, me hice una paja con condón, mi primera y última paja con condón. Quedé satisfecho con el resultado, practique también, de paso, el nudo de preservativo usado  y me fui a dormir.

Llegó el día esperado. Entre las 16:45 y las 17:00 fui a mear unas cuatros veces, por alguna razón pensaba que era necesario tener la vejiga completamente vacía para poder follar. En fin.

Sonó el timbre.

Tercera Parte

septiembre 2, 2011

Recuerdo que aquellos días fueron muy lluviosos, tal vez por eso encuentre tanta paz en las tormentas hoy en día. También recuerdo las situaciones incómodas, los cruces involuntarios de miradas, las vergüenzas y los silencios. Todo capas de cebolla, todo papel de regalo envolviendo lo que realmente se buscaba, tocar una teta o lamer un cuello, al fin y al cabo. En las primeras citas sólo nos atrevimos a cogernos de la mano. Era una señal, una bandera y, para mí, un ascenso automático en la jerarquía social del grupo de conocidos que conformaban mi ridículo mundo. Era dueño de una especie de reliquia bizantina, todo carne, todo sexo, lascivia y pornografía barata. Pero nosotros sólo nos cogíamos la mano. Quedábamos para dar una vuelta, sentarnos en bancos, apenas hablarnos y mirarnos, pero nos cogíamos de la mano. Ese parecía ser todo el premio, ese parecía ser el gran misterio.

Seguí yendo al hospital de manera periódica, más por mantener mi miserable coartada que por puro amor fraternal. Solía quedarme una hora, más o menos, sentado al lado de la cama de mi hermano. Pensé que, estando como estaba en su momificado estado, podría decirle al fin todo lo que un hermano menor siempre anhela poder decirle a su hermano mayor, pero no lo hace por vergüenza, respeto o, simple y llanamente, por miedo. Pero nada. Me quedaba observando su cara, imaginando todo lo que podría decirle, pero ni una sola palabra salía de mi boca. Allí no había mentira, sólo el zumbido del osciloscopio que informaba de sus pulsaciones con un monótono pitido, una solida verdad, incontestable, irrefutable. Pensándolo bien, el embuste había sido todo lo anterior a su atropello, las charlas huecas, las frases vacías y los comentarios insulsos que estábamos obligados a decirnos a causa de los irracionales lazos impuestos por el simple hecho de haber nacido de la misma vagina. ¡Qué locura! Cuando la verdad era mucho más sencilla, más rotunda, más clara: Nunca tuvimos nada que decirnos.