Archive for the ‘Relatos del Trapi’ Category

Relatos del Trapi (III)

julio 11, 2013

http://www.elcorreo.com/vizcaya/20130711/mas-actualidad/sociedad/37grados-201307101505.html

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Relatos del Trapi (II)

febrero 22, 2012

-Tengo una extraña virtud.

Me lo dijo mientras pasaba las páginas del periódico sobre la barra del bar. Sin apartar la mirada de los titulares, aunque no creo que los estuviera leyendo realmente. Fue él quien comenzó la conversación, yo no había dicho ni mu. Estaba a lo mío, bebiendo una cerveza, la tercera creo recordar, mientras miraba el recorte de periódico que el dueño tiene enmarcado en la pared, en el cual puede leerse una especie de reseña sobre el Trapi encabezada por un dibujo de Frank Zapa. Pensaba en lo curioso del asunto, si es que tiene algo. También pensaba en la noche anterior, en como la camarera del Antzoki me había regañado por fumar dentro del local. Pensaba en la respuesta que le había dado y en su boca torcida al oírla.

-Tengo una extraña virtud. Una nefasta virtud.

Aquel tío era bajito y creo que aparentaba más años de los que había cumplido. Algo regordete y con una alopecia avanzada. Bueno, era bastante gordo y totalmente calvo, ya me entendéis. Creo que sufría de algún tipo de problema visual, acercaba mucho la cara al periódico. Yo me giré unos 90 grados para encarar al hombrecillo.

-Tengo una virtud defectuosa.

Si me encendí aquel cigarro fue por la cantidad de gente que había entre la salida y mi persona. También estaba el molesto hecho de no poder sacar la bebida a la calle. Y la chica aquella del tatuaje en la nuca. No podía dejar de mirar aquel dibujo en su pálido cuello, como de media luna o algo parecido. Bueno, en realidad sí que se pueden sacar bebidas a la calle. Tienen una especie de mesa negra entre la puerta y el segurata para que apoyes tu vaso mientras fumas o haces lo que sea que habías salido a hacer.

-Soy capaz de recordar perfectamente afrentas y situaciones desagradables largo tiempo perdidas en el tiempo.

La chica del tatuaje estaba bailando y de vez en cuando giraba sobre sí misma, lo que me permitía verle la cara en cada vuelta. Tenía los ojos pequeños y entrecerrados, haciendo que el negro de su iris fuera lo único que quedase a la vista. Eso le confería un aspecto feroz, de mala hostia, de pocos amigos. No sonreía. Cantaba abriendo muy poco la boca. La música no me dejaba oír su voz.

-Las recuerdo todas tan bien que me golpean como si me acabaran de suceder  ahora mismo.

Tenía el pelo corto, como anaranjado, como rubio, como no sé. Lo que si estaba claro era que aquella chica debía ser menor que yo. Bastante. Tal vez 3 años. Probablemente 10. Yo creo que unos 5 o 6. Pero parecía bastante madura ¿verdad?

-De pronto me invade ese recuerdo. Me llena.

Tampoco es tan malo eso de la diferencia de edad. Vamos, digo yo.

– Y lo siento como si fuera el presente. Y si me cruzo con la persona que causó tal situación, bajo mi perspectiva, sin poder evitarlo de ninguna manera, lo convierto en el objeto de mi rabia.

Peor es el tener algún tipo de fetiche enfermizo como, qué sé yo, las anoréxicas o las mutiladas. La zoofilia. O las chicas muertas.

-No sé cuáles serán las fuerzas que rigen el universo, pero cada vez que me sobreviene alguno de esos recuerdos, como si de un imán viviente me tratase, empiezo a atraer a todas las personas que fueron responsables de esas humillaciones.

Aunque, pensándolo bien, llevo ya un tiempo masturbándome mientras veo el vídeo en el que me grabé en pleno polvo con aquella otra chica tan mona y que años después murió en un accidente de coche. No sé si eso cae dentro de alguna rama de la necrofilia.

-Y cuando se acercan a mí los mando a la mierda sin dar ninguna explicación, como si no viniera a cuento.

Ya no me acuerdo de qué cojones le respondí a la camarera.