Archive for the ‘Relato’ Category

Cañerías

septiembre 25, 2011

El otro día entro corriendo al baño de minusválidos, un milagro que no haya cola, gracias a Dios y me siento en la taza para dejar escapar una horrible flatulencia que me lleva jodiendo todo el día y.… Esperad, que veo que aquí hace falta algo de contexto, a ver que os explique el tema.

Por si no lo sabíais, en el curro tengo que llevar traje y corbata. Y camisa y zapatos y el resto del disfraz. No hacerlo es motivo de despido. He investigado, me he documentado. Está escrito, negro sobre blanco, no con esas mismas palabras, pero lo está. Lo está en el contrato y el convenio. Cuando vas de traje todos te hablan de usted, incluso a mí, que sólo se me habían dirigido de esa forma los distintos cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, no así las autonómicas, que son más suyas, más como de provincias, muy cercanas, muy de “a que te comes la porra chaval”. Lo del usted me incomoda, pero no se puede negar que el atuendo éste tiene sus ventajas. Los empujones en el metro se ven reducidos en un alto porcentaje, ya lo estoy calculando pero aún me falta aumentar el número de muestras. Las señoras no se te cuelan en la cola del super, supongo que movidas por algún tipo de miedo hacia la figura caciquil heredado de su adolescencia de posguerra pueblerina. Los vagabundos no te miran mal cuando les niegas la limosna, comprenden que los hombres con traje se mueven con soltura en un ambiente de transferencias internacionales y compra-venta de acciones bursátiles pero son más bien torpes con la cosa del suelto.

Pero todos esos pros no pueden balancear las desventajas que trae incorporada la corbata. Una que me resulta especialmente molesta es la súbita transformación que sufre el individuo medio al encasquetarse la americana. De repente los katxis de kalimotxo a 3 euros del bar de Paco ya no van con él y siente la irrefrenable necesidad de estar en la lista del MOMA 56 y sus cubatas a 15 pavos, y todo eso a pesar de que cobra menos que el segurata de la puerta. Cosas veredes amigo Sancho. Podría seguir con esto todo el día así que me voy a saltar las menudencias para ir al plato principal. Lo peor de trabajar en un lugar en el que tienes que llevar traje es que no puedes tirarte pedos con libertad. Nada de ventosidades, ni eructos ni hurgarte la nariz con el dedo.

Lo jodido es que no es estrictamente ilegal. Sobre esto también he hecho un exhaustivo trabajo de investigación y documentación tras el cual puedo decir, como mucho, que el sonido producido por la vibración de la apertura anal flota tranquilamente en un vacío legal. El convenio laboral prevé sanciones en función de la gravedad de la falta cometida. ¿Es la expulsión necesaria de gases producidos por distintos motivos una falta? Bien, echemos un vistazo.

El artículo 24.1.A nos indica que será considerada una falta leve la falta de aseo e higiene personal, al mismo nivel que la embriaguez ocasional, qué cosas. ¿Tirarse un pedo es una muestra de falta de higiene? Podría ser considerado tal si junto al gas se expelen partículas aerosolizadas de excrementos, como suele ocurrir en ocasiones.

Si vamos al artículo 24.1.B, el convenio dicta que serán consideradas faltas graves Las cometidas contra la disciplina en el trabajo o contra el respeto debido a sus superiores. Si yo, después de haberme metido entre pecho y espalda una comida de tres pares de cojones en el restaurante de menú del día a 9.50€ con vino de la casa de al lado de la oficina vuelvo a mi puesto de trabajo y me peo como un orangután como muestra de satisfacción personal y admiración hacia el trabajo del cocinero venezolano del anteriormente mencionado establecimiento o local ¿podría considerarse una falta de respeto? Yo, que soy un hombre moderno, cosmopolita, leído y con bastante mundo diría que no. Y diría que no porque entiendo que es algo necesario que no se hace por capricho y de lo empático que soy, que mi madre siempre me dice “hijo, qué empático que eres”, siento como mía la felicidad que experimentan los demás al liberarse de esa opresión intestinal que lo puede volver a uno loco. Pero claro, quién me dice a mí que mis superiores van a ser tan comprensivos y de mente abierta. De nuevo el mismo problema de indefinición. Ya me he puesto en contacto con mi enlace sindical para hacerle llegar mi preocupación en relación a estos puntos del documento y le he instado a que sean debatidos en la próxima negociación colectiva por el peligro que suponen para la clase trabajadora de nuestro sector estas ambigüedades legales tan fáciles de explotar por un empresario sin escrúpulos y algo de perverso ingenio. Y de eso andamos sobrados en esta época oscura que nos ha tocado vivir. Arriba parias de la tierra.

La cuestión sigue siendo que no puedo tirarme pedos, ni eructar ni hurgarme la nariz en el trabajo. Y todo por miedo. Llevo un año en la oficina y no he visto ni a una sola persona hacerlo. Y todo por llevar traje, un uniforme que por arte de magia abracadabra me encorseta en un marco ético y moral en el que me siento oprimido, como un par generosas tetas a punto de hacer estallar ese indefenso botón de la camisa al primer estornudo. Pero qué le vamos a hacer. Y así paso las horas del día, aguantando todas esas necesidades básicas, como la vivienda y la igualdad, y al igual que estás, olvidadas en la vida real. Si me ausentara del puesto de trabajo cada vez que me viese acosado por alguna de estas obligaciones biológicas, mis relaciones laborales se verían resentidas. Trabajo codo con codo con mis compañeros y superiores, en cubículos, largas mesas o salas de reuniones y, por lo tanto, me veo forzado a espaciar mis ausencias, improcedentes a sus ojos, de nuevo, por culpa de esa insalvable barrera que levanta entre nosotros  el traje, artefacto de Satán, que nos impide expresarnos libremente, “perdóneme Sr. Ruiz, pero he de salir un momento a echarme un pedo que se barrunta terrible”, “vaya usted con Dios y no vuelva hasta que se alivie”. ¿Es, acaso, mucho pedir? ¿Es un sueño tan descabellado? ¿Una utopía irrealizable?

Total, que uno se aguanta como puede. Pero bien es sabido, y ahí están los documentos históricos para ser repasados y no olvidar lo que otros ya vivieron antes que nosotros y extraer las posibles lecciones de sus relatos para no caer de nuevo en los mismos errores  e ignominias del pasado, que toda fuerza ejercida conlleva una reacción igual y opuesta, y que toda opresión provoca una revolución tan intensa como la tiranía sufrida. Y es así como la acumulación de gases, que deberían ser libres para decidir su futuro, ponen en pie de guerra al tracto digestivo que se alza en armas en pos de sus derechos. Sabemos que el flato recorre el mismo camino que las heces y gracias a idénticos movimientos peristálticos, provocando sensaciones muy parecidas de urgencia e incomodidad. Las terminaciones nerviosas del recto suelen ser capaces de distinguirlas la mayoría de las veces, pero hay ocasiones en las que fallan. Hay que ser precavido en caso de duda y disponer de un lugar seguro por si las moscas.

En mi trabajo, los excusados para caballeros disponen de 3 urinarios en una de las paredes, 3 lavabos delante de un espejo y 3 pequeños cubículos con un retrete en cada uno. Las paredes que separan los cubículos son extremadamente finas, no disponen de techo o elemento que tape la parte superior y, por si todo esto fuera poco, esas mismas paredes no llegan hasta el suelo, un aberrante error de diseño que unido al pulido suelo de imitación de mármol negro, permite al usuario del retrete, sentado en el mismo con los pantalones bajados hasta los tobillos, ver el reflejo del usuario del cubículo adyacente desde un ángulo poco decoroso. Comprenderéis mi reticencia a usar esas instalaciones. Además, supongo que derivado del uso del traje y sus ya mencionadas connotaciones, he desarrollado el síndrome del esfínter tímido, que imposibilita la evacuación en lugares demasiado públicos. Pero hace tiempo que encontré la solución. En mi planta existen dos baños para discapacitados, uno de ellos siempre está cerrado a cal y canto, pero el segundo no. Es un baño de lo más espacioso bastante aislado de los demás, aunque esté pared con pared con los que usan las personas que pueden andar. A pesar de que no contamos con ningún discapacitado en plantilla, éste preciado lugar suele estar concurrido por otras personas que, imagino, se encuentran en mi misma situación y se enfrentan a las mismas adversidades. La espera merece la pena.

Así que, como os decía al principio, el otro día entro corriendo al baño de minusválidos, un milagro que no haya cola, gracias a Dios y me siento en la taza para dejar escapar una horrible flatulencia que me lleva jodiendo todo el día. El ruido que provoca es increíble, pero me siento a salvo en el anonimato del baño individual. Al terminar no me siento aliviado, la incomodidad persiste y el causante hace su aparición sin previo aviso. Existen elementos cuya composición hace dudar del estado de la materia, si nos paramos a pensarlo, en realidad, la línea que separa al sólido del líquido es delgada y difusa. Con el trabajo a medio acabar me doy cuenta de que no he seguido mi protocolo personal, es decir, la limpieza concienzuda de la taza mediante papel higiénico al que, inmediatamente después, le doy un uso adicional cortando nuevos trozos que coloco en el retrete hasta cubrir toda su superficie y que me permite disponer de una fina barrera de seguridad entre la taza y mis nalgas. Pero la urgencia no ha permitido ninguna floritura. También me percato de que mis pies no están tocando el suelo, cosa que no es habitual pues, aunque sin ser especialmente alto, tampoco es que sea bajo para los estándares peninsulares. Y ya por último, y que me hace sospechar definitivamente de que algo no va bien, noto la ausencia de frío en mis carnes, en su lugar disfruto de una plácida, agradable y tibia sensación térmica. El carraspeo que oigo detrás de mi nuca es la guinda del pastel. Con los párpados aún temblando debido al placer que estoy experimentando giro la cabeza por mi lado derecho hasta cruzar mi mirada con la de un anónimo caballero. El señor, pelo gris engominado hacia atrás, traje de corte italiano y corbata roja me mira con severidad desde detrás de las lentes de sus gafas. Tiene unos ojos azules muy bonitos. Vuelve a carraspear cuando nota mis manos apoyándose en sus piernas, un gesto muy característico de mi persona que no suelo poder reprimir cuando estoy sentado en cualquier lado. Es entonces cuando mi cordura, sostenida por ese frágil castillo de naipes que es la lógica y la razón, empieza a tambalearse. Estoy bastante convencido de que no había nadie sentado en la taza al entrar, pero claro, ¿no es Heráclito quién nos aconseja desconfiar de nuestros sentidos?, y yo he llegado con mucha prisa y mi cabeza en otra parte, pero aún así, digo yo que me tenía que haber dado cuenta. El terror empieza a apoderarse de mí, no sé si pedir perdón con las manos unidas como si fuera a rezar o vomitar de miedo completando ya el cuadro escatológico que estoy pintando. Pero mientras sopeso las distintas opciones y bajo su atenta e inflexible mirada, no puedo evitar entrecerrar los ojos, apretar los labios y la barbilla, y terminar, ya del todo, lo que he ido a hacer allí.

Anuncios

En teoría

febrero 27, 2011

Apéndice D – Organizaciones políticas griegas

Huele como, como a incienso de sudor, como a paredes caramelizadas, como a piel de embutido de adolescente. Como a cabezas que se pierden, como a manos arrastradas por el suelo del salón. Mmmm. Y sigo sin poder creérmelo, no, tengo que abrir y cerrar la puerta cinco o siete veces para comprobar que sigues ahí, sobre la colcha que está sobre la cama que está sobre todo lo que dejamos ahí debajo.

Me coloco de rodillas junto al borde del colchón y te sonrío, con esa sonrisa tonta de colegial. Ya sabes. Te beso en la frente, la boca me parece demasiado, no estoy preparado aún. Te beso bajo los ojos, en ambas aletas nasales, en la barbilla y en esa zona de la piel que queda entre el final de la oreja y el borde más puntiagudo de tu mandíbula. Estiro tu jersey, el que te queda tan grande, hasta que deja al descubierto tu hombro izquierdo. Con la lengua lo humedezco. Suelto el jersey y vuelve a su forma natural.

Bajo un poco y te lo levanto hasta ver tu ombligo. Enarco las cejas y, apretando los labios, dejo caer saliva en él. Repito hasta que se desborda, y me río con una risa contenida, como avergonzada.

Te desabrocho el cinturón, te suelto un par de botones y te bajo el pantalón hasta sacártelo, no llevas calzado pero te dejo los calcetines puestos. Abro los ojos que deben parecer dos platos de cerámica barata. Abrir abrir. Te quiero abrir. Te separo las piernas, miro y vuelvo a sonreír. Te separo los labios, te separo el alma, acaricio y meto un dedo. Luego dos. Está seco, pienso. Qué falta de respeto, pienso. Y te golpeo, te zurro como a un perro travieso. En los muslos, en las ingles, en las nalgas.

Pero, nada. No pareces querer enterarte. Meto otro dedo más, otros dos, ya son cuatro, por si no sabes contar, so puta. Ninguna muestra de afecto. Dejo los cachetes para trabajarte el abdomen, a puñetazos, pero siempre siempre con los dedos en tu interior.

Meto, meto toda la mano, lo meto todo, y empujo, empujo hasta el final, hasta romperlo todo, hasta tocarte las entrañas con las yemas de mis dedos. Y pienso, y pienso para mí, para todos, para ti, para quien quiera oírme, pienso que nunca podré está más cerca, que nunca llegaré a conocerte en mayor profundidad que en éste, exacto, momento. Y no dices nada. Pero la sangre empieza a bajar por mi brazo y mancha la colcha que te regaló tu madre. Y con el brazo libre, estirado, toco el cielo que es tu cara, con el dorso de la mano, con fuerza, con pasión, haciendo que tu cabeza vaya de un lado para otro. Y veo como tus ingles se tiñen y pienso, para mí, para quien quiera saberlo, que toda salida coagulada es una entrada, al infierno, y de cabeza, pienso. Un telón, de estática, de música de anuncio de teletienda.

Servilletas del pasado

febrero 23, 2011

67% de probabilidad – ciudad actual

Luz. Mismos pantalones de ayer. Zapatillas puestas en la cama. Bueno, no seguro si mismos pantalones, pero pantalones puestos. Huele mal. Muy mucha luz, demasiada. No ruido, sed. Mucha sed. Palpar bolsillos. Izquierdo. Llaves y cartera. No mirar cartera, 97% posibilidades no dinero en absoluto. Derecho. Móvil y tabaco. No mechero. No cigarros en paquete tabaco. Añadida tarea a la pila. Punto y aparte.

Es una habitación. Bien. Es mi habitación. Doble más bueno. Manos sucias. Dedos tinta azul. No entender. Palparse torso. No heridas apreciables. No sangre húmeda en la cara. Bien. Punto y aparte.

Accediendo fichero datos. Necesario formateo 99% probabilidad pérdida de datos útiles en el proceso. Punto y aparte.

Desnudarse. 7 minutos. Arrastrarse fuera cama. Suelo lleno de mierda. Flyers, rama de árbol, antena de coche, servilletas de bar escritas. Muchas. Secundario. Desnudo ir baño Mear. Cocina ir grifo agua. Saciar sed. Sed insaciable. Llenar botella agua.  Volver habitación. Flexionar rodilla derecha. Flexionar rodilla izquierda. Agachar cuerpo testículos rozan suelo infecto. Secundario. Coger servilletas letra casi ilegible. Leer secundario. Vestir primero encontrar calle bar cambios de 5 máquina tabaco. Volver casa. Desnudar otra vez.

Encender ordenador. Móvil SMS enviados ayer negativo. Bien. Acceder cuenta correo enviados ayer negativo. Bien. Winamp play Wovenhand. Bien. Encender cigarro TOS pulmones piden clemencia. Clemencia secundario. Leer servilletas no orden. Orden secundario.

Servilleta 1 mojada ilegible.

Servilleta 2 mojada ilegible.

Servilleta 3

Me arden las sienes, noto la sangre detrás de los globos oculares. La barra del bar está llena pero las mesas están vacías. Intento desentrañar el misterio de [ilegible] trozo de madera. Una chica extranjera pide 2 cervezas a mi derecha, tiene 2 piercings en la mejilla izquierda, suena a holandesa, pero qué cojones sabré yo. También hay 2 mujeres a menos de 3 metros [ilegible]. Pero ahora yo soy el [ilegible] pero para el reo siempre hay esperanza por muy nimia, absurda o estúpida que sea. El pelotón de fusilamiento, el verdugo de la horca, el oficial que acciona el interruptor [ilegible]. Total, no te salvas. [Más de 10 líneas ilegibles].

Servilleta 4

Pido otra cerveza doble, me enciendo un cigarro. El camarero me mira mal. Sólo le doy una calada y lo dejo en el cenicero. Suenan los Doors “Love me two times”. Es cuestión de jugársela, es cuestión de dejarse caer. Creo que [ilegible] demasiadas cervezas, demasiado kalimotxo. Soy consciente del borroso [ilegible] en cambio no me detengo a [muchas líneas ilegibles] que hago al respecto. Esto no puede estar bien. Llegan más, son [ilegible]. El cenicero alto y sólo pincha con vinilos. Mira [ilegible]. Escribo en estas servilletas para evitar las miradas que dicen [ilegible] asqueroso. Qué sé yo, que no puedo juzgar tan rápido en mi estado.

Servilleta 5 mojada, rota, letra de chimpancé, ilegible.

Servilleta 6

¿Qué le doy a [párrafos ilegibles]. No puedo seguir estirando [el resto es ilegible].

Servilleta 7

[Ilegible] qué le voy a hacer? [ilegible] pecosa, pide espacio, pide un tercio, aquí no hay tercios, sólo hay dobles. [ilegible] pero sólo coge el suyo y se va, sin devolver [ilegible], sin decir ni mu.

Servilleta 8

[ilegible] paralelas. Cierra los puños, aprieta los dientes y baja las escaleras. La música te anima a ser [ilegible] nada detrás. Ese cha cha, a base de [ilegible] todo encaja.

Servilleta 9

En el horizonte [ilegible] impar de botellas y pide más. Tal vez, TAL VEZ. NO. Alcohólico. Los cigarros se acaban [ilegible] para ir a la máquina a comprar. Cuando baja las escaleras arquea los brazos hasta que la parte principal

[fin de la transcripción]

Doble más sed hambre. Organismo exige nutrientes. Desnudo cocina echar cosas  cazuela encender fuego esperar diez minutos. Llamada del pasado no responder. No responder nunca no guardar número apagar para siempre.

Ahora mismo vuelvo, no te muevas.

febrero 1, 2011

Sólo un momento, un ratito nada más. Un respiro, una pequeña parada. Mirar enrededor. Sí, es una buena idea, o eso piensa él al menos. Coge una chaqueta del respaldo de de una silla de una cocina. Agarra las llaves y un paquete de tabaco antes de salir por la puerta. Baja las escaleras hasta el portal y, con un gesto cansado, se seca el sudor de la frente. Salta a la calle, se apoya contra la pared haciendo que su espalda y el zapato de su pie izquierdo sean lo único que la toque. Se enciende un cigarro y le da una enorme calada, como con un poco de mala hostia, para joder, a qué o a quién, realmente no lo sabe. Es de noche. Bueno casi. Esa última luz recorta la silueta de las cosas que suelen verse en la calle de una ciudad, ya sabéis. Deja caer la ceniza y la limpia con el pie. Saluda de forma distraída a los vecinos del cuarto que acaban de salir por la puerta. Lo ha vuelto a hacer.

Destellos de un IDESP

diciembre 1, 2010

C/Toledo

Íbamos por la calle haciendo eses. Era de noche y nevaba copiosamente, insoportablemente. Teníamos las cabezas blancas y los hombros y el bajo de los pantalones calados. Perdimos un tren, o dos. Una noche, o dos. Una mano de póquer, o todas. Cantábamos canciones a pleno pulmón, pero los blancos copos amortiguaban todo sonido. Los coches corrían sin hacer ningún ruido y todos los colores de los semáforos parecían el mismo. Pensé que sería gracioso ver los extraños dibujos que íbamos dejando detrás de nosotros, pero al girar la cabeza no pude ver ni una sola huella en el suelo nevado. En aquel momento no fui capaz de razonar que, probablemente, fuese la propia tormenta invernal la que ocultaba nuestros pasos. El tiempo se detuvo mientas miraba absorto el blanco, sin comprender, sin entender hasta que un bolazo de nieve en la cara puso las agujas en movimiento. Tic. Tac.

Pasamos por delante de un chino y la visión de todas esas botellas nos clavó al suelo. Sin mirarnos, sin preguntar, ambos entramos dentro. No sentí el cambio de temperatura. Una adolescente de Cantón, capital de Guangdong, por qué no, miraba distraídamente en su pantalla de ordenador algún culebrón socialista de su país que no debe serlo tanto.

Discutimos con las bocas cerradas y los ojos abiertos sobre el producto a adquirir. Un pestañeo vodka, dos jackdanields, tres ron pero del barato. El código Morse de los que viven de noche. La cantonesa de Guangdong, por qué no, se impacientaba. Nos dimos la espalda y cada uno cogió lo que le vino en gana. El pitido que emiten esos artefactos infernales situados sobre las puertas de los establecimientos nos avisó de que alguien más estaba cruzando el umbral de nuestra particular isla del tesoro.

Dos hombres, visiblemente nerviosos, de no más de 20 años con anchas chaquetas, para robar, pensé yo. Se separaron cerca del mostrador y cada uno enfiló una estantería opuesta a la otra. La verdad es que nosotros también podríamos intentar robar estas botellas. De reojo, y lleno de envidia, cacé a uno de ellos metiéndose una botella de cristal de alguna marca que no alcancé a reconocer. ¡Qué fácil! Me quedé mirando la mía, entre mis manos, tratando de calcular las posibilidades de salir de aquel lugar con ella sin pagar. Alguien gritó.

No comprendía muy bien la situación. Había otro cantonés, de Guangdon también, intuí, quieto en medio de la tienda, levantando ambas manos. La adolescente no paraba de aullar como una muñeca chochona a la que se aprieta demasiado fuerte. Un tío, bajito, apretaba una navaja contra el cuello de mi colega. Otro hombre, más alto, el más alto de todos los presentes, movía su brazo que terminaba en un dedo acusador extendido hacia el cantones de edad avanzada, para después apuntarme a mí, sólo para volver de nuevo a su posición original. También tenía una navaja. De estas de mariposa, como las de las pelis.

Creía que las piezas de aquel puzle estaban empezando a encajarse en mi cabeza, pero el castillo de naipes se derrumbó agitado por la voz de mi amigo. De verdad, joder, que la pasta la tiene él. Noté el filo cerca de mi nuez antes de que le diera tiempo a mi corazón a aumentar la frecuencia de bombeo de sangre. Sé que me gritaba, el tío alto, pero sólo sentía la saliva que expulsaba de su boca en mi cara. Metió su mano desarmada en el bolsillo de mi pantalón. Después se fueron, sin darnos la espalda. Vi que llevaba mi cartera en su mano. Oye, perdona, te importa dejarme el DNI y las tarjetas, ya sabes que es una guarrada lidiar con toda la burocracia y. Dolor de estomago y mi cara en el suelo.

Sentados en la acera nevada, se nos mojaba el culo. Mi colega se encendió un cigarro y comenzó a relatarme todo lo que le pasó por la cabeza al pensar que iba a ser rajado como un gorrino. Mujeres, una casa en el campo, un juguete y el nombre de una calle. Me pasó el pitillo. Y tú en qué has pensado. Me quedé mirando fijamente las distintas tarjetas identificativas y de identidad que tenía en mis manos. Di una calada, las guardé todas en el bolsillo y me levanté. Venga, vámonos.

Adiós/Agur (2 de 1000)

septiembre 11, 2010

¡Oh,  cómo bailamos! Como perros bajo la lluvia. Como niñas que no saben que están perdidas. Así se los imaginaba en su mente, en sus recuerdos inventados. Sentado en una terraza, con una caña sobre la mesa, con un elefante sobre su espalda.

Habitación

junio 7, 2010

La habitación es grande, de techo alto. Las paredes son blancas. Hay dos escritorios, uno más grande que el otro. El pequeño está colocado bajo la ventana que da a la calle, una de las más transitadas de la ciudad, siempre hay ruido, siempre hay coches y personas y perros que conducen personas. Ese es el escritorio de trabajo y estudio, con un pequeño ordenador portátil en el que corro mis simulaciones y escribo mis informes. El otro lo uso para todo lo demás, con mi otro ordenador, más grande, un cenicero y unos altavoces enchufados a él. Entre los dos, en una esquina, hay un armario desnudo, no sé si se les llama así, acaba de ocurrírseme, pero me gusta esa definición. En la estantería más alta tengo libros. Estos meses no he leído demasiado, la verdad es que el ritmo ha decaído bastante. Eso me entristece. Y no ha sido por falta de tiempo, nunca he andado demasiado sobrado de ello, pero siempre le he robado horas al sueño. Estos meses he tenido demasiadas cosas en la cabeza, cosas que me ponen nervioso, y me asusto al comprobar que han sido capaces de fagocitar muchos de los espacios que en mi sesera han estado siempre reservados para otros menesteres más, digamos, espirituales. La mayoría de esos libros ya los he terminado de leer y, ahora que he cobrado por fin, supongo que iré a mis librerías de viejo a buscar más tesoros a dos duros. En orden de posición: Ana Karenina de Tolstoi, una recopilación de varias novelas de Solzhenitsyn en un solo tomo, Fragmentos de un cuaderno manchado de vino de Bukowski (bastante decepcionante por cierto), El obsceno pájaro de la noche de Donoso, El teorema del loro de Guedj, Bola de grasa y otros relatos de Maupassant, Fundación de Asimov, Las uvas de la ira de Steinbeck, Diccionario de mitología griega y romana de Grimal, Ya sólo habla de amor de Loriga y El hombre que fue jueves de Chesterton. A su lado hay varios ejemplares del tercer número de Estertores. En el estante inmediatamente inferior  hay una caja de Ibrupofeno cinfa 600 mg a medio terminar, un libro de la colección Osprey titulado Las guerras médicas, dos calculadoras Casio y una petaca que me han regalado con una inscripción personalizada “Nothing is that important”. En el siguiente estante están los otros dos regalos que me hicieron junto a la petaca, un maletín de póker de lo más profesional y una botellas de Chivas de 12 años cuyo contenido estoy degustando ahora mismo. En el último estante sólo hay un palo de helado. De uno de los laterales del armario cuelga la granadera que mi padre usaba cuando iba al monte, ahora de mi propiedad. Al lado de la puerta hay un mueble sobre el cual dejo mis apuntes, material de las asignaturas y la tonelada de papers que tengo que leerme para mi tesina. Mi cama es grande, no es más que un colchón tirado en el suelo, sobre ella duermo poco y follo cuando puedo. En la mesita de noche un insecticida, un cuaderno donde apunto lo que se me ocurre y el libro que estoy terminando de leer, Apuntes del subsuelo de Dostoievski. Por ahí quedan también un armario para la ropa, un pequeño cubo de la basura y alguna que otra menudencia más.

Alguien ha encendido la luz de su habitación en la casa de enfrente. Es una mujer, parece mayor, en bata rosa. Parece que se ha puesto a preparar el desayuno.

Me siento pesado, como si hubiera bebido plomo fundido, pero totalmente frío. Pienso en lo sucias que están las nubes. Me viene a la cabeza, sin saber muy bien qué es lo que la ha catalizado, la frase de Augusto, “Varo, devuélveme mis legiones”. Me enciendo un cigarro. Enlazo la frase con el relato leído hace unos días sobre la batalla del bosque de Teutoburgo. Me pregunto si la contienda tuvo lugar en algún sitio cercano a la de Tannenberg, supongo que no pero no me apetece consultarlo.

La mujer se ha movido a otra habitación cuya luz también ha encendido. No parece estar haciendo nada.

El silencio tiene algo, no sé, atractivo. No es que no me guste hablar. Entre semana suele venir a veces theuc y nos tomamos unos tragos, bueno, muchos tragos, mientras hablamos de esto y aquello, nos reímos de las cosas, aunque siempre acabamos riéndonos de nosotros y lamentándonos un poco de todo. Pero el silencio es agradable. No para meditar o filosofar sobre nada, eso se puede hacer con todo el ruido del mundo. Sólo se trata de estar en callado.

Me acuerdo de los relatos de Carver en los que no ocurre absolutamente nada. Ahí radica su genialidad, en esa capacidad para explicar la enormidad de los momentos vacíos. Personajes ordinarios, escenarios corrientes, historias de todos los días. El hombre de familia que no quiere irse a su cama, avergonzado por haber perdido su trabajo, incapaz de enfrentarse a su mujer. Esa clase de cosas.

Alguien grita en la calle, no voy a levantarme a mirar. Es el guión de siempre. Sólo hay que esperar. ¿Veis? Otro grito, esta vez de una mujer que reprocha al otro protagonista su ebriedad. Por sus acentos parecen sudamericanos, no sabría decir de qué país exactamente. Mañana tengo que levantarme pronto pero no quiero irme a la cama.

Me levanto a mear, ahora vuelvo.

Mientras meaba me he dado cuenta de que todos los autores tienen detalles, objetos, situaciones o ideas recurrentes en todas sus obras. Intento pensar en la mía, pero no se me ocurre ninguna. Tal vez sea porque la palabra “obra” me queda un poco grande.

Ya no hay habitaciones iluminadas.

La pantalla del ordenador está sucia, llena de manchas. Me cuesta limpiar las cosas, me cuesta limpiarme. Tengo miedo de empezar a frotar y a rascar y darme cuenta de que llevaba todo este tiempo delante de un microondas o una pecera. Tengo miedo de limpiarme y rascarme y darme cuenta de que todo este tiempo no había sido más que un hombre hueco, un hombre relleno. Preguntadle a T.S. Elliot, preguntadle cómo acaba el mundo.

La luz comienza a filtrarse entre la suciedad de las nubes y con ella un olor nauseabundo que entra por mi ventana. ¿De dónde coño ha salido? Tengo que levantarme en unas 3 horas.

Me gusta esta habitación, en julio me mudo a una nueva casa, ya van 7 en 5 años.

Absolutamente nada

enero 18, 2010

No tengo nada que contar, se dijo a sí mismo. No tengo nada que contaros, os dijo a vosotros. ¿Ya está? ¿Esto es todo?, nos preguntó a nosotros. ¿Qué más podría decir?, me espetó a mí. No importa, empecé, no importa una mierda, no les importa una mierda. Ni a ti tampoco. Los demás se fueron en cuanto se terminó la bebida. Adiós, agur-agur. ¿Por qué invitas a esa gente? Son mis amigos. Ya veo. Entonces saqué la botella que tenía guardada en la granadera que llevaba a la bandolera. No pienso compartirla con esos.

La ciudad está ahí, se ve desde la ventana. Una vez, una mujer que aún no era mujer, pero creía serlo, me dijo que mis males procedían de las ciudades. De la ciudad de turno, vaya. No comprendí lo que quiso decir. Me dijo que yo tenía raíces de cemento, que así ningún árbol puede vivir. ¡Qué te mueres joder, qué te mueres! Bueno, en realidad, y aunque estuviéramos más allá del Canal de la Mancha, no me preguntes la razón, me lo dijo en euskera. Hiriak dira zure gaitzen iturria. Zeure porlanezko sustraiak izango dira zure hilobia. O algo así, ya no lo recuerdo bien. ¿Y qué le dijiste? En realidad, nada, absolutamente nada. ¿Qué había que decir? Ya. Nos acostamos unas cuantas veces aunque hace tiempo que no sé nada de ella. Ya veo. Absolutamente nada.

¿Sueles pensar en los demás? Últimamente, me doy cuenta, de que no pienso demasiado en nada. En absolutamente nada. Pero, dime, a qué ellos te refieres. Bueno, no sé. Siempre hay algún ellos. Los demás, los diferentes, los no-tú, ellos, no estos, ellos, no tú. Mmm. Solía hacerlo, pero me sobrevenía la impotencia. Sabes que eso es mentira, no es impotencia, siempre puedes hacer algo, por pequeño que sea. Tienes razón, no era impotencia, era simple desidia. ¿Sabes? Creo que no conozco a nadie, a nadie de ellos. Es triste. Creo que no daría nada por ninguno de ellos. Absolutamente nada.

Ayer soñé que me moría. ¿Te ha pasado alguna vez? Es horrible. Pero siempre me pregunto, al despertar, después de pasar el mal trago y la angustia, cómo coño sabe mi cerebro que eso es lo que se siente al morir. Tal vez no sea eso. ¿Y por qué, entonces, parece tan real? Nadie sabe lo que se siente al morir, no seas estúpido. ¿Acaso no pueden estar todas las sensaciones preprogramadas en nosotros? Eso que dices es terrorífico.

Se nos acabó la bebida y, algo borrachos ya, salimos a la calle, en busca de algo más que hacer. Como balas disparas con una pistola, algún rumbo seguiríamos, pero sin saber dónde o en quién impactaríamos. Sin saber si seríamos capaces de atravesar la superficie contra la que chocaríamos. Tal vez hiriendo, tal vez matando. Tal vez, simplemente, como balas de fogueo. Tal vez, simplemente, como chorros de agua tibia.

Dibujamos un mapa, con nuestros pies, sobre la ciudad que aquella mujer, que no era mujer sino mujercilla, o mujerzuela, o sólo una niña, pronosticó que me mataría. Nos mojamos y nos secamos, los bares estaban repletos, siempre estaban a tope, aunque no hubiera nadie. Aunque no hubiera nada. Absolutamente nada.

¿Qué será de ti? ¿Cuándo dejaste de mentirte? No puedes seguir sin engañarte un poco a ti mismo. Ahí reside el secreto de la vida y del mañana. No lo sé, al final se queda en caminar en círculos. Si no te mientes, al menos perdónate, o eso o te vas de aquí. No quiero llegar a ninguna parte, viajo a todas partes, pero nunca voy a ningún sitio. ¿No hay nada, ya, en lo que creer? Creo en todo, te lo digo en serio, en todo lo que se puede creer. Pero, pero… no puedes creer únicamente en lo que se puede creer. Te volverás loco. Te perderás. ¿Otra ronda?

Vivir está bien. Sí.

¿Y qué haces para matar todo ese tiempo? Bueno, hago de todo un poco, así que no hago nada en realidad. Algo harás. Escribo. ¿Mucho? No lo sé, a diario. Eso es bastante. Es demasiado, es… como los medicamentos, si abusas van perdiendo su efectividad paulatinamente. Pues haz algo más, lee. También leo demasiado. ¿Será posible? Claro, siempre que te des cuenta de que leer no sirve para nada. Para absolutamente nada.

Estás borracha. Tú también.

Voy a blindar mi puerta contra todas esas cosas. ¿Eh? La puerta, la puerta joder.

Me gustaría… me gustaría poder decirte, digo…, explicarte lo vacíos que son todos esos términos, todas esas ideas, me gustaría hacerte ver que nunca hubo razones, que tal vez nunca las haya, me gustaría quemarte viva. ¿Nos pedimos un taxi? Lo decía en sentido figurado coño. De todas formas, nadie nos espera, así que no me montes escenas.

Un, dos tres y… pam pam nan, pan pam.

No, no. No más correcciones. No más correcciones sobre ayer o sobre mañana sobre… eh… sobre la vida y la no-vida. Ya hemos visto como se empieza a caer…y… ¿hay sitio para los dos? Te puedes mojar los labios o no. Otra… emmm… otra ronda.

Es que…jajaja. Es que la culpa no la tengo yo ¡joder!… es que… somos como cables a tierra. ¿No? Sin eso… sin electrones, sin carga, que nos vaciamos y tal ¿no? No sé qué me estás contando, que soy de letras.

Errr…. ¿eh?

¿Sabes? Estaba ahí con mi amiga, sí, esa de ahí, y hemos pensado en reimplantar la frenología. ¿Te conozco? Y lo hemos pensado al ver tú cráneo, tan característico de… de… ¿Tú eres el colega de fulano? De… de… ¡gilipollas! ¿Perdona? Gilipollas. No te creas que por ser amigo de… Gilipollas. Como lo vuelvas a decir te voy a part… Gilipollas.

Y nos quedamos sin dinero. Y volvió cada uno a su casa. Y, de ayer, no aprendí nada.  Y es que me desperté hoy. Y no recordaba nada. Joder. Absolutamente nada.

La No Tan Divina Comedia : Canto Primero

diciembre 16, 2009

Estaba yo en casa, enfrascado en mis labores, cuando me quedé sin tabaco. Presto, busqué en la cartera hasta encontrar 3 monedas de un euro. Me vestí y me dispuse a salir a la calle pero, justo cuando enfilaba el camino hacia la puerta, se me cayó una de las monedas y, rueda que te rueda, se metió por el estrecho espacio que dejaba la puerta del baño a medio abrir. Después de dejar escapar un suspiro, abrí del todo y entré en el cuarto de baño con el firme objetivo de encontrar tan caprichosa moneda lo antes posible.

Al poner el pie en su interior, pude ver una extensión sin fin de cristales rotos en el suelo. A cada nuevo paso que daba podía oír, claramente, la estridente risa que emitían estos pequeños cristales al rasgar la planta de mis pies atravesando la gruesa suela de las zapatillas, ansiosos de sangre. Podía ver, pues no estaban a más distancia de la que necesita un chimpancé adulto para estirar su peludo brazo y meter uno de sus dedos en el culo de otro de sus congéneres, a varios soldados, cada uno ataviado de una época distinta, desgarrarse y despellejarse sus manos al intentar cavar trincheras en el suelo cubierto de los ya mencionados cristales. Soldados alemanes de la Primera Guerra Mundial con sus máscaras de gas, samuráis de las guerras de los shogunatos, legionarios romanos, fusileros napoleónicos, marines de la guerra del golfo, la lista sería interminable. Todos ellos con los ojos inyectados en sangre, locos, ausentes, cavando sin parar, sin prestar atención a los huesos que comenzaban a abrirse paso al ser su carne raspada. Todo ello para escapar de las incesantes ráfagas de ametralladoras que mataban a cualquier incauto soldado y de las continuas salvas de artillería que amputaban piernas por doquier, acompañas siempre por ataques de proyectiles que al estallar liberaban el Agente Naranja, haciendo que todos esos jóvenes vomitaran sus propias entrañas. Sin embargo, cada vez que alguno de ellos caía en combate, en pocos segundos volvía a levantarse para emprender un nuevo ciclo que acabaría, una y otra vez, de la misma manera.

La poca luz que alumbraba el lugar era la que provenía de unas pequeñas aberturas escarbadas a través de la inmensa bóveda de piedra del techo. Cada una de esas “ventanas” disponía de barrotes que sólo permitían pasar un reducido número de rayos de sol, pero era aquel un sol pálido, casi gris, y su luz de textura lechosa sólo permitía adivinar los contornos de las figuras más distantes. Pude observar como miles de hombres y mujeres trataban de escalar hasta esas aberturas, en un vano intento de escapar de aquel lugar. Tiraban, mordían y se colgaban de los barrotes hasta que, presos de una insoportable desesperación, ataban alguna cuerda o cable a los barrotes para ahorcarse con ellos. Pobres diablos, pronto se daban cuenta de su error al volver a la vida después de haber sufrido la agonía de la asfixia, únicamente para volver a ahogarse, ya que la longitud de sus improvisadas horcas no permitían soltar el nudo.

Mientras contemplaba el grotesco espectáculo, un silbido en el aire me hizo girar la cabeza y prestar atención a un nuevo horror. Un obeso ejecutivo a medio vestir montaba un gigantesco cangrejo que parecía poder moverse por la yerma llanura de cristales sin sufrir daño alguno. Me vi obligado a taparme la boca y reprimir varias arcadas al ver la tarea que alguien había asignado a esta nueva criatura. Con la ayuda de uno de esos palos afilados, que los jardineros municipales usan para recoger las hojas caídas del suelo, el ejecutivo buscaba y atravesaba a los bebes que, desnudos y malnutridos, se arrastraban hiriéndose las manos, las rodillas y el vientre. Después de atravesarlos, aún vivos y coleando, los llevaba hasta su boca, cuya mandíbula se desencajaba para abrirla de forma antinatural, y comérselos mientras lloraban, gritaban e invocaban a sus madres.

Avancé, siempre en busca de mi moneda, hasta toparme con un nuevo obstáculo. Un inmenso río de color negro atravesaba ese lugar. Pensé en rodearlo para buscar un paso seguro, pero la estela de aquella oscura agua se perdía en el horizonte. Intenté cruzarlo pero, al introducir la primera pierna, pude notar como el agua no era realmente líquida sino, más bien, grumosa. Me sorprendí también al no haberme percatado con anterioridad del insoportable hedor que surgía del mismo. Con el olfato totalmente abrumado por aquel olor, otro de mis sentidos se agudizó de repente, mi oído captó varias voces aflautadas que surgían de entre los grumos. Mi curiosidad me obligó a, lleno de repugnancia, tomar parte del río entre mis manos, sólo para ver sorprendido al estar sujetando pequeñas porciones de cuerpos humanos a medio licuar. Sus vocecitas eran incomprensibles, por el tono y por las distintas lenguas que usaban para expresarse, todas ellas desconocidas para mí. Asustado, lo dejé caer de nuevo para que se diluyera con la masa gelatinosa que fluía desde Dios sabe cuándo. Sin saber muy bien a dónde dirigirme, encaminé mis pasos hacia un sonido mecánico que se podía oír en la lejanía. Tras varias horas caminando atravesé la bruma que ocultaba el origen de aquel río a mis ojos. ¿Cómo explicar tal visión? Perdonen mis limitadas virtudes escritoras e intenten no ser demasiado duros con las abultadas carencias que voy a demostrar al describir la imagen. De una montaña hecha de ojos humanos se precipitaba una cascada del grumoso y humanoide líquido antes descrito. Presumí, tal vez ayudado por mi valiente ignorancia, que aquella catarata de restos humanos no era sino el final del inmenso río que, después de fluir por cientos o miles de kilómetros, dibujaba un círculo y, mediante artes que no llego a comprender, ascender hasta aquel ignominioso monte, para luego caer hasta un lago. En sus orillas, hordas de seres humanos de todas las razas y edades trataban de reconstruir los cuerpos nuevamente con los trozos que extraían de aquel lugar. El resultado, como todos ustedes pueden imaginarse, era horrible y malévolamente fallido. Humanoides encorvados, provistos de varias bocas y decenas de ojos aullaban de dolor y terror por su nuevo aspecto. Muchos carecían de todas sus extremidades, haciendo que la sencilla tarea de mantenerse en pie fuera imposible. Otros se asfixiaban o se retorcían entre estertores al sufrir las consecuencias de unas conexiones incorrectamente realizadas entre sus distintos órganos. Pude fijarme en como uno de ellos expulsaba jugos gástricos y bilis por los ojos y oídos ya que sus laringe había sido unida a sus pulmones y, directamente, a sus intestinos. La gente que trataba de arreglar a esos miserables humanos parecían ser amigos, amantes o familiares que, al ver el insoportable sufrimiento de sus más allegados, se arrancaban los ojos o la lengua, que desde ese momento pasaban a formar parte del montículo, para luego lanzarse a una máquina hecha de madera y huesos, provista de un inmenso rodillo erizado que trituraba sus cuerpos, por miles o millones, y de la cual surgía el río circular.

Al lado de aquella monstruosa máquina encontré a un esquelético anciano, vestido con el uniforme de BizkaiBus que se presento a sí mismo como Patxi Caronte y que, amablemente, me invito a cruzar el río en su autobús hecho de seres humanos que gimoteaban de la más patética de las maneras, cuyo origen descubrí más tarde muy a mi pesar. No intercambiamos ni una sola palabra en el trayecto, pero al llegar al otro lado me pidió un pago por sus servicios. Yo sólo disponía de mis dos monedas de euro restantes, pero las necesitaba para comprar tabaco, por lo que me negué. El anciano me amenazó gritándome que los deudores pasaban a formar parte de su vehículo hasta que alguien pagase su deuda. Calculé que además de pagar mi viaje podía liberar de aquella eterna tortura a otro pobre desgraciado. Pero, joder, yo necesitaba comprar tabaco. Entonces, amigos míos, tuve una genial e incomparable idea, una de esas que suelo tener cuando pongo mi gran intelecto a trabajar a plena potencia. Señalé con mi dedo a un punto indefinido a espaldas del busero y grité “¡cuidado!” a pleno pulmón. Para cuando el anciano se percató de tan ingeniosa estratagema yo ya había puesto la máxima distancia entre ambos.

Hasta aquí TODO normal. Y es que no saben, amigos míos, que pinta tiene mi baño los domingos por la tarde.

Después de seguir varias horas en busca de mi moneda perdida me topé con una entrada de metro, clavadita a la que se encuentra en Abando. Me encogí de hombros e hice una mueca con mi cara. Entré dentro y me situé sobre las escaleras mecánicas. Pude comprobar que no existía ninguna para volver a subir, sólo unas escaleras corrientes que escondían minas antipersonales que se activaban con el peso de los infortunados que intentaban subirlas. Los cuerpos mutilados de aquellos hombres eran continuamente destrozados al tratar de escapar de la trampa. Pude ver con mis propios ojos el momento en el que una niña de no más de 14 años subía un nuevo escalón haciendo explotar una nueva carga que lanzó su cuerpo, ya sin ambas piernas, por los aires varios escalones más abajo, además de arrancarle uno de sus bracitos, dejando a la criatura con uno sólo para proseguir su absurdo camino. Y, amigos míos, no eran pocas las escaleras, ya que mi viaje al interior de la parada de metro duró varias horas a una velocidad de vértigo.

Al llegar hasta abajo me dirigí hacia el lugar donde, presumiblemente, debía detenerse el metro. Miré la pantalla que indicaba el tiempo restante para el siguiente, consternado tuve que soportar el mayor de los horrores de aquel día. Faltaban ¡37 minutos! para poder pillar el siguiente transporte. Qué inhumana tortura. Entonces me di cuenta de que no era el único que esperaba en ese lugar. Un hombre, ataviado con la toga romana estaba de pie a varios metros de mí, dándome la espalda. Creí intuir y reconocer la silueta de su busto y recordé varios cuadros y grabados. “Virgilio”, exclamé, intentando llamar la atención del hombre. Pero al girarse me sorprendió la cara de Sánchez Dragó, vestido a la romana. “Salve” me respondió, dibujando una nauseabunda sonrisa en su cara.  “¿no habrá encontrado, por casualidad, una moneda de un euro?” pregunté esperanzado. Y Virgilio, digo… Dragó alargó su mano para entregarme la moneda. Estaba eufórico, por fin, después de todo, había logrado mi objetivo. “¿No sabrá, por casualidad, dónde puedo encontrar una máquina de tabaco?”. Y Dragó, de nuevo, sonriendo estúpidamente, me señalo una máquina que se encontraba a pocos metros del lugar. Era mi día de suerte, sin lugar a dudas, ¿desde cuándo había una puta máquina de tabaco en una parada de metro? Corrí hasta ella con las monedas en mi mano, pero al posar mis ojos en las marcas que podía dispensar el aparato el mundo se me vino encima. “¿El Ducados Rubio vale 3.15?”. Dragó posó su mano en mi hombro y dijo solemnemente, “Es que el gobierno ha subido las tarifas, justo hoy”.

Entonces, amigos míos, comprendí la terrorífica verdad:

“Joder, estoy en el puto Infierno”

El Invierno es el Chulo de la Ramera Primavera

diciembre 3, 2009

Ella era una de esas chicas que siempre te decía: “No te preocupes, idiota”. Pero, bueno, siempre nos preocupamos más al oír esas palabras ¿no es cierto?  Aquella mañana se me derramó el tazón del desayuno sobre “El Idiota” de Dostoyevski, una primera edición. Aún sigo sin entenderlo pero no me sobresalté, ni me puse nervioso, como me suele suceder siempre que ocurre algo inesperado a mi alrededor. Seguí con la mirada posada en el televisor apagado, como si nada hubiese ocurrido, como si la cosa no fuera conmigo. Bueno, la cuestión es que se fue. Se largó en uno de esos autobuses regionales tan impersonales e incómodos, los de la vieja generación a punto de jubilarse. Tal vez sea cosa mía, pero parece estar escrito en alguna tablilla de arcilla que los momentos más trágicos deben ir enmarcados en los escenarios más ridículos posibles. Se fue, al fin y al cabo.

Me vi obligado a pintar las ventanas, de nuevo, a tintarlas un poco más, de nuevo.  Hice acopio de provisiones para soportar un largo invierno. Y llegó un nuevo, un nuevo año y una nueva, nueva sensación y una vieja, vieja espera y una última, última ilusión. Pero así son las señales, con un leve ritmo a casposo cantautor y un olor a ingle sudada. Era hora de romper con todo, partirlo y escuchar ese sonido como de rama seca al ser pisada. La cuenta por favor.

¿Qué puedo decir? Las cosas se asentaron y la marea bajó, aunque siempre le he tenido mucho miedo a la primavera.