Archive for the ‘Pravda’ Category

Estertores Fanzine

marzo 19, 2016

http://estertor.es/

BSO Segundo Cajón vol.6 – Ez dago bide samurrik

diciembre 24, 2011

Idorteak dirau.

Ernesto Sabato

mayo 8, 2011

ES

Parece que en éste blog sólo se honra a los muertos, sea pues. Me tomo un momento para encender aquí un faro y que cualquiera que se pase por estas costas se grabe su nombre y, la próxima vez que trate de decidir qué leer, qué libro comprar, lo recuerde y, con suerte, lo escoja. Yo lo descubrí tarde, demasiado tarde, pero siempre estaré agradecido a la persona que puso “El Túnel” en mi mesilla.

Entrevista

BSO Segundo Cajón: OMF

marzo 28, 2011

 

4º y 5º recopilatorio de música para los que prefieren vivir sedados a, simplemente, olvidar. O algo así me contó mi camello. Esta vez me modernizo y cuelgo también una versión alternativa, rollo edición japonesa de los discos de Bowie,  para el Spotify, con unos cuantos temas diferentes. Ya sabéis chavales, disfrutad con cabeza y quemad siempre un poco la aguja de las jeringuillas  antes de usarlas.

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Estertores 5: Tres Intrusos

enero 23, 2011

Ya está aquí el 5º número de vuestra publicación favorita, con más sangre, drogas y tetas. Ha tardado más de lo normal y sentimos profundamente todo el malestar físico y mental que esta tardanza haya podido ocasionar. Se han añadido varios puntos de recogida adicionales en la web que, tachán, también ha cambiado:

http://www.estertores.org

 

Y como de costumbre, os dejo una introducción a mi relato:

 

Ni era ese el viaje más importante de su vida, ni tampoco el más urgente. Era, como se suele decir, un trámite como otro cualquiera, un medio para conseguir un fin. Nunca entendió la necesidad de los libros que versaban sobre los viajes de otros, y es que siempre maldijo la distancia entre dos puntos, el espacio entre los objetivos, la imposibilidad de la superposición total. El camino, al fin y al cabo. Todos y cada uno de los caminos.

Salió corriendo del vagón del metro con sus maletas a cuestas. Encaró las escaleras metálicas e intento subirlas con todo su equipaje. El exceso de peso hizo que el asa de la más grande se rompiera, con un sonoro clac, quedándose en su mano, la maleta rodando, él con cara de tonto, ellos con sus miradas acusadoras, nadie echando una mano. Juró para sus adentros, corrió escaleras abajo, volvió a echarse aquel peso muerto sobre la espalda. Sudaba y llegaba tarde. Sudaba por llegar tarde. Volvió a subir.

Las prisas lo desconcertaban. Además de hacerle sudar, claro. Perdone, ¿el autobús a Tombuctú? Mientras esperaba la respuesta y su mano izquierda sujetaba la enorme bolsa de deporte, la derecha estaba metida en uno de los bolsillos del pantalón. A través de él palpaba su ropa interior, las costuras que rozaban una blanda piel que comenzó a escocerle con cada nueva gota que resbalaba espalda abajo. En la dársena 13, le dijeron, y antes de girarse se recolocó los canzoncillos, desplazando aquel elemento de fricción a otra posición menos comprometedora.

Supongamos un espacio limitado cuyas fronteras estén perfectamente demarcadas, en el caso del presente ejemplo tomaremos el cubo como el poliedro que define tal espacio. La mayor parte del volumen será considerado vació, mientras que un mínimo del mismo estará ocupado por pequeñas esferas de idéntico radio. El estado, sexo, credo y edad de las esferas será representado por una combinación concreta de colores que no describiremos debido a la inabarcable cantidad posibilidades resultantes. Antes de comenzar el ejercicio los semicírculos se considerarán en reposo.

En el instante t=t0 una fuerza exterior agita el sólido.

Se palpó todo los bolsillos. Mierda. Miró el reloj de la estación y juró para sus adentros. Mierda, mierda, mierda. Ya no le quedaba demasiado tiempo por lo que encendió su radar y comenzó a emitir señales de radio de onda corta en todas las direcciones. En uno de los ciclos detectó algo prometedor. Perdone, ¿podría darme un cigarro? No hubo respuesta y nunca llegaría. Incluso de espaldas pudo adivinar la edad de aquella mujer. Su pelo negro y rizado caía casi hasta su cintura, cubriendo parcialmente su chaqueta vaquera a juego con sus pantalones. Por su posición y postura se aventuró a conjeturar que su mirada se posaba en una de las ventanas del autobús que él estaba a punto de coger. Perdone, ¿no tendrá un cigarro? Es que no me da tiempo a comprar en la tienda de la estación, suele haber mucha cola y…, No llegó, no.

Cejó en su empeño y se dirigió a uno de los laterales del vehículo con la intención de dejar su equipaje en la bodega-maletero del bus. Antes de subir la curiosidad hizo que girase la cabeza para echar una última mirada a aquella mujer. Ahora sonreía, con una de esas muecas que los músculos faciales dibujan cuando no saben si las emociones que han de interpretar y representar son producto de la felicidad o la tristeza. Una medio-sonrisa de una medio-mujer. Las arrugas comenzaban a surcar su rostro bronceado de forma artificial, engarzado por dos ojos de un azul aclarado por los rayos uva del solárium.

Pudo dibujar una línea imaginaria que comenzaba en aquellos ojos pálidos y que trazaba una trayectoria hasta el rostro indiferente de otra mujer, esta ya más joven sin duda, que permanecía sentada en el interior del autobús. Que permanecía ajena a los silenciosos ruegos de la primera.

Los últimos estudios de Rodia et al nos describen la interacción entre las esferas individuales. Una vez puestas en marcha es inevitable la colisión entre las distintas unidades básicas. Cuando dos esferas entran en contacto son capaces de generar volúmenes comunes, delimitados por la intersección de ambos cuerpos, cuyo color es el resultados de la mezcla de los estados de ánimo, sensaciones y sentimientos de ambos, dando lugar a una gama cromática imposible de generar de forma artificial en un entorno controlado.

Buscó el número de su asiento que estaba identificado por pegatinas adheridas a los cristales. Pasillo y ventana. Encontró el suyo, el 36, y alguna fuerza cósmica, o el simple azar, decidió que le iba a tocar sentarse al lado de la joven mujer que evitaba dar señales de vida a su muda interlocutora en el exterior. Disculpa, mi asiento es el de la ventana, tampoco me importa quedarme en el pasillo, Ella se levantó sin darle ninguna respuesta, permitiéndole tomar asiento en el lugar asignado por su billete. Mientras se quitaba el abrigo miró de reojo a su izquierda, llevaba los cascos puestos y una cara de pocos amigos, siguió su perfil desde la frente hasta la barbilla pasando por su respingona nariz. Las facciones, las formas, le eran familiares. Pelo corto, rizado, muy negro, ojos claros, no sabría decir de qué color ya que estaban encarados al lugar donde antes solían tener un cenicero los asientos.

Incomodado por la situación, sacó un libro de su mochila y lo abrió en una página al azar e fingió leer. En realidad, miraba por el rabillo del ojo a la otra mujer que seguía esperando alguna muestra de atención. Dubitativa alzó su mano derecha y, lentamente, comenzó a agitarla, a saludar, como cuando un barco zarpa, con confeti y todo eso. Con la banda de música, con sus trombones y sus violines y sus violas y sus clarinetes. Con sus banderitas y sus sombreros lanzados al aire. Tampoco llegó su respuesta. Y en su cara comenzaron a abrirse las arrugas, y sus ojos se tornaron algo más oscuros, y su piel palideció. Exhaló un último suspiro y se dispuso a envainar de nuevo su brazo de saludar. Aquello era triste. Triste como un 30 de agosto. Triste como un niño leucémico, calvo y desnutrido al que le falta un brazo, sólo uno, el otro está simplemente atrofiado por el consumo de aceite de colza de su madre la prostituta que trata, sin éxito, de reunir el dinero suficiente para mandar a su leucémico y manco hijo a un hospital estadounidense dando patéticas entrevistas en la tele, llorando en los platos de los programas del corazón más insultantes, creando eventos en las redes sociales de moda y desnudándose en la portada del interviú bajo el titular “por mi hijo enseño las tetas”. Así de triste.

 

BSO Segundo Cajón: Música para Hombres Huecos

septiembre 23, 2010

Tercer volumen de la música que se escucha en éste blog. Canciones para cuando se está hueco, para cuando se está relleno. Bla, bla, bla… Si alguno de vosotros se ha quedado hasta tarde bebiendo conmigo sin salir de una habitación, probablemente haya cantado conmigo alguna de estas.

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Estertores 4: Sangre Azul

mayo 14, 2010

Hoy mismo ha salido de la imprenta el cuarto número de Estertores. En breves instantes podrá descargarse desde su página web y adquirirse en formato físico en cualquiera de los lugares indicados, así como en inumerables rincones, totalmente aleatorios, de la geografía del país.

Recordad también la fiesta que se organiza para el día 12 de junio (más información en breve).

Pasaos por:

http://estertores.net/

http://www.facebook.com/?ref=home#!/group.php?gid=267970726314&ref=ts

Os dejo una introducción a mi relato en forma de marketing cutre y absolutamente degradante.

En Bilbao, a principios del mes de abril de 2010, llegaron a manos, en circunstancias nunca aclaradas, de Julián Zugarramurdi, librero de viejo, historiador aficionado y alcohólico contumaz, los tres tomos originales, escritos a máquina por un anónimo biógrafo, de las aventuras del viajero y antropólogo R de K, cuyo cadáver encontró la policía en el baño de su casa, castrado y desangrado por su propia mano. Cada uno de los volúmenes constaba de 250 páginas exactamente, un valor arbitrario según los especialistas, aunque a Julián le pareciese parte de algún juego o puzle del propio autor. Hoy en día la red está plagada de supuestas copias y escaneos de esta obra, aunque se ha podido comprobar que la mayoría no son más que tontas imitaciones o transcripciones parciales y alteradas. El original está redactado en euskera y repleto de expresiones propias de la época. La versión que les ofrecemos es sólo un pequeño y breve resumen de varios acontecimientos y eventos esparcidos por los tres tomos, que están ligados por un evidente y sorprendente hilo conductor que zurce una de las leyendas más repetidas (y falseadas) entre los círculos intelectuales del underground histórico-esotérico de esta villa. Las partes ilegibles o emborronadas han sido suprimidas.
(I) Encontré a R sentado en el banco que había justo delante de la puerta de mi casa. Hacía tiempo que no recibía sus cartas, pensando que estaría muerto o perdido en alguno de sus extraños viajes, dejé de tratar de establecer algún tipo de contacto con él, si quería saber de mí ya lo haría él mismo. De ahí mi sorpresa inicial. Vestía su gabardina caqui y su sombrero marrón, su triste semblante parecía haberse oscurecido aún más. Me senté a su lado y le ofrecí un cigarro. R posó sus ojos grises en los míos y aceptó, como cansado, como hastiado, el pitillo que le ofrecía. Pude fijarme en sus manos, más viejas y cansadas que de costumbre, manos muertas. Encendí su cigarro con mi mechero y callé, dejando pasar el tiempo hasta que se sintiera cómodo, esperando alguna palabra […] cuando R comenzó a llorar, en medio de la calle. Caminábamos por el parque bajo los árboles. Siempre había tratado de escapar, de escapar del dolor, no del dolor físico ni del dolor violento, no, trató por todos los medios de escapar del verdadero dolor, del horror, pero el horror, pudo comprobarlo personalmente, puede rastrearte hasta los lugares más inciertos, hasta la soledad más hermética. Parece extraño visto desde un prisma que no sea el suyo. Viajó a los lugares más castigados del planeta y se sintió feliz, o eso decía al menos en sus cartas. Nunca se sintió más a salvo del dolor que al estar tan cerca del mismo […] muchos años hasta que volví a encontrármelo delante de mi casa. Conversamos largo y tendido, sobre muchas cosas, sobre nada en realidad. Siempre fue agradable hacerlo con R, era dueño de una presencia tranquila, una presencia que no pesaba y que dejaba fluir a cualquiera por entre sus poros. No caía, no imponía, no obligaba a ser, hacer o decir algo que uno no quisiera, a diferencia de lo que suele ocurrir con la mayoría de la gente […] acababa de volver de uno de esos países que constantemente sufrían los ataques de la propia naturaleza, como si de lo demás no tuvieran bastante. Algo había cambiado en él. Entramos en un bar, Ya no quiero andar más. Me habló de su trabajo allí. Estaba escribiendo otro de sus libros de viajes que una editorial internacional subvencionaba generosamente. Pero cuando le trajeron el whisky guardó silencio. Volvió a callarse y yo le seguí el juego. Durante una hora no hicimos más que beber, él sus whiskys, yo mis cervezas, gracias a lo cual fui capaz de mantener la lucidez necesaria para dar testimonio de sus palabras mientras que él caía en la más terrible de las pesadillas de la vigilia.

Estertores 3: Instinto

enero 23, 2010

Ya está disponible el tercer número de Estertores en todas las salas de espera de sus presidios favoritos, además de en los lugares habituales y en su web.

http://estertores.net/

Difundid la palabra.

BSO Segundo Cajón – vol 2. Desierto & Peyote

enero 1, 2010

Para empezar bien el año os traigo la segunda entrega de la colección que revolucionará las pistas de baile. Más música para paletos y gente que dispara armas mientras bebe de botellas con tres équises en su etiqueta. Link inside.

Preview : Estertores 3 – Instinto

diciembre 2, 2009

Phil y Lil vivían juntos, juntos pero no revueltos. Phil era mayor y, por consiguiente, más sabio que Lil, pero Lil, por otra parte, era más joven y bonita que Phil. Esta dicotomía sobrevivía gracias, en parte, a la necesidad que sentía cada uno por el otro, ya que, aunque no de forma exagerada y, en absoluto siendo una situación insalvable, ambos profesaban un extraño amor por el otro. Extraño, sí, pero no deshonesto, no, todo lo contrario, pero tampoco eso exactamente. Ni mucho menos un amor fraternal ni paternal, diríamos, más bien, que les gustaba follar y, aunque no sea cosa común, verse las caras cada mañana. Y eso, amigos, no es cosa baladí.

Phil, materialista acérrimo y carente de cualquier pensamiento irracional apreciaba, más bien le intrigaba, la pura espiritualidad de Lil, un sentimiento que nada tenía que ver con lo religioso o místico, sino con una curiosa armonía con el todo que la rodeaba. Como si cada una de sus acciones tuvieran sentido en un determinado contexto y que, sorprendentemente, surgiera con una naturalidad pasmosa. Cada palabra, cada movimiento era, en esencia, una nota bien colocada dentro de unos acordes capaces de crear una música rítmica y cadenciosa. Phil, en cambio, necesitaba meditar, calcular y sopesar cada una de sus decisiones, usando unos patrones cortados de forma lógica y, casi podríamos decir, matemática.

Y así era la vida de Phil y Lil. Una confrontación cariñosa de dos filosofías enemigas, enemigas acérrimas. Pero esto agradaba a ambos. Se complementaban. Las habilidades y virtudes de cada uno suplían y llenaban los vacíos que dejaban, irremediablemente, las carencias y defectos del otro. Si Phil era los engranajes mecánicos y circuitos electrónicos, Lil interpretaba, de buena gana, el papel del alma de aquella máquina.

Phil y Lil eran felices. A su manera, pero felices al fin y al cabo. Y eso, amigos, no es cosa baladí.

Phil deseaba conocer los porqués y los cómos, quería alcanzar las estrellas y tocas los átomos. Lil, por otra parte, se conformaba con degustar las delicias que la vida le regalaba. El sabor del chocolate o el tacto del terciopelo. Estas características personales encaminaron a cada uno por un sendero de la vida, ese sendero que todos tenemos que buscar y recorrer. Afectó, por supuesto, a la elección de sus trabajos y, también, a las actividades en las que ocupaban sus momentos de ocio y esparcimiento.

Un buen día, Phil encontró la puerta del baño cerrada cuando, al despertarse, quiso usar el lavabo. Esto extraño enormemente a Phil ya que Lil  siempre se quedaba a dormir, al menos, media hora más que Phil. Éste llamó a la puerta, una, dos y hasta tres veces sin obtener respuesta alguna. Comenzó a ponerse nervioso y pensó en derribar la puerta de una patada. Pero, antes de hacerlo, se detuvo a reflexionar. Las puertas de la casa eran de roble macizo, sabía que si intentaba abrirla de esa manera, probablemente se rompería la pierna y, por lo tanto, tardaría aún más en dar con los motivos que la hacían estar cerrada. Se dirigió a la cocina y sacó la caja de herramientas de debajo del fregadero. Se tomó su tiempo para escoger la herramienta adecuada, un destornillador de punta de estrella de las medidas precisas. Volvió a la habitación y comenzó a destornillar todo el sistema de la cerradura que acompañaba al manillar. En menos de tres minutos fue capaz de abrir la puerta y al hacerlo descubrió, lleno de asombró debería admitir, y eso que Phil no se asombraba con demasiada facilidad, que Lil se encontraba de rodillas, con el brazo derecho apoyado sobre la taza del váter mientras que el derecho se extendía hasta el suelo para que la mano pudiese sostener el resto del peso del cuerpo y, así, mantener el equilibrio.