Archive for the ‘Los Salvajes’ Category

Los Salvajes (VIII)

diciembre 30, 2009

Josu “El Cobra” Erkoreka, Penitenciaría de Martutene (2008)

Recuerdo el último día que pasamos juntos. Yo estaba en el estanco de mi barrio, un pequeño establecimiento que llevaba Hipólito, un viejo veterano de la guerra del Rif, le faltaban las dos manos, por lo que tenía que atender a sus clientes valiéndose únicamente de la boca. Recuerdo que acababa de pedirle a Lito un cartón de Chester, por enésima vez, sólo para cambiar de idea en el último momento y comprarle un mechero cuando sonó mi teléfono móvil.  Era él.

“Josu, tu camello me ha dicho que traigas el cargamento de crack esta misma noche o se verá obligado a sodomizarte de nuevo. Nos encontraremos en el lugar en el que enterramos al travelo negro, ya sabes, el que te chupo la polla”.

Era un código. Significaba “quedamos en el Trapi”. Ya sabéis, por si alguien estaba escuchando al otro lado.

“Ah, y antes de que se me olvide, recuerda que mañana es el día en el que le ponemos una bomba al lehendakari”.

Y colgó. Eso último también era un código, esta vez para “píllame tabaco porfa”.

Total, que nos pasamos la tarde en el bar, sin hablar de nada pero hablando de todo. Y de nada de nuevo. Al rato me enseñó la pipa que se había comprado, en realidad se la enseñó a todo el bar a grito pelado. Saltó de su taburete y se puso la pistola entre las piernas, con el cañón en dirección a la parroquia del garito mientras berreaba “esta es mi polla mortal, MI POLLA MORTAL”.

Juanjo tuvo que llamar a la poli, así que nos largamos, cada uno por su lado. Nunca más volví a ver a ese cabrón.

Los Salvajes (VII)

octubre 6, 2009

Kepa Zaguán, cafetería de la Victoria Station, Londres (2007)

Yo… creo que llegué a entenderlo ¿sabes? Sí, estoy bastante seguro de que él mismo buscaba esas situaciones, las buscaba por encima de todo, no sé si de una forma consciente o, simplemente, movido por algo en su interior. Pero, definitivamente, las buscaba, no cabe duda alguna. Es la inercia, o algo parecido. Exactamente igual que las fichas de dominó, con tirar la primera todas, las demás seguirán el mismo camino, hasta que ya no queden más fichas. Hasta que ya no quede ni blanco ni negro ni nada. Cuál fue la primera ficha, no sabría decírtelo, es muy posible que incluso él mismo la haya olvidado, tal vez, no sería tan extraño créeme, nunca llegó a haber una primera ficha, tan sólo el recuerdo de una, que nunca existió. Necesitaba tapar todo lo anterior, sepultarlo. ¿Perdona? No, no, para nada, sólo pasamos unas cuantas noches juntos en algún bar, pero me cayó bien desde el principio. Puede que reconociese en sus ojos a alguien parecido a mí mismo. Piénsalo, tal vez te haya pasado a ti también. No me refiero al hecho de sentir simpatía hacia alguien, hablo de su actitud. Necesitaba superar sus errores, con errores aún mayores. La bola de nieve acabó convirtiéndose en algo demasiado monstruoso, de unas dimensiones tan desproporcionadas, que escapó a su control. Pero lo necesitaba, como también lo necesitamos muchos otros. Cuando la vergüenza, el temor o el odio te embargan por algo que se ha hecho o dicho la noche anterior, buscas hundirlo y aplastarlo bajo la tierra de alguna manera. La más efectiva es, como ya he dicho, superarlo con algo aún mayor. Sabes que de esa forma dejarás de atormentarte por la anterior metedura de pata, y esa idea te ofusca hasta el punto de ser incapaz de ver los problemas que acarreará la nueva mierda, que ya está empaquetada y lista para servirse. Y ya sólo buscas la negación y el olvido, y acabas viviendo en el presente, sin que exista un futuro ni un pasado. La pescadilla que se muerde la cola y todo eso, ya sabes. Ocurre más a menudo de lo que piensas, sólo hay que fijarse, en el día a día, en la calle, en los periódicos, en la tele. Su problema fue llevarlo demasiado lejos, aunque es comprensible, con el tiempo suficiente el resultado tiende hacia el horror más abyecto. ¿Muerto dices? Sí, supongo que será cierto, no me extraña, aunque nunca hay que fiarse de esa clase de rumores pero, claro, en estos casos, sólo nos quedan las habladurías.

Los Salvajes (VI)

agosto 27, 2009

Julián Etxegarate, sala de invitados, Hospital Psiquiátrico San Juan de Dios, Arrasate (2006)

Creo que se olvidó. Eso me dijo al menos, que se había olvidado. Es gracioso, yo también suelo olvidar cosas. ¿Sabe? A veces no recuerdo si me gustan los hombres o las mujeres, o los dos, o ninguno. Tal vez me guste follar ovejas. Es gracioso. Solíamos bromear con eso. Como los vascos, decíamos.  Nos subíamos a las azoteas de los edificios y él me decía sí y yo le decía no, así pasábamos las tardes. Fumábamos mucho, aquí no me dejan fumar, lo echo de menos. Se ha largado ¿verdad? Eso pensaba. Siempre nos amenazaba con lo mismo. Decía que ya no podría terminar lo empezado. Desde las azoteas mirábamos y hacíamos planes. Él decía que las cosas cambiarían, que triunfaríamos donde otros fracasaron, que nos pedirían perdón. No sé. Ya no me acuerdo. ¿Le he dicho que tengo una memoria infalible? Lo que ocurre es que sólo me funciona cuando se trata de trivialidades. Ya me dirá usted para qué me sirve recordar los precios de los productos del supermercado en un lugar como este. Así que supongo que se olvidó de todo aquello, por su bien. Todos solemos hacerlo, por nuestro bien, la salud es importante. Para no quemarnos el cerebro. Hay noches en las que se me olvida dormir, no sabe usted lo molesto que puede llegar a ser eso. Él quería dejarlo todo, echarle huevos, decía. Aunque hoy creo que volvemos a tener puré de patatas para comer, eso no me gusta demasiado. No solíamos andar demasiado y tampoco me llevaba bien con sus amigos. Debe de haber alguna secreta razón para que todas las batas sean blancas, ¿verdad? Es por el buen gusto, por ir a juego con las paredes y los muebles y los guardias. Aquel día le acompañé a comprar una pistola, ahorró dinero durante bastante tiempo. Para escribir, decía. Bueno, razón no le faltaba. Creo que no me gusta el coñac. En una de esas azoteas me dijo que lo mejor era olvidar, que una vez conocida la verdad uno ya no puede volverse atrás o cambiarla por una mentira, es demasiado tarde, decía. Así que lo mejor era olvidar la verdad. Él iba a olvidar, con la pistola, claro. Nos reímos mucho aquel día. Él era muy gracioso, espero que lo siga siendo. Lo mejor es borrar la verdad. Investigamos mucho el tema, ya lo creo. Pero no de cualquier manera, no. Como buenos científicos nunca dejamos de lado la rigurosidad y el método. Creo que publicamos un libro sobre ello, ya no me acuerdo, probablemente no lo hiciéramos. Calculamos la cantidad y el tipo de sustancias necesarias, así como el ambiente y las condiciones idóneas para destruir una verdad. También la velocidad y la altura, la presión y la temperatura. Una verdad, aunque resistente, es inesperadamente maleable bajo ciertas influencias externas. El truco consistía en darle la forma adecuada para, después, aplicar los procedimientos ya estudiados. Léalo, está todo en el informe que he dejado en la mesa de su despacho. Ya sabe que yo soy siempre puntual. ¿Ya le he dicho que soy incapaz de olvidar? Una vez meamos en un confesionario.

Los Salvajes (V)

agosto 8, 2009

Paco Hernández, bar El Tigre, Madrid (2008)

Esos hijos de puta aún me deben dinero.

Los Salvajes (IV)

agosto 1, 2009

Dra. Gorriti, bar Lamiak, Bilbao D.F (2007)

La última vez fue hace unos 6 meses. Vino a visitarme a mi casa con alguna estúpida excusa. Al principio no quise abrirle la puerta, no me fiaba demasiado. Insistió durante unos 15 minutos, tenía miedo de que me montase una escena en el portal así que accedí y le permití pasar. Parecía borracho, al menos olía a alcohol, aunque con él nunca puedes estar seguro de nada. Una vez dentro de mi apartamento empezó a hablar de forma incoherente. Su discurso no parecía seguir ningún hilo lógico, no eran más que ideas escupidas al azar. Estaba nervioso así que le invité a una cerveza. Fui a la cocina a por un par y al volver a mi habitación me lo encontré sentado en el suelo, con las piernas cruzadas. Le ofrecí el botellín pero creo que ni siquiera llegó a verlo. Dijo que me tenía que dejar, que no volveríamos a vernos en una buena temporada. Es curioso, para entonces ya llevábamos muchos meses sin vernos. Antes solíamos llamarnos y quedábamos para…, bueno, para follar. Ya sabes. Era algo inocente al principio. Sexo, cigarro y adiós. No estaba mal, ninguno de los dos pretendía tener nada más serio. Somos adultos, no hay nada de malo en ello. Con el tiempo la cosa se fue apagando, ya nadie llamaba al otro, no hubo ninguna razón especial, simplemente ocurrió. Cuando me soltó aquello yo no supe qué responderle, me acerqué a la ventana y fijé la mirada en la ciudad. Oí como me decía algo sobre una carretera y un objetivo, no lo sé, desvaríos nada más. También me dijo que traía algo para mí. Entonces posó su mano en mi hombro y yo se la aparté de un golpe. ¿Por qué lo hice? No sabría decírtelo, pero no me gustó. Cuando le miré a la cara pude ver el desconcierto en sus ojos. Allí estaba, aquel hombre que siempre se había creído tan importante totalmente perdido, con la boca abierta, parecía un vagabundo embrutecido por el vino barato y la cordura hecha jirones por la soledad de la calle. En pocos segundos el desamparo de su mirada se tornó en odio, me llamo puta y me soltó un guantazo en la mejilla. Noté mucho calor en el lugar del golpe y mientras me llevaba una mano a la cara, con la otra agarré un cenicero y se lo rompí en la cabeza. En cuanto logró incorporarse salió corriendo de mi casa. Esa fue la última vez que lo vi, ahora Dios sabe dónde andará. ¿El regalo? Sí, fíjate que casualidad, justo ahora lo llevo en el bolso. Mira, es esto que está envuelto en papel de periódico, con un lacito de los que vienen en las tartas para llevar de la pastelería. A decir verdad, siempre lo he llevado conmigo desde entonces, aunque nunca he querido abrirlo. Parece que es un libro, no lo sé, no quiero saberlo. Perdona, soy una estúpida, no suelo ponerme a llorar delante de un desconocido. Sí, toma, puedes quedártelo… No quiero saber nada del maldito regalo. Ni de él.

Los Salvajes (III)

julio 30, 2009

Sargento Gogeaskoa, El Boulevard, Donostia (2005)

No pararon en ninguno de los semáforos anteriores. No sabría decirle con exactitud pero, tal vez, a unos 100 o 120 km/h. Como locos, como perros rabiosos. Pasaron rozando unos cuantos coches, destrozándoles los retrovisores laterales y arañándoles parte de la pintura. Tenía que haber estado allí para poder ver el enfado de los propietarios de los susodichos vehículos. En fin, al menos no hubo que lamentar ninguna pérdida personal. Y créame, tuvo que existir algún tipo de intervención divina, sino, no me lo explico. A medio camino el copiloto bajo su ventanilla, saco el brazo y comenzó a disparar al presunto vehículo perseguidor. Aquel individuo realizó hasta nueve disparos, según los testigos, en menos de diez segundos. La policía científica sólo pudo encontrar seis casquillos de una 9 mm. Suponemos que el resto cayeron dentro del vehículo del propio tirador. Lo más curioso, y esto que le voy a contar es lo que va a hacer que merezca la pena su pequeña propina, es que cada casquillo llevaba inscrita una palabra. ¿Cuáles? Margarita, Mephistopheles, Marthe, Heinrich, Valentín y Wagner. Vaya usted a saber por qué. Si mira usted más adelante, podrá ver la marca que dejaron los neumáticos al frenar y dar la curva. Sí, sí, allí. Justo antes del edificio del ayuntamiento. Mmm. No, no. Nunca se pudo identificar a los perseguidores. En ese mismo punto que acabo de mostrarle su vehículo perdió el control y salió de la carretera, atravesó esos jardines y chocó contra el tiovivo. Debían de portar algún tipo de explosivo ya que, al chocar, el vehículo estalló y salió volando por los aires para aterrizar justo en la arena de la playa. Los cuerpos quedaron totalmente irreconocibles y el vehículo era robado. Ya ve usted, un callejón sin salida.

Los Salvajes (II)

julio 22, 2009

Roberto Bolaño, Hospital Valle de Hebrón, Barcelona (2003)

Hay literatura para cada momento. Mejor dicho, existen ciertas literaturas para ciertos momentos. Eso les dije a estos chicos cuando vinieron a visitarme al hospital. No me avisaron de su llegada, simplemente se presentaron en mi habitación y me dijeron sus nombres, uno por uno. Después se sentaron, bueno, se sentaron dos de ellos, ya que no había más sillas, y los demás se apoyaron en la pared o se dejaron caer en el suelo. Hubo un silencio incomodo que rompió uno de ellos con un escueto “escribimos”. Me sorprendió, para qué voy a mentiros, no había recibido ni una sola visita desde que estaba allí. Otro de ellos sacó una botella de tequila y la puso sobre la bandeja blanca que usaban las enfermeras para traerme la comida. “Bebamos”. Hay una literatura para cuando se está cansado. También hay una literatura para cuando no se tiene ganas de leer (de esta abunda). Incluso hay una literatura para cuando no se quiere escribir. Todas las literaturas tienen un público, aunque el número  de lectores varía ostensiblemente de una a otra. Hay una literatura para los que aborrecen el mar. Hay una literatura para los muertos. Creo que también la hay para los vivos. Podemos encontrar literatura para gordos y para proxenetas. Hay una literatura para los que brindan. Hay una literatura para los que matan y para los que se dejan matar. Y con aquellos hombres observándome mientras hablaba, supe que también había una literatura para los desesperados, y así se lo hice saber. El problema de la literatura para desesperados es que su público es siempre muy reducido, a pesar de la cantidad de desesperación que campa a sus anchas por este mundo en el que nos ha tocado vivir. Hay una literatura para desesperados. Pero los desesperados no suelen leer, están demasiado desesperados. Los pocos desesperados que leen no suelen hacerlo por mucho tiempo. Algunos superan su desesperación y se convierten en consumidores de otra de las literaturas antes mencionadas. Otros, en cambio, no consiguen superarla y acaban desquiciados o muertos. Ni los locos ni los muertos leen literatura para desesperados, ya tienen su propia literatura. “Chicos”, les dije, “la literatura para desesperados no os dará de comer”. Al terminar aquella frase esperé una ovación, un gesto de desaprobación o algún comentario más o menos solemne. En su lugar, el hombre sentado en el centro sacó una pistola de su chaqueta y me pegó un tiro en el estómago. Es curioso, no puedo recordar el color ni la forma concreta del arma. En cualquier lugar, con el olor de la pólvora aún bien presente en el ambiente, todos se levantaron y salieron por la puerta de mi habitación de hospital sin regalarme una miserable palabra de despedida.

Los Salvajes (I)

julio 21, 2009

Amaia Arantzabesaletxe, mostrador del segundo piso, Fnac, Bilbao D.F. (2004)

Sí, sí que lo conozco. Suele venir por aquí entre semana y algún que otro sábado. ¿Qué? No, no de forma íntima, pero con el tiempo se te van quedando grabados en la memoria las caras y los gestos de esas personas que se salen del patrón común. Bueno, no sabría explicártelo ¿sabes? Siempre realiza el mismo recorrido, de izquierda a derecha, pero eso no es lo más curioso. Cada medio metro se inclina y deja la mirada fija en un punto, quiero decir que no se mueve, apenas pestañea. Todavía no sé qué es lo que se queda mirando. ¿El nombre de un libro? No sé, no tiene demasiado sentido. Además, siempre va vestido con la misma ropa harapienta, como un vagabundo, aunque no huele mal. Que cómo lo sé. Joder, no me he puesto a olisquearlo, pero quieras o no acabas teniendo algún tipo de roce, digo roce por no decir otra cosa, que tampoco es que quiera decir que fuese algo más, o que lo haya sido o que vaya a serlo, vamos, digo. Como aquella tarde en la que me viene el tipo éste y me pregunta si tenemos algún libro de Borges, pero de antes de que se hiciera maricón, o alguno de Cortázar, pero de antes de volverse tan feo el desgraciado de él. Tiene su encanto, eso no puedo negarlo. Siempre compra los libros en su versión de bolsillo, siempre tapas blandas, una que se fija en los detalles oye, para doblarlos o qué sé yo para qué o por qué se decanta uno por las tapas blandas si no es por lo barato del asunto, vamos, digo, qué digo, opino. Pero una cosa te voy a decir, se nota que le gusto o que le atraigo de alguna manera. Que sí, joder. Siempre viene a pagar a mi mostrador aún sabiendo que para poder hacerlo tiene que ir al piso de abajo. No me dirás que eso no es un signo evidente de algún tipo de interés más o menos sexual, vamos, no me jodas. Algún día se lo preguntaré a la cara, eso y si el hecho de que siempre robe un libro en mi turno se debe a sus problemas económicos o algún tipo de altivez del que reniega de la gente que escribe.