Archive for the ‘Foto-relato’ Category

Prometeo

diciembre 21, 2011

Ángel Caído (Parque del Retiro – Madrid)

En realidad, la historia de Lucifer tiene mucho en común con el mito prometeico. Si nos fijamos en el yezidismo, que es mucho más antiguo que el propio cristianismo, pero mucho eh, el ángel caído se rebela contra Dios para poder otorgar la sabiduría al hombre. Aunque castigado en un principio, Dios vio que lo que hizo fue bueno y lo perdonó y le permitió sentarse a su diestra y disfrutar de su gracia por siempre. Y así debería haber sido también en nuestra religión. Al fin y al cabo, es gracias a Lucifer que el hombre puede discernir entre el bien y el mal. Fíjate bien, no hay mucha diferencia entre el mito del robo del fuego a los dioses y el del árbol de la ciencia, es que son idénticos. ¿Lo pillas? Es cierto que ambos responsables son castigados, pero no me jodas, Prometeo acaba siendo un puto héroe para el ser humano. ¿Y qué pasa con Lucifer? Pues que le ponen nombres como Perdición y Satanás y lo condenan a ser el tío más despreciable de la creación. No nos parece justo.

Sí, bueno. Te conocimos por una noticia en el periódico. Luego te vimos en la tele, como te llevaban esposada al juzgado. Se habló mucho de ti en las tertulias y magazines. Seguimos con gran interés tu caso. En realidad llevábamos tiempo buscando a alguien como tú. Te vimos ahí sentada en el juzgado, te oímos declarar ante el juez. Nos obsesionamos un poco. Coleccionamos todo lo que tenía que ver contigo. ¡Tenemos la pared de la habitación empapelada con tus fotos! Al principio no estábamos del todo seguros, pero cuando vimos tu rostro al escuchar la sentencia, nuestras dudas se disiparon. Tu forma de encajar aquello. Joder. Te estaban contando cómo iban a joderte el resto de tu vida y ni si quiera pestañeaste. ¡Qué huevos! Y la palabra se materializó en nuestras mentes: Sacrificio.

Sí, a eso vamos ahora. A ver cómo te lo explicamos. Nosotros siempre hemos sido bastante creyentes. Así nos educaron, esas cosas no las puedes elegir. Total, que nos empollamos el tema de pe a pa. Durante años. Y en algún momento llegamos a la misma conclusión. O sea, no puede ser que nadie se haya dado cuenta en todo éste tiempo de que hay cosas que no cuadran, que no encajan. Hay contradicciones, hay cosas ambiguas. En realidad, es una chapuza. Es que no sé ni por dónde empezar. ¿Sabías que en el hebreo antiguo escrito no hay vocales? Es una movida. El viejo testamento nos dice que el nombre de Dios es YHWH. Un italiano calculó todas las combinaciones posibles con esas consonantes:

Yahvah Yehvah Yihvah Yohvah Yuhvah
Yahveh Yehveh Yihveh Yohveh Yuhveh
Yahvih Yehvih Yihvih Yohvih Yuhvih
Yahvoh Yehvoh Yihvoh Yohvoh Yuhvoh
Yahvuh Yehvuh Yihvuh Yohvuh Yuhvuh

¡Por favor! No sabemos ni cómo se llama Dios en realidad. Y eso no es más que un pequeño ejemplo. Pero lo peor no es eso no. De pequeños siempre nos dijeron que debíamos buscar consuelo en la palabra de Dios. Y, bueno, al principio funcionaba, no te lo vamos a negar. Está bien eso de tener alguien con quien hablar y todo ese rollo. Pero con el tiempo, al darle vueltas al asunto, nos fuimos dando cuenta de que ese estímulo desaparecía para dejar paso a una sensación de desánimo. Como si tuvieras una piedra enorme en la espalda. Estuvimos de acuerdo en que Dios no nos tiene demasiada estima. No para de decirnos que somos indignos, que somos imperfectos, sucios y despreciables. Que no se puede confiar en nosotros, que somos, en definitiva, malas personas. Eso no mola. No mola que te estén machacando todo el día. Encima, va Dios y manda a su hijo para que le demos matarile. Dice que la idea era que nos redimiéramos de nuestros pecados. Pues no sé donde ha quedado eso. Aquí seguimos, sufriendo las consecuencias del pecado original, siendo igual de hijos de puta que antes. Y encima con cargo de conciencia. Ese era el verdadero objetivo. El sacrificio de Cristo hizo que todos los seres humanos fuéramos peores personas a ojos de Dios. ¿Nadie se ha dado cuenta de esto antes? No podemos creerlo. Cada vez que alguien hace algo bueno, desprendido, algo lleno de luz y amor, automáticamente, nos degrada un nivel más en la escala, nos hace peores a todos los demás. Así no hay salvación posible.

Cuando comprendimos todo eso supimos lo que teníamos que hacer. Aunque hubo otros, como el noruego ese, fue tu caso el que más nos interesó. Nos ha costado horrores conseguir que nos incluyeras en la lista de visitas. Pero bueno, ya estamos aquí y queríamos darte las gracias en persona. Tú serás la primera santa de esta nueva iglesia. Nos emocionó vivamente tu relato de los hechos. La forma en la que te sacrificaste abandonando a tu hijo bajo aquellos contenedores a una muerte segura de la forma más abyecta posible. Los orines, la basura y el nauseabundo detalle de las ratas nos pareció sublime. Lo despreciable de tu asqueroso delito ha conseguido que todos y cada uno de los seres humanos de éste planeta seamos un poco mejores ante los ojos de Dios. Ahora lo entendemos. Cada monstruoso acto del individuó acercará a la humanidad al completo un paso más hacia la salvación. Tu martirio será un ejemplo, tus lecciones no caerán en saco roto, todo tiene sentido, hemos comprendido la parábola, la lección. Prometeo, Lucifer, tú. Nos toca poner nuestro granito de arena por el bien del alma del hombre. Gracias.

Vieillard au soleil

noviembre 18, 2011

 

Otra nueva casa, ya he perdido la cuenta. La segunda en Madrid (Madriz/Madril). Esta es pequeñita, está en un tercero, aunque en realidad es un cuarto si lo comparamos con los edificios cercanos. Es una corrala, patrimonio de la humanidad lo llaman los castizos, una macedonia de olores más bien, de fritanga y especias. Justo al lado de la salida de metro de uno de esos barrios que tiene toda ciudad para barrer bajo su alfombra todo lo molesto, todo lo feo, lo incómodo. Todo lo que pueda devaluar los bienes inmuebles cercanos. Esta vez no hay nada que describir, mantengo la casa desnuda, no tiene nada, no tiene vida, sólo paredes blancas. Intento teñirlas a base de cigarros.

Cada vez que me asiento en una nueva casa comienzo a amontonar libros. Tienen que ser nuevos, no suelen servir los que ya usé en el edificio anterior. Los voy leyendo y apilando en algún rincón, todos juntos. Los amaso, los toco, los miro. No subrayo ninguna palabra. Doblo. Doblo los bordes de las páginas que sé que en un futuro tendré que volver a leer. Así me obligo a buscar esa frase, ese párrafo que me llamó la atención y ayudo a evocar de nuevo la sensación que me provocó. Busco consuelo, supongo. No lo sé.

Y me doy cuenta ahora de que esas pequeñas bibliotecas son mi verdadero hogar, pues no siento al edificio como mío, no es mi lugar, nunca lo será. Me resigno a no encontrar paz entre las paredes. Me la suda, la verdad. Como todo últimamente. Pero me resulta inquietante el pensar que mi cordura reside en ese extraño ente formado por libros que vuelvo a crear con cada mudanza. Ya he perdido la cuenta. Después, siempre lo mismo, llevarlos todos a mi casa natal para ordenarlos en mis estanterías. Cualquiera podría pensar que allí, en esas habitaciones, confluyen todos los hogares que he tenido y que, inevitablemente, esa será mi patria. Pero no. Cada vez que vuelvo y me apoyó en la pared para mirar sus lomos, sus páginas, me siento más perdido que nunca, más incómodo que nunca. Es como un picor. Y no lo entiendo y me asusta.

Me asusta, como ya he dicho, que mi cordura resida en cada una de esas compilaciones momentáneas, temporales. Efímeras. Me aterra prestar un libro, deshacerme de una parte de ello, como si fuera a entregar una parte de mi lóbulo parietal. Qué gilipollez. Pero no puedo evitarlo. Me asusta que no sea más que una creación de mi mente, un sustento abstracto, una seguridad hipotética,  Una entelequia. Y trato de razonar, de descartar estos sentimientos por absurdos. Pero, casi sin darme cuenta, caigo una y otra vez en el fundamentalismo más religioso, en la adoración a un altar pagano que sé falso, pero sin el cual no siento el suelo bajo mis pies.

A la derecha del sofá, en esta casa, tengo un ventanal que da a un minúsculo balcón. Los días de lluvia puedes dejarlo abierto y, sentado en ese sofá, dejar que las gotas de agua más finas y livianas te mojen un poco sin poner perdido el mueble. Eso me gusta.

Ey ¡Ey!

abril 25, 2011

espalda

Ataraxia – There was nothing to fear and nothing to doubt

Dormida eres preciosa. Tienes los párpados completamente caídos, los ojos cerrados del todo y eso no se ve todos los días, en serio. Tu pelo te cae sobre la cara en largos mechones negros dividiendo esa llanura que va desde las sienes a la barbilla en perfectos rectángulos blancoscuros. Eta sudurretik masailetara, eta begietatik lepora, los cuatro puntos cardinales de ti. De tú. De. Eso. Recorro los contornos de tu mandíbula con mi dedo índice, sé que no es posible, que no tiene sentido, que me llamarán loco, pero puedo, creo que puedo, sentir tus poros, algunos vacíos, otros llenos, de sebo probablemente, aunque prefiero pensar que son plumas, plumas que componen la película que cubre tu fina piel, un colchón de oca, de pato o de puta avestruz que amortigua todo lo que vaya a caerte encima, todo el peso, todo… lo que sea.

Y acerco mi oreja a tu boca, tu boca ¡coño!, y noto, claro que noto, tu aliento, tu respiración, el aire que aspiras por la nariz, que recorre todos esos conductos y tuberías de carne, que se calienta y se limpia y se ensucia antes de salir, de salir por tu boca, atravesando tus dientes, tus dientes imperfectos, algunos amarillentos, no son teclas de piano, que le jodan al piano, y… y luego por tus labios, labios rosados, que de cerca dejan entrever las grietas que han abierto el tiempo y el frío, o los cambios, de temperatura o de lo que sea, labios agrietados, secos, pero hermosos, pero bellos, labios que no quiero seguir mirando así, inertes, sin calor sin vida, sin ti. Sin tú.

Y te aparto los mechones de pelo, despejo tu frente, despejo tus ojos cerrados, despejo tus cejas pobladas, recorro sus pelos, los peino, los cuento, los acaricio. Pelos negros, más negros que el bello de tu cabeza, peo igual de negro que… bueno, eso. Y acerco mi lengua, y limpio tus cejas con mi saliva, con mi boca, quiero que estés limpia, tú siempre has sido limpia, no importa que estés dormida, yo te limpio, yo te cuido. No te preocupes. Dormida estás preciosa. Tienes cara de… de cuadro de Jules Pascin, despreocupada, bella, hermosa, inconsciente, inocente, incapaz de comprender, incapaz de ver el aura, la aureola que emana tu rostro de… de bacante, salvaje, ménade, despedazando el cuerpo de Orfeo que, puta casualidad, es hijo de Calíope, musa de las historias y de los relatos que cuenta tu cuerpo dormido. Y basta ya de puta mierda clásica, tú estás aquí, y me gustaría menearte, agitarte, darte un par de bofetadas, pero estás tan tranquila, y todo tu ser emana tal paz que no me atrevo a nada, ni a gritarte, ni a hablar. Espero sentado, al lado de la cama, te cojo la mano, apoyo mi barbilla sobre tu hombro y suspiro.

Y es que, me cago en mi puta vida, eres tan jodidamente preciosa cuando estás dormida. Pero esto ha ido demasiado lejos, joder. Ya es de día, ya entran los rayos de sol, ya entra todo, ya sale todo, ya, todo. Coño. Venga ¡Venga! Todo esto está muy bien, pero cada cosa tiene un límite. Vengo aquí todos los días, te miro y te mimo y te quiero y te perdono toda esta espera, pero, pero. Pero. Pero un año es más que suficiente, joder. ¿Por qué cojones no despiertas?

No, no puedo, tengo una cita.

julio 14, 2010

amets – vagabundo

Solía cerrar la puerta de su habitación, apagar las luces, bajar la persiana y sacar el rollo de papel higiénico del cajón. Enchufaba el ordenador, lo encendía y, mientras esperaba a que se cargase el sistema operativo, se iba quitando la camiseta y los pantalones. Echaba el pestillo, arrojaba al montón de ropa sucia sus dos calcetines. Encendía una vela y movía una silla de madera al costado de su cama. Con cuidado, colocaba el ordenador sobre ella, el papel de culo en la mesita de noche. Enchufaba un extremo de los cascos a la salida de audio de su máquina y los auriculares en sus orejas. Encendía una larga y roja vela que ya había derretido y derramado mucha de su cera sobre un platillo de cristal.

La luz de la pequeña llama iluminaba la franja de su rostro en la que se acotaban sus ojos, muy abiertos, con las pupilas completamente dilatas por la poca luminosidad. Creía él que, de esa manera, el efecto del visionado sería más directo, cómo si el flujo de imágenes fuese a ser mayor con la apertura ocular adecuada, como si, las pupilas fueran el túnel directo a su cerebro, a sus recuerdos, a sus emociones, a sus sueños.

A sus mentiras.

Guardaba completo silencio por unos momentos para comprobar que no había nadie en casa. Agudizaba el oído durante el proceso, en busca de una puerta cerrándose o unas pisadas señalando el peligro. Aquello sólo funcionaba en la más completa soledad. Había un ritual, unas reglas que había que cumplir para que el efecto fuera el deseado.

Click en la carpeta. Aquel era su universo. Se giraba hacia la pantalla y acomodaba su postura. La flecha hacia la izquierda de la tecla estaba ya gastada, apenas se podía ver, apenas se adivinaba su dirección. De tanto dar, de… tanto digitar. Teclas, teclas de madera. Teclas afiladas, como un lápiz sin grafito, con un hueco que, si tratabas de usarlo sobre el papel, sólo producía un desagradable chirrido. Su universo de .jpgs y .avis.

PLAY

Aumentaba la ventana a pantalla completa. Una pared color salmón detrás de un sofá a cuadros azules y amarillos. Sobre él una bolsa de alguna tienda barata, una sudadera negra y una vieja sábana blanca y arrugada que probablemente se usaba para cubrir el mueble. Ella, sentada en el suelo, con los brazo alrededor de las piernas, cantaba una canción triste. Se balanceaba de atrás a adelante, hacia la pantalla. Él la tocaba a través de los pixeles. Lo había entendido mal, pero ya se lo estaba empezando a creer.

Mientras continuaba la reproducción solía abrir un par de fotografías en las que posaba desnuda pero inanimada. Los dos factores, por separado, no eran eficaces, necesitaba combinarlos para crear la sensación entremezclada de dulzura móvil y fría sensualidad. Recorría sus formas salpicadas por esa voz. Imágenes y sonidos directos a las venas a través de sus ojos. Un pico digital.

Cuando se percataba de que el momento estaba a punto de llegar, con su mano izquierda, desplegaba los menús adecuados hasta llegar a la opción de reproducción continua e indefinida. Después, cortaba un trozo de papel higiénico y se limpiaba. En cuanto recobraba el aliento sentía nauseas, siempre, y, de repente, todo aquel collage de imágenes no le producían más que un profundo asco. Nausea. Las cerraba, rápidamente, sin haberse puesto aún los pantalones. Bajaba la pantalla del ordenador y buscaba apresuradamente un pitillo en el paquete que guardaba en el cajón de la mesilla. Se lo ponía en la boca y acercaba la cara a la vela roja para encendérselo. Daba una calada, se humedecía las yemas de los dedos índice y pulgar y apagaba la llama. Daba otra calada y se miraba la mano, con sus dos dedos ennegrecidos, se miraba la mano sin opinar nada al respecto. Exhalaba humo hacia el techo, sin ninguna opinión formada sobre el asunto. Cruzaba el primer y segundo ortejo de cada pie y estiraba las piernas hasta que las rodillas hacían clac. Daba un golpe al cigarro y las cenizas caían sobre su pecho desnudo. Otro desierto, de cenizas de cigarros y de colillas, de cenizas como las de ella. Los restos de una idea muerta en su cabeza.

Las flores crecen más en los jardines que no sienten la brisa

mayo 19, 2010

joel – berlin_054

Cuando era joven, un adolescente casi, solía ir al colegio andando. El pueblo en el que crecí no era demasiado grande, era largo, sí, pero tampoco tanto. Solía levantarme mi padre a las siete de la mañana, con un meneo en los hombros. “Arriba”.  Por aquel entonces mis padres trabajaban como unos desgraciados y ese era el único momento que podía pasar con ellos en todo el día. Cuando se marchaban yo me levantaba y me preparaba un cola-cao. Para desayunar siempre había galletas, no recuerdo su nombre pero eran pequeñas y muy gruesas. Lo que más me gustaba de ellas era que absorbían una enorme cantidad de leche chocolateada. Después me duchaba, muchas veces con agua fría, ya que el accionador de mi calentador estaba en el piso inferior y yo, abrumado por mi férrea pereza, prefería congelarme a salir en pelotas y hacer que el butano ardiera.

Después salía a la calle y me dirigía a la escuela, bueno, ikastola en mi caso. De camino siempre pasaba por la casa de un colega y le esperaba en su portal. Era aún más vago que yo y solía tardar mucho en bajar, lo cual nos condenaba a llegar tarde a clase. Éste chaval era más grande que yo. También era más feo e idiota, pero superaba esos defectos haciendo gala de una seguridad en sí mismo y un carisma que yo nunca podría soñar en poseer.

Cada vez que salía de su casa se ponía a escupir. No era fumador, ni mucho menos. Era un gran deportista, pero lo hacía aludiendo a alguna especie de ritual que le habían enseñado en su clase. Él estaba en un aula de diversificación, o así lo llamaban entonces. Todos los que le rodeaban eran gente peligrosa, a la mínima podían partirle la cara. Tengo que admitir que, a mi temprana e inocente edad, me inculco cierto carácter, tal vez por osmosis, tal vez por… vete tú a saber,  que me convirtió en alguien, sólo en apariencia, mucho más seguro y resolutivo de lo que yo era en realidad.

Cada vez que él salía de casa escupía. Un gargajo sucio y verdoso que sonaba al golpear el suelo. Yo imitaba todo lo que hacía. Tampoco fumaba en aquella época, pero hacía todo lo posible por tener la mucosidad más grande y asquerosa posible. Supongo que así se medía la virilidad de alguien en aquellos tiempos.

Siempre llegábamos tarde a la escuela. Yo entraba en clase cuando la lección ya estaba más que empezada. El profesor me miraba mal, pero yo era un tío duro y no me decía nada.

Los años pasaron y el proceso continuó inmutable. Nos empezaron a crecer pelos en los huevos y, por lo tanto, empezamos a interesarnos por las mujeres. El tío éste empezó a salir con una chica de lo más fea. Evidentemente nunca le dije algo así. Los camaradas no se echan en cara lo triste de sus conquistas. Yo sufrí algunos reverses, pero esa es otra historia. La cuestión es que organicé una fiesta en mi casa con motivo de un viaje que realizaban mis padres. En fin, que mi casa quedó destruida en todos los sentidos posibles. En medio de la juerga mi amigo me pidió un condón, yo se lo di.

Pasaron los meses y yo conocí a una mujer que cambiaría mi vida. Pero, de nuevo, esa es otra historia. Mi amigo, con un sombrío semblante se presentó en mi casa. “Está embarazada”. Tardé unos segundos en responder. “Bueno, siempre podéis abortar”.

A los pocos meses me llegó la invitación para la boda. Yo iba ser el padrino a mis 16 años, y él, el marido a los 17. Sentí pena, asco, vergüenza y un millar de sentimientos más por él. Fui a la boda, acompañado por esa chica que siempre me miró con ojos de mar tranquilo. Pasamos el mal trago y nos ahorramos los comentarios sobre la incipiente barriga de la desposada.

Fue la última vez que lo vi.

Hace poco, al acabar mis estudios de ingeniería, me debatía yo entre el continuar mi formación o, por el contrario, entrar en el mercado laboral. Entonces recibí una llamada. Evidentemente, y como todos los lectores adivinarán, era él.

-Me han dicho que buscas trabajo.

-Bueno, tal vez.

-Resulta que soy delegado sindical de <Gran empresa > y podría mover hilos sin demasiado problema.

-Claro, ya te mandaré mi CV y ya me contarás.

No le mandé nada y siempre volví a colgar sus llamadas sin responder. Siguió tratando de contactar conmigo durante varias semanas. Luego desistió.

Los ojos de mar nacarado no volvieron a mirarme en mucho tiempo, en realidad, hacía tiempo que no sabía nada de ellos. Sí, otra historia más. Para otro momento.

Su hijo debe tener ahora unos 10 años y no puedo sentir sino la mayor de las indiferencias por él, por su padre y por todo lo que pueda suceder en su vida. Aquel chaval que, totalmente ignorante de ello, supuso un importante contrapeso que me ayudó a aprender a andar en la cuerda floja que separa la popularidad y el respeto de la mofa y la humillación. Me enseñó, sobre todo, a escupir como deben escupir los hombres. Y ahora, hoy, en éste preciso momento, no quiero volver a saber nada de él.

Batzutan, escupo sangre

mayo 12, 2010

Amets – P3314268_2.jpg

Batzutan, escupo sangre. Es la manera que tiene mi cuerpo de decirme “ey tío ¿qué tal?”. Yo le respondo limpiándome los labios con el papel higiénico del baño, haciéndolo una bola y tirándolo al agua, “bueno, aquí estamos”.  En realidad nos llevamos bastante bien, no sé, tenemos nuestras peleas, como todo el mundo, pero nada importante, nada que no pueda solucionarse con una cerveza en el balcón. Aunque ha habido roces y discusiones que se han salido de madre. Recuerdo, jejeje, recuerdo esa vez en la que, por su culpa, me vi obligado a engañar a mi novia con una mujerzuela de tres al cuarto. No era guapa, no era interesante, joder, ni siquiera tenía dinero con el que pagar mi vicios, no. Fue su maldito capricho y, claro, yo me vengué rompiéndome la cara contra un espejo. Ojo por ojo, la ley de Talión, qué sé yo. Pero no supo tomárselo con deportividad masculina, no, tuvo que montar su propio numerito. Total, que en uno de estos viajes diarios en el metro me cagué. ¡Qué rencoroso! ¡Qué poco saber estar!

A veces me reprocha el fumar como un carretero. Me hace escupir mis entrañas por las mañanas, me obliga a rumiar ese sabor a cenicero cada vez que despierto. No sé qué es lo que le molesta tanto. Hijo de puta. Una noche hizo que me quedase dormido en la cama, con un pitillo encendido en la mano. Suerte que las primeras llamas me quemaron el brazo derecho, conseguí apagar el incendio justo a tiempo. Al día siguiente me fumé tres cajetillas de trujas. ¡Qué se joda! No me malinterpretéis, yo quiero a mi cuerpo, no lo que es, no lo que será, sino lo que representa, los dos, juntos, siempre seremos lo que somos, por muy podridos, o tarados, o desgastados que estemos. Es sólo una broma, es sólo, espero, un juego. Mi cuerpo, mis órganos, mis entrañas, mi piel, mis músculos, tienen talento, talento para decir, para hacer, para escuchar, para entender. Tiene ganas, tiene deseo, tiene lo que quiero. Pero tiene mucho, también, de lo que detesto.

Él me promete el cáncer,  me promete el dolor. Yo me río, no porque sea gracioso, no. Siempre me han hecho gracias las amenazas, por muy serias que sean. Supongo que es alguna clase de autodefensa o alguna mierda de esas, preguntad a algún psicólogo. No hay nada tan grato como ser desagradable cuando no hay nada que hacer. Y casi nunca hay nada que hacer. Y eso lo sabemos los dos, por eso nos entendemos.

A veces se queja de mi problema con la bebida. Sólo lo hace porque no es capaz de comprender que, en definitiva, la culpa es sólo suya. No bebo para escribir, es todo lo contrario, al escribir bebo. Y él me empuja, él me obliga a escribir. Poner una palabra detrás de otra, es sencillo, no tiene ningún misterio. Tomo un trago, me enciendo otro cigarro. Pero, luego, salgo a la calle. Los jueves, los viernes, los sábados. Y nadie, nadie sabe poner palabras detrás de otras. Me miran raro, me llaman idiota. No hay cuentos, no hay historias. Mentira.

El cenicero está lleno, me he quedado sin vino. La gente no tiene ojos. A Tom Waits se le acaba la voz. Siempre hay ruido de coches en Lehendakari Agirre. Libros en la estantería. Mañana hay que trabajar. Mañana nos mentirán, otra vez. Siempre hay un colchón en el túnel de Deusto. Down in the hole. Batzutan escupo sangre, me alegro. La sangre dice que estoy vivo. Aún.

Conjunción

marzo 16, 2009

dove-sei

dove sei? – monty

¿Conocíais a ese chico que se creía mejor que los demás? Ese que hizo la maleta, cogió y se fue. Él no hablaba con los demás y solía encerrarse en su cuarto. Y entonces conoció a un chico y le dijo que no le gustaba la gente. Y entonces el asintió y le dijo que sí. Y desde entonces anduvieron juntos y gastaban bromas a los demás. Y se reían de las reglas y las normas y nunca hacían caso. Y cuando les preguntaban que querían ser dentro de 10 años ellos siempre respondían que estarían muertos. Y si iban a estar muertos, para qué perder el tiempo con la gente. Eso decían, sí.

Para ambos las noches eran demasiado cortas y los días demasiado largos. Y jugaban a no esconderse y a que siempre los encontraran para meterse en peleas. Y les gustaban sus gritos pero no los de los demás. Y pelillos a la mar. Y les gustaban las lavadoras pero no las tostadoras. Porque las tostadoras tienen siempre dos agujeros desde hace ya mucho tiempo y eso no es agradable. No encontraron nunca joyas debajo de los sofás.

Y la ciudad siempre estaba quemada como los cigarros mal apagados. ¿Cuántas quieres esta vez? Y aprendieron a hacer el baile del ocho de las abejas y nunca vieron ningún telediario ni leyeron ningún periódico. Y contaban historias y se las contaban a ellos pero aunque ellos no se las creyeran les gustaban. Las suyas tampoco eran ciertas la mayoría de las veces. Y aprendieron a volar y a volver a casa con los ojos cerrados haciendo eses. Y les hacían test a los desconocidos y si no los superaban les escupían porqué no se merecían nada mejor. Y aprendieron a beber sin pagar y a pronunciar la ñ aspirada con h intercalada.

Pero un día vino su amigo y le dijo que se tenía que ir y que él también tenía que hacer la maleta y escaparse otro sitio lejos muy lejos porque no le quedaba más remedio. Y se quedó solo y se puso triste porque ya nadie sabía hacer el baile del ocho de las abejas ni jugar a no esconderse. Y subieron las mareas con poleas y ascensores. Hacía tiempo que ya no eran niños.

El chico se compró un chaleco antibalas y le hizo agujeros de queso gruyère con un picahielos y se interpuso en el camino de todas las balas de todos los tiroteos de todas las calles de la ciudad. Y miró su reloj de sangre y vio que aún no era su hora y que aún quedaban puertas que romper y cerraduras que reventar. Pero estaba cansado y ya no era divertido hacer todas esas cosas y palpó su corazón y vio que era de plástico. De explosivo plástico.

Pero el día en el que olvidó ponerse su camisa de los domingos se tropezó con una chica bonita que le invitó a una copa demasiado cargada y le confundió con otro chico pero eso les dio igual y ella lo cogió del brazo y él se la llevó a casa y le comió el coño y luego se quedó dormido entre sus ingles. Ella le dijo más tarde que estaba rota y que no sabía dónde estaban sus piezas de recambio y él le contestó que le daba igual y que él tenía unos pulmones que eran granadas de fragmentación que al explotar amputaban miembros y seccionaban cuellos. Y se sonrieron al darse cuenta de que habían encontrado su tapón de la bañera y un nombre para el perro del jardín que siempre ladraba.

Y el día de San Patricio construyeron un museo sin obras de arte ni artistas sinvergüenzas y pusieron espejos en los techos y frigoríficos a vapor y marcaron a fuego sobre la entrada del edificio: Más rápidos que la muerte.

Deus Ex Machina

enero 20, 2009

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IMG_0916 – miren

El anciano solía matar el tiempo sentado en la mecedora de su hogar de color blanco hospital, de color blanco aséptico. La propia palabra “tiempo” perdía su sentido original en aquel lugar. Se estiraba y se dilataba como un metal dúctil. El tiempo era maleable cuando adquiría ese color rojo brillante. El tiempo correteaba por el suelo de aquel lugar como una gran rata patosa. Se tropezaba y se golpeaba contra las patas de los muebles. A veces se subía por las paredes, como una araña, negra y amenazante. Clavaba sus ocho ojos en el anciano, lo estudiaba, medía la distancia del salto que debería dar para caer sobre sus barbas.

El anciano era consciente en todo momento de la localización exacta del tiempo. Lo seguía sin mover la cabeza, sólo con los ojos, con un estúpido disimulo. Creía tenerlo controlado, casi domado, pero, en realidad, su mera presencia le hacía sentirse inquieto.

El anciano trataba de distraerse y abstraerse de aquella molesta mascota mirando a través de la ventana. Sus posesiones eran vastas y se perdían en el horizonte al unirse con el sol. Verdes bosques e inmensos viñedos, jardines con flores que cubrían todo el espectro cromático. Pero ya conocía de memoria cada uno de aquellos rincones. Se sabía al dedillo cada relieve de la corteza de cada árbol. Cada brizna de hierba. Cada animal, cada río, cada nube.

El anciano miró de nuevo al tiempo. Se sintió solo.

Pensó en la necesidad de alguna compañía. Alzo la mano y arrancó un trozo de cielo que dejó sobre la mesa de su cocina. Se sentó en una silla, apoyó el mentón sobre aquella mesa y observó aquella hermosa masa informe. De color azul. Luego miró sus propias manos y las hundió en aquel trozo de cielo. Empezó a moldearlo con un sentimiento de curiosidad y excitación que no sentía desde hacía tiempo. Pasó todo el día esculpiendo un ser a su imagen y semejanza. Posó su mano sobre la cabeza del golem. Ya sólo faltaba un último toque para acabar la obra y dotar al ser inanimado de las mismas características que su anciano creador. Tendría a alguien como él para sentir su calor. Un igual. Un compañero. Un amigo.

Pero miró al sol. Dudó una vez.

Miró a la luna. Dudó por segunda vez.

Se mesó su larga barba y dudó por tercera y última vez.

Apartó su mano de forma apresurada. Se asustó, sin duda. Alguien que estuviera a su mismo nivel podría complicar su plácida existencia. Podría discutir sus puntos de vista. Podría, incluso, poner en duda todo lo que había hecho hasta entonces. Se conocía demasiado bien a sí mismo. Se asustó, sin duda. Destruyó aquel ser golpeándolo contra el suelo hasta hacerlo añicos.

El anciano, deprimido, salió al campo a pasear y meditar sobre lo sucedido. Había estado a punto de cometer un grave error, el tiempo lo había convertido en alguien descuidado. Se prometió a si mismo que aquello no volvería a ocurrir.

Al anochecer volvió a su casa y al quitarse las sandalias para descansar los pies se percató del barró que las había ensuciado durante su paseo. Eureka. ¿Cómo había podido estar tan ciego? La solución al problema de la soledad era harto sencilla.

Volvió a esculpir otro ser a su imagen y semejanza, pero esta vez el material utilizado fue el barro de sus sandalias. Al terminarlo se encendió un cigarro y echó hacia atrás su silla mientras apoyaba los pies sobre la mesa. Satisfecho.

Las cenizas del cigarro encendieron la chispa de la vida y un puntapié en su culo de barro le otorgó un alma inmortal, negándole cualquier posibilidad para escapar. Cuando despertó, aquel ser se encontró sentado en un erial que le era totalmente ajeno, como cualquier otra cosa que hubiera visto a su alrededor. Sintió un increíble dolor cuando el barro del que estaba compuesto empezó a transformarse en tejidos y órganos mucosos y palpitantes. Escuchó atemorizado el crujido de los huesos que se endurecían. Su corazón comenzó a latir y los pulmones intentaron respirar, provocándole arcadas y obligándole a vomitar la tierra que aún conservaba en su sistema respiratorio. Todos los músculos de su cuerpo ardieron al contacto con el aire hasta que una piel los cubrió por completo. Tardó varias horas en aprender a controlar sus esfínteres. El primer hombre había nacido.

El anciano lo había logrado. Se apoyó en el marco de la ventana y observó a su hijo moverse desorientado y sin rumbo fijo. Comenzó a dictarle una serie de normas y reglas que tendría que cumplir y respetar. El hombre, confundido, interrumpió el discurso y mostró su desconcierto. Era incapaz de comprender todas aquellas leyes y dictados. El anciano sonrió de forma paternal. Le explicó con cuidado que aquella reacción era normal ya que él, su creador, era un ser superior y perfecto, mientras que el hombre no era más que un ser inferior, incapaz de comprender por completo aquellas normas tan elevadas.

El hombre preguntó entonces cómo podía exigirle el cumplimiento de aquellas leyes si en su inferioridad, era incapaz de entenderlas. El anciano se encogió de hombros y explicó al hombre que lo único que necesitaba hacer era amarlo como a un padre, que todo lo demás vendría por su propio pie. El hombre se rascó la cabeza, frunció el ceño y negó con la cabeza. Cómo iba a amarlo como a un padre si no era capaz de mostrarle ni una sola de las cualidades necesarias para ser un progenitor querido.

El anciano, cansado ya de tantas impertinencias, le ordenó guardar silencio. Como creador y padre suyo que era, debía mostrarle respeto por encima de todo, amarlo por el preciado regalo de la vida y temerlo por su justa severidad. Sólo así el hombre podría ser feliz, sólo así llegaría a ser lo que todo hombre debe ser. Sólo así conseguiría que su padre estuviera orgulloso de él y de sus logros.

El hombre meditó durante varios segundo, abrió la boca para decir algo, pero guardó silencio, dio la espalda al anciano y comenzó a caminar. Pero antes de dar 3 pasos se giró y señalo con un dedo acusador al anciano. Gritó. Dijo que nadie tiene derecho a crear vida con el único fin de complacer al propio creador, dijo que alguien así sólo podría traer dolor a su creación, dijo, incluso, que el anciano ansiaba desesperadamente ser amado porque no era capaz de sentir nada más que una recurrente mezquindad hacia su persona. Porque tenía miedo, miedo a la eternidad de la nada y la sinrazón.

El anciano estalló lleno de ira. Cómo podía atreverse alguien tan insignificante no sólo a cuestionar sus designios, sino a juzgarlos como algo inmoral y egoísta. Con un solo gesto de su mano el hombre se retorció de dolor, y vio en su interior la muerte y la desesperación, el hambre y la guerra, la miseria y el desconcierto, la locura y la mezquindad, el egoísmo y la envidia. Vio millones de cadáveres apilados devorados por blancos gusanos, pudo oír el característico sonido de la nieve al ser comprimida por una bota militar, vio nacer a todos los hombres que vendrían al mundo en el futuro, y sintió el dolor que padecerían todos y cada uno de ellos durante sus vidas. Suplicó clemencia. Pero el anciano no hizo nada. Pidió perdón. Pero nada cambió. Al final, entre lágrimas, le dijo que lo amaba y le dio las gracias. El anciano comprobó que no era ningún truco, que el dolor y el horror habían conseguido arrancar de aquel hombre una verdadera demostración de amor incondicional. Vio que era bueno y sonrió.

El hombre fue entonces arrojado al mundo inferior, desnudo y sin ningún tipo de ayuda. El anciano había aprendido bien la lección y supo desde entonces cuál debía ser el instrumento a utilizar para obtener el cariño y la devoción que se merecía.

El hombre comenzó a caminar, dolorido, y aunque en todo momento fue perfectamente capaz de sentir la mirada inquisidora de aquel anciano sobre su espalda, nunca miró hacia atrás. Nadie pudo escuchar como masculló entre dientes una plegaria al anciano por seguir vivo.

Detritus

noviembre 5, 2008

retrete

retrete – ainhoa

Una vez tuve un perro. Era un pastor alemán de colores invertidos, es decir, el negro donde iba el marrón y el marrón donde iba el negro. Lo trajeron a casa cuando yo tenía tres años. Por aquel entonces el chucho era pequeño y muy oscuro, juguetón. Feliz. Te lamía los pies y se tumbaba en tu regazo. Te miraba con esos ojos completamente negros. Con ese iris descomunal que apenas dejaba espacio al color blanco. Creo que le quise desde el primer momento. Creo.

No retengo demasiados recuerdos de mi infancia, a decir verdad, apenas tengo recuerdos anteriores a mis trece años. Es curioso. ¿Dónde se han metido todos esos años? ¿Simplemente se perdieron? ¿Significaron algo? No puedo recordar mis primeros años de colegio. No soy capaz de rehacer la cara de ese chaval que murió en accidente de coche y que venía a mi clase. ¿Hubo algún primer amor infantil? ¿Algún juego de médicos entre primos? ¿Era tranquilo o un desgraciado cabrón? No lo sé. Pero la imagen de ese perro saltando sobre mí es una de las pocas imágenes que atesoro.

Aquel perro había sido rescatado. Formaba parte de una camada que iba a ser sacrificada. Sus dueños no querían hacerse cargo de ellos. Mi padre lo salvó al ver sus colores invertidos. “En esta familia todos somos un poco raros”. Sus hermanos murieron, pero él pasó a formar parte de nuestra familia invertida. ¿Lo salvó la bondad o el sentimiento de culpa? Supongo que es irrelevante.

Nunca supe de donde le vino su nombre, mi padre lo olvidó hace tiempo. Yo nunca me lo cuestioné demasiado.

Cuando todavía era un mocoso solía ir al monte con mi padre. Llevaba uno de esos chándales de colores chillones de principios de los noventa. El perro siempre nos acompañaba en la parte trasera de la furgoneta Renault de color amarillo huevo. Ya sé que los perros no ríen, pero el color de su pelaje junto a sus suaves rasgos faciales siempre sugerían una tranquila felicidad. Y no me refiero a la felicidad jadeante que queda marcada en la cara después de echar un buen polvo, ni tampoco a la nerviosa felicidad por ganar una apuesta. Era más bien esa felicidad que se dibuja después de una deliciosa comilona. O, tal vez, la ridícula felicidad que nos embarga con alevosía y nocturnidad al presenciar alguno de esos actos de bondad aleatoria que nos escupe el mundo a modo de insulto. La cuestión es que a mí me divertía y me hacía sentir bien.

En uno de esos paseos agrestes nos cruzamos con un rebaño de ovejas. Cuando volvimos a casa el perro no dejaba de ladrar y saltar. Las putas ovejas le habían pegado garrapatas. Mi padre intentó quitárselas con un alicate, pero los jodidos monstruos explotaban dejando la cabeza dentro. Entonces optamos por otra opción. Yo sujeté al perro con fuerza. Nótese que por aquel entonces ya se había convertido en un formidable animal con una fuerza nada desdeñable. Yo, en cambio, seguía siendo la misma mierda seca de siempre. Entonces mi padre lo roció con gasolina, agua oxigenada o disolvente, ya no puedo acordarme. Puedo visualizar en mi mente como cualquiera de esos líquidos recorrió su cuerpo, introduciéndose en cada una de las heridas abiertas por aquellos parásitos.

El chucho aulló. Y saltó, joder si salto. Brincó y pataleó. Me lanzó varios metros hasta chocar contra una de las barandillas de la terraza por las que también restregó todo su cuerpo. Sufrió. Sin duda. Pero quedó purgado.

Pasaron los años y dejamos de ir al monte. Yo todavía era bastante pequeño, y cuando sacaba al perro de paseo me veía sobrepasado. Cuando se excitaba me arrastraba por las calles del barrio como si fuera un pelele. Dejé de sacarlo a pasear y mi padre le construyo una enorme caseta de madera. Siempre la vi como una especie de mansión para animales. Quedó encerrado en su parcela de terraza, como en un Dachau cualquiera. Cada vez que me acercaba seguía enseñándome su ficticia sonrisa. Supongo que esperando a que le abriera la puerta. Yo sólo le acariciaba detrás de las orejas.

Pasaron los años y crecí. Ya era lo suficientemente grande como para volver a sacarlo a la calle, pero supongo que tenía cosas más importantes que hacer. A saber, jugar a la consola, hacer el gilipollas con amigos que sabía que no conservaría en el futuro, expiar a parejas que se daban el lote en los arcos de la iglesia del pueblo.

De cuando en cuando, y aunque a mi padre no le gustara, le daba los bocadillos que me hacía mi abuela. Siempre se los comía de dos bocados, ni uno más, ni uno menos. Nunca dejo de “sonreír”.

Murió cuando yo tenía quince años. Sólo pudo disfrutar de la libertad en dos ocasiones durante los últimos siete años de su vida.

Cuando llegué a casa el perro no estaba en la terraza, busque en la caseta, sin éxito. El último año de su vida se lo pasó en su interior, tumbado, dormitando. Yo le hablaba, mucho. Pero siempre le contaba mis mierdas, nunca hablábamos de él. Mi padre ocultó la verdad, durante un día. Luego, a escondidas, escuché como decía que le había costado horrores meter el cuerpo en una bolsa negra de plástico, esas bolsas de la basura. Escuché como lo llevó hasta la parte trasera de la casa para enterrarlo. Entonces irrumpí en la sala con un semblante bastante sombrío y mi madre dijo que “al menos ha tenido una vida digna”.

Yo quería contestarle, decirle que no, que estaba muy equivocada, que eso no fue una vida digna.

Pero no dije nada. Nunca dije nada.

Sarajevo

octubre 21, 2008

fuckedUpAngel – Triames

Era aquella una mañana nebulosa. Aparté los cartones que me habían mantenido más o menos caliente durante la noche y me até los cordones de las viejas botas. Recuerdo haberme puesto el gorro de la chaqueta antes de mirar por la pequeña ventana que daba a la acera. Desde mi sótano se podía ver claramente el final de la calle, la iglesia, el antiguo mercado, la mezquita y la biblioteca municipal. Arropé a mi madre y sin hacer ruido subí por las escaleras hasta el primer piso. Sobre la sucia moqueta del pasillo dormía media docena de personas de una misma familia. No habíamos compartido nombres, pero ya nos conocíamos todos los que nos levantábamos a estas horas para llevar acabo nuestro ritual. Con leves gestos de la cabeza o las manos nos saludábamos para, a continuación, dirigirnos a la puerta que daba a la calle.

Le llamábamos La Puerta, aunque en realidad no era más que el marco de una ya desgarrada. Pero su importancia radicaba en lo que representaba, era la línea divisora, el límite. Después del marco, después del vacío que dibujaba el rectángulo no había nada. O mejor dicho, había todo. Nos acercábamos, con cuidado. Cada día le tocaba a uno distinto. El puesto era rotativo, sin excepciones. Al pobre afortunado le llamábamos JFK. Si no te ríes sólo te queda comerte tu propia mierda. Ese día me tocaba a mí.

Algunos JFK solían salir a cuatro patas, sacando primero la cabeza a la calle. Yo sabía que era una estupidez, no suponía ninguna jodida diferencia. Salí lo más erguido posible, aunque supongo que la estampa no era demasiado digna debido a mi encorvamiento causado por distintas desdichas que ahora no deberían interesar a nadie. Di tres pasos y me quedé allí, quieto, mirando al cielo nublado, sintiendo la humedad del aire. Conté hasta diez y bajé la mirada. Luego eché un vistazo a ambos lados de la larga calle. Había otros JFK como yo. Miré hacia atrás e hice un gesto de aprobación. La calle era segura, por ahora.

Nos acercamos todos al camión de suministros y nos pusimos a la cola, en silencio. En las colas tenías mucho tiempo para pensar, pero no lo hacías. Pensar nunca ha ayudado a nadie en estas situaciones. Mi padre me habría dado un buen azote hace tiempo si me oyese decir algo parecido. Pero ahora no estaba aquí, se había ido con el resto de los hombres, al bosque, o tal vez a alistarse. Supongo que ahora pensará de una forma bastante aproximada a la mía. O tal vez esté muerto. ¿Veis lo que os decía? Es mejor no hacerlo.

Se escuchó un disparo y el eco que producían las ondas acústicas al rebotar en las fachadas de los edificios más altos de la calle. Un cuerpo cayó al suelo, no estaba muerto, le habían dado en la rodilla. Con el primer estruendo todos nos llevamos las manos a la cabeza, pero nada más. Algún novato se arrojó al suelo, algún bebé empezó a llorar. Pero nada más. Teníamos demasiada hambre como para dejar la comida por un simple francotirador. Pero, inmediatamente después, comenzaron las explosiones, proyectiles de mortero. No eran certeros al principio, pero a medida que iban viendo cual era el punto de impacto podían ir corrigiendo la trayectoria, el ángulo de inclinación, etc. El camión salió cagando hostias, ya no tenía sentido permanecer allí, todos corrimos a escondernos en los portales, pero sin alejarnos demasiado. Siempre cabía la posibilidad de que alguno de los que habían conseguido comida muriera por la metralla o alguna otra bala. No se podían desperdiciar esas oportunidades.

Las explosiones continuaban, pero bastante alejadas de nosotros. El chaval herido seguía en el suelo, gritando como un cerdo, pidiendo ayuda. Todos nos hacíamos los sordos, sabíamos cómo funcionaba aquello. Los francotiradores solían herir a alguien a propósito, para así incitar a los demás a ayudarle, de esta forma conseguían objetivos inmóviles. Sencillos. También podía ser que hubiera errado el tiro, pero todos los presentes nos queríamos creer la primera de las opciones en un triste intento de justificar nuestra inacción.

Cesó el bombardeo, de nuevo era el turno de los JFK, Avanzamos hacia el centro de la calle mientras rastreábamos cada palmo del suelo en busca de comida que se le hubiera caído a alguien. Poco a poco llegué hasta el herido, que seguía apretándose la rodilla mientras me miraba con sus ojos lacrimosos suplicando por una mano amiga. Me incliné hacia él. Despacio, y metí mi mano por la parte interior de su chaqueta. Palpé un paquete de cigarrillos y me lo llevé al bolsillo. Después seguí rastreando. Un par de niños le quitaron sus zapatos, después de eso dejé de mirar.

Pronto la calle se volvió a llenar de gente que se movía de forma aleatoria, como bacterias, en busca de sustento y con la vana ilusión de que, tal vez, el camión regresaría de nuevo antes de caer la noche.

Sonó otra deflagración. Todos miramos alrededor, buscando aquellas rosas que dejaban las explosiones marcadas en el asfalto. No vimos nada. De pronto, una lluvia de ceniza nos ensució a todos. Por alguna inexplicable razón me di cuenta al momento de donde provenía todo aquello. Corrí hacia La Puerta de mi casa, y desde allí pude ver como ardía la biblioteca municipal. Cerca de ella no vivía nadie, no era ningún objetivo estratégico, sólo eran libros. Entonces lloré, lloré por primera vez en seis meses. Y sentí miedo. Mucho miedo.

No podía moverme, no podía. Simplemente observaba los trozos de papel que, aún ardiendo, se elevaban al cielo girando enloquecidamente. Entonces ocurrió algo que nunca podré olvidar, la única imagen de aquellos días que puede rivalizar con la de la biblioteca ardiendo. Un hombre, sucio, de pelo corto y barba de varios días surgió de la puerta de lo que hasta hace poco se conoció como el club TITO. Abrió sus negras puertas de metal acarreando un aparato con él. Recordé el TITO. Recordé como me hicieron en sus baños mi primera mamada a los quince años. Eso fue hace menos de un año antes de que comenzara toda esa locura, pero se me antojaba tan lejano por aquel entonces. Recordé aquella música machacona en la cabeza, en realidad nunca me gustó, pero eso era lo de menos. Recordé también aquellos labios. Aquellas manos que desabrocharon mi pantalón. Ella era mucho mayor que yo. Con esas imágenes en la cabeza cerré los ojos y esperé. Me mordí los labios y esperé. Pero no tuve ninguna erección. Me sentí desdichado. Probablemente la falta de agua y comida fueran los culpables, pero claro, en aquellos momentos no era tan fácil racionalizar toda esa mierda. Pensé, abatido que tal vez hubiera olvidado como tener una erección. ¿Cuánto hacía que no me masturbaba? Tal vez hubiera perdido la noción de belleza. Tal vez no pudiera recobrarla nunca.

Pero volvamos a aquel hombre. Él solo, sin ayuda de nadie y bajo aquella lluvia de cenizas y papeles sacó una mesa a la mitad de la calle. Volvió a entrar en la discoteca y sacó varios platos y una mesa de mezclas. Volvió a entrar y sacó a cuestas un par de altavoces enormes. Nadie podía creérselo. Para terminar, saco unos alargadores que presumiblemente conectaban todo el equipo a algún tipo de generador que tendría escondido dentro del club. Sin abrir la boca, sin decir una sola palabra, sin realizar gesto alguno encendió todo el sistema y un agudo pitido pudo escucharse en toda la calle. De inmediato, colocó un vinilo sobre uno de los platos y pulsó alguno de los botones de la mesa. Entonces. Joder. Entonces lo escuchamos. Era esa misma música. Aquellas voces graves, aquellos golpes, aquellos ritmos. Subió el volumen y las ventanas que aún no estaban rotas retumbaron.

La gente empezó a levantarse, otros salieron de sus casas, extrañados e intrigados. Nadie bailaba, pero eso era lo de menos. Fue en ese momento cuando noté algo duro entre mis piernas. Años más tarde pude saber que aquel hombre había sido el disc-jockey de la sala TITO. No dejó de mirar la biblioteca que ardía. Yo sonreía mientras me agarraba el paquete con la mano. Volví a sentir los labios. Volví a sentir. Oí un disparo. El pinchadiscos cayó al suelo con la cabeza atravesada por un disparo. El disco siguió sonando hasta que acabó la canción, para dejar paso a un monótono sonido rasgado producido por la aguja sobre el vinilo. Se escucharon de nuevo los gritos del chaval herido. Se volvieron a escuchar los pasos de la gente que regresaba a su escondite.

Yo corrí, corrí hacia el sótano. Me senté junto a mi madre y le dije al oído:

-Mamá, he tenido una erección.