Archive for the ‘Agur’ Category

Adiós/Agur (15 de 1000)

febrero 16, 2012

Jesús Benavente era un vigilante de seguridad de una empresa, cuyo nombre no viene al caso ¿verdad?, de hoja de servicio impecable, años de experiencia e incluso cierta fama entre los de su profesión gracias al homenaje personal que le dispensó la presidenta de la comunidad de Madrid por un acto heroico realizado en horas de servicio. A pesar de no tener un buen porte y de que la barriga había sobrepasado hacía tiempo ese fatídico punto de no retorno en su inexorable curvatura, Jesús Benavente siempre parecía estar rodeado de un halo de masculinidad de palillo y bigote.

Pero fíjense ustedes cómo son las cosas. La sucursal bancaria sita en la plaza de Lavapiés, justo al lado de la salida del metro, en la que Jesús Benavente llevaba años trabajando de una manera muy profesional y diligente, incluso demasiado dirían algunos, fue asaltada una mañana de febrero. El ladrón, joven e indefinido como suelen serlo por ésta zona de la ciudad, no respondió a sus altos y espéreses. Como las famosas imágenes de la chavalería cargándose el muro de Berlín para la vieja guardia soviética, éste acto de desprecio hacia su puesto, uniforme y bigote, hirió el orgullo de Jesús Benavente de la forma más profunda posible. No un orgullo cualquiera como el suyo o el mío, no señor, era ésta una brutal castración de la hombría de un héroe. Y como todo hombre que digne a llamarse como tal, al sentir que el tamaño de sus testículos era, no cuestionado, no, peor aún, ignorado, Jesús Benavente hizo lo único que podía hacerse en tal situación. Sí, sacó su pistola, apunto al chaval y le descerrajo 2 tiros por la espalda.

Algunos dirían después que fue mala suerte. Otros, los menos, que tal vez los 2 o 3 coñacs que se tomaba en el bar de apuestas que hay justo en frente de la sucursal cada mañana pudieron haber tenido algo que ver. Como toda leyenda heroica, la gesta de Jesús Benavente necesita de rumores que sirvan de adornos insustanciales y decoren la gallarda escena de la obra. Y como tal los despreciamos, como se despreciaron en su día. Por irrelevantes e insustanciales. Por infantiles. Lo único seguro es que una de las balas impactó en el gran cártel que colgaba del techo por dos cables metálicos y que llevaba inscritas las siglas de la eminente casa bancaria. La otra se le alojó en el cerebro a una señora de 78 años, residente de tan castizo barrio que, como cada mes, se disponía a pagar los 25€ de renta antigua de su coqueto piso. La autopsia diría después que la bala, al ser de tan pequeño calibre, se rompió en mil pedazos al atravesar el cráneo de la señora por el hueso parietal. La metralla, ya privada de su velocidad inicial, aún consiguió abrir cientos de finísimos surcos en su cerebro hasta detenerse y quedar rodeada de masa encefálica.

El ladrón, probablemente asustado por las detonaciones, huyó del lugar sin botín alguno. Jesús Benavente, aturdido por lo sucedido, tardó varios segundos en reaccionar y salir tras él. En la calle el día empezaba a despuntar y el astro rey cegó por unos instantes a Jesús Benavente. Con la celeridad digna de un héroe de acción, alzó la mano que tenía libre y usándola a modo de visera y entrecerrando los ojos, consiguió apuntar su arma hacia el prófugo y realizar un tercer disparo. Mucho se ha debatido en torno a éste punto. Parece ser que los teóricos de la conspiración encontraron un dudoso punto de apoyo para sus delirantes acusaciones en el hecho de que, habiendo enfilado el ladrón la calle de Lavapiés en dirección a Tirso de Molina, la bala impactase en el cuello del conductor de taxis, de origen marroquí, estacionado en la parada de la plaza. El desgraciado hecho también debió de confundir a los transeúntes magrebíes y subsaharianos del lugar para que, dejando de lado sus típicas disputas para ver quién se queda con qué esquina para sus trapicheos de poca monta, se uniesen en una espontanea turba que se abalanzó sobre Jesús Benavente. El vigilante, viendo peligrar su integridad física, no tuvo más remedio que realizar otro par de disparos. Un hombre cayó al suelo entre horribles gritos de dolor mientras se llevaba sus manos al estómago. El populacho soliviantado, víctima de lo efímero de sus convicciones y la débil cohesión moral de los individuos que la forman, huyó despavorido dejando a Jesús Benavente libre para continuar la persecución.

Lo intenso suele ser sorprendentemente breve. Por eso nadie se extrañó al saber que Jesús Benavente tropezó a los pocos metros de la sucursal del banco con el bordillo de la acera que separa la plaza propiamente dicha de la estrecha carretera, con tan mala fortuna que, al caer, se rompió el cuello quedando inerte en el suelo. Y es que parece inevitable,  en toda homérica epopeya, el trágico final que rubrica la leyenda y la eleva al altar de la inmortalidad para quedar grabado en el imaginario colectivo de todo un pueblo.

Jesús Benavente fue enterrado con honores después de un funeral de estado al que asistieron varios representantes de la casa real, del gobierno de la nación y la propia presidenta de la comunidad, su noble marido e incluso su amante. Tal era la ocasión. Una estatua ecuestre fue erigida en el centro de la plaza que le vio morir por sus ideales y su patria, y una placa descubierta con su nombre y el epígrafe en el que puede verse el logotipo de la empresa de seguridad para la que trabajó toda su vida. Si usted se pasa por la sucursal o el bar de apuestas de enfrente, también podrá admirar las sendas fotos enmarcadas de Jesús Benavente, un nombre que ya es parte de nuestra Historia. Con hache mayúscula.

Del joven ladrón nunca se supo nada.

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Adiós/Agur (14 de 1000)

febrero 11, 2012

Cada calada, como si fuera la última, cada polvo, como si te fuera la vida en ello. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero las ganas de leer, las ganas de follar son,  esencialmentente, infinitos, sobrepasan nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz, nuestros deseos de decir basta, nuestros límites, nuestros muros, sobrepasan la razón, sobrepasan las leyes no escritas que nos dicen NO.

Adiós/Agur (13 de 1000)

diciembre 14, 2011

12.12.11 – 03:35 – M. U. | BILBAO.

Nadie sabe qué pasó por la cabeza de T.R., una chica bilbaína de 24 años de edad, para dar a luz a su bebé en la calle 2 de mayo (Bilbao) y dejarlo allí abandonado, donde fue descubierto la mañana siguiente por tres vecinos de la localidad a medio comer por las ratas. Ocultó su embarazo a todo el mundo, familia, amigos e incluso a su compañero sentimental usando como excusa unos supuestos cambios hormonales producidos por la píldora, que había empezado a tomar desde que su pareja le hiciese partícipe de su preocupación  por la naturaleza sumamente artificial y distanciadora del preservativo.

La noche del 10 de diciembre, cuando se hallaba junto a su pareja en los baños del Kremlin, local de copas nocturno de dudosa reputación, presumiblemente consumiendo sustancias estupefacientes, comenzó a sentir un fuerte dolor. Después de hacer salir a su acompañante, aduciendo una imaginaria urgencia biológica (número 2), parió en la misma taza del váter. Siendo consciente del deplorable estado de las instalaciones y el extraño color y hedor del agua, la acusada sacó a su recién nacido hijo tirando del cordón umbilical que aún colgaba de sus entrañas, arrancándoselo inmediatamente después con sus propias manos.

Después de constatar que aún seguía vivo, envolvió a la criatura, junto al cordón umbilical y la placenta, en su chaqueta y, con gran disimulo, huyó del local. No tuvo que andar demasiados metros hasta encontrar un par de contenedores de basura en la misma calle bajo los cuales deposito el fruto de su vientre. En un intento de aparentar normalidad volvió al bar para continuar la noche.

El cadáver era descubierto horas después (ninguno de los testigos ha sido capaz de especificar la hora concreta) por tres amigos que abandonaban otro infame local de la misma calle llamado El Bullit. Los tres se mostraron reacios a la hora de aclarar a la policía el motivo que los llevo hasta aquellos contenedores. Sólo después de que el inspector al mando del caso les prometiera, por escrito, que quedarían exentos de cualquier sanción siempre y cuando la falta fuese administrativa, confesaron que su intención era la de miccionar en la vía pública antes de tomar el transporte público hacia sus respectivas viviendas. Y asó lo hicieron. Uno de ellos, al agacharse para recoger la cartera que se le había caído en el charco de orín que acababan de crear, se percató del extraño bulto. El cadáver del bebé fue encontrado con varios mordiscos en la cara y el tórax. Las ratas habían empezado a comérselo. Tras varias pesquisas T.R. fue detenida a las pocas horas y puesta a disposición judicial. Sus otros dos hijos han quedado, por ahora, bajo la tutela del Estado.

Adiós/Agur (12 de 1000)

octubre 19, 2011

Nunca supimos quién o qué construyo el puente. Cómo fue capaz de levantarlo en tan poco tiempo, sin que nadie prestara demasiada atención, sin que nadie notase algo extraño. Nadie preguntó. Pero un día, al despejarse la bruma matutina, lo vimos. Bueno, lo vieron, o eso dicen, ya que yo nunca he estado lo suficientemente cerca. Lo vi por televisión, como todo el mundo. Lo vi en Internet. Nada más.

Adiós/Agur (11 de 1000)

junio 22, 2011

En la carretera que une Madrid y Donostia hay un secarral con dos viejas porterías. En su día estuvieron pintadas de blanco, ahora sólo quedan algunas costras que ayudan a imaginar su aspecto original, el resto no es más que metal oxidado, rojizo y anaranjado. Están a unos 20 metros una de la otra, frente a frente. No sabría decir a qué altura de la A-1 se encuentran. La cuestión es que, viajando en autobús, siempre, y digo siempre, giro la cabeza en el momento exacto para verlas durante un par de segundos.  Nunca hay nadie jugando, no hay ningún movimiento, ningún destello, ningún cambio reseñable de la orografía del lugar que llame la atención al cerebro adormilado, que haga parpadear, que sugiera algo tan importante como para girarse y mirarlo.

Y me quedo ensimismado, sin saber muy bien qué pensar, con la barbilla apoyada en una mano, mirando esas porterías. Es entonces cuando me doy cuenta de lo asquerosamente estúpido de la escena, digna de cualquier bodrio hollywoodiense, del peor de los pasajes del más abyecto libro de Lucía Etxebarria,  de la más vergonzosa imagen de perfil de facebook. Pero siempre vuelve a pasarme, en cada maldito viaje, que no son pocos señora, escapa a mi control. Dios, cómo me jode. En ese momento surge la otra idea que suele ser la heredera natural de las porterías, es decir, la sospecha de que me estoy volviendo loco. No loco de manicomio y camisa de fuerza, otro estilo loco. Como si se me reblandecieran los sesos. Cuando se te jode la cabeza ¿eres consciente de ello? Lo dudo, supongo que las pistas suelen venir en forma de momentos de claridad, como los que suelen tener los alcohólicos, pequeñas ventanas o qué sé yo. Y a eso le doy vueltas y así amenizó el viaje.

Podría parecer una asociación bastante gratuita de ideas la de la cursi postal de las porterías y el súbito despertar del miedo a estar como una puta cabra. Pero qué va. Quiero decir… a ver si me explico. Bastante difícil es ya de por si el tratar de describir como se hilvanan los pensamientos detrás de la frente de cada uno. Bueno, qué cojones, cómo si yo fuera a saber que la mecánica de mi sesera es extrapolable. Pues nada, que no vale.

Igual que la otra noche. Estaba yo en un concierto al aire libre y al cerrar los ojos, la luz moradazul de uno de los focos se quedaba grabada a fuego bajo mi pupila con cada parpadeo, y eso era todo lo que podía ver en la oscuridad. Lo jodido es que al volver a abrirlos, el punto de luz seguía la trayectoria de la pupila dejando una estela del mismo color, aunque algo más atenuado, allí por donde pasaba, y encima con retraso. Y así me pasé varios minutos con la dichosa lucecita, con la música en la caja torácica. Entonces paré un momento y me dije, joder, se te está yendo la cabeza. E inmediatamente me ponía a reflexionar sobre qué tipo de enajenación podría sufrir, o más bien, cuál de ellas me pegaba más. ¿Soy más de violar o de matar? Y le daba un buen meneo al katxi para que saliera a flote lo mejor, que suele quedarse en el fondo, y ale, p’adentro.

Cada vez que me siento en la acera me da la impresión, esta idea ya se ha vuelto algo recurrente, de que el tiempo éste que nos ha tocado vivir, es un tiempo que arranca de la gente ese deseo de conocer y entender el porqué de las cosas. Y así pasan luego las cosas que se ven en los telediarios, y se leen en los periódicos de tirada nacional, y se escucha a los tertulianos de los debates radiofónicos vespertinos. Total, que de tanto llevar el cántaro a la fuente, se rompe, y nos cansamos y nos aburrimos de todo lo que nos rodea. Y perdemos el interés en esa mujer, y en lugar de imaginarla desnuda nos imaginamos su autopsia*.  Y mientras me imagino cortando y sacando y pelando y rasgando y serrando, los transeúntes me empiezan a dar patadas y una señora se me acerca y me dice que la acera no es lugar para estar sentado y que obstaculizo el paso y yo le digo Váyase a la mierda puta vieja de los cojones y entonces. ENTONCES. Me doy cuenta de que estoy para que me encierren.

En fin, que a ver si alguien puede indicarme en un googlemaps a qué altura de la carretera quedan estas dos porterías. Ya sabré yo qué hacer con la información.

Adiós/Agur (10 de 1000)

junio 21, 2011

Hace demasiado calor para escribir.

Adiós/Agur (9 de 1000)

junio 8, 2011

Hay un rostro desdibujado detrás del cristal.

Es el vapor de agua condensado en su superficie lo que le da ese aspecto monstruoso.

Hay una cara monstruosa tras cada cristal.

Me habría gustado verte más a menudo.                                                                                                                        Dejadme salir de aquí.

Hay un cristal para cada monstruo.

Una ventana para cada cristal.

Los días fríos traen los monstruos detrás de cada ventana,

de cada puto cristal.

Adiós/Agur (8 de 1000)

abril 24, 2011

Y es que uno se cansa ya, por Dios, de leer libros que dicen siempre lo mismo y de escribir una y otra (y otra) vez sobre temas idénticos y pesadillas recurrentes, coño ya hostiaputa. Y dale con la espalda desnuda de la mujer con la que acabas de follar que observa la calle a través de los huecos que deja la persiana a medio cerrar mientras fuma un cigarro que sostiene en su mano derecha con la cintura rodeada por su brazo izquierdo, que sí joder, que los rayos de luz dibujan su silueta enmarcada en esa vidriera, que nos damos cuenta de que esa mujer no era La mujer sino otra mujer y que nosotros también somos otro hombre más para ella. Nos hacemos mayores y las historia de botella y de cigarro, de resacas monumentales y culpa y vergüenza son siempre las mismas. Y que si los ojos y las miradas y la puta madre que las parió. La vista se cansa y duele la espalda y nos aburren todas las películas y sus tiempos de descarga por cortos que sean.

Joder.

Adiós/Agur (7 de 1000)

abril 5, 2011

Se llamaba Irina y era blanca, muy blanca, y su pelo rojo, muy rojo. Me gustaría pensar que está bien pero, probablemente, no lo esté.

Adiós/Agur (6 de 1000)

abril 3, 2011

Jose y su santa mujer eran porteros. Ya sabéis, los que antaño cumplían el papel de cancerbero de tu queo y que jugaron un importantísimo papel en la educación de todo infante. Por norma mezquinos,  asociales y más animales que una mula de carga, el gremio se encargó de mantener un férreo control sobre todo acontecimiento de la finca urbana durante su época dorada. Siendo el control del flujo de la información, como todos sabemos hoy en día gracias al impacto de las nuevas tecnologías que ha hecho evidente lo que antes sólo unos pocos sabían y comprendían, la fuente de todo poder, se dedicaron impunemente a la extorsión, la delación y, por qué no decirlo, al chismorreo sistemático y desmelenado.  Pero esta mafia urbana se ha visto relegada y degradada a unos quehaceres más mundanos como la recogida de la basura y la limpieza semanal de los rellanos, aunque aún parecen conservar la prebenda o privilegio de espetar a todo aquel que se atreva a cruzar su umbral un y adónde va usté. Pero no es el objetivo de este relato glosar las vidas y milagros de esta especie, sino contar la humilde historia de de nuestro protagonista, Jose el Portero.

Jose nos llegó a la Meseta desde la Sierra Espuña, migró cual pato de parque a la gran ciudad, la capital del reino, en busca de un sueño, de un futuro mejor. La leyenda es oscura, queda perdida tras la bruma del tiempo y el silencio, pero parece ser que su caminó se torció en algún punto, la mala suerte, que nunca dejó de mentar, fijo en él su punto de mira, los sueños tornáronse pesadillas. Pobre Jose el Portero.

Un buen martes de madrugada alguien llamó a nuestra puerta. Cuál sería la sorpresa de mi colega al abrirla  y ver el rostro de Jose el Portero, sucio y con las cicatrices provocada por la viruela o un acné de Fukushima. El colega se  quedó mirándome,  petrificado, sin saber qué hacer en aquella inesperada situación. Pues resulto que, después de las habituales palabras tópicas y frases hechas obligatorias en todo encuentro con un desconocido, eso sí, en voz baja, Jose el Portero nos explicó que llamaba a nuestra puerta en busca de asilo político. Esgrimió artículos de la carta de los derechos humanos y la convención de Ginebra, apeló a la buena voluntad de sus vecinos y a su confianza en la naturaleza bondadosa del ser humano. Un Hahta loh cohones de la zeñora resumió de forma castrense el Leitmotiv de su visita.

Misógina como era nuestra casa y sus ocupantes, o sea el colega y yo, conocedores, con datos objetivos en la mano, de que las mujeres ocupan un puesto intermedio entre la peste bubónica y el sitio de Stalingrado en la escala que ordena la causa de la muerte de los hombres, no pudimos rechazar a un refugiado del poder del coño. Le hicimos pasar, le dimos una manta térmica de esas de color metálico y le ofrecimos un café. Una servesita tampoco ehtaría mal.

Nos contó de forma atropellada que el trabahito de portero se lo había conseguido su mujer, que no eran gran cosa pero le pagaban por no aser ná y eso no estaba nada mal. Que les pusieron un pisito en la planta baja como parte del contrato y que eso tampoco estaba mal. Pero el sitio era pequeño, estaba todo el día con la señora y que eso podía desquiciar a cualquiera. Nosotros asentíamos y le brindábamos todo nuestro apoyo emocional y comprensión ante la adversa situación. Mientras nos soltaba todo este rollo, Jose el Portero se había liado un porro. Sólo tomo un respiró para, después de habérselo encendido y dar 3 o 4 caladas, preguntarnos si no nos importaba que se echara el petilla en nuestro salón, que si la señora le pillaba consumiendo pondría su culo en la calle. Algo totalmente absurdo para nuestro invitado, loh porroh no son drogah ni son ná.

Total, que la visita de aquella noche se convirtió en algo corriente y periódico. Noche tras noche a horas intempestivas Jose el Portero se acomodaba en nuestro sofá para dar rienda suelta a sus ansias de libertad. Fuimos en aquella época su Mayo del 68, su revolución árabe, su destape, su Telecinco y sus putas mamachicho. Tanto va el cántaro a la fuente que, al final, uno se confía y abre su corazón de par en par para dejar salir todas sus heces mentales. Recuerdo con especial cariño la noche en la que Jose el Portero, mientras trabajaba  DNI en mano  afanosamente en una raya de farlopa sobre un CD, nos contó que había estado en la cárcel. El dato en sí no causó demasiado estupor. Quiero decir, hubo algunas señales, algunos indicios previos, tal vez fuese su mirada nerviosa, tal vez sus camisetas de Cementos Alcázar o tal vez, quién sabe, sus tatuajes talegueros del cuello y antebrazo.  Bueno, eso, la cárcel. Por robar un banco, pero no matizó. Parece ser que entró, con sus dos cojones, en una sucursal del Santander con su mano metida bajo la camiseta y dos de sus dedos desplegados para simular un arma corta, por probar. Acabó siendo apaleado por una turba de clientes liderada por el segurata del banco. Se metió la raya enterita y mientras  frotábase la napia aclaró y me comí una pollha por una tontería. No quisimos inquirir más en la cuestión.

Con el tiempo entró una nueva variable en nuestra ecuación politóxicovecinal. Siguiendo la estela de vergüenza que dejaba Jose el Portero  a cada paso que daba, su santa mujer, cuyo nombre no recuerdo ya, tal vez nunca llegase a saberlo la verdad, encontró nuestro refugio, nuestra reserva natural. Por la fuerza con la que golpeaba cada noche nuestra puerta se podía decir que usaba sus, aproximadamente, 120 kilos de carne murciana a modo de ariete medieval. Por muy terrorífica que fuera la escena, nunca traicionamos a Jose el Portero. Con recia mímica castellana, o sea, cara de sota, mi colega negaba la mayor cada noche conmovido por las suplicas de nuestro polizón.

Mi compañero de piso comenzó a cansarse de todas estas visitas indeseadas. Yo, encariñado como estaba con Jose el Portero y sus entretenidas historias de lamentable yonki, logré convencerle de nuestro deber sagrado para con la sociedad en general y los porteros en particular. Pero, como no podía ser de otra manera, llegó la gota que colmó el vaso. Un maldito miércoles a las 3 de la mañana, Jose el Portero nos convenció para/obligó a acompañarle en su coche a un barrio de “realidad social divertida” de la ciudad a comprar coca a unos macarras. Omitiré los detalles de tal encuentro para ahorrarme los posibles problemas legales en los que podría derivar mi relato. Hay que quedarse con lo importante, o sea, con el hecho de que a mi colega se le hincharon demasiado los cojones y no volvimos a abrirle la puerta a Jose el Portero.

Como nunca dio palo al agua no tuvimos que pasar por el embarazoso trámite de cruzárnoslo en el portal.

Fin.