Archive for 22 febrero 2012

Relatos del Trapi (II)

febrero 22, 2012

-Tengo una extraña virtud.

Me lo dijo mientras pasaba las páginas del periódico sobre la barra del bar. Sin apartar la mirada de los titulares, aunque no creo que los estuviera leyendo realmente. Fue él quien comenzó la conversación, yo no había dicho ni mu. Estaba a lo mío, bebiendo una cerveza, la tercera creo recordar, mientras miraba el recorte de periódico que el dueño tiene enmarcado en la pared, en el cual puede leerse una especie de reseña sobre el Trapi encabezada por un dibujo de Frank Zapa. Pensaba en lo curioso del asunto, si es que tiene algo. También pensaba en la noche anterior, en como la camarera del Antzoki me había regañado por fumar dentro del local. Pensaba en la respuesta que le había dado y en su boca torcida al oírla.

-Tengo una extraña virtud. Una nefasta virtud.

Aquel tío era bajito y creo que aparentaba más años de los que había cumplido. Algo regordete y con una alopecia avanzada. Bueno, era bastante gordo y totalmente calvo, ya me entendéis. Creo que sufría de algún tipo de problema visual, acercaba mucho la cara al periódico. Yo me giré unos 90 grados para encarar al hombrecillo.

-Tengo una virtud defectuosa.

Si me encendí aquel cigarro fue por la cantidad de gente que había entre la salida y mi persona. También estaba el molesto hecho de no poder sacar la bebida a la calle. Y la chica aquella del tatuaje en la nuca. No podía dejar de mirar aquel dibujo en su pálido cuello, como de media luna o algo parecido. Bueno, en realidad sí que se pueden sacar bebidas a la calle. Tienen una especie de mesa negra entre la puerta y el segurata para que apoyes tu vaso mientras fumas o haces lo que sea que habías salido a hacer.

-Soy capaz de recordar perfectamente afrentas y situaciones desagradables largo tiempo perdidas en el tiempo.

La chica del tatuaje estaba bailando y de vez en cuando giraba sobre sí misma, lo que me permitía verle la cara en cada vuelta. Tenía los ojos pequeños y entrecerrados, haciendo que el negro de su iris fuera lo único que quedase a la vista. Eso le confería un aspecto feroz, de mala hostia, de pocos amigos. No sonreía. Cantaba abriendo muy poco la boca. La música no me dejaba oír su voz.

-Las recuerdo todas tan bien que me golpean como si me acabaran de suceder  ahora mismo.

Tenía el pelo corto, como anaranjado, como rubio, como no sé. Lo que si estaba claro era que aquella chica debía ser menor que yo. Bastante. Tal vez 3 años. Probablemente 10. Yo creo que unos 5 o 6. Pero parecía bastante madura ¿verdad?

-De pronto me invade ese recuerdo. Me llena.

Tampoco es tan malo eso de la diferencia de edad. Vamos, digo yo.

– Y lo siento como si fuera el presente. Y si me cruzo con la persona que causó tal situación, bajo mi perspectiva, sin poder evitarlo de ninguna manera, lo convierto en el objeto de mi rabia.

Peor es el tener algún tipo de fetiche enfermizo como, qué sé yo, las anoréxicas o las mutiladas. La zoofilia. O las chicas muertas.

-No sé cuáles serán las fuerzas que rigen el universo, pero cada vez que me sobreviene alguno de esos recuerdos, como si de un imán viviente me tratase, empiezo a atraer a todas las personas que fueron responsables de esas humillaciones.

Aunque, pensándolo bien, llevo ya un tiempo masturbándome mientras veo el vídeo en el que me grabé en pleno polvo con aquella otra chica tan mona y que años después murió en un accidente de coche. No sé si eso cae dentro de alguna rama de la necrofilia.

-Y cuando se acercan a mí los mando a la mierda sin dar ninguna explicación, como si no viniera a cuento.

Ya no me acuerdo de qué cojones le respondí a la camarera.

Adiós/Agur (15 de 1000)

febrero 16, 2012

Jesús Benavente era un vigilante de seguridad de una empresa, cuyo nombre no viene al caso ¿verdad?, de hoja de servicio impecable, años de experiencia e incluso cierta fama entre los de su profesión gracias al homenaje personal que le dispensó la presidenta de la comunidad de Madrid por un acto heroico realizado en horas de servicio. A pesar de no tener un buen porte y de que la barriga había sobrepasado hacía tiempo ese fatídico punto de no retorno en su inexorable curvatura, Jesús Benavente siempre parecía estar rodeado de un halo de masculinidad de palillo y bigote.

Pero fíjense ustedes cómo son las cosas. La sucursal bancaria sita en la plaza de Lavapiés, justo al lado de la salida del metro, en la que Jesús Benavente llevaba años trabajando de una manera muy profesional y diligente, incluso demasiado dirían algunos, fue asaltada una mañana de febrero. El ladrón, joven e indefinido como suelen serlo por ésta zona de la ciudad, no respondió a sus altos y espéreses. Como las famosas imágenes de la chavalería cargándose el muro de Berlín para la vieja guardia soviética, éste acto de desprecio hacia su puesto, uniforme y bigote, hirió el orgullo de Jesús Benavente de la forma más profunda posible. No un orgullo cualquiera como el suyo o el mío, no señor, era ésta una brutal castración de la hombría de un héroe. Y como todo hombre que digne a llamarse como tal, al sentir que el tamaño de sus testículos era, no cuestionado, no, peor aún, ignorado, Jesús Benavente hizo lo único que podía hacerse en tal situación. Sí, sacó su pistola, apunto al chaval y le descerrajo 2 tiros por la espalda.

Algunos dirían después que fue mala suerte. Otros, los menos, que tal vez los 2 o 3 coñacs que se tomaba en el bar de apuestas que hay justo en frente de la sucursal cada mañana pudieron haber tenido algo que ver. Como toda leyenda heroica, la gesta de Jesús Benavente necesita de rumores que sirvan de adornos insustanciales y decoren la gallarda escena de la obra. Y como tal los despreciamos, como se despreciaron en su día. Por irrelevantes e insustanciales. Por infantiles. Lo único seguro es que una de las balas impactó en el gran cártel que colgaba del techo por dos cables metálicos y que llevaba inscritas las siglas de la eminente casa bancaria. La otra se le alojó en el cerebro a una señora de 78 años, residente de tan castizo barrio que, como cada mes, se disponía a pagar los 25€ de renta antigua de su coqueto piso. La autopsia diría después que la bala, al ser de tan pequeño calibre, se rompió en mil pedazos al atravesar el cráneo de la señora por el hueso parietal. La metralla, ya privada de su velocidad inicial, aún consiguió abrir cientos de finísimos surcos en su cerebro hasta detenerse y quedar rodeada de masa encefálica.

El ladrón, probablemente asustado por las detonaciones, huyó del lugar sin botín alguno. Jesús Benavente, aturdido por lo sucedido, tardó varios segundos en reaccionar y salir tras él. En la calle el día empezaba a despuntar y el astro rey cegó por unos instantes a Jesús Benavente. Con la celeridad digna de un héroe de acción, alzó la mano que tenía libre y usándola a modo de visera y entrecerrando los ojos, consiguió apuntar su arma hacia el prófugo y realizar un tercer disparo. Mucho se ha debatido en torno a éste punto. Parece ser que los teóricos de la conspiración encontraron un dudoso punto de apoyo para sus delirantes acusaciones en el hecho de que, habiendo enfilado el ladrón la calle de Lavapiés en dirección a Tirso de Molina, la bala impactase en el cuello del conductor de taxis, de origen marroquí, estacionado en la parada de la plaza. El desgraciado hecho también debió de confundir a los transeúntes magrebíes y subsaharianos del lugar para que, dejando de lado sus típicas disputas para ver quién se queda con qué esquina para sus trapicheos de poca monta, se uniesen en una espontanea turba que se abalanzó sobre Jesús Benavente. El vigilante, viendo peligrar su integridad física, no tuvo más remedio que realizar otro par de disparos. Un hombre cayó al suelo entre horribles gritos de dolor mientras se llevaba sus manos al estómago. El populacho soliviantado, víctima de lo efímero de sus convicciones y la débil cohesión moral de los individuos que la forman, huyó despavorido dejando a Jesús Benavente libre para continuar la persecución.

Lo intenso suele ser sorprendentemente breve. Por eso nadie se extrañó al saber que Jesús Benavente tropezó a los pocos metros de la sucursal del banco con el bordillo de la acera que separa la plaza propiamente dicha de la estrecha carretera, con tan mala fortuna que, al caer, se rompió el cuello quedando inerte en el suelo. Y es que parece inevitable,  en toda homérica epopeya, el trágico final que rubrica la leyenda y la eleva al altar de la inmortalidad para quedar grabado en el imaginario colectivo de todo un pueblo.

Jesús Benavente fue enterrado con honores después de un funeral de estado al que asistieron varios representantes de la casa real, del gobierno de la nación y la propia presidenta de la comunidad, su noble marido e incluso su amante. Tal era la ocasión. Una estatua ecuestre fue erigida en el centro de la plaza que le vio morir por sus ideales y su patria, y una placa descubierta con su nombre y el epígrafe en el que puede verse el logotipo de la empresa de seguridad para la que trabajó toda su vida. Si usted se pasa por la sucursal o el bar de apuestas de enfrente, también podrá admirar las sendas fotos enmarcadas de Jesús Benavente, un nombre que ya es parte de nuestra Historia. Con hache mayúscula.

Del joven ladrón nunca se supo nada.

Adiós/Agur (14 de 1000)

febrero 11, 2012

Cada calada, como si fuera la última, cada polvo, como si te fuera la vida en ello. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero las ganas de leer, las ganas de follar son,  esencialmentente, infinitos, sobrepasan nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz, nuestros deseos de decir basta, nuestros límites, nuestros muros, sobrepasan la razón, sobrepasan las leyes no escritas que nos dicen NO.