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Vieillard au soleil

noviembre 18, 2011

 

Otra nueva casa, ya he perdido la cuenta. La segunda en Madrid (Madriz/Madril). Esta es pequeñita, está en un tercero, aunque en realidad es un cuarto si lo comparamos con los edificios cercanos. Es una corrala, patrimonio de la humanidad lo llaman los castizos, una macedonia de olores más bien, de fritanga y especias. Justo al lado de la salida de metro de uno de esos barrios que tiene toda ciudad para barrer bajo su alfombra todo lo molesto, todo lo feo, lo incómodo. Todo lo que pueda devaluar los bienes inmuebles cercanos. Esta vez no hay nada que describir, mantengo la casa desnuda, no tiene nada, no tiene vida, sólo paredes blancas. Intento teñirlas a base de cigarros.

Cada vez que me asiento en una nueva casa comienzo a amontonar libros. Tienen que ser nuevos, no suelen servir los que ya usé en el edificio anterior. Los voy leyendo y apilando en algún rincón, todos juntos. Los amaso, los toco, los miro. No subrayo ninguna palabra. Doblo. Doblo los bordes de las páginas que sé que en un futuro tendré que volver a leer. Así me obligo a buscar esa frase, ese párrafo que me llamó la atención y ayudo a evocar de nuevo la sensación que me provocó. Busco consuelo, supongo. No lo sé.

Y me doy cuenta ahora de que esas pequeñas bibliotecas son mi verdadero hogar, pues no siento al edificio como mío, no es mi lugar, nunca lo será. Me resigno a no encontrar paz entre las paredes. Me la suda, la verdad. Como todo últimamente. Pero me resulta inquietante el pensar que mi cordura reside en ese extraño ente formado por libros que vuelvo a crear con cada mudanza. Ya he perdido la cuenta. Después, siempre lo mismo, llevarlos todos a mi casa natal para ordenarlos en mis estanterías. Cualquiera podría pensar que allí, en esas habitaciones, confluyen todos los hogares que he tenido y que, inevitablemente, esa será mi patria. Pero no. Cada vez que vuelvo y me apoyó en la pared para mirar sus lomos, sus páginas, me siento más perdido que nunca, más incómodo que nunca. Es como un picor. Y no lo entiendo y me asusta.

Me asusta, como ya he dicho, que mi cordura resida en cada una de esas compilaciones momentáneas, temporales. Efímeras. Me aterra prestar un libro, deshacerme de una parte de ello, como si fuera a entregar una parte de mi lóbulo parietal. Qué gilipollez. Pero no puedo evitarlo. Me asusta que no sea más que una creación de mi mente, un sustento abstracto, una seguridad hipotética,  Una entelequia. Y trato de razonar, de descartar estos sentimientos por absurdos. Pero, casi sin darme cuenta, caigo una y otra vez en el fundamentalismo más religioso, en la adoración a un altar pagano que sé falso, pero sin el cual no siento el suelo bajo mis pies.

A la derecha del sofá, en esta casa, tengo un ventanal que da a un minúsculo balcón. Los días de lluvia puedes dejarlo abierto y, sentado en ese sofá, dejar que las gotas de agua más finas y livianas te mojen un poco sin poner perdido el mueble. Eso me gusta.

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