Archive for 25 agosto 2011

Segunda Parte

agosto 25, 2011

La mentira tiene mucho de arte, un arte que hay que pulir, que hay que afilar. La práctica puede hacer al mentiroso. Con el tiempo se aprende de los errores, se perfecciona la técnica, se agudiza la mente y se aprende a reaccionar de forma natural e instintiva ante todas las situaciones imaginables. Pero la mentira tiene un núcleo, tiene un motor de combustión interna, una jodida matriz que entreteje una compleja maraña de cables, hilos y correas que unen cada uno de los músculos del cuerpo con los latidos del corazón, las palabras de la boca y las cloacas más sucias de lo que algunos han malinterpretado como el subconsciente, cuando en realidad no eres más que Tú.

Ese día me detuve en medio del puente.

Probando. Un, dos tres.

Durante unos segundos dudó entre seguir caminando como si el asunto no fuera con ella o enfrentarse a una conversación conmigo. Al final optó por la primera opción, pero corté su huida con un sencillo Hola. Su reacción asustada evidenciaba su sorpresa. Tartamudeando me preguntó por mis continuos viajes al hospital. En su voz no había rastro de mentira, tan solo una honda y sincera preocupación.

Probando. Un, dos tres.

Probando. Un, dos tres.

La razón no era otra que el cáncer que me habían diagnosticado y su tratamiento. Al entender la anatomía de la mentira de la forma más científicamente fría, esta perdió toda connotación moral para convertirse en un objeto de estudio, en una vivisección que me permitía aprender lecciones que luego ponía en práctica, en una herramienta para comprender, predecir y manipular la naturaleza. Levantó su mirada del suelo y me sonrió.

Ese día empezamos a salir.

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Primera Parte

agosto 24, 2011

Al salir del colegio solía cruzar un puente que había sobre un río que iba teñido de todos los colores aceitosos del arcoíris. Eran los despojos de todas las papeleras del la comarca, cuando el viento soplaba fuerte el puente se llenaba de burbujas jabonosas que subían de abajo hacia arriba, del agua al cielo, aunque de camino se estrellasen unas cuentas en tu cara.

En ese puente solía esperarme una chica. Ella se hacía la sueca, naturalmente, y creía que no me daba cuenta. Solía quedarse allí, apoyada en una de las farolas que hay al comienzo del puente,  con su walkman puesto, mirando al agua, mirando al cielo, mirando a las burbujas en los días de viento. Esperaba a que yo pasase para empezar a andar y seguirme. Lo hacía durante varios metros, cada día se atrevía a hacerlo unos pocos más.

Por aquel entonces mi hermano mayor sufrió el accidente que lo dejaría postrado en cama. Mis padres me dijeron  que lo había atropellado un conductor borracho. En aquel momento descubrí mi habilidad innata, mi intuición sobrehumana, mi poder mutante para detectar la mentira.  Cuando fui a verlo al hospital ya estaba en coma, cosa que en realidad fue un alivio, el tener que pensar en las palabras adecuadas para esas situaciones me resultaba especialmente perturbador. Las frases prefabricadas, montadas de antemano y calculadas son señal inequívoca de la mentira.