Archive for 25 abril 2011

Ey ¡Ey!

abril 25, 2011

espalda

Ataraxia – There was nothing to fear and nothing to doubt

Dormida eres preciosa. Tienes los párpados completamente caídos, los ojos cerrados del todo y eso no se ve todos los días, en serio. Tu pelo te cae sobre la cara en largos mechones negros dividiendo esa llanura que va desde las sienes a la barbilla en perfectos rectángulos blancoscuros. Eta sudurretik masailetara, eta begietatik lepora, los cuatro puntos cardinales de ti. De tú. De. Eso. Recorro los contornos de tu mandíbula con mi dedo índice, sé que no es posible, que no tiene sentido, que me llamarán loco, pero puedo, creo que puedo, sentir tus poros, algunos vacíos, otros llenos, de sebo probablemente, aunque prefiero pensar que son plumas, plumas que componen la película que cubre tu fina piel, un colchón de oca, de pato o de puta avestruz que amortigua todo lo que vaya a caerte encima, todo el peso, todo… lo que sea.

Y acerco mi oreja a tu boca, tu boca ¡coño!, y noto, claro que noto, tu aliento, tu respiración, el aire que aspiras por la nariz, que recorre todos esos conductos y tuberías de carne, que se calienta y se limpia y se ensucia antes de salir, de salir por tu boca, atravesando tus dientes, tus dientes imperfectos, algunos amarillentos, no son teclas de piano, que le jodan al piano, y… y luego por tus labios, labios rosados, que de cerca dejan entrever las grietas que han abierto el tiempo y el frío, o los cambios, de temperatura o de lo que sea, labios agrietados, secos, pero hermosos, pero bellos, labios que no quiero seguir mirando así, inertes, sin calor sin vida, sin ti. Sin tú.

Y te aparto los mechones de pelo, despejo tu frente, despejo tus ojos cerrados, despejo tus cejas pobladas, recorro sus pelos, los peino, los cuento, los acaricio. Pelos negros, más negros que el bello de tu cabeza, peo igual de negro que… bueno, eso. Y acerco mi lengua, y limpio tus cejas con mi saliva, con mi boca, quiero que estés limpia, tú siempre has sido limpia, no importa que estés dormida, yo te limpio, yo te cuido. No te preocupes. Dormida estás preciosa. Tienes cara de… de cuadro de Jules Pascin, despreocupada, bella, hermosa, inconsciente, inocente, incapaz de comprender, incapaz de ver el aura, la aureola que emana tu rostro de… de bacante, salvaje, ménade, despedazando el cuerpo de Orfeo que, puta casualidad, es hijo de Calíope, musa de las historias y de los relatos que cuenta tu cuerpo dormido. Y basta ya de puta mierda clásica, tú estás aquí, y me gustaría menearte, agitarte, darte un par de bofetadas, pero estás tan tranquila, y todo tu ser emana tal paz que no me atrevo a nada, ni a gritarte, ni a hablar. Espero sentado, al lado de la cama, te cojo la mano, apoyo mi barbilla sobre tu hombro y suspiro.

Y es que, me cago en mi puta vida, eres tan jodidamente preciosa cuando estás dormida. Pero esto ha ido demasiado lejos, joder. Ya es de día, ya entran los rayos de sol, ya entra todo, ya sale todo, ya, todo. Coño. Venga ¡Venga! Todo esto está muy bien, pero cada cosa tiene un límite. Vengo aquí todos los días, te miro y te mimo y te quiero y te perdono toda esta espera, pero, pero. Pero. Pero un año es más que suficiente, joder. ¿Por qué cojones no despiertas?

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Adiós/Agur (8 de 1000)

abril 24, 2011

Y es que uno se cansa ya, por Dios, de leer libros que dicen siempre lo mismo y de escribir una y otra (y otra) vez sobre temas idénticos y pesadillas recurrentes, coño ya hostiaputa. Y dale con la espalda desnuda de la mujer con la que acabas de follar que observa la calle a través de los huecos que deja la persiana a medio cerrar mientras fuma un cigarro que sostiene en su mano derecha con la cintura rodeada por su brazo izquierdo, que sí joder, que los rayos de luz dibujan su silueta enmarcada en esa vidriera, que nos damos cuenta de que esa mujer no era La mujer sino otra mujer y que nosotros también somos otro hombre más para ella. Nos hacemos mayores y las historia de botella y de cigarro, de resacas monumentales y culpa y vergüenza son siempre las mismas. Y que si los ojos y las miradas y la puta madre que las parió. La vista se cansa y duele la espalda y nos aburren todas las películas y sus tiempos de descarga por cortos que sean.

Joder.

Adiós/Agur (7 de 1000)

abril 5, 2011

Se llamaba Irina y era blanca, muy blanca, y su pelo rojo, muy rojo. Me gustaría pensar que está bien pero, probablemente, no lo esté.

Adiós/Agur (6 de 1000)

abril 3, 2011

Jose y su santa mujer eran porteros. Ya sabéis, los que antaño cumplían el papel de cancerbero de tu queo y que jugaron un importantísimo papel en la educación de todo infante. Por norma mezquinos,  asociales y más animales que una mula de carga, el gremio se encargó de mantener un férreo control sobre todo acontecimiento de la finca urbana durante su época dorada. Siendo el control del flujo de la información, como todos sabemos hoy en día gracias al impacto de las nuevas tecnologías que ha hecho evidente lo que antes sólo unos pocos sabían y comprendían, la fuente de todo poder, se dedicaron impunemente a la extorsión, la delación y, por qué no decirlo, al chismorreo sistemático y desmelenado.  Pero esta mafia urbana se ha visto relegada y degradada a unos quehaceres más mundanos como la recogida de la basura y la limpieza semanal de los rellanos, aunque aún parecen conservar la prebenda o privilegio de espetar a todo aquel que se atreva a cruzar su umbral un y adónde va usté. Pero no es el objetivo de este relato glosar las vidas y milagros de esta especie, sino contar la humilde historia de de nuestro protagonista, Jose el Portero.

Jose nos llegó a la Meseta desde la Sierra Espuña, migró cual pato de parque a la gran ciudad, la capital del reino, en busca de un sueño, de un futuro mejor. La leyenda es oscura, queda perdida tras la bruma del tiempo y el silencio, pero parece ser que su caminó se torció en algún punto, la mala suerte, que nunca dejó de mentar, fijo en él su punto de mira, los sueños tornáronse pesadillas. Pobre Jose el Portero.

Un buen martes de madrugada alguien llamó a nuestra puerta. Cuál sería la sorpresa de mi colega al abrirla  y ver el rostro de Jose el Portero, sucio y con las cicatrices provocada por la viruela o un acné de Fukushima. El colega se  quedó mirándome,  petrificado, sin saber qué hacer en aquella inesperada situación. Pues resulto que, después de las habituales palabras tópicas y frases hechas obligatorias en todo encuentro con un desconocido, eso sí, en voz baja, Jose el Portero nos explicó que llamaba a nuestra puerta en busca de asilo político. Esgrimió artículos de la carta de los derechos humanos y la convención de Ginebra, apeló a la buena voluntad de sus vecinos y a su confianza en la naturaleza bondadosa del ser humano. Un Hahta loh cohones de la zeñora resumió de forma castrense el Leitmotiv de su visita.

Misógina como era nuestra casa y sus ocupantes, o sea el colega y yo, conocedores, con datos objetivos en la mano, de que las mujeres ocupan un puesto intermedio entre la peste bubónica y el sitio de Stalingrado en la escala que ordena la causa de la muerte de los hombres, no pudimos rechazar a un refugiado del poder del coño. Le hicimos pasar, le dimos una manta térmica de esas de color metálico y le ofrecimos un café. Una servesita tampoco ehtaría mal.

Nos contó de forma atropellada que el trabahito de portero se lo había conseguido su mujer, que no eran gran cosa pero le pagaban por no aser ná y eso no estaba nada mal. Que les pusieron un pisito en la planta baja como parte del contrato y que eso tampoco estaba mal. Pero el sitio era pequeño, estaba todo el día con la señora y que eso podía desquiciar a cualquiera. Nosotros asentíamos y le brindábamos todo nuestro apoyo emocional y comprensión ante la adversa situación. Mientras nos soltaba todo este rollo, Jose el Portero se había liado un porro. Sólo tomo un respiró para, después de habérselo encendido y dar 3 o 4 caladas, preguntarnos si no nos importaba que se echara el petilla en nuestro salón, que si la señora le pillaba consumiendo pondría su culo en la calle. Algo totalmente absurdo para nuestro invitado, loh porroh no son drogah ni son ná.

Total, que la visita de aquella noche se convirtió en algo corriente y periódico. Noche tras noche a horas intempestivas Jose el Portero se acomodaba en nuestro sofá para dar rienda suelta a sus ansias de libertad. Fuimos en aquella época su Mayo del 68, su revolución árabe, su destape, su Telecinco y sus putas mamachicho. Tanto va el cántaro a la fuente que, al final, uno se confía y abre su corazón de par en par para dejar salir todas sus heces mentales. Recuerdo con especial cariño la noche en la que Jose el Portero, mientras trabajaba  DNI en mano  afanosamente en una raya de farlopa sobre un CD, nos contó que había estado en la cárcel. El dato en sí no causó demasiado estupor. Quiero decir, hubo algunas señales, algunos indicios previos, tal vez fuese su mirada nerviosa, tal vez sus camisetas de Cementos Alcázar o tal vez, quién sabe, sus tatuajes talegueros del cuello y antebrazo.  Bueno, eso, la cárcel. Por robar un banco, pero no matizó. Parece ser que entró, con sus dos cojones, en una sucursal del Santander con su mano metida bajo la camiseta y dos de sus dedos desplegados para simular un arma corta, por probar. Acabó siendo apaleado por una turba de clientes liderada por el segurata del banco. Se metió la raya enterita y mientras  frotábase la napia aclaró y me comí una pollha por una tontería. No quisimos inquirir más en la cuestión.

Con el tiempo entró una nueva variable en nuestra ecuación politóxicovecinal. Siguiendo la estela de vergüenza que dejaba Jose el Portero  a cada paso que daba, su santa mujer, cuyo nombre no recuerdo ya, tal vez nunca llegase a saberlo la verdad, encontró nuestro refugio, nuestra reserva natural. Por la fuerza con la que golpeaba cada noche nuestra puerta se podía decir que usaba sus, aproximadamente, 120 kilos de carne murciana a modo de ariete medieval. Por muy terrorífica que fuera la escena, nunca traicionamos a Jose el Portero. Con recia mímica castellana, o sea, cara de sota, mi colega negaba la mayor cada noche conmovido por las suplicas de nuestro polizón.

Mi compañero de piso comenzó a cansarse de todas estas visitas indeseadas. Yo, encariñado como estaba con Jose el Portero y sus entretenidas historias de lamentable yonki, logré convencerle de nuestro deber sagrado para con la sociedad en general y los porteros en particular. Pero, como no podía ser de otra manera, llegó la gota que colmó el vaso. Un maldito miércoles a las 3 de la mañana, Jose el Portero nos convenció para/obligó a acompañarle en su coche a un barrio de “realidad social divertida” de la ciudad a comprar coca a unos macarras. Omitiré los detalles de tal encuentro para ahorrarme los posibles problemas legales en los que podría derivar mi relato. Hay que quedarse con lo importante, o sea, con el hecho de que a mi colega se le hincharon demasiado los cojones y no volvimos a abrirle la puerta a Jose el Portero.

Como nunca dio palo al agua no tuvimos que pasar por el embarazoso trámite de cruzárnoslo en el portal.

Fin.

 

Adiós/Agur (5 de 1000)

abril 1, 2011

Introducción a algo más (o algo menos)

Miradme, miradme ¡Mírame! Soy la sombra de los barrotes de mi propia cárcel, el fracaso hecho carne y hueso, piel y cartílago. ¡Miradme! Mirad qué grande se ha hecho el cáncer dentro de mí. Soy la negación de todos vosotros, soy el deseo de haceros daño. ¡Tú! ¡Mírame! Mira qué cercana y confiable puede llegar a ser la figura del rechazo, qué integrada está la silueta del alienado. Soy la inversión de los pocos valores que poseo. Soy las voluntades de otros, soy la mitad de una doble vida. Miradme, y decidme cuál de las dos. Por favor.