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Estertores 5: Tres Intrusos

enero 23, 2011

Ya está aquí el 5º número de vuestra publicación favorita, con más sangre, drogas y tetas. Ha tardado más de lo normal y sentimos profundamente todo el malestar físico y mental que esta tardanza haya podido ocasionar. Se han añadido varios puntos de recogida adicionales en la web que, tachán, también ha cambiado:

http://www.estertores.org

 

Y como de costumbre, os dejo una introducción a mi relato:

 

Ni era ese el viaje más importante de su vida, ni tampoco el más urgente. Era, como se suele decir, un trámite como otro cualquiera, un medio para conseguir un fin. Nunca entendió la necesidad de los libros que versaban sobre los viajes de otros, y es que siempre maldijo la distancia entre dos puntos, el espacio entre los objetivos, la imposibilidad de la superposición total. El camino, al fin y al cabo. Todos y cada uno de los caminos.

Salió corriendo del vagón del metro con sus maletas a cuestas. Encaró las escaleras metálicas e intento subirlas con todo su equipaje. El exceso de peso hizo que el asa de la más grande se rompiera, con un sonoro clac, quedándose en su mano, la maleta rodando, él con cara de tonto, ellos con sus miradas acusadoras, nadie echando una mano. Juró para sus adentros, corrió escaleras abajo, volvió a echarse aquel peso muerto sobre la espalda. Sudaba y llegaba tarde. Sudaba por llegar tarde. Volvió a subir.

Las prisas lo desconcertaban. Además de hacerle sudar, claro. Perdone, ¿el autobús a Tombuctú? Mientras esperaba la respuesta y su mano izquierda sujetaba la enorme bolsa de deporte, la derecha estaba metida en uno de los bolsillos del pantalón. A través de él palpaba su ropa interior, las costuras que rozaban una blanda piel que comenzó a escocerle con cada nueva gota que resbalaba espalda abajo. En la dársena 13, le dijeron, y antes de girarse se recolocó los canzoncillos, desplazando aquel elemento de fricción a otra posición menos comprometedora.

Supongamos un espacio limitado cuyas fronteras estén perfectamente demarcadas, en el caso del presente ejemplo tomaremos el cubo como el poliedro que define tal espacio. La mayor parte del volumen será considerado vació, mientras que un mínimo del mismo estará ocupado por pequeñas esferas de idéntico radio. El estado, sexo, credo y edad de las esferas será representado por una combinación concreta de colores que no describiremos debido a la inabarcable cantidad posibilidades resultantes. Antes de comenzar el ejercicio los semicírculos se considerarán en reposo.

En el instante t=t0 una fuerza exterior agita el sólido.

Se palpó todo los bolsillos. Mierda. Miró el reloj de la estación y juró para sus adentros. Mierda, mierda, mierda. Ya no le quedaba demasiado tiempo por lo que encendió su radar y comenzó a emitir señales de radio de onda corta en todas las direcciones. En uno de los ciclos detectó algo prometedor. Perdone, ¿podría darme un cigarro? No hubo respuesta y nunca llegaría. Incluso de espaldas pudo adivinar la edad de aquella mujer. Su pelo negro y rizado caía casi hasta su cintura, cubriendo parcialmente su chaqueta vaquera a juego con sus pantalones. Por su posición y postura se aventuró a conjeturar que su mirada se posaba en una de las ventanas del autobús que él estaba a punto de coger. Perdone, ¿no tendrá un cigarro? Es que no me da tiempo a comprar en la tienda de la estación, suele haber mucha cola y…, No llegó, no.

Cejó en su empeño y se dirigió a uno de los laterales del vehículo con la intención de dejar su equipaje en la bodega-maletero del bus. Antes de subir la curiosidad hizo que girase la cabeza para echar una última mirada a aquella mujer. Ahora sonreía, con una de esas muecas que los músculos faciales dibujan cuando no saben si las emociones que han de interpretar y representar son producto de la felicidad o la tristeza. Una medio-sonrisa de una medio-mujer. Las arrugas comenzaban a surcar su rostro bronceado de forma artificial, engarzado por dos ojos de un azul aclarado por los rayos uva del solárium.

Pudo dibujar una línea imaginaria que comenzaba en aquellos ojos pálidos y que trazaba una trayectoria hasta el rostro indiferente de otra mujer, esta ya más joven sin duda, que permanecía sentada en el interior del autobús. Que permanecía ajena a los silenciosos ruegos de la primera.

Los últimos estudios de Rodia et al nos describen la interacción entre las esferas individuales. Una vez puestas en marcha es inevitable la colisión entre las distintas unidades básicas. Cuando dos esferas entran en contacto son capaces de generar volúmenes comunes, delimitados por la intersección de ambos cuerpos, cuyo color es el resultados de la mezcla de los estados de ánimo, sensaciones y sentimientos de ambos, dando lugar a una gama cromática imposible de generar de forma artificial en un entorno controlado.

Buscó el número de su asiento que estaba identificado por pegatinas adheridas a los cristales. Pasillo y ventana. Encontró el suyo, el 36, y alguna fuerza cósmica, o el simple azar, decidió que le iba a tocar sentarse al lado de la joven mujer que evitaba dar señales de vida a su muda interlocutora en el exterior. Disculpa, mi asiento es el de la ventana, tampoco me importa quedarme en el pasillo, Ella se levantó sin darle ninguna respuesta, permitiéndole tomar asiento en el lugar asignado por su billete. Mientras se quitaba el abrigo miró de reojo a su izquierda, llevaba los cascos puestos y una cara de pocos amigos, siguió su perfil desde la frente hasta la barbilla pasando por su respingona nariz. Las facciones, las formas, le eran familiares. Pelo corto, rizado, muy negro, ojos claros, no sabría decir de qué color ya que estaban encarados al lugar donde antes solían tener un cenicero los asientos.

Incomodado por la situación, sacó un libro de su mochila y lo abrió en una página al azar e fingió leer. En realidad, miraba por el rabillo del ojo a la otra mujer que seguía esperando alguna muestra de atención. Dubitativa alzó su mano derecha y, lentamente, comenzó a agitarla, a saludar, como cuando un barco zarpa, con confeti y todo eso. Con la banda de música, con sus trombones y sus violines y sus violas y sus clarinetes. Con sus banderitas y sus sombreros lanzados al aire. Tampoco llegó su respuesta. Y en su cara comenzaron a abrirse las arrugas, y sus ojos se tornaron algo más oscuros, y su piel palideció. Exhaló un último suspiro y se dispuso a envainar de nuevo su brazo de saludar. Aquello era triste. Triste como un 30 de agosto. Triste como un niño leucémico, calvo y desnutrido al que le falta un brazo, sólo uno, el otro está simplemente atrofiado por el consumo de aceite de colza de su madre la prostituta que trata, sin éxito, de reunir el dinero suficiente para mandar a su leucémico y manco hijo a un hospital estadounidense dando patéticas entrevistas en la tele, llorando en los platos de los programas del corazón más insultantes, creando eventos en las redes sociales de moda y desnudándose en la portada del interviú bajo el titular “por mi hijo enseño las tetas”. Así de triste.