Archive for 25 diciembre 2010

Adiós/Agur (4 de 1000)

diciembre 25, 2010

Y uno piensa, de forma que casi le hace sentirse culpable, si debió meter la lengua.

Adiós/Agur (3 de 1000)

diciembre 12, 2010

Sólo se puede seducir una ciudad desde la calle. Primero hay que aguzar el oído, escuchar todos sus idiomas: las pautas migratorias de los coches, el sinfónico canto de sus alarmas, la estela de los gases de sus vagabundos. Escuchar y pretender que se muestra interés. Es la primera parte para llevarte a alguien a la cama. Espero hasta que el sol empiece a ocultarse, me gusta trabajar a oscuras. Pero uno se da cuenta de que el lenguaje de la ciudad ha ido cambiando lentamente en estos últimos años, ahora  ya es completamente distinto al día que me acogió entre sus sucios brazos. Hay acordes disonantes, lugares en los que ya no dejan entrar a gente como yo, personas que ya no miran. Maldita ramera.

El color del cielo de esta ciudad es siempre gris. Eso me gusta. La mitad de los días llueve. Eso también me gusta. Hace frío, no huele bien, pero se puede ver la Luna desde cualquier parte. Esta ciudad siempre me ha decepcionado. Esta ciudad me lo ha dado todo y me ha quitado la mitad. Los cálculos serían positivos si no fuera porque todo lo que perdí era lo único que realmente apreciaba. Pero ey, así son las cosas. Y así están bien, así es como deben ser y a nadie debería molestarle en exceso. A mí ya no lo hace. Tiene sus días buenos, tiene sus días malos, y tiene sus semanas en las que le viene la regla y te jode por el puro placer de hacerlo.

Caminando. Nunca hay demasiado ruido. El justo para que no moleste y tape otras cosas que no quieres oír. En Deusto no hay estancos que abran dentro de unos horarios razonables y predecibles así que tienes que ir a las máquinas de los bares que te sablean 15 céntimos más. Yo no fumaba hasta llegar a esta ciudad. Ahora unos atracadores podrían dispararme en los pulmones y de los orificios de bala sólo escupiría alquitrán y nicotina. Es curioso como todos los bares de txikiteros han sido comprados por sudamericanos, ahora sólo suena reggaetón y la tele siempre está sintonizada en los 40 latinos. A los clientes no parece importarles demasiado. A mí tampoco.

Por el paseo del Campo Volantín siempre hay gente corriendo, se les ve sanos y preocupados, mallas, camisetas de tirantes. Me enciendo un cigarro, puede parecer un desafío a su saludable estilo de vida, pero en realidad sólo me enciendo un cigarro y me meto la otra mano en el bolsillo mientras paso al lado de ese museo que todo guiri viene a visitar. Echo una meada en el pequeño estanque que lo rodea, apago la colilla en sus paneles de titanio.

Llego al Casco Viejo. Antes sus bares no cerraban nunca, ahora a las 2 de la mañana te echan a escobazos. Me gusta su olor a orín y vómito. Me siento en las escaleras de Solokoetxe, en ellas hice mis primeros litros. Nos juntábamos decenas de personas del colegio mayor, bebíamos, una vecina siempre nos denunciaba pero daba el tiempo justo para marcar tus objetivos nocturnos y beberte tu ron cola. De ahí a Iturribie, la calle más graciosamente politizada de la ciudad. Las fotos de los presos no consiguen ocultar el bochornoso hecho de que ninguno de sus “camareros” pueda responder a tu pedido en euskera. Katxis de kalimotxo a 2 euros, siempre las mismas 10 canciones y un sempiterno vídeo de cargas policiales. Es una parada ineludible. Una vez, hace tiempo, hice carreras con un paralítico en silla de ruedas. Y me ganó. Decía llamarse Josué y que se había casado cuatro veces. Aseguraba que ninguna de ellas había llegado a enterarse de su invalidez. Lo dejé aparcado en un chino para que comprase priva.

Empiezan los truenos, no puedo ver los relámpagos. La estrechez de las calles amplifica la fuerza de las corrientes de aire. Me subo el cuello de la chaqueta. Venid conmigo.

Somera, kalitxikis y zuritos. Una vez hicimos la apuesta de beber en todos y cada uno de sus bares. Esa noche llegué a casa con una sola zapatilla. El K2 es el local en el que Zumalakarregi dio su famoso discurso, exaltó a las multitudes que salieron a las calles a castrar a todo esos liberales. Ahora tiene a la camarera más atractiva del lugar. Sí, sí, esa rubia, con el tatuaje de la mano derecha. Luego la ves en bilbi, con todos esos desgraciados sifilíticos y es como si un perro se cagase en tu corazón abierto. Me habría gustado saber cómo se llama, pero ya es tarde, no voy a hacerlo ahora, le pido una cerveza y miro dentro de sus ojos al darme el cambio. No sabe nada. No sabe nada de Zumalakarregi, ni de Cristina ni del pacto de Santoña. Nadie sabe nada de sus ciudades, de las vergüenzas sobre las que están construidas. Sean reales o ficticias.

Destellos de un IDESP

diciembre 1, 2010

C/Toledo

Íbamos por la calle haciendo eses. Era de noche y nevaba copiosamente, insoportablemente. Teníamos las cabezas blancas y los hombros y el bajo de los pantalones calados. Perdimos un tren, o dos. Una noche, o dos. Una mano de póquer, o todas. Cantábamos canciones a pleno pulmón, pero los blancos copos amortiguaban todo sonido. Los coches corrían sin hacer ningún ruido y todos los colores de los semáforos parecían el mismo. Pensé que sería gracioso ver los extraños dibujos que íbamos dejando detrás de nosotros, pero al girar la cabeza no pude ver ni una sola huella en el suelo nevado. En aquel momento no fui capaz de razonar que, probablemente, fuese la propia tormenta invernal la que ocultaba nuestros pasos. El tiempo se detuvo mientas miraba absorto el blanco, sin comprender, sin entender hasta que un bolazo de nieve en la cara puso las agujas en movimiento. Tic. Tac.

Pasamos por delante de un chino y la visión de todas esas botellas nos clavó al suelo. Sin mirarnos, sin preguntar, ambos entramos dentro. No sentí el cambio de temperatura. Una adolescente de Cantón, capital de Guangdong, por qué no, miraba distraídamente en su pantalla de ordenador algún culebrón socialista de su país que no debe serlo tanto.

Discutimos con las bocas cerradas y los ojos abiertos sobre el producto a adquirir. Un pestañeo vodka, dos jackdanields, tres ron pero del barato. El código Morse de los que viven de noche. La cantonesa de Guangdong, por qué no, se impacientaba. Nos dimos la espalda y cada uno cogió lo que le vino en gana. El pitido que emiten esos artefactos infernales situados sobre las puertas de los establecimientos nos avisó de que alguien más estaba cruzando el umbral de nuestra particular isla del tesoro.

Dos hombres, visiblemente nerviosos, de no más de 20 años con anchas chaquetas, para robar, pensé yo. Se separaron cerca del mostrador y cada uno enfiló una estantería opuesta a la otra. La verdad es que nosotros también podríamos intentar robar estas botellas. De reojo, y lleno de envidia, cacé a uno de ellos metiéndose una botella de cristal de alguna marca que no alcancé a reconocer. ¡Qué fácil! Me quedé mirando la mía, entre mis manos, tratando de calcular las posibilidades de salir de aquel lugar con ella sin pagar. Alguien gritó.

No comprendía muy bien la situación. Había otro cantonés, de Guangdon también, intuí, quieto en medio de la tienda, levantando ambas manos. La adolescente no paraba de aullar como una muñeca chochona a la que se aprieta demasiado fuerte. Un tío, bajito, apretaba una navaja contra el cuello de mi colega. Otro hombre, más alto, el más alto de todos los presentes, movía su brazo que terminaba en un dedo acusador extendido hacia el cantones de edad avanzada, para después apuntarme a mí, sólo para volver de nuevo a su posición original. También tenía una navaja. De estas de mariposa, como las de las pelis.

Creía que las piezas de aquel puzle estaban empezando a encajarse en mi cabeza, pero el castillo de naipes se derrumbó agitado por la voz de mi amigo. De verdad, joder, que la pasta la tiene él. Noté el filo cerca de mi nuez antes de que le diera tiempo a mi corazón a aumentar la frecuencia de bombeo de sangre. Sé que me gritaba, el tío alto, pero sólo sentía la saliva que expulsaba de su boca en mi cara. Metió su mano desarmada en el bolsillo de mi pantalón. Después se fueron, sin darnos la espalda. Vi que llevaba mi cartera en su mano. Oye, perdona, te importa dejarme el DNI y las tarjetas, ya sabes que es una guarrada lidiar con toda la burocracia y. Dolor de estomago y mi cara en el suelo.

Sentados en la acera nevada, se nos mojaba el culo. Mi colega se encendió un cigarro y comenzó a relatarme todo lo que le pasó por la cabeza al pensar que iba a ser rajado como un gorrino. Mujeres, una casa en el campo, un juguete y el nombre de una calle. Me pasó el pitillo. Y tú en qué has pensado. Me quedé mirando fijamente las distintas tarjetas identificativas y de identidad que tenía en mis manos. Di una calada, las guardé todas en el bolsillo y me levanté. Venga, vámonos.