Archive for 8 junio 2010

DIY FEST

junio 8, 2010

La gente de Estertores queremos celebrar nuestro 4º número por todo lo alto. Por ello decidimos hace ya tiempo organizar un evento en el que tuviera cabida cualquier tipo de expresión artística que gire en torno a la autogestión y la autorproducción-edición.

Para esto contamos con la participación de grandes artistas y personas, que aportarán una muestra de sus últimas obras para el disfrute de todo el mundo, en una exposición que se prolongará a lo largo de 3 semanas.

Como colofón habrá una gran fiesta con música en vivo y DJs, además de actuaciones multidisciplinares e improvisación.

El evento tendrá lugar el sábado 12 de Junio en L’Mono (Bilbao) a partir de las 19h.

Más información en: http://www.facebook.com/#!/event.php?eid=125675194128243&ref=ts

Micro #2

junio 7, 2010

La luz se fue hace 3 horas. Me he acabado la copa, llevo el vaso a la cocina y abro el congelador. Saco 3 hielos y me sirvo un trago. Cierro el congelador y me dispongo a volver a mi habitación. Me detengo, Abro el frigorífico. La bombilla interior ilumina la oscuridad de la cocina. La luz se fue hace 3 horas.

Habitación

junio 7, 2010

La habitación es grande, de techo alto. Las paredes son blancas. Hay dos escritorios, uno más grande que el otro. El pequeño está colocado bajo la ventana que da a la calle, una de las más transitadas de la ciudad, siempre hay ruido, siempre hay coches y personas y perros que conducen personas. Ese es el escritorio de trabajo y estudio, con un pequeño ordenador portátil en el que corro mis simulaciones y escribo mis informes. El otro lo uso para todo lo demás, con mi otro ordenador, más grande, un cenicero y unos altavoces enchufados a él. Entre los dos, en una esquina, hay un armario desnudo, no sé si se les llama así, acaba de ocurrírseme, pero me gusta esa definición. En la estantería más alta tengo libros. Estos meses no he leído demasiado, la verdad es que el ritmo ha decaído bastante. Eso me entristece. Y no ha sido por falta de tiempo, nunca he andado demasiado sobrado de ello, pero siempre le he robado horas al sueño. Estos meses he tenido demasiadas cosas en la cabeza, cosas que me ponen nervioso, y me asusto al comprobar que han sido capaces de fagocitar muchos de los espacios que en mi sesera han estado siempre reservados para otros menesteres más, digamos, espirituales. La mayoría de esos libros ya los he terminado de leer y, ahora que he cobrado por fin, supongo que iré a mis librerías de viejo a buscar más tesoros a dos duros. En orden de posición: Ana Karenina de Tolstoi, una recopilación de varias novelas de Solzhenitsyn en un solo tomo, Fragmentos de un cuaderno manchado de vino de Bukowski (bastante decepcionante por cierto), El obsceno pájaro de la noche de Donoso, El teorema del loro de Guedj, Bola de grasa y otros relatos de Maupassant, Fundación de Asimov, Las uvas de la ira de Steinbeck, Diccionario de mitología griega y romana de Grimal, Ya sólo habla de amor de Loriga y El hombre que fue jueves de Chesterton. A su lado hay varios ejemplares del tercer número de Estertores. En el estante inmediatamente inferior  hay una caja de Ibrupofeno cinfa 600 mg a medio terminar, un libro de la colección Osprey titulado Las guerras médicas, dos calculadoras Casio y una petaca que me han regalado con una inscripción personalizada “Nothing is that important”. En el siguiente estante están los otros dos regalos que me hicieron junto a la petaca, un maletín de póker de lo más profesional y una botellas de Chivas de 12 años cuyo contenido estoy degustando ahora mismo. En el último estante sólo hay un palo de helado. De uno de los laterales del armario cuelga la granadera que mi padre usaba cuando iba al monte, ahora de mi propiedad. Al lado de la puerta hay un mueble sobre el cual dejo mis apuntes, material de las asignaturas y la tonelada de papers que tengo que leerme para mi tesina. Mi cama es grande, no es más que un colchón tirado en el suelo, sobre ella duermo poco y follo cuando puedo. En la mesita de noche un insecticida, un cuaderno donde apunto lo que se me ocurre y el libro que estoy terminando de leer, Apuntes del subsuelo de Dostoievski. Por ahí quedan también un armario para la ropa, un pequeño cubo de la basura y alguna que otra menudencia más.

Alguien ha encendido la luz de su habitación en la casa de enfrente. Es una mujer, parece mayor, en bata rosa. Parece que se ha puesto a preparar el desayuno.

Me siento pesado, como si hubiera bebido plomo fundido, pero totalmente frío. Pienso en lo sucias que están las nubes. Me viene a la cabeza, sin saber muy bien qué es lo que la ha catalizado, la frase de Augusto, “Varo, devuélveme mis legiones”. Me enciendo un cigarro. Enlazo la frase con el relato leído hace unos días sobre la batalla del bosque de Teutoburgo. Me pregunto si la contienda tuvo lugar en algún sitio cercano a la de Tannenberg, supongo que no pero no me apetece consultarlo.

La mujer se ha movido a otra habitación cuya luz también ha encendido. No parece estar haciendo nada.

El silencio tiene algo, no sé, atractivo. No es que no me guste hablar. Entre semana suele venir a veces theuc y nos tomamos unos tragos, bueno, muchos tragos, mientras hablamos de esto y aquello, nos reímos de las cosas, aunque siempre acabamos riéndonos de nosotros y lamentándonos un poco de todo. Pero el silencio es agradable. No para meditar o filosofar sobre nada, eso se puede hacer con todo el ruido del mundo. Sólo se trata de estar en callado.

Me acuerdo de los relatos de Carver en los que no ocurre absolutamente nada. Ahí radica su genialidad, en esa capacidad para explicar la enormidad de los momentos vacíos. Personajes ordinarios, escenarios corrientes, historias de todos los días. El hombre de familia que no quiere irse a su cama, avergonzado por haber perdido su trabajo, incapaz de enfrentarse a su mujer. Esa clase de cosas.

Alguien grita en la calle, no voy a levantarme a mirar. Es el guión de siempre. Sólo hay que esperar. ¿Veis? Otro grito, esta vez de una mujer que reprocha al otro protagonista su ebriedad. Por sus acentos parecen sudamericanos, no sabría decir de qué país exactamente. Mañana tengo que levantarme pronto pero no quiero irme a la cama.

Me levanto a mear, ahora vuelvo.

Mientras meaba me he dado cuenta de que todos los autores tienen detalles, objetos, situaciones o ideas recurrentes en todas sus obras. Intento pensar en la mía, pero no se me ocurre ninguna. Tal vez sea porque la palabra “obra” me queda un poco grande.

Ya no hay habitaciones iluminadas.

La pantalla del ordenador está sucia, llena de manchas. Me cuesta limpiar las cosas, me cuesta limpiarme. Tengo miedo de empezar a frotar y a rascar y darme cuenta de que llevaba todo este tiempo delante de un microondas o una pecera. Tengo miedo de limpiarme y rascarme y darme cuenta de que todo este tiempo no había sido más que un hombre hueco, un hombre relleno. Preguntadle a T.S. Elliot, preguntadle cómo acaba el mundo.

La luz comienza a filtrarse entre la suciedad de las nubes y con ella un olor nauseabundo que entra por mi ventana. ¿De dónde coño ha salido? Tengo que levantarme en unas 3 horas.

Me gusta esta habitación, en julio me mudo a una nueva casa, ya van 7 en 5 años.