Archive for 20 mayo 2010

Micro #1

mayo 20, 2010

Con los ojos entrecerrados volvió a abrir el cajón, sólo para cerrarlo de nuevo de inmediato. Estaba vacío, como en los últimos 15 intentos. Con la mirada puesta en el techo, concluyó que lo más lógico era volver a abrirlo para ver si, esta vez, aparecía la marihuana comprada esa mañana.

Las flores crecen más en los jardines que no sienten la brisa

mayo 19, 2010

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Cuando era joven, un adolescente casi, solía ir al colegio andando. El pueblo en el que crecí no era demasiado grande, era largo, sí, pero tampoco tanto. Solía levantarme mi padre a las siete de la mañana, con un meneo en los hombros. “Arriba”.  Por aquel entonces mis padres trabajaban como unos desgraciados y ese era el único momento que podía pasar con ellos en todo el día. Cuando se marchaban yo me levantaba y me preparaba un cola-cao. Para desayunar siempre había galletas, no recuerdo su nombre pero eran pequeñas y muy gruesas. Lo que más me gustaba de ellas era que absorbían una enorme cantidad de leche chocolateada. Después me duchaba, muchas veces con agua fría, ya que el accionador de mi calentador estaba en el piso inferior y yo, abrumado por mi férrea pereza, prefería congelarme a salir en pelotas y hacer que el butano ardiera.

Después salía a la calle y me dirigía a la escuela, bueno, ikastola en mi caso. De camino siempre pasaba por la casa de un colega y le esperaba en su portal. Era aún más vago que yo y solía tardar mucho en bajar, lo cual nos condenaba a llegar tarde a clase. Éste chaval era más grande que yo. También era más feo e idiota, pero superaba esos defectos haciendo gala de una seguridad en sí mismo y un carisma que yo nunca podría soñar en poseer.

Cada vez que salía de su casa se ponía a escupir. No era fumador, ni mucho menos. Era un gran deportista, pero lo hacía aludiendo a alguna especie de ritual que le habían enseñado en su clase. Él estaba en un aula de diversificación, o así lo llamaban entonces. Todos los que le rodeaban eran gente peligrosa, a la mínima podían partirle la cara. Tengo que admitir que, a mi temprana e inocente edad, me inculco cierto carácter, tal vez por osmosis, tal vez por… vete tú a saber,  que me convirtió en alguien, sólo en apariencia, mucho más seguro y resolutivo de lo que yo era en realidad.

Cada vez que él salía de casa escupía. Un gargajo sucio y verdoso que sonaba al golpear el suelo. Yo imitaba todo lo que hacía. Tampoco fumaba en aquella época, pero hacía todo lo posible por tener la mucosidad más grande y asquerosa posible. Supongo que así se medía la virilidad de alguien en aquellos tiempos.

Siempre llegábamos tarde a la escuela. Yo entraba en clase cuando la lección ya estaba más que empezada. El profesor me miraba mal, pero yo era un tío duro y no me decía nada.

Los años pasaron y el proceso continuó inmutable. Nos empezaron a crecer pelos en los huevos y, por lo tanto, empezamos a interesarnos por las mujeres. El tío éste empezó a salir con una chica de lo más fea. Evidentemente nunca le dije algo así. Los camaradas no se echan en cara lo triste de sus conquistas. Yo sufrí algunos reverses, pero esa es otra historia. La cuestión es que organicé una fiesta en mi casa con motivo de un viaje que realizaban mis padres. En fin, que mi casa quedó destruida en todos los sentidos posibles. En medio de la juerga mi amigo me pidió un condón, yo se lo di.

Pasaron los meses y yo conocí a una mujer que cambiaría mi vida. Pero, de nuevo, esa es otra historia. Mi amigo, con un sombrío semblante se presentó en mi casa. “Está embarazada”. Tardé unos segundos en responder. “Bueno, siempre podéis abortar”.

A los pocos meses me llegó la invitación para la boda. Yo iba ser el padrino a mis 16 años, y él, el marido a los 17. Sentí pena, asco, vergüenza y un millar de sentimientos más por él. Fui a la boda, acompañado por esa chica que siempre me miró con ojos de mar tranquilo. Pasamos el mal trago y nos ahorramos los comentarios sobre la incipiente barriga de la desposada.

Fue la última vez que lo vi.

Hace poco, al acabar mis estudios de ingeniería, me debatía yo entre el continuar mi formación o, por el contrario, entrar en el mercado laboral. Entonces recibí una llamada. Evidentemente, y como todos los lectores adivinarán, era él.

-Me han dicho que buscas trabajo.

-Bueno, tal vez.

-Resulta que soy delegado sindical de <Gran empresa > y podría mover hilos sin demasiado problema.

-Claro, ya te mandaré mi CV y ya me contarás.

No le mandé nada y siempre volví a colgar sus llamadas sin responder. Siguió tratando de contactar conmigo durante varias semanas. Luego desistió.

Los ojos de mar nacarado no volvieron a mirarme en mucho tiempo, en realidad, hacía tiempo que no sabía nada de ellos. Sí, otra historia más. Para otro momento.

Su hijo debe tener ahora unos 10 años y no puedo sentir sino la mayor de las indiferencias por él, por su padre y por todo lo que pueda suceder en su vida. Aquel chaval que, totalmente ignorante de ello, supuso un importante contrapeso que me ayudó a aprender a andar en la cuerda floja que separa la popularidad y el respeto de la mofa y la humillación. Me enseñó, sobre todo, a escupir como deben escupir los hombres. Y ahora, hoy, en éste preciso momento, no quiero volver a saber nada de él.

Estertores 4: Sangre Azul

mayo 14, 2010

Hoy mismo ha salido de la imprenta el cuarto número de Estertores. En breves instantes podrá descargarse desde su página web y adquirirse en formato físico en cualquiera de los lugares indicados, así como en inumerables rincones, totalmente aleatorios, de la geografía del país.

Recordad también la fiesta que se organiza para el día 12 de junio (más información en breve).

Pasaos por:

http://estertores.net/

http://www.facebook.com/?ref=home#!/group.php?gid=267970726314&ref=ts

Os dejo una introducción a mi relato en forma de marketing cutre y absolutamente degradante.

En Bilbao, a principios del mes de abril de 2010, llegaron a manos, en circunstancias nunca aclaradas, de Julián Zugarramurdi, librero de viejo, historiador aficionado y alcohólico contumaz, los tres tomos originales, escritos a máquina por un anónimo biógrafo, de las aventuras del viajero y antropólogo R de K, cuyo cadáver encontró la policía en el baño de su casa, castrado y desangrado por su propia mano. Cada uno de los volúmenes constaba de 250 páginas exactamente, un valor arbitrario según los especialistas, aunque a Julián le pareciese parte de algún juego o puzle del propio autor. Hoy en día la red está plagada de supuestas copias y escaneos de esta obra, aunque se ha podido comprobar que la mayoría no son más que tontas imitaciones o transcripciones parciales y alteradas. El original está redactado en euskera y repleto de expresiones propias de la época. La versión que les ofrecemos es sólo un pequeño y breve resumen de varios acontecimientos y eventos esparcidos por los tres tomos, que están ligados por un evidente y sorprendente hilo conductor que zurce una de las leyendas más repetidas (y falseadas) entre los círculos intelectuales del underground histórico-esotérico de esta villa. Las partes ilegibles o emborronadas han sido suprimidas.
(I) Encontré a R sentado en el banco que había justo delante de la puerta de mi casa. Hacía tiempo que no recibía sus cartas, pensando que estaría muerto o perdido en alguno de sus extraños viajes, dejé de tratar de establecer algún tipo de contacto con él, si quería saber de mí ya lo haría él mismo. De ahí mi sorpresa inicial. Vestía su gabardina caqui y su sombrero marrón, su triste semblante parecía haberse oscurecido aún más. Me senté a su lado y le ofrecí un cigarro. R posó sus ojos grises en los míos y aceptó, como cansado, como hastiado, el pitillo que le ofrecía. Pude fijarme en sus manos, más viejas y cansadas que de costumbre, manos muertas. Encendí su cigarro con mi mechero y callé, dejando pasar el tiempo hasta que se sintiera cómodo, esperando alguna palabra […] cuando R comenzó a llorar, en medio de la calle. Caminábamos por el parque bajo los árboles. Siempre había tratado de escapar, de escapar del dolor, no del dolor físico ni del dolor violento, no, trató por todos los medios de escapar del verdadero dolor, del horror, pero el horror, pudo comprobarlo personalmente, puede rastrearte hasta los lugares más inciertos, hasta la soledad más hermética. Parece extraño visto desde un prisma que no sea el suyo. Viajó a los lugares más castigados del planeta y se sintió feliz, o eso decía al menos en sus cartas. Nunca se sintió más a salvo del dolor que al estar tan cerca del mismo […] muchos años hasta que volví a encontrármelo delante de mi casa. Conversamos largo y tendido, sobre muchas cosas, sobre nada en realidad. Siempre fue agradable hacerlo con R, era dueño de una presencia tranquila, una presencia que no pesaba y que dejaba fluir a cualquiera por entre sus poros. No caía, no imponía, no obligaba a ser, hacer o decir algo que uno no quisiera, a diferencia de lo que suele ocurrir con la mayoría de la gente […] acababa de volver de uno de esos países que constantemente sufrían los ataques de la propia naturaleza, como si de lo demás no tuvieran bastante. Algo había cambiado en él. Entramos en un bar, Ya no quiero andar más. Me habló de su trabajo allí. Estaba escribiendo otro de sus libros de viajes que una editorial internacional subvencionaba generosamente. Pero cuando le trajeron el whisky guardó silencio. Volvió a callarse y yo le seguí el juego. Durante una hora no hicimos más que beber, él sus whiskys, yo mis cervezas, gracias a lo cual fui capaz de mantener la lucidez necesaria para dar testimonio de sus palabras mientras que él caía en la más terrible de las pesadillas de la vigilia.

Batzutan, escupo sangre

mayo 12, 2010

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Batzutan, escupo sangre. Es la manera que tiene mi cuerpo de decirme “ey tío ¿qué tal?”. Yo le respondo limpiándome los labios con el papel higiénico del baño, haciéndolo una bola y tirándolo al agua, “bueno, aquí estamos”.  En realidad nos llevamos bastante bien, no sé, tenemos nuestras peleas, como todo el mundo, pero nada importante, nada que no pueda solucionarse con una cerveza en el balcón. Aunque ha habido roces y discusiones que se han salido de madre. Recuerdo, jejeje, recuerdo esa vez en la que, por su culpa, me vi obligado a engañar a mi novia con una mujerzuela de tres al cuarto. No era guapa, no era interesante, joder, ni siquiera tenía dinero con el que pagar mi vicios, no. Fue su maldito capricho y, claro, yo me vengué rompiéndome la cara contra un espejo. Ojo por ojo, la ley de Talión, qué sé yo. Pero no supo tomárselo con deportividad masculina, no, tuvo que montar su propio numerito. Total, que en uno de estos viajes diarios en el metro me cagué. ¡Qué rencoroso! ¡Qué poco saber estar!

A veces me reprocha el fumar como un carretero. Me hace escupir mis entrañas por las mañanas, me obliga a rumiar ese sabor a cenicero cada vez que despierto. No sé qué es lo que le molesta tanto. Hijo de puta. Una noche hizo que me quedase dormido en la cama, con un pitillo encendido en la mano. Suerte que las primeras llamas me quemaron el brazo derecho, conseguí apagar el incendio justo a tiempo. Al día siguiente me fumé tres cajetillas de trujas. ¡Qué se joda! No me malinterpretéis, yo quiero a mi cuerpo, no lo que es, no lo que será, sino lo que representa, los dos, juntos, siempre seremos lo que somos, por muy podridos, o tarados, o desgastados que estemos. Es sólo una broma, es sólo, espero, un juego. Mi cuerpo, mis órganos, mis entrañas, mi piel, mis músculos, tienen talento, talento para decir, para hacer, para escuchar, para entender. Tiene ganas, tiene deseo, tiene lo que quiero. Pero tiene mucho, también, de lo que detesto.

Él me promete el cáncer,  me promete el dolor. Yo me río, no porque sea gracioso, no. Siempre me han hecho gracias las amenazas, por muy serias que sean. Supongo que es alguna clase de autodefensa o alguna mierda de esas, preguntad a algún psicólogo. No hay nada tan grato como ser desagradable cuando no hay nada que hacer. Y casi nunca hay nada que hacer. Y eso lo sabemos los dos, por eso nos entendemos.

A veces se queja de mi problema con la bebida. Sólo lo hace porque no es capaz de comprender que, en definitiva, la culpa es sólo suya. No bebo para escribir, es todo lo contrario, al escribir bebo. Y él me empuja, él me obliga a escribir. Poner una palabra detrás de otra, es sencillo, no tiene ningún misterio. Tomo un trago, me enciendo otro cigarro. Pero, luego, salgo a la calle. Los jueves, los viernes, los sábados. Y nadie, nadie sabe poner palabras detrás de otras. Me miran raro, me llaman idiota. No hay cuentos, no hay historias. Mentira.

El cenicero está lleno, me he quedado sin vino. La gente no tiene ojos. A Tom Waits se le acaba la voz. Siempre hay ruido de coches en Lehendakari Agirre. Libros en la estantería. Mañana hay que trabajar. Mañana nos mentirán, otra vez. Siempre hay un colchón en el túnel de Deusto. Down in the hole. Batzutan escupo sangre, me alegro. La sangre dice que estoy vivo. Aún.