Archive for 30 diciembre 2009

Los Salvajes (VIII)

diciembre 30, 2009

Josu “El Cobra” Erkoreka, Penitenciaría de Martutene (2008)

Recuerdo el último día que pasamos juntos. Yo estaba en el estanco de mi barrio, un pequeño establecimiento que llevaba Hipólito, un viejo veterano de la guerra del Rif, le faltaban las dos manos, por lo que tenía que atender a sus clientes valiéndose únicamente de la boca. Recuerdo que acababa de pedirle a Lito un cartón de Chester, por enésima vez, sólo para cambiar de idea en el último momento y comprarle un mechero cuando sonó mi teléfono móvil.  Era él.

“Josu, tu camello me ha dicho que traigas el cargamento de crack esta misma noche o se verá obligado a sodomizarte de nuevo. Nos encontraremos en el lugar en el que enterramos al travelo negro, ya sabes, el que te chupo la polla”.

Era un código. Significaba “quedamos en el Trapi”. Ya sabéis, por si alguien estaba escuchando al otro lado.

“Ah, y antes de que se me olvide, recuerda que mañana es el día en el que le ponemos una bomba al lehendakari”.

Y colgó. Eso último también era un código, esta vez para “píllame tabaco porfa”.

Total, que nos pasamos la tarde en el bar, sin hablar de nada pero hablando de todo. Y de nada de nuevo. Al rato me enseñó la pipa que se había comprado, en realidad se la enseñó a todo el bar a grito pelado. Saltó de su taburete y se puso la pistola entre las piernas, con el cañón en dirección a la parroquia del garito mientras berreaba “esta es mi polla mortal, MI POLLA MORTAL”.

Juanjo tuvo que llamar a la poli, así que nos largamos, cada uno por su lado. Nunca más volví a ver a ese cabrón.

La No Tan Divina Comedia : Canto Primero

diciembre 16, 2009

Estaba yo en casa, enfrascado en mis labores, cuando me quedé sin tabaco. Presto, busqué en la cartera hasta encontrar 3 monedas de un euro. Me vestí y me dispuse a salir a la calle pero, justo cuando enfilaba el camino hacia la puerta, se me cayó una de las monedas y, rueda que te rueda, se metió por el estrecho espacio que dejaba la puerta del baño a medio abrir. Después de dejar escapar un suspiro, abrí del todo y entré en el cuarto de baño con el firme objetivo de encontrar tan caprichosa moneda lo antes posible.

Al poner el pie en su interior, pude ver una extensión sin fin de cristales rotos en el suelo. A cada nuevo paso que daba podía oír, claramente, la estridente risa que emitían estos pequeños cristales al rasgar la planta de mis pies atravesando la gruesa suela de las zapatillas, ansiosos de sangre. Podía ver, pues no estaban a más distancia de la que necesita un chimpancé adulto para estirar su peludo brazo y meter uno de sus dedos en el culo de otro de sus congéneres, a varios soldados, cada uno ataviado de una época distinta, desgarrarse y despellejarse sus manos al intentar cavar trincheras en el suelo cubierto de los ya mencionados cristales. Soldados alemanes de la Primera Guerra Mundial con sus máscaras de gas, samuráis de las guerras de los shogunatos, legionarios romanos, fusileros napoleónicos, marines de la guerra del golfo, la lista sería interminable. Todos ellos con los ojos inyectados en sangre, locos, ausentes, cavando sin parar, sin prestar atención a los huesos que comenzaban a abrirse paso al ser su carne raspada. Todo ello para escapar de las incesantes ráfagas de ametralladoras que mataban a cualquier incauto soldado y de las continuas salvas de artillería que amputaban piernas por doquier, acompañas siempre por ataques de proyectiles que al estallar liberaban el Agente Naranja, haciendo que todos esos jóvenes vomitaran sus propias entrañas. Sin embargo, cada vez que alguno de ellos caía en combate, en pocos segundos volvía a levantarse para emprender un nuevo ciclo que acabaría, una y otra vez, de la misma manera.

La poca luz que alumbraba el lugar era la que provenía de unas pequeñas aberturas escarbadas a través de la inmensa bóveda de piedra del techo. Cada una de esas “ventanas” disponía de barrotes que sólo permitían pasar un reducido número de rayos de sol, pero era aquel un sol pálido, casi gris, y su luz de textura lechosa sólo permitía adivinar los contornos de las figuras más distantes. Pude observar como miles de hombres y mujeres trataban de escalar hasta esas aberturas, en un vano intento de escapar de aquel lugar. Tiraban, mordían y se colgaban de los barrotes hasta que, presos de una insoportable desesperación, ataban alguna cuerda o cable a los barrotes para ahorcarse con ellos. Pobres diablos, pronto se daban cuenta de su error al volver a la vida después de haber sufrido la agonía de la asfixia, únicamente para volver a ahogarse, ya que la longitud de sus improvisadas horcas no permitían soltar el nudo.

Mientras contemplaba el grotesco espectáculo, un silbido en el aire me hizo girar la cabeza y prestar atención a un nuevo horror. Un obeso ejecutivo a medio vestir montaba un gigantesco cangrejo que parecía poder moverse por la yerma llanura de cristales sin sufrir daño alguno. Me vi obligado a taparme la boca y reprimir varias arcadas al ver la tarea que alguien había asignado a esta nueva criatura. Con la ayuda de uno de esos palos afilados, que los jardineros municipales usan para recoger las hojas caídas del suelo, el ejecutivo buscaba y atravesaba a los bebes que, desnudos y malnutridos, se arrastraban hiriéndose las manos, las rodillas y el vientre. Después de atravesarlos, aún vivos y coleando, los llevaba hasta su boca, cuya mandíbula se desencajaba para abrirla de forma antinatural, y comérselos mientras lloraban, gritaban e invocaban a sus madres.

Avancé, siempre en busca de mi moneda, hasta toparme con un nuevo obstáculo. Un inmenso río de color negro atravesaba ese lugar. Pensé en rodearlo para buscar un paso seguro, pero la estela de aquella oscura agua se perdía en el horizonte. Intenté cruzarlo pero, al introducir la primera pierna, pude notar como el agua no era realmente líquida sino, más bien, grumosa. Me sorprendí también al no haberme percatado con anterioridad del insoportable hedor que surgía del mismo. Con el olfato totalmente abrumado por aquel olor, otro de mis sentidos se agudizó de repente, mi oído captó varias voces aflautadas que surgían de entre los grumos. Mi curiosidad me obligó a, lleno de repugnancia, tomar parte del río entre mis manos, sólo para ver sorprendido al estar sujetando pequeñas porciones de cuerpos humanos a medio licuar. Sus vocecitas eran incomprensibles, por el tono y por las distintas lenguas que usaban para expresarse, todas ellas desconocidas para mí. Asustado, lo dejé caer de nuevo para que se diluyera con la masa gelatinosa que fluía desde Dios sabe cuándo. Sin saber muy bien a dónde dirigirme, encaminé mis pasos hacia un sonido mecánico que se podía oír en la lejanía. Tras varias horas caminando atravesé la bruma que ocultaba el origen de aquel río a mis ojos. ¿Cómo explicar tal visión? Perdonen mis limitadas virtudes escritoras e intenten no ser demasiado duros con las abultadas carencias que voy a demostrar al describir la imagen. De una montaña hecha de ojos humanos se precipitaba una cascada del grumoso y humanoide líquido antes descrito. Presumí, tal vez ayudado por mi valiente ignorancia, que aquella catarata de restos humanos no era sino el final del inmenso río que, después de fluir por cientos o miles de kilómetros, dibujaba un círculo y, mediante artes que no llego a comprender, ascender hasta aquel ignominioso monte, para luego caer hasta un lago. En sus orillas, hordas de seres humanos de todas las razas y edades trataban de reconstruir los cuerpos nuevamente con los trozos que extraían de aquel lugar. El resultado, como todos ustedes pueden imaginarse, era horrible y malévolamente fallido. Humanoides encorvados, provistos de varias bocas y decenas de ojos aullaban de dolor y terror por su nuevo aspecto. Muchos carecían de todas sus extremidades, haciendo que la sencilla tarea de mantenerse en pie fuera imposible. Otros se asfixiaban o se retorcían entre estertores al sufrir las consecuencias de unas conexiones incorrectamente realizadas entre sus distintos órganos. Pude fijarme en como uno de ellos expulsaba jugos gástricos y bilis por los ojos y oídos ya que sus laringe había sido unida a sus pulmones y, directamente, a sus intestinos. La gente que trataba de arreglar a esos miserables humanos parecían ser amigos, amantes o familiares que, al ver el insoportable sufrimiento de sus más allegados, se arrancaban los ojos o la lengua, que desde ese momento pasaban a formar parte del montículo, para luego lanzarse a una máquina hecha de madera y huesos, provista de un inmenso rodillo erizado que trituraba sus cuerpos, por miles o millones, y de la cual surgía el río circular.

Al lado de aquella monstruosa máquina encontré a un esquelético anciano, vestido con el uniforme de BizkaiBus que se presento a sí mismo como Patxi Caronte y que, amablemente, me invito a cruzar el río en su autobús hecho de seres humanos que gimoteaban de la más patética de las maneras, cuyo origen descubrí más tarde muy a mi pesar. No intercambiamos ni una sola palabra en el trayecto, pero al llegar al otro lado me pidió un pago por sus servicios. Yo sólo disponía de mis dos monedas de euro restantes, pero las necesitaba para comprar tabaco, por lo que me negué. El anciano me amenazó gritándome que los deudores pasaban a formar parte de su vehículo hasta que alguien pagase su deuda. Calculé que además de pagar mi viaje podía liberar de aquella eterna tortura a otro pobre desgraciado. Pero, joder, yo necesitaba comprar tabaco. Entonces, amigos míos, tuve una genial e incomparable idea, una de esas que suelo tener cuando pongo mi gran intelecto a trabajar a plena potencia. Señalé con mi dedo a un punto indefinido a espaldas del busero y grité “¡cuidado!” a pleno pulmón. Para cuando el anciano se percató de tan ingeniosa estratagema yo ya había puesto la máxima distancia entre ambos.

Hasta aquí TODO normal. Y es que no saben, amigos míos, que pinta tiene mi baño los domingos por la tarde.

Después de seguir varias horas en busca de mi moneda perdida me topé con una entrada de metro, clavadita a la que se encuentra en Abando. Me encogí de hombros e hice una mueca con mi cara. Entré dentro y me situé sobre las escaleras mecánicas. Pude comprobar que no existía ninguna para volver a subir, sólo unas escaleras corrientes que escondían minas antipersonales que se activaban con el peso de los infortunados que intentaban subirlas. Los cuerpos mutilados de aquellos hombres eran continuamente destrozados al tratar de escapar de la trampa. Pude ver con mis propios ojos el momento en el que una niña de no más de 14 años subía un nuevo escalón haciendo explotar una nueva carga que lanzó su cuerpo, ya sin ambas piernas, por los aires varios escalones más abajo, además de arrancarle uno de sus bracitos, dejando a la criatura con uno sólo para proseguir su absurdo camino. Y, amigos míos, no eran pocas las escaleras, ya que mi viaje al interior de la parada de metro duró varias horas a una velocidad de vértigo.

Al llegar hasta abajo me dirigí hacia el lugar donde, presumiblemente, debía detenerse el metro. Miré la pantalla que indicaba el tiempo restante para el siguiente, consternado tuve que soportar el mayor de los horrores de aquel día. Faltaban ¡37 minutos! para poder pillar el siguiente transporte. Qué inhumana tortura. Entonces me di cuenta de que no era el único que esperaba en ese lugar. Un hombre, ataviado con la toga romana estaba de pie a varios metros de mí, dándome la espalda. Creí intuir y reconocer la silueta de su busto y recordé varios cuadros y grabados. “Virgilio”, exclamé, intentando llamar la atención del hombre. Pero al girarse me sorprendió la cara de Sánchez Dragó, vestido a la romana. “Salve” me respondió, dibujando una nauseabunda sonrisa en su cara.  “¿no habrá encontrado, por casualidad, una moneda de un euro?” pregunté esperanzado. Y Virgilio, digo… Dragó alargó su mano para entregarme la moneda. Estaba eufórico, por fin, después de todo, había logrado mi objetivo. “¿No sabrá, por casualidad, dónde puedo encontrar una máquina de tabaco?”. Y Dragó, de nuevo, sonriendo estúpidamente, me señalo una máquina que se encontraba a pocos metros del lugar. Era mi día de suerte, sin lugar a dudas, ¿desde cuándo había una puta máquina de tabaco en una parada de metro? Corrí hasta ella con las monedas en mi mano, pero al posar mis ojos en las marcas que podía dispensar el aparato el mundo se me vino encima. “¿El Ducados Rubio vale 3.15?”. Dragó posó su mano en mi hombro y dijo solemnemente, “Es que el gobierno ha subido las tarifas, justo hoy”.

Entonces, amigos míos, comprendí la terrorífica verdad:

“Joder, estoy en el puto Infierno”

El Invierno es el Chulo de la Ramera Primavera

diciembre 3, 2009

Ella era una de esas chicas que siempre te decía: “No te preocupes, idiota”. Pero, bueno, siempre nos preocupamos más al oír esas palabras ¿no es cierto?  Aquella mañana se me derramó el tazón del desayuno sobre “El Idiota” de Dostoyevski, una primera edición. Aún sigo sin entenderlo pero no me sobresalté, ni me puse nervioso, como me suele suceder siempre que ocurre algo inesperado a mi alrededor. Seguí con la mirada posada en el televisor apagado, como si nada hubiese ocurrido, como si la cosa no fuera conmigo. Bueno, la cuestión es que se fue. Se largó en uno de esos autobuses regionales tan impersonales e incómodos, los de la vieja generación a punto de jubilarse. Tal vez sea cosa mía, pero parece estar escrito en alguna tablilla de arcilla que los momentos más trágicos deben ir enmarcados en los escenarios más ridículos posibles. Se fue, al fin y al cabo.

Me vi obligado a pintar las ventanas, de nuevo, a tintarlas un poco más, de nuevo.  Hice acopio de provisiones para soportar un largo invierno. Y llegó un nuevo, un nuevo año y una nueva, nueva sensación y una vieja, vieja espera y una última, última ilusión. Pero así son las señales, con un leve ritmo a casposo cantautor y un olor a ingle sudada. Era hora de romper con todo, partirlo y escuchar ese sonido como de rama seca al ser pisada. La cuenta por favor.

¿Qué puedo decir? Las cosas se asentaron y la marea bajó, aunque siempre le he tenido mucho miedo a la primavera.

El relato que iba a ser pero no fue

diciembre 2, 2009

Éste iba a ser un relato sobre el valor extraordinario de algunos hombres y su capacidad de resistencia. Iba a ser una historia, sin duda, de las contradicciones que cada ser humano se ve obligado a cargar sobre sus hombros, sobre su conciencia, bajo su piel, entre las costillas, detrás del hipotálamo, a través de sus intestinos. Esto tenía que ser un testimonio sobre cómo las decisiones que toma cada uno de nosotros, son totalmente irrelevantes e incapaces de definirnos si se toman en el momento inoportuno o el simple azar las invalida y anula. Pero al final no lo ha sido.

Preview : Estertores 3 – Instinto

diciembre 2, 2009

Phil y Lil vivían juntos, juntos pero no revueltos. Phil era mayor y, por consiguiente, más sabio que Lil, pero Lil, por otra parte, era más joven y bonita que Phil. Esta dicotomía sobrevivía gracias, en parte, a la necesidad que sentía cada uno por el otro, ya que, aunque no de forma exagerada y, en absoluto siendo una situación insalvable, ambos profesaban un extraño amor por el otro. Extraño, sí, pero no deshonesto, no, todo lo contrario, pero tampoco eso exactamente. Ni mucho menos un amor fraternal ni paternal, diríamos, más bien, que les gustaba follar y, aunque no sea cosa común, verse las caras cada mañana. Y eso, amigos, no es cosa baladí.

Phil, materialista acérrimo y carente de cualquier pensamiento irracional apreciaba, más bien le intrigaba, la pura espiritualidad de Lil, un sentimiento que nada tenía que ver con lo religioso o místico, sino con una curiosa armonía con el todo que la rodeaba. Como si cada una de sus acciones tuvieran sentido en un determinado contexto y que, sorprendentemente, surgiera con una naturalidad pasmosa. Cada palabra, cada movimiento era, en esencia, una nota bien colocada dentro de unos acordes capaces de crear una música rítmica y cadenciosa. Phil, en cambio, necesitaba meditar, calcular y sopesar cada una de sus decisiones, usando unos patrones cortados de forma lógica y, casi podríamos decir, matemática.

Y así era la vida de Phil y Lil. Una confrontación cariñosa de dos filosofías enemigas, enemigas acérrimas. Pero esto agradaba a ambos. Se complementaban. Las habilidades y virtudes de cada uno suplían y llenaban los vacíos que dejaban, irremediablemente, las carencias y defectos del otro. Si Phil era los engranajes mecánicos y circuitos electrónicos, Lil interpretaba, de buena gana, el papel del alma de aquella máquina.

Phil y Lil eran felices. A su manera, pero felices al fin y al cabo. Y eso, amigos, no es cosa baladí.

Phil deseaba conocer los porqués y los cómos, quería alcanzar las estrellas y tocas los átomos. Lil, por otra parte, se conformaba con degustar las delicias que la vida le regalaba. El sabor del chocolate o el tacto del terciopelo. Estas características personales encaminaron a cada uno por un sendero de la vida, ese sendero que todos tenemos que buscar y recorrer. Afectó, por supuesto, a la elección de sus trabajos y, también, a las actividades en las que ocupaban sus momentos de ocio y esparcimiento.

Un buen día, Phil encontró la puerta del baño cerrada cuando, al despertarse, quiso usar el lavabo. Esto extraño enormemente a Phil ya que Lil  siempre se quedaba a dormir, al menos, media hora más que Phil. Éste llamó a la puerta, una, dos y hasta tres veces sin obtener respuesta alguna. Comenzó a ponerse nervioso y pensó en derribar la puerta de una patada. Pero, antes de hacerlo, se detuvo a reflexionar. Las puertas de la casa eran de roble macizo, sabía que si intentaba abrirla de esa manera, probablemente se rompería la pierna y, por lo tanto, tardaría aún más en dar con los motivos que la hacían estar cerrada. Se dirigió a la cocina y sacó la caja de herramientas de debajo del fregadero. Se tomó su tiempo para escoger la herramienta adecuada, un destornillador de punta de estrella de las medidas precisas. Volvió a la habitación y comenzó a destornillar todo el sistema de la cerradura que acompañaba al manillar. En menos de tres minutos fue capaz de abrir la puerta y al hacerlo descubrió, lleno de asombró debería admitir, y eso que Phil no se asombraba con demasiada facilidad, que Lil se encontraba de rodillas, con el brazo derecho apoyado sobre la taza del váter mientras que el derecho se extendía hasta el suelo para que la mano pudiese sostener el resto del peso del cuerpo y, así, mantener el equilibrio.