Archive for 27 agosto 2009

Los Salvajes (VI)

agosto 27, 2009

Julián Etxegarate, sala de invitados, Hospital Psiquiátrico San Juan de Dios, Arrasate (2006)

Creo que se olvidó. Eso me dijo al menos, que se había olvidado. Es gracioso, yo también suelo olvidar cosas. ¿Sabe? A veces no recuerdo si me gustan los hombres o las mujeres, o los dos, o ninguno. Tal vez me guste follar ovejas. Es gracioso. Solíamos bromear con eso. Como los vascos, decíamos.  Nos subíamos a las azoteas de los edificios y él me decía sí y yo le decía no, así pasábamos las tardes. Fumábamos mucho, aquí no me dejan fumar, lo echo de menos. Se ha largado ¿verdad? Eso pensaba. Siempre nos amenazaba con lo mismo. Decía que ya no podría terminar lo empezado. Desde las azoteas mirábamos y hacíamos planes. Él decía que las cosas cambiarían, que triunfaríamos donde otros fracasaron, que nos pedirían perdón. No sé. Ya no me acuerdo. ¿Le he dicho que tengo una memoria infalible? Lo que ocurre es que sólo me funciona cuando se trata de trivialidades. Ya me dirá usted para qué me sirve recordar los precios de los productos del supermercado en un lugar como este. Así que supongo que se olvidó de todo aquello, por su bien. Todos solemos hacerlo, por nuestro bien, la salud es importante. Para no quemarnos el cerebro. Hay noches en las que se me olvida dormir, no sabe usted lo molesto que puede llegar a ser eso. Él quería dejarlo todo, echarle huevos, decía. Aunque hoy creo que volvemos a tener puré de patatas para comer, eso no me gusta demasiado. No solíamos andar demasiado y tampoco me llevaba bien con sus amigos. Debe de haber alguna secreta razón para que todas las batas sean blancas, ¿verdad? Es por el buen gusto, por ir a juego con las paredes y los muebles y los guardias. Aquel día le acompañé a comprar una pistola, ahorró dinero durante bastante tiempo. Para escribir, decía. Bueno, razón no le faltaba. Creo que no me gusta el coñac. En una de esas azoteas me dijo que lo mejor era olvidar, que una vez conocida la verdad uno ya no puede volverse atrás o cambiarla por una mentira, es demasiado tarde, decía. Así que lo mejor era olvidar la verdad. Él iba a olvidar, con la pistola, claro. Nos reímos mucho aquel día. Él era muy gracioso, espero que lo siga siendo. Lo mejor es borrar la verdad. Investigamos mucho el tema, ya lo creo. Pero no de cualquier manera, no. Como buenos científicos nunca dejamos de lado la rigurosidad y el método. Creo que publicamos un libro sobre ello, ya no me acuerdo, probablemente no lo hiciéramos. Calculamos la cantidad y el tipo de sustancias necesarias, así como el ambiente y las condiciones idóneas para destruir una verdad. También la velocidad y la altura, la presión y la temperatura. Una verdad, aunque resistente, es inesperadamente maleable bajo ciertas influencias externas. El truco consistía en darle la forma adecuada para, después, aplicar los procedimientos ya estudiados. Léalo, está todo en el informe que he dejado en la mesa de su despacho. Ya sabe que yo soy siempre puntual. ¿Ya le he dicho que soy incapaz de olvidar? Una vez meamos en un confesionario.

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DOMINGO. Lisergia automovilística. Kasey se rebela contra la tiranía del rojo y la monotonía asesina.

agosto 23, 2009

El coche iba a toda velocidad. El GPS no paraba de repetir que estaban sobrepasando el límite de velocidad. Una y otra vez, aunque el conductor parecía ignorar aquellos consejos por completo. La radio no dejaba de enunciar terribles accidentes ocurridos en la carreta junto a la magnitud de cada uno de ellos, como la longitud del atasco provocado y demás. El cielo totalmente despejado, la carretera totalmente vacía.

-¿Veis? ya os había dicho que si salíamos pronto no habría ningún problema.

Nadie responde al conductor, ninguno de sus acompañantes. Él piensa que puede ser debido al respeto que suscita el decir una verdad incontestable. Sin embargo, la realidad es mucho menos condescendiente. La apatía de la tripulación del vehículo es el principal motor de cada una de las conversaciones e interacciones sociales en el susodicho.

Padre, madre, hijo, hija y Kasey, la muñeca de plástico barato que, a pesar del evidente inconveniente de ser un mero juguete, ha logrado ocupar un lugar privilegiado en los asientos traseros del coche. Hijo va leyendo un tebeo de aventuras medievales, hija, con espejo y cepillo en mano, trata de imitar el peinado de su cantante pop preferida, madre mira por la ventanilla hacia el yermo paisaje que los rodea y padre da consejos a todo el resto de la familia. Todos están cansados de escuchar sus discursos, por lo que simplemente ignoran cada una de las palabras que salen por su boca. Padre siempre intenta disimular su poca cultura y su poco mundo con anécdotas que repite una y otra vez de una forma más exagerada en cada ocasión. Aunque por supuesto, él no es consciente de tal artimaña que surge por puro reflejo.

Hijo tiene unos 14 años y no tiene un pelo de tonto. Con su tebeo de importación revive la gesta de Saladino al tomar Jerusalén. Hijo se lo imagina con una AK47 y miles de sarracenos suicidas vestidos de C-4 y lanzados por encima de las murallas con la ayuda de catapultas. Sonríe. Y al sonreír se percata de que algo realmente duro está haciendo presión contra su bragueta. Tiene una erección, lo que le hace sentirse algo culpable. Intenta disimularla con su tebeo mientras mira hacia todos lados para comprobar si alguien se ha dado cuenta de ello. En algún momento su vista se fija en las piernas de su hermana, en hija. Permanece varios segundos mirándolas, son unas piernas delgadas y bonitas. Y se asusta. Cree que le hecho de mirarlas es una prueba de que su excitación proviene de una oculta atracción hacia su hermana. Se asusta mucho.

Me gustan los carteles y las señales. Los carteles. Las señales. Carreteras de madera, tallos de hojas. Afila las luces.

Hija sigue peinándose. Lleva más de 2 horas haciéndolo, no por coquetería, no por vicio. Lo hace por necesidad. Por los nervios que le provoca el no saber cómo ni cuándo formular una pregunta. Kasey tampoco puede ayudar, ni de lejos. Sigue notando el calor líquido. Puede que se esté muriendo, es normal, es bastante normal. Ella ha visto sangrar otras cosas. Ya ha estado antes en el lugar al que se dirigen. Tiene varias amigas allí, una de ellas bastante mayor. Confía en aguantar hasta entonces y pedir consejo de una forma discreta. Algo ha visto en la tele, pero la verdad es que no se aclara demasiado.

Es triste pedir.

Madre repasa una lista mental. La lista incluye una larga serie de cosas que puede haberse olvidado o que pueden salir mal.

-¿Has cogido?

-Sí.

-¿Nos hemos acordado de?

-Sí.

-¿Has avisado de que?

-Sí.

-¿Te has puesto?

-Sí.

-¿La de la oficina folla mejor que yo?

-Sí. Espera… ¿Qué?

-Tienes dos hijos gilipollas. No te voy a reprochar que no pensases en mí, pero joder, tus hijos…

-Pero qué coño…

-Sé que escapamos, tenía un presentimiento, además del olor, el olor no suele fallar. Pero ahora no me cabe ninguna duda.

-¡ROJO!

Todos callaron.

-¿Quién ha dicho eso? – preguntó madre.

-Yo no – contestó hijo.

-A mí no me mires – dijo padre.

-Ha sido Kasey- susurró hija.

La muñeca giró lentamente su cabeza de plástico describiendo un semicírculo de 180 grados.

-¡ACABA DE PASAR UN COCHE ROJO¡

Dicho lo cual se abalanzó sobre la cara de padre, tapando con sus cortitos brazos los ojos del conductor.

Los Salvajes (V)

agosto 8, 2009

Paco Hernández, bar El Tigre, Madrid (2008)

Esos hijos de puta aún me deben dinero.

Los Salvajes (IV)

agosto 1, 2009

Dra. Gorriti, bar Lamiak, Bilbao D.F (2007)

La última vez fue hace unos 6 meses. Vino a visitarme a mi casa con alguna estúpida excusa. Al principio no quise abrirle la puerta, no me fiaba demasiado. Insistió durante unos 15 minutos, tenía miedo de que me montase una escena en el portal así que accedí y le permití pasar. Parecía borracho, al menos olía a alcohol, aunque con él nunca puedes estar seguro de nada. Una vez dentro de mi apartamento empezó a hablar de forma incoherente. Su discurso no parecía seguir ningún hilo lógico, no eran más que ideas escupidas al azar. Estaba nervioso así que le invité a una cerveza. Fui a la cocina a por un par y al volver a mi habitación me lo encontré sentado en el suelo, con las piernas cruzadas. Le ofrecí el botellín pero creo que ni siquiera llegó a verlo. Dijo que me tenía que dejar, que no volveríamos a vernos en una buena temporada. Es curioso, para entonces ya llevábamos muchos meses sin vernos. Antes solíamos llamarnos y quedábamos para…, bueno, para follar. Ya sabes. Era algo inocente al principio. Sexo, cigarro y adiós. No estaba mal, ninguno de los dos pretendía tener nada más serio. Somos adultos, no hay nada de malo en ello. Con el tiempo la cosa se fue apagando, ya nadie llamaba al otro, no hubo ninguna razón especial, simplemente ocurrió. Cuando me soltó aquello yo no supe qué responderle, me acerqué a la ventana y fijé la mirada en la ciudad. Oí como me decía algo sobre una carretera y un objetivo, no lo sé, desvaríos nada más. También me dijo que traía algo para mí. Entonces posó su mano en mi hombro y yo se la aparté de un golpe. ¿Por qué lo hice? No sabría decírtelo, pero no me gustó. Cuando le miré a la cara pude ver el desconcierto en sus ojos. Allí estaba, aquel hombre que siempre se había creído tan importante totalmente perdido, con la boca abierta, parecía un vagabundo embrutecido por el vino barato y la cordura hecha jirones por la soledad de la calle. En pocos segundos el desamparo de su mirada se tornó en odio, me llamo puta y me soltó un guantazo en la mejilla. Noté mucho calor en el lugar del golpe y mientras me llevaba una mano a la cara, con la otra agarré un cenicero y se lo rompí en la cabeza. En cuanto logró incorporarse salió corriendo de mi casa. Esa fue la última vez que lo vi, ahora Dios sabe dónde andará. ¿El regalo? Sí, fíjate que casualidad, justo ahora lo llevo en el bolso. Mira, es esto que está envuelto en papel de periódico, con un lacito de los que vienen en las tartas para llevar de la pastelería. A decir verdad, siempre lo he llevado conmigo desde entonces, aunque nunca he querido abrirlo. Parece que es un libro, no lo sé, no quiero saberlo. Perdona, soy una estúpida, no suelo ponerme a llorar delante de un desconocido. Sí, toma, puedes quedártelo… No quiero saber nada del maldito regalo. Ni de él.