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Deus Ex Machina

enero 20, 2009

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El anciano solía matar el tiempo sentado en la mecedora de su hogar de color blanco hospital, de color blanco aséptico. La propia palabra “tiempo” perdía su sentido original en aquel lugar. Se estiraba y se dilataba como un metal dúctil. El tiempo era maleable cuando adquiría ese color rojo brillante. El tiempo correteaba por el suelo de aquel lugar como una gran rata patosa. Se tropezaba y se golpeaba contra las patas de los muebles. A veces se subía por las paredes, como una araña, negra y amenazante. Clavaba sus ocho ojos en el anciano, lo estudiaba, medía la distancia del salto que debería dar para caer sobre sus barbas.

El anciano era consciente en todo momento de la localización exacta del tiempo. Lo seguía sin mover la cabeza, sólo con los ojos, con un estúpido disimulo. Creía tenerlo controlado, casi domado, pero, en realidad, su mera presencia le hacía sentirse inquieto.

El anciano trataba de distraerse y abstraerse de aquella molesta mascota mirando a través de la ventana. Sus posesiones eran vastas y se perdían en el horizonte al unirse con el sol. Verdes bosques e inmensos viñedos, jardines con flores que cubrían todo el espectro cromático. Pero ya conocía de memoria cada uno de aquellos rincones. Se sabía al dedillo cada relieve de la corteza de cada árbol. Cada brizna de hierba. Cada animal, cada río, cada nube.

El anciano miró de nuevo al tiempo. Se sintió solo.

Pensó en la necesidad de alguna compañía. Alzo la mano y arrancó un trozo de cielo que dejó sobre la mesa de su cocina. Se sentó en una silla, apoyó el mentón sobre aquella mesa y observó aquella hermosa masa informe. De color azul. Luego miró sus propias manos y las hundió en aquel trozo de cielo. Empezó a moldearlo con un sentimiento de curiosidad y excitación que no sentía desde hacía tiempo. Pasó todo el día esculpiendo un ser a su imagen y semejanza. Posó su mano sobre la cabeza del golem. Ya sólo faltaba un último toque para acabar la obra y dotar al ser inanimado de las mismas características que su anciano creador. Tendría a alguien como él para sentir su calor. Un igual. Un compañero. Un amigo.

Pero miró al sol. Dudó una vez.

Miró a la luna. Dudó por segunda vez.

Se mesó su larga barba y dudó por tercera y última vez.

Apartó su mano de forma apresurada. Se asustó, sin duda. Alguien que estuviera a su mismo nivel podría complicar su plácida existencia. Podría discutir sus puntos de vista. Podría, incluso, poner en duda todo lo que había hecho hasta entonces. Se conocía demasiado bien a sí mismo. Se asustó, sin duda. Destruyó aquel ser golpeándolo contra el suelo hasta hacerlo añicos.

El anciano, deprimido, salió al campo a pasear y meditar sobre lo sucedido. Había estado a punto de cometer un grave error, el tiempo lo había convertido en alguien descuidado. Se prometió a si mismo que aquello no volvería a ocurrir.

Al anochecer volvió a su casa y al quitarse las sandalias para descansar los pies se percató del barró que las había ensuciado durante su paseo. Eureka. ¿Cómo había podido estar tan ciego? La solución al problema de la soledad era harto sencilla.

Volvió a esculpir otro ser a su imagen y semejanza, pero esta vez el material utilizado fue el barro de sus sandalias. Al terminarlo se encendió un cigarro y echó hacia atrás su silla mientras apoyaba los pies sobre la mesa. Satisfecho.

Las cenizas del cigarro encendieron la chispa de la vida y un puntapié en su culo de barro le otorgó un alma inmortal, negándole cualquier posibilidad para escapar. Cuando despertó, aquel ser se encontró sentado en un erial que le era totalmente ajeno, como cualquier otra cosa que hubiera visto a su alrededor. Sintió un increíble dolor cuando el barro del que estaba compuesto empezó a transformarse en tejidos y órganos mucosos y palpitantes. Escuchó atemorizado el crujido de los huesos que se endurecían. Su corazón comenzó a latir y los pulmones intentaron respirar, provocándole arcadas y obligándole a vomitar la tierra que aún conservaba en su sistema respiratorio. Todos los músculos de su cuerpo ardieron al contacto con el aire hasta que una piel los cubrió por completo. Tardó varias horas en aprender a controlar sus esfínteres. El primer hombre había nacido.

El anciano lo había logrado. Se apoyó en el marco de la ventana y observó a su hijo moverse desorientado y sin rumbo fijo. Comenzó a dictarle una serie de normas y reglas que tendría que cumplir y respetar. El hombre, confundido, interrumpió el discurso y mostró su desconcierto. Era incapaz de comprender todas aquellas leyes y dictados. El anciano sonrió de forma paternal. Le explicó con cuidado que aquella reacción era normal ya que él, su creador, era un ser superior y perfecto, mientras que el hombre no era más que un ser inferior, incapaz de comprender por completo aquellas normas tan elevadas.

El hombre preguntó entonces cómo podía exigirle el cumplimiento de aquellas leyes si en su inferioridad, era incapaz de entenderlas. El anciano se encogió de hombros y explicó al hombre que lo único que necesitaba hacer era amarlo como a un padre, que todo lo demás vendría por su propio pie. El hombre se rascó la cabeza, frunció el ceño y negó con la cabeza. Cómo iba a amarlo como a un padre si no era capaz de mostrarle ni una sola de las cualidades necesarias para ser un progenitor querido.

El anciano, cansado ya de tantas impertinencias, le ordenó guardar silencio. Como creador y padre suyo que era, debía mostrarle respeto por encima de todo, amarlo por el preciado regalo de la vida y temerlo por su justa severidad. Sólo así el hombre podría ser feliz, sólo así llegaría a ser lo que todo hombre debe ser. Sólo así conseguiría que su padre estuviera orgulloso de él y de sus logros.

El hombre meditó durante varios segundo, abrió la boca para decir algo, pero guardó silencio, dio la espalda al anciano y comenzó a caminar. Pero antes de dar 3 pasos se giró y señalo con un dedo acusador al anciano. Gritó. Dijo que nadie tiene derecho a crear vida con el único fin de complacer al propio creador, dijo que alguien así sólo podría traer dolor a su creación, dijo, incluso, que el anciano ansiaba desesperadamente ser amado porque no era capaz de sentir nada más que una recurrente mezquindad hacia su persona. Porque tenía miedo, miedo a la eternidad de la nada y la sinrazón.

El anciano estalló lleno de ira. Cómo podía atreverse alguien tan insignificante no sólo a cuestionar sus designios, sino a juzgarlos como algo inmoral y egoísta. Con un solo gesto de su mano el hombre se retorció de dolor, y vio en su interior la muerte y la desesperación, el hambre y la guerra, la miseria y el desconcierto, la locura y la mezquindad, el egoísmo y la envidia. Vio millones de cadáveres apilados devorados por blancos gusanos, pudo oír el característico sonido de la nieve al ser comprimida por una bota militar, vio nacer a todos los hombres que vendrían al mundo en el futuro, y sintió el dolor que padecerían todos y cada uno de ellos durante sus vidas. Suplicó clemencia. Pero el anciano no hizo nada. Pidió perdón. Pero nada cambió. Al final, entre lágrimas, le dijo que lo amaba y le dio las gracias. El anciano comprobó que no era ningún truco, que el dolor y el horror habían conseguido arrancar de aquel hombre una verdadera demostración de amor incondicional. Vio que era bueno y sonrió.

El hombre fue entonces arrojado al mundo inferior, desnudo y sin ningún tipo de ayuda. El anciano había aprendido bien la lección y supo desde entonces cuál debía ser el instrumento a utilizar para obtener el cariño y la devoción que se merecía.

El hombre comenzó a caminar, dolorido, y aunque en todo momento fue perfectamente capaz de sentir la mirada inquisidora de aquel anciano sobre su espalda, nunca miró hacia atrás. Nadie pudo escuchar como masculló entre dientes una plegaria al anciano por seguir vivo.