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Detritus

noviembre 5, 2008

retrete

retrete – ainhoa

Una vez tuve un perro. Era un pastor alemán de colores invertidos, es decir, el negro donde iba el marrón y el marrón donde iba el negro. Lo trajeron a casa cuando yo tenía tres años. Por aquel entonces el chucho era pequeño y muy oscuro, juguetón. Feliz. Te lamía los pies y se tumbaba en tu regazo. Te miraba con esos ojos completamente negros. Con ese iris descomunal que apenas dejaba espacio al color blanco. Creo que le quise desde el primer momento. Creo.

No retengo demasiados recuerdos de mi infancia, a decir verdad, apenas tengo recuerdos anteriores a mis trece años. Es curioso. ¿Dónde se han metido todos esos años? ¿Simplemente se perdieron? ¿Significaron algo? No puedo recordar mis primeros años de colegio. No soy capaz de rehacer la cara de ese chaval que murió en accidente de coche y que venía a mi clase. ¿Hubo algún primer amor infantil? ¿Algún juego de médicos entre primos? ¿Era tranquilo o un desgraciado cabrón? No lo sé. Pero la imagen de ese perro saltando sobre mí es una de las pocas imágenes que atesoro.

Aquel perro había sido rescatado. Formaba parte de una camada que iba a ser sacrificada. Sus dueños no querían hacerse cargo de ellos. Mi padre lo salvó al ver sus colores invertidos. “En esta familia todos somos un poco raros”. Sus hermanos murieron, pero él pasó a formar parte de nuestra familia invertida. ¿Lo salvó la bondad o el sentimiento de culpa? Supongo que es irrelevante.

Nunca supe de donde le vino su nombre, mi padre lo olvidó hace tiempo. Yo nunca me lo cuestioné demasiado.

Cuando todavía era un mocoso solía ir al monte con mi padre. Llevaba uno de esos chándales de colores chillones de principios de los noventa. El perro siempre nos acompañaba en la parte trasera de la furgoneta Renault de color amarillo huevo. Ya sé que los perros no ríen, pero el color de su pelaje junto a sus suaves rasgos faciales siempre sugerían una tranquila felicidad. Y no me refiero a la felicidad jadeante que queda marcada en la cara después de echar un buen polvo, ni tampoco a la nerviosa felicidad por ganar una apuesta. Era más bien esa felicidad que se dibuja después de una deliciosa comilona. O, tal vez, la ridícula felicidad que nos embarga con alevosía y nocturnidad al presenciar alguno de esos actos de bondad aleatoria que nos escupe el mundo a modo de insulto. La cuestión es que a mí me divertía y me hacía sentir bien.

En uno de esos paseos agrestes nos cruzamos con un rebaño de ovejas. Cuando volvimos a casa el perro no dejaba de ladrar y saltar. Las putas ovejas le habían pegado garrapatas. Mi padre intentó quitárselas con un alicate, pero los jodidos monstruos explotaban dejando la cabeza dentro. Entonces optamos por otra opción. Yo sujeté al perro con fuerza. Nótese que por aquel entonces ya se había convertido en un formidable animal con una fuerza nada desdeñable. Yo, en cambio, seguía siendo la misma mierda seca de siempre. Entonces mi padre lo roció con gasolina, agua oxigenada o disolvente, ya no puedo acordarme. Puedo visualizar en mi mente como cualquiera de esos líquidos recorrió su cuerpo, introduciéndose en cada una de las heridas abiertas por aquellos parásitos.

El chucho aulló. Y saltó, joder si salto. Brincó y pataleó. Me lanzó varios metros hasta chocar contra una de las barandillas de la terraza por las que también restregó todo su cuerpo. Sufrió. Sin duda. Pero quedó purgado.

Pasaron los años y dejamos de ir al monte. Yo todavía era bastante pequeño, y cuando sacaba al perro de paseo me veía sobrepasado. Cuando se excitaba me arrastraba por las calles del barrio como si fuera un pelele. Dejé de sacarlo a pasear y mi padre le construyo una enorme caseta de madera. Siempre la vi como una especie de mansión para animales. Quedó encerrado en su parcela de terraza, como en un Dachau cualquiera. Cada vez que me acercaba seguía enseñándome su ficticia sonrisa. Supongo que esperando a que le abriera la puerta. Yo sólo le acariciaba detrás de las orejas.

Pasaron los años y crecí. Ya era lo suficientemente grande como para volver a sacarlo a la calle, pero supongo que tenía cosas más importantes que hacer. A saber, jugar a la consola, hacer el gilipollas con amigos que sabía que no conservaría en el futuro, expiar a parejas que se daban el lote en los arcos de la iglesia del pueblo.

De cuando en cuando, y aunque a mi padre no le gustara, le daba los bocadillos que me hacía mi abuela. Siempre se los comía de dos bocados, ni uno más, ni uno menos. Nunca dejo de “sonreír”.

Murió cuando yo tenía quince años. Sólo pudo disfrutar de la libertad en dos ocasiones durante los últimos siete años de su vida.

Cuando llegué a casa el perro no estaba en la terraza, busque en la caseta, sin éxito. El último año de su vida se lo pasó en su interior, tumbado, dormitando. Yo le hablaba, mucho. Pero siempre le contaba mis mierdas, nunca hablábamos de él. Mi padre ocultó la verdad, durante un día. Luego, a escondidas, escuché como decía que le había costado horrores meter el cuerpo en una bolsa negra de plástico, esas bolsas de la basura. Escuché como lo llevó hasta la parte trasera de la casa para enterrarlo. Entonces irrumpí en la sala con un semblante bastante sombrío y mi madre dijo que “al menos ha tenido una vida digna”.

Yo quería contestarle, decirle que no, que estaba muy equivocada, que eso no fue una vida digna.

Pero no dije nada. Nunca dije nada.