Archive for 21 octubre 2008

Sarajevo

octubre 21, 2008

fuckedUpAngel – Triames

Era aquella una mañana nebulosa. Aparté los cartones que me habían mantenido más o menos caliente durante la noche y me até los cordones de las viejas botas. Recuerdo haberme puesto el gorro de la chaqueta antes de mirar por la pequeña ventana que daba a la acera. Desde mi sótano se podía ver claramente el final de la calle, la iglesia, el antiguo mercado, la mezquita y la biblioteca municipal. Arropé a mi madre y sin hacer ruido subí por las escaleras hasta el primer piso. Sobre la sucia moqueta del pasillo dormía media docena de personas de una misma familia. No habíamos compartido nombres, pero ya nos conocíamos todos los que nos levantábamos a estas horas para llevar acabo nuestro ritual. Con leves gestos de la cabeza o las manos nos saludábamos para, a continuación, dirigirnos a la puerta que daba a la calle.

Le llamábamos La Puerta, aunque en realidad no era más que el marco de una ya desgarrada. Pero su importancia radicaba en lo que representaba, era la línea divisora, el límite. Después del marco, después del vacío que dibujaba el rectángulo no había nada. O mejor dicho, había todo. Nos acercábamos, con cuidado. Cada día le tocaba a uno distinto. El puesto era rotativo, sin excepciones. Al pobre afortunado le llamábamos JFK. Si no te ríes sólo te queda comerte tu propia mierda. Ese día me tocaba a mí.

Algunos JFK solían salir a cuatro patas, sacando primero la cabeza a la calle. Yo sabía que era una estupidez, no suponía ninguna jodida diferencia. Salí lo más erguido posible, aunque supongo que la estampa no era demasiado digna debido a mi encorvamiento causado por distintas desdichas que ahora no deberían interesar a nadie. Di tres pasos y me quedé allí, quieto, mirando al cielo nublado, sintiendo la humedad del aire. Conté hasta diez y bajé la mirada. Luego eché un vistazo a ambos lados de la larga calle. Había otros JFK como yo. Miré hacia atrás e hice un gesto de aprobación. La calle era segura, por ahora.

Nos acercamos todos al camión de suministros y nos pusimos a la cola, en silencio. En las colas tenías mucho tiempo para pensar, pero no lo hacías. Pensar nunca ha ayudado a nadie en estas situaciones. Mi padre me habría dado un buen azote hace tiempo si me oyese decir algo parecido. Pero ahora no estaba aquí, se había ido con el resto de los hombres, al bosque, o tal vez a alistarse. Supongo que ahora pensará de una forma bastante aproximada a la mía. O tal vez esté muerto. ¿Veis lo que os decía? Es mejor no hacerlo.

Se escuchó un disparo y el eco que producían las ondas acústicas al rebotar en las fachadas de los edificios más altos de la calle. Un cuerpo cayó al suelo, no estaba muerto, le habían dado en la rodilla. Con el primer estruendo todos nos llevamos las manos a la cabeza, pero nada más. Algún novato se arrojó al suelo, algún bebé empezó a llorar. Pero nada más. Teníamos demasiada hambre como para dejar la comida por un simple francotirador. Pero, inmediatamente después, comenzaron las explosiones, proyectiles de mortero. No eran certeros al principio, pero a medida que iban viendo cual era el punto de impacto podían ir corrigiendo la trayectoria, el ángulo de inclinación, etc. El camión salió cagando hostias, ya no tenía sentido permanecer allí, todos corrimos a escondernos en los portales, pero sin alejarnos demasiado. Siempre cabía la posibilidad de que alguno de los que habían conseguido comida muriera por la metralla o alguna otra bala. No se podían desperdiciar esas oportunidades.

Las explosiones continuaban, pero bastante alejadas de nosotros. El chaval herido seguía en el suelo, gritando como un cerdo, pidiendo ayuda. Todos nos hacíamos los sordos, sabíamos cómo funcionaba aquello. Los francotiradores solían herir a alguien a propósito, para así incitar a los demás a ayudarle, de esta forma conseguían objetivos inmóviles. Sencillos. También podía ser que hubiera errado el tiro, pero todos los presentes nos queríamos creer la primera de las opciones en un triste intento de justificar nuestra inacción.

Cesó el bombardeo, de nuevo era el turno de los JFK, Avanzamos hacia el centro de la calle mientras rastreábamos cada palmo del suelo en busca de comida que se le hubiera caído a alguien. Poco a poco llegué hasta el herido, que seguía apretándose la rodilla mientras me miraba con sus ojos lacrimosos suplicando por una mano amiga. Me incliné hacia él. Despacio, y metí mi mano por la parte interior de su chaqueta. Palpé un paquete de cigarrillos y me lo llevé al bolsillo. Después seguí rastreando. Un par de niños le quitaron sus zapatos, después de eso dejé de mirar.

Pronto la calle se volvió a llenar de gente que se movía de forma aleatoria, como bacterias, en busca de sustento y con la vana ilusión de que, tal vez, el camión regresaría de nuevo antes de caer la noche.

Sonó otra deflagración. Todos miramos alrededor, buscando aquellas rosas que dejaban las explosiones marcadas en el asfalto. No vimos nada. De pronto, una lluvia de ceniza nos ensució a todos. Por alguna inexplicable razón me di cuenta al momento de donde provenía todo aquello. Corrí hacia La Puerta de mi casa, y desde allí pude ver como ardía la biblioteca municipal. Cerca de ella no vivía nadie, no era ningún objetivo estratégico, sólo eran libros. Entonces lloré, lloré por primera vez en seis meses. Y sentí miedo. Mucho miedo.

No podía moverme, no podía. Simplemente observaba los trozos de papel que, aún ardiendo, se elevaban al cielo girando enloquecidamente. Entonces ocurrió algo que nunca podré olvidar, la única imagen de aquellos días que puede rivalizar con la de la biblioteca ardiendo. Un hombre, sucio, de pelo corto y barba de varios días surgió de la puerta de lo que hasta hace poco se conoció como el club TITO. Abrió sus negras puertas de metal acarreando un aparato con él. Recordé el TITO. Recordé como me hicieron en sus baños mi primera mamada a los quince años. Eso fue hace menos de un año antes de que comenzara toda esa locura, pero se me antojaba tan lejano por aquel entonces. Recordé aquella música machacona en la cabeza, en realidad nunca me gustó, pero eso era lo de menos. Recordé también aquellos labios. Aquellas manos que desabrocharon mi pantalón. Ella era mucho mayor que yo. Con esas imágenes en la cabeza cerré los ojos y esperé. Me mordí los labios y esperé. Pero no tuve ninguna erección. Me sentí desdichado. Probablemente la falta de agua y comida fueran los culpables, pero claro, en aquellos momentos no era tan fácil racionalizar toda esa mierda. Pensé, abatido que tal vez hubiera olvidado como tener una erección. ¿Cuánto hacía que no me masturbaba? Tal vez hubiera perdido la noción de belleza. Tal vez no pudiera recobrarla nunca.

Pero volvamos a aquel hombre. Él solo, sin ayuda de nadie y bajo aquella lluvia de cenizas y papeles sacó una mesa a la mitad de la calle. Volvió a entrar en la discoteca y sacó varios platos y una mesa de mezclas. Volvió a entrar y sacó a cuestas un par de altavoces enormes. Nadie podía creérselo. Para terminar, saco unos alargadores que presumiblemente conectaban todo el equipo a algún tipo de generador que tendría escondido dentro del club. Sin abrir la boca, sin decir una sola palabra, sin realizar gesto alguno encendió todo el sistema y un agudo pitido pudo escucharse en toda la calle. De inmediato, colocó un vinilo sobre uno de los platos y pulsó alguno de los botones de la mesa. Entonces. Joder. Entonces lo escuchamos. Era esa misma música. Aquellas voces graves, aquellos golpes, aquellos ritmos. Subió el volumen y las ventanas que aún no estaban rotas retumbaron.

La gente empezó a levantarse, otros salieron de sus casas, extrañados e intrigados. Nadie bailaba, pero eso era lo de menos. Fue en ese momento cuando noté algo duro entre mis piernas. Años más tarde pude saber que aquel hombre había sido el disc-jockey de la sala TITO. No dejó de mirar la biblioteca que ardía. Yo sonreía mientras me agarraba el paquete con la mano. Volví a sentir los labios. Volví a sentir. Oí un disparo. El pinchadiscos cayó al suelo con la cabeza atravesada por un disparo. El disco siguió sonando hasta que acabó la canción, para dejar paso a un monótono sonido rasgado producido por la aguja sobre el vinilo. Se escucharon de nuevo los gritos del chaval herido. Se volvieron a escuchar los pasos de la gente que regresaba a su escondite.

Yo corrí, corrí hacia el sótano. Me senté junto a mi madre y le dije al oído:

-Mamá, he tenido una erección.

Anuncios

¿Por qué sonríen los gatos?

octubre 15, 2008

2787879334_5ecd34d776 – marta

-Mmmm… Buenos días.

-…

-¿Qué ocurre? Anda, no seas perezosa, ya va siendo hora de levantarse.

-Que te jodan.

-Pero, ¿qué pasa?

-Lo has vuelto a hacer, imbécil.

-¿El qué?

-Has vuelto a decir su nombre en sueños.

-¿Esta noche? Mierda.

-Sí, esta noche, muchas gracias.

-¿Te vas a enfadar? No puedes culparme por decir cosas en sueños.

-¿Qué era lo que estabas soñando?

-No tengo ni puta idea, joder, qué importará eso.

-A mí me importa, no es agradable. De hecho, es una puta mierda.

-No puedo pedirte disculpas por algo que no controlo, venga, levantémonos. Te haré el desayuno.

-Desayuna tú, yo me quedaré un rato más en la cama.

Primero fue al baño, a mojarse la cara que, aún húmeda, vio reflejada en el espejo. Después fue a la cocina y lleno su taza de Cobi de leche. Le gustaba echar el cola cao antes de meterlo al microondas, así quedaba mejor. Pero mientras la taza daba vueltas dentro del horno volvió a la habitación. Nervioso. Exaltado. Gesticuló con las manos antes de abrir la boca.

-¿Acaso nunca has soñado algo horrible? ¿Algo espantoso? ¿Algo que al despertar te haya hecho sentir nauseas? ¿Nunca has matado a nadie en sueños?

-Déjame dormir.

-No, no, no. ¡Contesta!

PING

-Creo que ya está listo tu desayuno. Lárgate.

Se puso los primeros pantalones que encontró tirados en la habitación y salió a la calle sin despedirse. Portazo inclusive. Suspiro inclusive.

En la calle hay un banco. La estructura que soporta los tablones de madera es de piedra grisácea. Los tablones de color rojo. Los clavos oxidados. Tiene una carretera. El banco no, claro. La carretera está en frente. Y los coches. Y los camiones. Y pasan. A toda hostia. Y hay ruido. Brum brum. Y se sienta y se enciende un cigarro. Sin desayunar. Y piensa, joder, tabaco con el estomago vacío. Y piensa, a la mierda. Y brum brum. Y ve luces y se siente mareado. Y se siente basura. Y piensa, que nos jodan. Joder.

-Oye colega, ¿me pasas uno de esos?

-¿Qué?

-Un cigarro coño.

-No, que te jodan, vete a la mierda. Déjame en paz.

-¿Por qué?

-Porque estoy jodido y quiero amargarte un poco el día. ¿Te vale?

-Mira, haremos una cosa. Si me das un cigarro, yo te cuento un secreto.

-¿Y a mí que mierda me puede importar tu secreto?

-Es importante.

-¿Cómo de importante?

-Tan importante como la mujer que te espera en la cama en tu casa.

-En mi cama ya no me espera nadie.

-Siempre hay alguien esperando a alguien.

-¿Siempre sueltas toda esta mierda para conseguir un cigarro?

-¿Quieres saber de qué secreto se trata o no?

-Suéltalo.

-Te contaré el secreto de porque sonríen los gatos.

Y brum brum. El viento hizo que sus cabellos se movieran. Humo de motor. Explosiones de gasolina. Buscó un cigarro en su paquete y, después de cogerlo, tendió la mano al vacío.

-Toma.

El cigarro se precipitó al suelo. Y brum brum.

-¿Por qué sonríen los gatos?

-Bueno, ¿por qué sonríes tú?

-Depende.

-No, no. Tú sonríes porque sabes cosas.

-¿Qué cosas?

– Sonríes porque sabes cosas que los demás creen que no sabes.

-¿Los gatos saben cosas?

-En realidad no, sólo saben una cosa.

-¿Qué cosa?

Y brum brum. Cigarro en el suelo.

-Saben eso que crees que no sabe nadie.

-¿Eso?

-Exactamente.

-¿Tú también lo sabes?

-No, sólo los gatos. Por eso sonríen.