Archive for 23 agosto 2008

Permiso para aterrizar

agosto 23, 2008

17042008092  – xalernita

La habitación era pequeña. A los dos lados se encontraban las literas, una contra cada una de las paredes y, en medio de las dos, la diminuta ventana. Él se subió a la cama superior de la derecha y observó con disimulo a través de los hierros laterales. Observó como leía la chica extranjera que ocupaba la cama inferior de la litera izquierda. A decir verdad, sus ojos pasaban y saltaban de forma constante de la cara de aquella mujer, una cara de belleza sencilla cubierta parcialmente por una melena castaña, a su pecho izquierdo, capaz de distinguirse levemente bajo su camiseta blanca. El brazo izquierdo, que sostenía la versión de bolsillo de Orgullo y Prejuicio, conseguía alzar ligeramente su pecho, dándole un aspecto más terso y voluminoso de lo normal.

Había sido un largo viaje, sin duda. No por la distancia recorrida, no por el tiempo transcurrido. No. Fue uno de esos viajes interminables, literalmente, ya que se realizan sin fijar un destino. No por ignorancia, no por deseo de aventura. No. No tiene destino porque no se quiere alcanzar ninguno. Porque no se desea llegar a ninguna parte. Porque, al fin y al cabo, se está perdido. No venden mapas en las gasolineras para ese tipo de desorientación. No.

Pensó en tocar ese pecho, con suavidad, casi con una delicadeza maternal. Levantar la camiseta y observarlo con atención. Estudiar su geometría. Dibujar con los dedos el contorno del pezón siguiendo la línea que separa cada zona con distintas tonalidades de piel. Besarlo, lamerlo, saborearlo. Levantar la mirada mientras aún retiene el pezón entre sus labios y encontrarse con los ojos de aquella mujer. Ver que le sonríe, que aprueba lo que está haciendo, que lo entiende, que disfruta. No de un placer sexual, sino más bien, de un orgullo. El orgullo de sentirse deseada. Ella le pasaría su mano por el cabello y le dejaría apoyar la cabeza en medio de sus pechos desnudos.

Se hizo de noche, tenía sueño, los ojos se le cerraban. Pensó en dejar que el sueño se lo llevara, soltar las manos y dejar que la inercia hiciera el resto. Pero le pareció que no tenía derecho a dejar de sufrir, aún no. Sería algo demasiado egoísta. Un albergue era mucho más de lo que necesitaba, no se lo pensó demasiado. Pagó al contado. Al amanecer tendría que enfrentarse de nuevo a la realidad.

Pero en lugar de ello abrió su libro y leyó, leyó hasta quedarse dormido.

Gigante Roja

agosto 12, 2008

Cirugía Visual – Silvia

Ella nunca pensó que fuese a ser de esa manera, a decir verdad, nunca llegó a imaginárselo, a dibujar figuras, a poner caras y darle volumen a sus ideas. Se sentó en el suelo de cristal de ceramita, hoy no tan frío como solía serlo otras veces. Pasó una mano enguantada por sus cabellos grasientos tocando parcialmente los implantes subcutáneos que se retrajeron, produciendo un leve sonido metálico. Suspiró, como sólo las mujeres saben suspirar y el vaho empañó el visor de su cara ocultando por unos breves segundos los datos que en él se visualizaban.

Ella era la última, hacía tiempo que todos se habían marchado. El último convoy partió sin ningún tipo de despedida oficial. Sus caras reflejaban el miedo, la incertidumbre de una nueva vida en algún lugar desconocido. No hubo pañuelos blancos agitados en el aire, nadie lanzó confeti rojo y blanco, no se descorchó ninguna botella de champán.

Ella decidió quedarse, no por miedo ni falta de agallas. Tampoco había nada que la retuviera aquí. Ningún hombre, ninguna mujer. No quedaba nadie de su familia. Tampoco fue la falta de curiosidad, de eso andaba siempre sobrada. Simplemente fue el cansancio, el cansancio de volver a vivir desde cero una vida que ya conocía de sobra. Le horrorizaba pensar que debería interpretar de nuevo un papel del que hacía tiempo quedó hastiada. Debía ser terrible el volver a nacer sabiendo de antemano todo lo que a uno le esperaba. Todos trataríamos de volver al cálido útero materno entre gritos de:

-¡No! ¡Ni pensarlo! ¡Otra vez no!

Pero el doctor acabaría tirando de tu pierna. ¿No es así como pasa siempre?

Al levantarse, los pistones hidráulicos de sus articulaciones inferiores emitieron unos leves quejidos. Fueron una buena compra, sin duda. Caminó lentamente hasta llegar a la zona donde la vegetación artificial acababa y dejaba paso a la aridez de un desierto perfectamente acotado por los hologramas de unos árboles cuyos nombres habían sido olvidados mucho tiempo atrás.

Se arrodilló y, de nuevo, el sistema hidráulico de sus piernas se tensó al máximo para soportar el tremendo peso de su endoesqueleto metálico. Estiró su brazo hacia el suelo y acarició la arena con la palma de su mano. Cogió un puñado y después de elevarlo por encima de su cabeza, lo dejó caer delante de su visor que, analizó en pocos nanosegundos su composición exacta.

SiO2 en forma de cuarzo.

Alzó la vista al Sol. Qué pocas veces lo había mirado antes de este día. Los dígitos de la cuenta atrás que se llevaba a cabo en el extremo inferior derecho de su visor comenzaron a parpadear. Quedaban menos de 5 minutos.

En un principio sopesó la idea de conectarse a la red, dejar que su ser vagará en un mundo infinito, sin limitaciones físicas, únicamente con aquellas impuestas por su propia mente. Recrear de forma totalmente precisa y fiel los momentos más importantes de su vida. Viajar miles de kilómetros en décimas de segundo y visitar todos los lugares que, bien por imposibilidad, bien por pereza, nunca había conocido.

Pronto desechó tal idea. Suficientemente infinito era ya el mundo y su mente aprisionada en ese cuerpo de perfectas curvas, músculos y silicio recubierto de tejido vivo.

El cronómetro se puso a cero y un agudo pitido le avisó de ello. Bien, era el momento. El Sol comenzó a aumentar de tamaño, haciendo que la temperatura ascendiera considerablemente. Ella sabía que aquello había ocurrido hacía más de 8 minutos y sonrió al pensar que, bueno, la situación no podía ser tan épica como la pintaban. Las flores comenzaron a marchitarse y una gota de sudor resbaló hasta sus labios. La saboreó sabiendo que aquello no era realmente su sudor, tan solo agua salada que debía recargar cada 3 días por medio de su filtro intestinal.

Imaginó su cerebro como una biblioteca descomunal, llena de volúmenes de recuerdos que arderían, y que ya nadie podría consultar. Su piel comenzó a derretirse y la inmensidad de aquel astro le otorgó el don de la serenidad. Toda su vida, llena de preguntas y respuestas (más de las primeras que de las segundas) quedaría reducida a unas cenizas que nadie sería capaz de reconocer. Y le pareció que todo estaba en orden.

El aire se incendió, los edificios ardieron, su cuerpo se convirtió en un amasijo de hierros incandescentes. Y su cerebro, ya desprovisto de todo estímulo proveniente de sus terminaciones nerviosas, pensó para si mismo:

¿Dónde había estado escondida tanta belleza?

Alexandr Solzhenitsin

agosto 4, 2008

Alexandr Solzhenitsin murió el domingo y no he podido enterarme hasta ahora por estar fuera. Vuelvo a quebrantar mis propias normas, pero pocas personas merecen ser honradas y un jodido post en un blog de mierda tampoco es que sea gran cosa. En fin, ahí queda eso.

http://www.elpais.com/articulo/cultura/Fallece/Nobel/ruso/Alexandr/Solzhenitsin/elppgl/20080804elpepucul_1/Tes

Ahora que he vuelto a casa me gustaría explayarme.

Durante decadas se ha alabado y criticado a Solzhenitsin y su obra, se le ha intentado convertir en un arma política con la que echarse mierda unos a otros. Es algo que me parece del todo irrelevante. Igual de irrelevante es el hecho de que sus libros hablen de la Unión Soviética, del Tercer Reich o de alguna democracia capitalista. El lugar, el tiempo, todo eso carece de la más mínima importancia. Lo verdaderamente importante de su obra es la exploración de la naturaleza humana. La descripción descarnada de todas las miserias que han acompañado al hombre desde las cavernas hasta nuestros días, y que tendrá que seguir arrastrando cuando se colonicen las estrellas.