Archive for 29 julio 2008

Fleurs du Mal

julio 29, 2008

laMujerDelVestidoRojo – theuc

Jack se despertó empapado en su propio sudor. “Otra vez” pensó e inmediatamente se desembarazó de la sabana que tenía enrollada y pegada a su cuerpo por la humedad. Cuando se sentía así de mal trataba de pensar en ella, pero nunca conseguía enfocar una imagen nítida, necesitaba ayuda de otros agentes externos. Abrió el cajón de la mesilla y sacó una pequeña bolsita cerrada con una goma. La abrió y dejó caer todo su contenido sobre una foto enmarcada que tenía tirada en el colchón. Las caras de sus padres quedaron tapadas por un polvo blanco. Valiéndose de un billete de 20 euros enrollado esnifó todo el material y cerró los ojos mientras se acariciaba las fosas nasales con la mano que le quedaba libre. Se dejó caer de nuevo sobre la cama y las innumerables y centelleantes luces que se ven al cerrar los párpados se arremolinaron y danzaron para ir dibujando poco a poco un rostro. Jack sonrió.

El resto del día…bueno, el resto del día solía ser una verdadera mierda. Y éste en concreto parecía que iba a llevarse el premio gordo. Jack se había quedado sin material y no tenía más remedio que salir de casa, algo que no le agradaba demasiado. Su camello solía estar todos los días en bar Algiers y hasta allí movió su perezoso culo enfundado en unos vaqueros gastados.

-¡Hola Jack! Hoy me he levantado con el presentimiento de que íbamos a encontrarnos. ¡Fíjate tú qué cosas!

-Dame 2.

-Venga tío, esa no es forma de hacer negocios, siéntate y tómate algo, charlemos un poco.

-No tengo ganas de darle a la lengua. ¿Me das la mierda o no?

-Como quieras Jack, pero hoy tengo una sorpresa para ti.

-¿De qué coño hablas?

-Respóndeme a una pregunta. ¿Tú por qué te cuelgas?

-¿Has empezado a hacer un puto curso de psicología a distancia?

-¡Cuánta hostilidad!

-Dame la mierda.

-Ya te he dicho que tengo un producto especialmente pensado para ti. Traído desde el Yemen. Del Yemen tío, desde las tierras de la reina de Saba.

-No me interesa.

-Jack, Jack, Jack… amigo, tú no te colocas para pasártelo bien, no te colocas para volar, lo sé. Tienes esa mirada, la mirada de los que quieren olvidar o recordar. ¿Verdad?

-Qué coño sabrás tú de mí.

El camello sacó una pequeña bolsita, pero en lugar de ser de plástico transparente era totalmente negra y opaca. La agitó un momento delante de los ojos de Jack.

-Pruébalo, me lo agradecerás.

La curiosidad carcomía a Jack y, después de todo, ya se había empezado a hartar de la coca.

-¿Cuánto pides?

-El valor es incalculable…

-¿Cómo de incalculable?

-Por ser tú, amigo mío, 150 veces incalculable.

Jack se dirigió a casa dando grandes pasos, estaba algo nervioso y no se atrevía a abrir la bolsa en medio de la calle. Por cosas así trincan a los imbéciles. Al llegar se quitó la camiseta y buscó algo que usar como herramienta para meterse esa nueva y misteriosa mierda. Pero al abrir la bolsita y ponerla boca abajo sólo cayó una judía. Una puta judía.

-¿Cómo me he podido dejar engañar de esta manera?

La decepción se convirtió en ira, y la ira en locura. Arrojó muebles, rompió espejos. Le había dado todo lo que le quedaba para esa semana al camello, y ahora tendría que pasar el mono con una judía. Se tiró de los pelos arrancándose un buen puñado de ellos.

-Cuando coja al jodido moro ese voy a meterla la puta Kaaba por el culo.

Las primeras 3 horas no fueron tan terribles. Jack se dedicó a los quehaceres habituales de un hogar, cosa que no era tan habitual en él. Pero aprovechando el inusual período de lucidez impuesto por el que atravesaba, no encontró otra forma mejor de matar el tiempo. Las siguientes 3 horas, en cambio, fueron lo más parecido al infierno. Jack se fumó más de 2 paquetes de tabaco y sudó toda la desesperación que había acumulado su cuerpo en una vida. En medio del delirio volvió a toparse con la judía. Estalló en carcajadas de locura y, como si de un mal chiste se tratase, la plantó en una de las macetas de su habitación. Agazapado ante la tierra perdió el conocimiento entre temblores agónicos.

Despertó en la misma ridícula postura y al entreabrir los ojos, para sorpresa suya, una pequeña planta había brotado de la tierra. Su tallo parecía frágil y apunto de romperse debido al peso de la flor, de un tamaño descomunal, más grande que un puño. Jack, bien por la desorientación causada por la falta de droga, bien por un instinto casi mecánico, llenó un vaso de agua y regó la planta. Pero el efecto que causó el vertido del líquido fue justamente el contrario al esperado. Al contacto con el agua la planta se encogió y se retorció, como si estuviera sufriendo algún tipo de dolor perceptible para un vegetal. Jack se asustó y el vaso resbaló de su mano haciéndose añicos contra el suelo. Su torpeza hico que, al ir a recoger los trocitos de cristal, se cortase la yema de su dedo índice. Demasiado aturdido por su síndrome de abstinencia no le dio demasiada importancia, no así la planta, que al percibir la sangre que manaba de forma abundante se estiro desesperadamente hacia la mano de Jack, sin poder alcanzar el preciado líquido. Divertido por aquel suceso paranormal, Jack restregó la herida de su dedo contra la tierra de la maceta, cosa que apaciguó totalmente al vegetal.

Inmediatamente Jack se levantó asustado, todo aquello no era más que una jodida alucinación. Sin cambiarse de ropa salió corriendo a la calle. En el portal se encontró con una de sus vecinas, sintió un deseo irrefrenable de contarle todo lo que había visto, pero no lo hizo, lo encerrarían en un puto manicomio. En su lugar, se dirigió al bar Algiers y se encaró con su camello. Antes de que pudiera pegar el primer puñetazo alguien le rompió una botella de cerveza en la cabeza, y entre dos hombre lo lanzaron por la puerta del local. Arrastró penosamente su orgullo herido hasta casa, de nuevo.

Entró directamente en el lavabo, e inclinándose se lavó la herida de la cabeza, tenía una pinta horrible, pensó en la posibilidad de una infección. Pero mientras andaba perdido en tales pensamientos, pudo ver de reojo algo extraño reflejado en el espejo. La planta había crecido de forma descomunal. Sin erguirse giró la cabeza y pudo comprobar que la flor estaba terminando de vomitar una especie de bolsa viscosa en cuyo interior algo parecía moverse con vida propia. Eso ya no le hacía gracia, no le divertía, joder, estaba acojonado.

Jack se acercó tímidamente hasta reconocer una figura humanoide dentro de aquella placenta verdusca. Unas pequeñas manos trataban de romper aquella prisión para salir al exterior, pero no tenían suficiente fuerza. Jack le ayudó a desgarrar la gruesa película de mucosa. Cuando al fin quedó al descubierto lo que allí dentro se movía Jack dio varios pasos hacia atrás. Una mujer emergió de toda aquella porquería, vestida con un traje rojo, impecable, maravilloso. Al apartar la alborotada melena de su cara pudo reconocer dos ojos verdes.

La mujer parecía desorientada, asustada. Trató de articular alguna palabra, pero aquel ser parecía carecer del don del habla. Era ella, sin duda. La mujer que la coca le hacía recordar, pero, coño. Sabía que era imposible. Cogió su teléfono móvil e hizo una llamada.

-¿Quién es?

Con voz temblorosa Jack sólo acertó a decir:

-¿Eres tú?

-¿Quién coño eres?

-Sí, eres tú.

-¿Es una puta broma?

La mujer del vestido rojo miraba intrigada aquella estúpida escena. Jack, al sentirse observado, arrojó el teléfono, del cual aún surgían unos cuantos improperios, al suelo. Se acercó a ella y la tocó. Al principio ella rehusó su contacto, pero en pocos segundos se amansó y recibió complacida las dubitativas caricias de Jack en el rostro. La promesa de aquella mirada complaciente le hizo sonreír.

Jack se acercó a la puerta de la habitación y la cerró con pestillo. Después volvió al lado de la mujer del vestido rojo y la agarró por la cintura con una gran seguridad. Acercó los labios a su oído y le susurró:

-Esta vez no te escaparás.

Ella le miró, sin comprender. Él le dio la vuelta y la arrojó contra la cama. Le subió la falda hasta la cintura mientras se desabrochaba los botones del pantalón.

-Esta vez no te escaparás, puta.

Ritual

julio 22, 2008

ventana01 – ana

A las noches sale al balcón. Todas las noches. Sale en ropa de cama, a veces recién duchado para sentirse fresco. Sale para encenderse un cigarro y fumárselo apoyado en la barandilla. Mientras fuma observa. Puede ver el edificio que tiene justo en frente, y también a sus habitantes. Muchos de ellos realizan su mismo ritual por las noches. Nunca se han dirigido la palabra, ni siquiera se intercambian gestos fraternales. Pero ya se conocen, se conocen todos. Él no sabe sus nombres, pero no los necesita, ya ha bautizado a cada uno de ellos con uno propio.

5º izquierda. Es el calvo, sólo sale una vez al día. No puede fumar en casa, su mujer no le deja. Su mujer es gorda, ya no le atrae, nunca follan. Le da una calada a su cigarro. Su hijo se preparara para salir en la ventana de al lado. Se sube el cuello de la camisa, se engomina el pelo. Ensaya posturas y bailes delante del espejo cuyo reflejo puede ver cualquier que esté al otro lado. Se droga, farlopa y speed, depende del dinero que tenga. Su padre lo sabe, pero la comunicación entre ellos nunca ha sido demasiado buena y no se atreve a dar el paso. El hijo se cree a salvo, más listo que los demás. El padre del 5º izquierda da otra calada.

3º izquierda. Un hombre sale en calzoncillos y estira sus brazos hacia el cielo intentando desemperezarlos. Se enciende un cigarro. Vive solo, nadie le regaña por fumar dentro de su casa pero, por alguna extraña razón, prefiero hacerlo fuera. En su salón tiene una barra americana, es perfectamente visible desde el exterior. Tiene cuatro taburetes, aunque nunca ha visto a nadie más sentarse en ellos. Cuatro taburetes para un solo hombre, alguien diría que son demasiados. Alguien diría que no tiene demasiado sentido. Siempre que termina su cigarro vuelve a la habitación del ordenador. En calzoncillos. Nadie puede saber qué es lo que hace, pero suele ser el último en irse a la cama.

2º derecha. Ella siempre sale con una camiseta gris de tirantes, sin sujetador. Se le marcan los pezones. Incluso a esa distancia puede distinguirlos. Nunca ha podido ver demasiado bien su cara pero le gusta. Ella no fuma, sólo sale y se sienta en su balcón, siempre, a la misma hora. Mira al cielo. A el le gustaría conocerla. Intuye que siempre le devuelve las miradas. Se le ha muerto el perro. O eso, o se ha escapado. Quién sabe.

Él piensa mientras fuma, en sus cosas. Pero a veces, a veces, cree sentir que sus vecinos piensan en él y en su historia. ¿Pensarán en su miedo a convertirse en un ser triste y apático que llena sus noches con botellas de alcohol mientras recuerda imágenes de situaciones que ya nunca volverán a ocurrir? Da una última calada y arroja la colilla a la calle. Piensa en la gente que come colillas. ¿Existe gente que come colillas? Mañana tiene que levantarse a las 8.00 AM. Pero no lo hará.

1,1,2,3

julio 9, 2008

pict0074 – monty

Primero abro el ojo izquierdo. La razón es más que sencilla, tumbado como estoy de lado, con la parte derecha de la cara apoyada en la almohada, abrir el ojo derecho sería estúpido. Ya es de día y parece que hace tiempo que amaneció. Menuda noche. Ayer quemé mi casa con mis libros de Dostoyevsky y mis discos de los Dead Kennedys. En sentido figurado claro. Cierro el ojo izquierdo y giro mi cuerpo hacia ese mismo lado hasta quedar en una posición paralela al techo. Estiro los brazos, estiro las piernas. Estiro todo el cuerpo y lanzo un grito de placer mañanero, como el chirriar de unas bisagras.

Aparto el edredón a un lado y me levanto pletórico, no sé muy bien porque. Me rasco el culo por debajo de los calzoncillos tipo bóxer y ando hasta el baño para echar una larga meada cuya presión afloja el esfínter trasero.

Llego hasta la cocina y me preparo un café bien cargado para intentar resucitar como un Lázaro más, de esos que abundan en nuestras ciudades, pero sin la santurronería de pega. Me siento en el sofá de la sala y apoyo los pies sobre una silla que tengo delante. Cojo el mando e intento encender la televisión, pero mierda, había olvidado que no funciona. No pienso levantarme, joder, ya lo creo. En su lugar enciendo un cigarro y me deleito con las figuras que forma el humo al salir de mi boca. No me gusta expulsarlo por la nariz, siempre me deja una sensación desagradable.

Suenan sirenas en la calle, suenan bocinas de coche. En mi cabeza en cambio suena una canción que tarareo, pero que no soy capaz de recordar completamente. Tarara, tata, taranana, con la violencia densa de un poema de Bukowski en la encimera, viendo televisión, mediocridad premiada gracias a los índices de audiencia… tarana. Y mientras balanceó la cabeza al ritmo que suena poso mi vista en una chaqueta que cuelga sobre una de las sillas de la sala. ¡Coño! Ahora recuerdo. La recuerdo. A la chica que perdió el avión. ¿Es mejor que quedarse a medias el acabar con cualquiera que te regale una sonrisa sincera? Tal vez sí, tal vez no, tal vez hasta que me atreva. Me dijo que nunca había visto el mar y que me quedaba bien la barba de tres días. Empezamos a quitarnos la ropa antes de salir del ascensor.

Llegamos a duras penas a la cama, dejando un reguero de ropa por el suelo. Ella encendió la luz. Puede que estuviéramos demasiado borrachos, pero me pareció la mujer más jodidamente cachonda del planeta. Se dejó caer en la cama y me miró suplicante, dispuesta a recibirme. Pero, ¡ay! La priva me clavó un puñal de lo más doloroso. No había manera, era imposible, intenté concentrarme pero fue peor. Los nervios y la vergüenza suelen crear una espiral, un bucle que lleva de uno al otro acrecentando las nefastas consecuencias.

Me revuelvo en el sofá y apago el cigarro. Me levanto y recojo la chaqueta abandonada.

Fui al baño aludiendo algún tipo de necesidad biológica y traté por todos los medios de hacer funcionar el asunto. Pero nada. Nada, nada, nada. ¡Joder! Volví a la habitación y pedí perdón. No eres tú, es el alcohol. Me tumbé y tapé mis ojos con las manos. Noté como se vestía de nuevo y me susurraba al oído: “no te preocupes, te dejo mi número en un papel”. Creo que me dormí antes de oír como se cerraba la puerta.

Dejo caer la chaqueta en el suelo y corro hasta la habitación. Allí está la nota de papel, doblada sobre la mesilla. Sentado en el borde de la cama puedo sentir como la humillación se desvanece poco a poco para dejar paso a una leve alegría o ilusión. Realmente era una mujer extraordinaria. Estiro la mano para coger el teléfono móvil y me tumbo. Pienso en la primera frase que le diré cuando descuelgue. Esa suele ser la más difícil, el resto viene siempre solo. ¿Algo ingenioso? No se si puedo ir de gracioso teniendo en cuenta las circunstancias. ¿Tal vez mostrar modestia y agradecimiento? Cuidado, no tengo que parecer un pardillo. Sigo dándole vueltas mientras cojo el trozo de papel doblado. Bueno, lancémonos y ya veremos lo que pasa, suelo improvisar bastante bien. Empezaremos con un buenos días. Acerco el teléfono a mi cara para poder identificar claramente cada una de las teclas. Me dispongo a marcar cuando, al desdoblar el papel, veo que no hay nada escrito en él. La vista se desenfoca y los objetos que sostenga en mis manos se convierten en figuras borrosas sobre el fondo blanco del techo. Noto como mi polla se arruga.

Joder colega, nos hemos lucido.