Archive for 21 junio 2008

La pistola de Burroughs

junio 21, 2008

ombligo – borde

Petunia se viste de tiros largos para esta noche. Porque esta noche es su noche. No como todos esos sábados insulsos. No. Este sábado es su sábado. Lo sabe. Petunia está segura porque nadie puede equivocarse tantas veces ¿verdad? Es la última oportunidad. En realidad, siempre era la última oportunidad, cada jodido día era el último. Pero no, no. Hoy toca.

Petunia se coloca frente al espejo y pondera la longitud de su minifalda. Hoy en día a nadie le gustan las mujeres recatadas. Pero tú no lo eres ¿eh? La imagen del espejo no responde.

Petunia se pone una camiseta ceñida con una frase sugerente que no reproduciremos aquí por deferencia hacia el lector. Acaricia sus pechos. Simplemente quiere sentirse como una mujer, nada más. No como una madre, no, simplemente una mujer. Su hijo está con la abuela, hoy no existe, hoy no cuenta.

Al acercar la cara al espejo para estirarse las pestañas con un maybelline se percata de las arrugas del contorno de sus ojos. Siempre han estado ahí, ella lo sabe, pero tenía la extraña sensación de que hoy desaparecerían por arte de magia. Lamentablemente no ha ocurrido nada de eso. Lamentablemente.

Petunia abre el cajón de su mesilla de noche y saca una pequeña bolsa de plástico con el logotipo del supermercado más cercano a su casa impreso en ella. La pone boca abajo sobre su cama y de ella cae un paquete de 12 preservativos marca blanca. Petunia quiere usar hasta el último de ellos. Pero. Pero se alarma y duda. Y duda porque, tal vez, a los hombres jóvenes de hoy en día no les gusten los condones. O eso decía aquella revista para mujeres seguras de si mismas. A pelo. Petunia no puede evitar pensar en pequeños seres de múltiples patas y afilados colmillos correteando por su vagina y enredándose en el poco vello púbico que ha dejado sin rasurarse.

Petunia agita su cabeza intentando desembarazarse de tan grotescas imágenes. Una extraña sensación de vacío en el estómago le obliga a sentarse en el borde de la cama. Saca su lengua seca y el reflejo del espejo se ríe.

Petunia abre la caja y saca uno de los envoltorios. Lo rasga, con cuidado, como un cirujano. Introduce dos dedos de su mano derecha en el condón y lo observa a trasluz. No hay belleza, sólo látex. Goma que espera ser quemada. Lentamente, desliza la mano por debajo de su falda, apartando el tanga que lleva puesto. Petunia se acaricia y siente el contacto del látex con su cuerpo. Pero está seca. Seca.

Petunia duda, pero la curiosidad vence a la vergüenza. Siempre suele hacerlo. Alza la mano hasta dejarla a la altura de la cara. La gira hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Sonríe y se introduce lo dos dedos revestidos en la boca. La lengua traza círculos sobre la superficie gomosa y lubricada, mientras lo labios se adaptan a esa nueva forma.

Petunia se crece. Empieza a mover la mano hacia delante y hacia atrás. La fricción la excita mientras su mente dibuja a mano alzada primitivos y toscos diseños fálicos. Vello masculino, tejido cavernoso.

Petunia se emociona ante la catarsis del espectáculo del movimiento mecánico de sus dedos. Acelera y comienza a emitir fingidos gimoteos. Las fantasías la embargan y su mente se traslada todos los callejones, a todas las camas, a todos los baños y a todos los asientos traseros de coche del planeta.

Petunia se detiene, sorprendida por la imagen del espejo. Se detiene por el reflejo en el que se puede ver sentada, con su mano en movimiento, pero ya sin preservativo que recubra sus dedos. El condón cuelga de su boca, vacío, desinflado, arrugado.

Petunia aguanta las lágrimas estoicamente. No puede estropear el rimel de sus ojos.

Petunia se levanta. Saca el condón de su boca y lo arroja al suelo. Se ajusta su falda. Se ajusta sus tetas. Se ajusta su alma.

Petunia abre la puerta y sale a la calle. Porque esta, esta es su noche.

Anuncios

Pacto Honrado con la Soledad (I)

junio 11, 2008

P8190386-miriam

-¿Dónde está mi hijo?

Era la pregunta que con más frecuencia repetía F. Al levantarse, al servirle el almuerzo, entre las sabanas cuando apagaban la luz. Formulaba la pregunta a todo aquel que se cruzase con él, tanto en casa como en la calle. Pero, sobre todo, se lo preguntaba a mi madre, su hija. Incluso, tal vez, con más insistencia que al resto de las personas que lo rodeaban. “¿Dónde está mi hijo?” resonaba en las paredes de nuestra pequeña casa a todas horas. Al escucharlo, los miembros de la familia intentaban simular algún tipo de distracción personal que los alejase de tan inquisitiva pregunta. Algunos levantaban el periódico del día, otros entrecerraban sus ojos intentando aparentar una gran curiosidad por algo que ponían en la tele. Todos (y digo todos) trataban de eludir esa pregunta para la que no tenían respuesta. Aunque él no lo supiera, nunca tuvo un hijo.

Esas situaciones siempre eran incomodas para todos. F perdió el juicio y a su mujer el mismo día lluvioso de noviembre. Guardó sus cenizas junto a las llaves de sus recuerdos en una habitación de la casa en la que nunca volvió a entrar. Nunca supimos si por miedo, respeto o pura y simple melancolía. Con el tiempo, aquella habitación se convirtió en el nuevo salón de la casa, con su televisor y sofá. Nos sentábamos en uno para ver el otro ignorando por completo aquel macabro recipiente.

Las luces titilantes lo asustaban y, por alguna curiosa coincidencia, siempre se mostraba agresivo con las personas cuyos nombres empezasen por una “i”. Frío, distante y nebuloso, como la tierra de donde procedía y de la que emigró hasta estos lares, azuzado por el hambre. Encorvado por el continuo trabajo de aquella tardía época industrial nunca tuvo tiempo, ni ganas,  para disfrutar de las artes en ninguna de sus variantes lingüísticas, plásticas o sonoras. Embrutecido por ese modo de vida, de sus labios nunca brotó una sola palabra de aprecio.

Su ventana de la cocina y un arrugado paquete blando, de los ducados de toda la vida, era todo a lo que todavía podía aferrarse con una inocente seguridad. Más propia de la continua repetición de una acción que de la memoria retentiva. Más propia de un animal lisiado y desorientado.

No soy capaz de recordar el tiempo exacto que vivió entre nosotros en ese lamentable estado, pero años sería la magnitud adecuada. La familia entera tuvo que someterse a la estricta, pero caótica, disciplina de sus sinusoidales cambios de humor. Y aunque sienta vergüenza al transcribir estos pensamientos, creo que todos los miembros de la familia nos mirábamos, con esa mirada triste del que conoce una verdad dolorosa, sin atrevernos a pronunciar lo que pensábamos en los instantes más duros y desagradables. No, no soy capaz de decirlo, no quiero.

A todos nos sorprendió su repentina fe y devoción. Más aún conociendo su pasado izquierdista que le valió una sistemática persecución por parte de la población rural del pueblo que le vio nacer, M, en la provincia de L. No sólo eso, sino que también le granjeó la enemistad de las autoridades locales que hicieron lo imposible por desacreditarlo. Tratamos más de una vez en comprender los motivos que pudieron impulsar su reconversión, pero la falta de comunicación que siempre existió entre nosotros se convirtió en un campo de minas insalvable. Tampoco ayudaron sus delirios seniles y la incipiente dificultad para hacerse entender fue el ingrediente que faltaba para un aislamiento impenetrable. F pasó a convertirse en una especie de pieza de museo, protegido por una urna de cristal irrompible quedó fuera de nuestro alcance para siempre. Imposible de tocar. Sólo nos permitió observarlo, tratar de comprender los matices y los trazos que dibujaba su rostro, como en un lienzo, pero sin llegar nunca a comprender por entero cuál era la visión del autor al realizar la obra. Un enigma, un misterio del que todos acabaron cansándose.

-¿Dónde está mi hijo?

Esa vez no huí. La curiosidad fue más fuerte que la exasperación. Cogí una de esas sillas que se pueden encontrar en todas las cocinas que tengan más de 20 años. Sin respaldo ni adornos. Una simple tabla cuadrada con cuatro patas de metal. La coloqué al lado de la mecedora de F y, mirándole a los ojos vidriosos, le pregunté:

-¿Cómo se llama tu hijo?

Vaciló. Parecía que la pregunta le hubiese cogido desprevenido, como si se hubiera dado cuenta de su propio de error. O puede que tal vez nunca hubiese esperado que nadie le creyera y, por lo tanto, jamás hubiese pensado en  unos datos, nombres, fechas y lugares que dieran vida a su historia. En aquel momento llegué a pensar realmente en que la obra de teatro que tanto tiempo había interpretado tocaba a su fin. ¿Sería posible? Incluso existía la posibilidad de que se levantase, tranquilo y sereno, y dijese en tono burlón: “me habéis cazado, se acabó la broma, volvamos de nuevo a la aburrida realidad”.

-A, se llama A, por supuesto.
-A… ¿qué más? – pregunté, tratando aún de desenmascarar la farsa.
-A G.

He de admitir que me sorprendió, G ni siquiera era su apellido.

-Pero F, tu no te apellidas G.

No obtuve ninguna respuesta coherente, sólo unos balbuceos ininteligibles. Sabía que no sacaría nada en claro ese día, conocía sus estados de ánimo. El temblor de sus manos anunciaba sus próximos pasos, a saber: encender la televisión y dejar puesto algún canal de forma aleatoria, apoyar los pies en la silla que tenía delante de él, cerrar su batín y sus ojos para dormitar las próximas 5 o 6 horas.

A pesar de lo absurdo de la situación, sus respuestas no hicieron más que acrecentar mi recién adquirida curiosidad. Y ¿por qué no decirlo? El morbo, ese morbo por una historia que de antemano se sabe falsa, pero que nos es imposible dejar de lado precisamente por su intrínseca pizca de locura.

No pude contener mi lengua durante la cena y acabé relatando a mi madre mi breve conversación con el abuelo. Ella rompió en lágrimas y pidió perdón mientras posaba los cubiertos sobre su plato aún lleno antes de retirarse a su dormitorio. Mi padre me lanzó una mirada de desaprobación que aún recuerdo con cierto dolor. Mi hermano y yo terminamos de comer en silencio. Miré a la ventana donde mi abuelo fumaba sus cigarros. Mierda.

Dejé pasar unos cuantos días mientras trataba de evocar alguna imagen de situaciones pasadas en la que mi abuelo y yo hubiéramos tenido algún tipo de contacto íntimo. Deslicé los recuerdos como si fueran diapositivas por mis retinas, pero no conseguí nada más que algún “hola”, algún “adiós” y muchos “¡come y calla!”. Me hizo gracia, pero sólo por un breve momento. Ja.

-A estaba en la cárcel la última vez que lo vi.
-Perdona abuelo, ¿qué has dicho?
-En la cárcel. Allí lo trataban mal. Le hacían daño. Nunca vayas a una cárcel. No son buenas.
-¿Has estado alguna vez en una cárcel?
-Iba mucho. A visitar. A visitar a mi hijo.
-Pero ¿has estado encerrado en alguna?
-No vayas a la cárcel. Las cosas duelen en la cárcel. Más que fuera. Las cosas gritan en la cárcel. Más que fuera.

Y volvió a callar.