Archive for 23 mayo 2008

Stand By (y 2)

mayo 23, 2008

Estoy hasta el cuello de todo tipo de mierda así que el ritmo de publicación va a ralentizarse mucho por un tiempo. Tengo un par de ideas en mente, a ver si saco tiempo de algún sitio.

Disculpen las molestias.

Casus Belli

mayo 7, 2008

cajero02 – perogrullo

Permítanme, damas y caballeros, tomarme la libertad de pasar por alto las normas más básicas de este, mi blog, por un solo día y ponerme la careta de hedonista egocéntrico. Dirán ustedes (y no sin razón) “¿Quién se ha creído este?” o “¡Qué desfachatez!”. Pero, amigos míos, hermanos todos, hoy he visto la luz. He sido iluminado, he alcanzado el nirvana, el chute definitivo. Hoy, señoras y señores, lo he comprendido. Lo he comprendido TODO.

He comprendido a esos muyahidines que, sin nada mejor que hacer oigan, se suben al autobús regional Burgos-Villacarló de los Infantes y, presionando un botón rojo que está a conectado a 5 kilos de C-4 que tiene alrededor del cuerpo, manda a freír hostias al pobre Fulanito que se zampaba su bocata de rabas.

He comprendido a aquellos kamikazes del Japón imperial que, después de beberse su sake y tragarse las milongas del bushido, estrellaban sus aviones contra los acorazados de clase Iowa que patrullaban el Pacífico al grito de “¡banzai!” con el culo prieto.

He comprendido a ese monje budista que se quemó a lo bonzo en el centro de Saigon en el 63, cuyo ejemplo cundió rápidamente entre todos los santurrones (no así entre los hippies, desgraciadamente).

Todos ellos eran gente corriente que pasaba por la vida sin pena ni gloria, como un servidor. Pero por alguna misteriosa razón (divina, civil o administrativa) eran puteados sistemáticamente. Hasta que, irremediablemente, alguien o algo tocaba el percutor, clavija o botón inadecuado. Sean sinceros, todos ustedes tienen algún gatillo, clavija o botón rojo en el que se puede leer, escrito con rotulador gordo: “DO NOT TOUCH”. Y claro, todo se va a la mierda.

He aquí mi historia.

Iba yo tranquilamente por la calle sudando y algo atontado a causa del horrible calor que nos azota estos días, pensando en lo humano y lo divino. Se me ocurrió, en mala hora, que podría sacar de un cajero de la BBK las entradas del concierto de Juliette & The Likcs de este jueves. Ni corto ni perezoso entré en el primero de los cajeros multiservicios que encontré en mi camino e hice cola como todo hijo de vecino. Siempre me ha parecido curiosa la ley no escrita de las colas, es decir, cuanta menos gente quede para su turno, más lentos realizarán las gestiones que les ocupan. Así es la ciencia, ¿qué le vamos a hacer?

Al llegar mi turno introduje mi tarjeta de crédito por la ranura y esperé. Esperé. Vaya si esperé. 5, 10, hasta 15 minutos. Pero nada. Sopesé las opciones, al no encontrar ningún objeto lo suficientemente contundente a mano opté por entrar a la sucursal a pedir ayuda. Nótese la urgencia del asunto, como bien sabrán mis estimados lectores varones, un hombre nunca pide ayuda, NUNCA. Ya puede estar perdido en el peor barrio del Bronx, su casa podría estar ardiendo con mujer, hijos y el sempiterno perro en su interior, su coche con las 4 ruedas pinchadas y sin una de recambio. Pero jamás de los jamases pedirá ayuda. Abrase visto. Pero, ay, como no podía ser de otra manera, este era el primer día en el que los laboriosos y desvividos trabajadores de esta institución no laburaban (argentino que se ha levantado uno, che) por la tarde.

Con cara de tonto pude advertir la existencia de un diminuto timbre en una de las paredes. Ring.

-¿Nombre?

-No, mire, es que creo que el cajero de…

-¿Nombre?

-Escúcheme un momento, mi tarjeta se ha…

-¿Viene por lo de la declaración de la renta?

-Pues no, resulta que…

-Cerramos por las tardes.

-Sí, ya he leído el cartel.

-Sólo atendemos consultas sobre la renta. Buenas tardes.

Todos mis allegados conocen mi temple y mi saber estar incluso en las situaciones más adversas. Toqué de nuevo el timbre.

-¿Nombre?

-Si no me atiende pienso cargarme a patadas su puto cajero.

-¿Qué?

-Que su cajero, ains, se ha tragado mi tarjeta.

-Debe llamar al número de teléfono que se encuentra al lado del cajero, es del servicio técnico. Buenas tardes.

Por supuesto, y por si alguno de ustedes lo dudaba, no era un teléfono gratuito. Llamé, pero comunicaba. Llamé hasta 3 veces con idéntico resultado.

¡Riiiing!

-¿Nombre?

-El teléfono del servicio técnico comunica.

-Ah claro, es que no trabajan por las tardes tampoco.

Algo estaba creciendo en mi cuello, una especie de bulto, un forúnculo lleno de odio.

-Y, ¿podría usted, si es tan amable, salir para echarme una mano?

5 minutos después apareció el hombre de la voz del intercomunicador. Odiaba esa voz y algo me decía que odiaría a ese hombre también.

-Como puede ver caballero, la pantalla táctil está en blanco y mi tarjeta dentro del cajero. Mañana tengo que ir a un concierto y me preguntaba si usted podría hacer algo para solucionarme el marrón de tres pares de cojones que tengo encima.

-Si la pantalla está encendida es que el problema no es del cajero, sino de la central. Por el ruido se sabe que está realizando algún tipo de operación o reajuste, así que lo único que puede hacer esperar.

-¿Esperar? ¿No puede sacarme la tarjeta?

-Lo único que puede hacer es esperar.

-¿Y cuánto tiempo se supone que debo esperar?

-El que sea necesario.

“El que sea necesario” sentenció impasible y volvió a entrar en la sucursal.

-Lo mato, por Azkuna que lo mato. Como hay Sabino que lo mato.

Eso fue todo lo que acerté a mascullar entre dientes. Resignado, dejé la mochila en el suelo y me senté junto a ella mientras encendía un cigarro. No sería el primero. Pasé otros 15 minutos de mi vida mandando a la mierda a pobres inocentes que preguntaban si había terminado ya.Mientras esperaba maté el tiempo recitando de carrerilla las capitales europeas mientras intercalaba algunas imágenes mentales del ya mencionado currela siendo sodomizado por un perro sarnoso.

“¡Aleluya!” grité al ver que el cajero estaba de nuevo operativo y se me permitía introducir mi clave secreta para luego indicarle que tenía que imprimirme las dos entradas para ver a la Julieta. La primera tardó, mucho. Pero la segunda, ay, la segunda en discordia. La segunda nunca llegó a imprimirse, el cajero volvió a colgarse cual windows vista home edition.

¡Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing!

-¿Nombre?

-Miré, soy el de antes y resulta que…

-¿Viene a hacer la declaración de la renta?

Imaginé a su madre y a su padre copulando en una oscura habitación y deseé, con todas mis fuerzas, que aquel hombre se hubiera corrida en la cara de su mujer en lugar de su sagrado agujero. Con perdón.

-Salga, ahora, por el amor de Dios.

-Espero que sea importante.

De nuevo se tomó su tiempo, probablemente se tomó un cafelito con Fulanita, su compañera de trabajo que siempre venía al banco con un par de botones de su camisa desabrochados. Tal vez le miró el escote mientras le contaba chistes sobre cajeros y los capullos que se quedan sin tarjeta.

-¿Todavía aquí?

-Me ha imprimido una de las entradas pero se ha vuelto a colgar en medio de la segunda.

-Bueno, ya tiene una.

-La cuestión es que no puedo sacarla del cajero hasta que termine la operación, así que no tengo nada.

-La luz sigue encendida, así que no puedo hacer nada por usted.

-Mire, no voy a esperar más, mañana tengo un concierto y no pienso quedarme sin entrada. Así que, o me consigue mis dos entradas o les meto una denuncia que ya se puede agarrar las trenzas D. Xabier de Irala Estéve.

-No lo creo.

Era el momento de echarse un farol, de estos gordos. Cortar sin juego y con un caballo estando el contrincante a falta de 3.

-Conozco mis derechos y tengo un cuñado abogado que…

-Probablemente no se haya leído la letra pequeña de las condiciones de uso de nuestro servicio de compra de entradas. Pero si lo hiciera vería que estamos exentos de responsabilidades en caso de avería técnica o cualquier incidencia de parecida índole.

ESE fue el momento. Ahí apretó mi botón y de repente vi una luz, como un fogonazo. Entonces pude verme corriendo hacia él, abrazándolo y pulsando el detonador de la bomba sujeta a mi abdomen. Los dos volamos por los aires, esparciendo nuestras entrañas por todo el cajero. En ese mismo instante pude ver una panorámica de Bilbao, o tal vez algo más parecido al Google Earth. Todos los cajeros de la BBK explotaban y escupían llamaradas quemando y matando a los infortunados transeúntes que pasaban al lado. Los cristales rotos se clavaban en la cara de las pequeñas colegialas. Todos enloquecían. Los edificios se derrumbaban y las fuentes municipales expulsaban vino coto serano. Los perros aullaban mientras que sus dueños meaban en los árboles de la acera. Las madres arrojaban a sus hijos por las ventas. Las lesbianas violaban brutalmente a todos los banqueros introduciendo sus paraguas cerrados por sus rectos. Un gusano gigante de Arrakis reptaba por Lehendakari Aguirre destruyéndolo todo a su paso.

Fui feliz. Por un solo segundo. Créanme lo que les digo.

-Si no tiene nada más que decirme vuelvo a mi puesto de trabajo.

Volví a la triste realidad.

-Mire, mañana voy a ir a ese concierto. Necesito las dos entradas, las dos. Llevo aquí más de hora y media haciendo el idiota. Si no me devuelve mi tarjeta y la entrada me veré obligado a obtenerlas por mi cuenta, y eso no nos va a gustar, a ninguno de los dos.

-No tiene que ponerse así, veré lo que puedo hacer.

En menos de 30 segundos vi como ese cabrón reiniciaba el cajero, lo abría y me devolvía mis dos preciados artículos.

-Inténtelo en otro cajero. Tal vez pueda conseguir la otra entrada.

Aquí me permitián hacer un pequeño alto amigos míos. Me gustaría señalarles que la sucursal en cuestión es la de Lehendakari Aguirre, esa que hace esquina con la plaza de San Pedro. Ya saben que yo no soy ningún vengador enmascarado, justiciero de postín o héroe urbano. Pero si alguna de esas noches en las que van caminando por la calle, botella de kalimotxo en mano, cantando una saeta, copla o bertso (todo depende de su afiliación político-toxicómana) a los sufridos vecinos, les entra a ustedes ganas de miccionar, les invito encarecidamente a que lo hagan en la puerta de tan distinguida institución. No encontrarán un baño mejor. Incluso, si es menester y me hacen el favor, podrían intentar hacer el pequeño esfuerzo de defecar en la vía pública y escribir con las heces un “hijos de puta” de los de toda la vida. Qué Dios se lo pague.

En fin, que me desvío de la inevitable conclusión final o moraleja, si ustedes lo prefieren, que de animales vamos sobrados en el relato que nos ocupa:

La violencia es buena porque nos hace felices. La violencia tabernaria de toda la vida, esa que es más vieja que la tos. Esa es la buena violencia, y como algo moralmente irreprochable, no necesita de justificación alguna. Por ello, camaradas, les animo a que la practiquen en cualquier situación que sea propicia. Pequen al agente de la ley que les pone una multa por estar pisando 3 centímetros de raya. Peguen al profesor que les suspende en la universidad con un 4.9. Vamos, peguen a su madre por no darles su asignación semanal. Azoten hasta la extenuación a la vieja que, cual gladiador en la arena del coliseo, pugna por ser la primera en la cola del eroski Y háganme el favor, peguen sin mediar palabra a todo aquel que trabaje en una BBK de Bilbao, denle duro, con el vértice de las aristas de un ladrillo de obra, a poder ser. Mi gratitud no conocerá límites.

Torre de Babel

mayo 5, 2008

00039 – iñigo

¿Recuerdas aquella conversación que tuvimos hace tiempo? Sí, sí. En fin, seguimos igual, metidos en los mismos pantalones, escondidos en los bajos de los edificios de siempre. Asomando nuestras cabezas de vez en cuando sólo para mirar hacia arriba, sin entender, sin que nadie nos lo acabe de explicar. Volvemos a esconder rápidamente nuestros ojos en los ángulos rectos de ladrillo sucio y rojizo. Como siempre.

Pero hoy. Ay, ay, hoy. Hoy salimos a la calle guiados por una vieja luz, ya conocida, ya mordisqueada, rumiantes que somos nosotros. Decimos “¡no!” al encorbatado conserje que nos indica la salida. Lo apartamos de un puñetazo, limpio, directo a la mandíbula. Corremos por el hall y entramos en un espacioso ascensor con paredes de cristal translúcido. Apretamos el botón que indica la última planta y ascendemos a una velocidad vertiginosa.

Allí arriba las puertas son de abedul y no necesitan ninguna cerradura. Las abrimos de una patada que resuena en el gigantesco hall de proporciones tan gargantuescas que, ni en nuestros más profundos sueños, hubiéramos podido imaginarlas nunca. Columnas verticales que ascienden hasta el infinito donde se cruzan creando una bóveda colosal bañada en oro blanco. Ese oro blanco, tan familiar, en el que podemos ver reflejados nuestros rostros a pesar de la inabarcable distancia que lo separa de nosotros.

Apartamos la mirada. De los cuadros que representan antiguas batallas. De los tapices kilométricos arrebatados de las manos ensangrentadas de algún emperador asiático ya olvidado. La apartamos para dirigirla a la enorme cristalera del fondo por donde entra esa vieja luz. Para dirigirla hacia la mesa con su pantagruélico banquete. Para dirigirla al hombre que se yergue de espaldas a nosotros mientras vigila la ciudad a través de la cristalera. No se mueve. No habla. Probablemente no nos haya escuchado entrar. Sus manos cruzadas a la espalda. Satisfecho.

Nos acercamos sigilosamente y, ayudándonos de un tomo de los cantos de la Epopeya de Gilgamesh, lo derribamos al suelo. Grita como un cerdo. Asustado pregunta. Asustado suplica. Le mandamos callar. Cállate. Rodeamos su cuello con nuestras manos y apretamos con fuerza. Sus ojos se vuelven rojos. Luego negros. Y miramos, miramos en el interior de sus ojos, pero allí no hay nada. Allí arriba no hay nada. No vemos a Dios, tal vez se haya ido. No, parece que nunca estuvo allí. Sólo hay un intenso frío. Así que era verdad, al final, era verdad. Estamos solos.

Dejamos el cadáver en el suelo, con su mueca de terror. Lo comprendemos, al fin. Venimos de la nada, vivimos y volvemos a la nada. No hay razón, no hay patrón más allá del que pintamos después de esperar sentados por un tiempo. Nos golpea la evidencia de que la vida es un accidente tan remoto que la tentación de disfrazarlo como un milagro se nos hizo irresistible. Lloramos. Lloramos porque, después de todo, no es una lejana divinidad o una hebra tejida por alguna araña cósmica la responsable de todo el dolor de este mundo. No, lloramos porque ahora sabemos que simplemente somos nosotros. Sólo nosotros, los que tenemos toda la culpa. Nos duele la mandíbula de tanto gritar. De gritar por la rabia de saber que, todo aquello por lo que se luchó, se mató y se murió nunca significó nada en absoluto. Todas las vísceras, todas las entrañas … Caemos al suelo porque, aunque nos gustaría culpar a todos los demás de habernos mentido, los mayores embaucadores fuimos nosotros desde un principio.

Nos levantamos, renacemos, tal vez demasiado tarde, pero sin miedo. Lanzamos el cadáver a través de la cristalera, haciéndola añicos. Nos asomamos desde las alturas para ver como se precipita por la infinita caída. Alzamos los brazos y gritamos a pleno pulmón para dar la buena nueva. Ahora lo entendemos. Por fin entendemos que no hay nada que entender. Pero la gente ya se ha marchado, abrumada por el peso de una posible vida en blanco sin números que nos indiquen de qué color pintar cada uno de los trazos. Se alejan, asustados, corriendo hacia otras torres. Tal vez más altas, tal vez más bellas, tal vez sin ascensores ni puertas de abedul que derribar de una patada.