Archive for 16 abril 2008

RPM

abril 16, 2008

a pocas vueltas – miguel

-Cariño, ¿puedes para el coche un momento?

-Llegamos tarde, a mi madre no le gusta que le hagan esperar, ya lo sabes.

-Es importante.

-¿Y no puedes decírmelo ahora mientras conduzco?

-No creo que sea una buena idea.

-Pero…, preciosa, ¿No puedes contármelo más tarde?

-No, no, ya le he dado demasiadas vueltas. No.

-Bueno, pero tendrás que recompensármelo cuando volvamos a casa…

-De acuerdo.

-¿No se te olvidará?

-No cariño, no te preocupes…

-¿No apartarás la cara en el último momento como haces siempre?

-No cariño, te lo prometo.

-Bien, como quieras.

Detuvo el coche en una pequeña gasolinera de carretera. Las luces de la tienda interior iluminaban levemente sus rostros en aquella apacible noche. Apagó el motor y después de abrir la ventanilla se encendió un cigarro.

-Bueno – expulsó humo por la bocas y los orificios nasales- suéltalo.

-He estado pensando mucho estos últimos días.

-Pensando en qué.

-En lo que hablamos el otro día, el asunto de tener un hijo, ya sabes.

-¿Te vas a echar atrás? No me jodas, ¡ya estaba todo decidido!

-No, no es eso, no hay nada que desee más ahora mismo que tener un hijo.

-¿Qué coño ocurre?

-Tengo algo, algo que decirte, algo que no me deja dormir desde hace días, que no me deja comer, que me atormenta cada vez que me toco el vientre pensando en que una criatura viva pueda crecer dentro de mí. Estoy convencida de que ni siquiera podría quedarme embarazada con este secreto alojado en mi matriz.

-¿Esterilidad sicológica?

-No te rías por favor.

Un camión aparcó en la plaza contigua haciendo que ambos miraran hacia la derecha por unos segundos.

-¿Recuerdas a Bael?

-Sí, claro. Pero todo eso es parte del pasado, no voy a echarte nada en cara.

-La cuestión es que nunca llegué a contarte toda la verdad.

-No importa, no quiero saberlo. Yo te quiero, aquí y ahora.

-Déjame terminar por favor, lo necesito.

-Como quieras.

-Me escapé a los 7 meses. Sigo odiándome por no haberte dicho nada, por no haberte dejado una miserable nota, ya lo sabes. Toda esa parte de la historia es cierta. El robo del coche de mi padre. El largo viaje sin carné de conducir. Pero tienes que entenderlo, era una cría, estaba aterrorizada.

Ella le quita el paquete de tabaco y se enciende uno de los cigarros con una mano temblorosa que intenta disimular.

-¿Desde cuándo fumas?

-No fumo.

-Ya veo.

-No sufrí ningún aborto. No me mires así. Estaba tan asustada que se me pasó la fecha. Para cuando me percaté de mi error ya era demasiado tarde. Rompí aguas en el asiento del conductor del coche, no tenía tiempo para buscar un hospital así que tuve que conformarme con un sucio motel de carretera. El “Noches Divinas”. Pagué por adelantado una noche y corrí hacia mi habitación mientras el seboso recepcionista (y presumiblemente dueño) del motel sacaba la cabeza de su cubículo para ver el reguero de líquido amniótico que iba dejando por el suelo enmoquetado.

El camionero pasó por delante del coche para dirigirse de nuevo a su vehículo, lo que provoco un corto silencio, algo incómodo.

-No quise llamar a ninguna ambulancia, por alguna razón me sentía avergonzada. Avergonzada de estar embarazada, o de haber sido tan estúpida como para dejar pasar tanto tiempo. No lo sé. Todo pasó muy deprisa, o así me lo pareció a mí. La criatura salió en poco tiempo, aunque más bien podría decirse que se escurrió de mí. Fue una sensación extraña, como cuando te revientas un grano. Escuchas el sonido de la piel rasgándose y el líquido saliendo por la brecha.

Otro cigarro. La llama del mechero ilumina sus rostros.

-Las sabanas se ensuciaron al usarlas para rodear y tapar al bebé. Lo acerqué a mi pecho. Era madre. No estaba tan mal. Pero, incluso antes de poder pensar en un nombre, sentí que algo no iba bien. A duras penas respiraba. Me asusté, mucho, en serio. Lo tumbé en el suelo, todavía estaba unido a mí por el cordón umbilical. Acerqué la cara a su pecho para intentar oír los latidos del corazón. ¡Y ahí estaban! ¡Estaba vivo! Debía darme prisa. Lo había visto cientos de veces en la televisión, en el cine, parecía fácil. Abrí sus vías respiratorias, eché su cabeza un poco hacia atrás. Cubrí su boca con la mía, le tape la nariz con los dedos y e insuflé aire hasta ver que su tórax se expandía. Apoyé mi mano derecha sobre su pecho, después la otra mano sobre la anterior e hice fuerza. Entonces ocurrió. Escuché el ¡crac! Noté como sus pequeñas costillas se partían bajo mis manos. La boca se le llenó de sangre y un horror indescriptible se apoderó de mí. Creo que perdí el conocimiento. Al abrir de nuevo los ojos pude ver su cara pegada a la mía. Me levanté y fui hasta la mesita de noche que había junto a la cama en busca de algo con lo que poder cortar el cordón. Al echar una temerosa mirada hacia atrás comprobé que había arrastrado su cadáver varios metros por el suelo. Con la ayuda de un abrecartas pude separarme al fin de nuestro hijo.

Las luces del camión se encendieron.

-Lo escondí en la bolsa de basura que había dentro de la papelera de la habitación y lo arrojé al contenedor que había fuera del motel. Al entrar de nuevo el recepcionista me gritó, dijo que me cobraría un plus por haber ensuciado el suelo del pasillo. Y eso es todo.

El marido puso en marcha el coche y se reincorporó a la circulación de la autopista sin mirar a su mujer.

-Cariño, espero que entiendas que…

-A mi madre no le gusta que le hagan esperar, ya lo sabes.

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abril 10, 2008

18 – amaiur

Descubrieron el cuerpo del hombre atado al frigorífico, con una cabeza de gato apoyada en sus testículos. En la escena del crimen no se encontró ni una gota de sangre a pesar de que el cadáver estaba totalmente seco. Todos los muebles de la casa estaban cambiados de lugar, según señaló entre lágrimas la mujer del difunto. Sin duda alguna este era un caso para Jano y Ani, los hermanos detectives.

Se rumoreaba que si hubieran sido un niño su padre, gran amante de la historia clásica, les habría llamado Alejandro, por el Grande, el Magno. Su madre, sencilla como era ella, les habría puesto el nombre de Margarita si hubiesen sido una niña. Al final, en el último momento, se vieron obligados a improvisar. Ese día comenzó una de las historias más repetidas y exageradas por los habitantes de todo el condado.

Su infancia fue más bien tranquila en un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad, crecieron y jugaron rodeados por la naturaleza y una estricta educación religiosa. Sus padres siempre intentaron hacerles creer que el universo que existía fuera de las paredes del hogar era un lugar peligroso y depravado, con la esperanza de que, atemorizados, no se aventurasen en el mundo real.

Pero todo cambió radicalmente para estos hermanos al alcanzar su adolescencia. Con su madre gravemente enferma, su padre no pudo hacerse cargo de la educación que ella impartía en casa y decidió mandarlos al instituto más cercano. Pronto fueron el objeto de miradas de admiración y desprecio a partes iguales. Jano, que había desarrollado un singular atractivo, triunfó entre las féminas del centro. Ani en cambio, pálido y enfermizo, no tardó en convertirse en el marginado de la clase.

Inseparables como eran ellos, la aparición de problemas y conflictos era, simplemente, inevitable. Y así, Jano, en aras de no convertirse en alguien impopular, empezó a hostigar y humillar a su hermano en público. Mientras tanto, Ani siempre se las ingeniaba para boicotear las relaciones de su hermano en los momentos más “personales”. Las diferencias se hicieron insalvables y permanecieron más de 6 meses sin dirigirse la palabra.

Pero el vínculo afectivo entre ambos era tan grande, y el silencio que crecía entre ellos tan doloroso que, entre lágrimas, volvieron a jurarse amistad eterna y dejar de lado cualquier asunto que enturbiase su relación.

Al cumplir ambos los 18 años Ani comunicó a su hermano su deseo de cursar los estudios universitarios de medicina. Jano nunca fue un buen estudiante y ansiaba entrar en el mercado laboral con la esperanza de convertirse en un agente de policía, mas no puso ninguna traba a su hermano. Prometieron compatibilizar ambas actividades, en la medida de lo posible, para que ninguno de los dos tuviera que renunciar a sus sueños de futuro.

Y así fue como, en los años que duraron los estudios de Ani, Jano se convirtió en un afamado policía con más de 37 casos resueltos en su haber. Por aquella época, los padres de ambos perecieron. La madre, a causa de su enfermedad ya agravada, y el padre, poco tiempo después, embargado por la pena. Habiendo heredado una gran hacienda y, siendo como eran, tan respetados en su comunidad, comenzaron a pensar en la vida familiar. Rondaron a muchas señoritas de buen nombre, pero todas las relaciones fracasaron por las exigencias, por parte de las féminas, de llevar una vida totalmente independiente con cada uno de los hermanos. Nunca fueron capaces de comprender el extremo amor fraternal que unía a nuestros dos protagonistas. Decididos a no dejar que su amistad se viera truncada por los egoístas deseos de una mujer, no tuvieron más remedio que aparcar sus planes para dedicarse por entero al trabajo.

Acabados los estudios de Ani en medicina forense, tomó la resolución de unirse a la plantilla de la comisaría de Jano con el objetivo de trabajar junto a él, codo con codo. Y, por esas casualidades de la vida, el caso con el que di comienzo a esta historia fue el primero del nuevo equipo formado por los dos hermanos. Sería demasiado largo relatar las aventuras vividas por ambos hasta llegar a la resolución del mismo. Los tiroteos, persecuciones por azoteas, explosiones, amenazas y desafíos a la autoridad poniendo en peligro sus puestos de trabajo. Pero si hay algo que no podemos pasar por alto, fue el amor que surgió entre Ani y la mujer del fallecido. Incluso, en los compases finales de la investigación, cuando encontraron pruebas irrefutables de su culpabilidad, Ani no pudo dejar de amar a aquella pérfida mujer. Por primera vez en la vida, Jano tuvo que erigirse en faro de la sensatez ante la obnubilada mente de Ani.

Después de presenciar en directo la ejecución de su amada, Ani cayó en una profunda depresión y se dio a la bebida. No pasó mucho tiempo antes de ser despedido. Su hermano Jano se vio obligado a dejar también su amado trabajo para dedicarse en cuerpo y alma a cuidar de su hermano.

Pasaron los años, pero el tiempo no supo dulcificar aquel desengaño que arruinó a ambos hermanos. La vida de Ani se vio reducida a un ir y venir de la botella a la cama junto a esporádicas frases de arrepentimiento hacia su hermano, que nunca lo culpó. Una mañana de enero Jano se despertó sobresaltado al no percibir la respiración de su hermano. En efecto, parecía haber muerto mientras dormía. Jano alargó su mano hasta la parte donde sus dos cuerpos estaban unidos por el hígado y se palpó con mucho cuidado. Nadie le oyó gritar en la oscuridad.

Sus cuerpos fueron descubiertos a los tres días, y un médico determinó la muerte de ambos, a saber: Ani por una cirrosis hepática, mientras que Jano se vio arrastrado hasta la parca por su hermano. Aunque, como es costumbre, el imaginario popular adornó tan trágico final asegurando que Jano acabó muriendo de tristeza. Lo único totalmente cierto es que, cuando los policías irrumpieron en la casa avisados por los alarmados vecinos ante la desaparición de los dos hermanos, encontraron las últimas palabras de Jano escritas en la pared de su lado de la cama, incapaz de levantarse para utilizar una hoja de papel.

“Mi hermano ha muerto, y por lo tanto, no tengo más remedio que seguirle”