Archive for 28 marzo 2008

Distopía

marzo 28, 2008

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imagen002 – Raem Hetepet

Intentábamos estirar lo máximo posible cada uno de los momentos, sentirlo todo, arriesgar hasta el último instante, exprimir la vida al fin y al cabo. Quemar cada una de las paredes que nos imponía injustamente nuestra limitada imaginación y, por supuesto, nunca pedir perdón. Teníamos miedo de pasar desapercibidos, de ser aire, una exhalación, una bocanada que quedase diluida. Estábamos asustados, aunque nunca lo llegásemos a reconocer. Sí, aterrados.

Nos llamábamos creadores ¡orgullosos! Por decir lo que todo el mundo sabía, por escribir lo que a todos nos aburría, por fotografiar insulsas sillas de mimbre en tonos sepia. Los artistas debíamos ser anarquistas por naturaleza para señalar lo que, generalmente, es incómodo para todos. Pintaríamos el mundo de los sueños con alcohol y coches lanzados al río. Dibujaríamos un mundo sin imbéciles a golpe de resaca dominguera y comprimidos de ibuprofeno. Pero, ¡ah!, los imbéciles siempre fuimos nosotros. Que no te quepa la menor duda.

Y qué dura fue la caída. Unos Eósforos cualquiera, desterrados al abismo de la mediocridad. ¡Oh no! Entre iguales. De forma un tanto curiosa, seguimos bebiendo lo mismo, rompiendo lo mismo, arrastrando los mismos jodidos pies hasta los mismos amaneceres, diciendo, otra vez, las palabras de siempre y escribiendo, una y otra vez, las mismas líneas huecas. Pero, esta vez, en un tono más blancuzco, puede que algo grisáceo, incluso azul. ¡Azul!

Y si ya no hay torres que derribar, muros que asaltar, consignas que gritar, ni caras que recordar, por qué, y digo yo, ¿por qué coño seguimos sacrificando las mismas vírgenes, ya sin himen, a los mismos falsos dioses y musas? Puede que, al fin y al cabo, todo fuera producto del hastío, producido por un planeta sin ascensores al cielo, que intentábamos paliar construyendo débiles escaleras de asedio que nunca tuvieron los suficientes peldaños. El mismo cansancio debe ser el culpable que nos arrastra por los mismos senderos de siempre, por los mismos bares de siempre, por las mismas camas de toda la vida. Pero, ya por fin, libre de la incomoda ilusión de causar una conmoción que nunca llegó a entrar en la escala de Richter.

Hoy nos vamos a dormir, como lo hicimos antes, entre unas sábanas que no alcanzan a tapar unas miserias que, ahora ya sí, sabemos que no tienen porque importarle a nadie. Y así es como debe ser.

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Random

marzo 26, 2008

sarcasmo scotch

sarcasmo scotch – míguel

-Ustedes no tienen ni idea…

-¡Responde de una puta vez jodido enfermo!

La habitación era verde, bueno, parecía verde aunque probablemente fuera blanca. O no. Cuatro hombres con sus respectivas camisas remangadas rodeaban a un quinto sentado en una silla. El foco del techo iluminaba su incipiente alopecia y le hacía sudar.

-No pueden acusarme de algo así, es estúpido y lo saben.

Uno de los hombres, el más delgado de todos, le propinó un rápido puñetazo, digno del mejor púgil, en la boca del estómago. No era el primero como atestiguaban las manchas de sangre que salpicaban la americana del hombre sentado. Al ver que seguía sin decirles lo que querían oír, estiraron el cable telefónico y se lo enrollaron al cuello tirando de los dos extremos al mismo tiempo. No tardó en empezar a soltar espumarajos por la boca.

-¿Es suficiente hijo de puta?

Intentó articular alguna palabra mientras se llevaba las manos a su dolorida garganta. Todo le daba vueltas dentro de las cuencas de sus ojos. Suspiró.

-27, han sido 27 maldito psicópata.

-¿Cómo… cómo iba yo a saberlo?

Se abrió la puerta de la habitación, entró un hombre bajito y se acercó al interrogador susurrándole algo al oído. Los ojos se le abrieron como platos.

-Vas a empezar a explicarnos ciertas cosas mal nacido. Los artificieros han descubierto que el material tenía al menos un año.

-Dos. Dos años 1 mes y 14 días.

-¿Por qué? ¿Lo habías estado guardando en casa? ¿Cómo lo conseguiste?

-¿Usted cree en Dios?

-¿Y eso qué coño importa?

-Oh, importa. De hecho, es lo único importante en todo esto.

Se hizo el silencio, los hombres se lanzaron miradas furtivas, de incredulidad.

-Empieza, desde el principio.

-¿No dudan señores? ¿No tienen días en los que dudan de todo? ¿Qué sentirían al saber que algo en lo que han creído es mentira? No pongan esas caras, saben a lo que me refiero. ¿Qué más puedo decir? Mi vida. Sí, eso es. Mi vida, siempre había dejado mi vida en manos del Señor, quiero decir, él lo sabe todo ¿no? Pero, pero… el libre albedrío. ¿Hasta dónde llega nuestra libertad de acción? ¿Dónde están los límites? Si Él lo sabe todo es porque cada una de las acciones, hechos y eventos de nuestra vida están escritos de antemano. Quiero decir. Sí. Lo que he hecho…. Lo que he hecho… ¡Yo estaba predestinado a hacerlo! ¿Cuánto hay de aleatorio en este universo?

Bajó la mirada y calló.

-Vete al grano, no tenemos todo el puto día.

-El Señor debía saber que yo compraría los 200 kilos de goma 2. Debía, tenía que saberlo. ¿Verdad? ¿Qué culpa tengo yo entonces? Programé los detonadores con una función aleatoria. ¡Eran 14 dígitos por el amor de Dios! A una permutación por segundo… las posibilidades eran ínfimas. La gente que coge el coche para ir a trabajar tiene más posibilidades de matar a alguien, ¿Cómo pueden culparme de algo así? ¿Cómo iba yo a saber que 27 porteadores de la santa Matilde de los dolores estarían de procesión en ese mismo instante? ¡No pueden hacerme responsable! No puedo tener la culpa de algo que no puedo controlar.

-Cerdo, no tienes ni mierda en las tripas hijodeputa. ¿Cómo puedes dormir tranquilo?

Ojos cerrados.

-Si han muerto es porque Dios lo quería así. Ya seré juzgado al morir, ustedes no tiene ningún derecho…

Todo pasó muy deprisa. Todos le golpearon. Todos. Alguien sacó un arma y la cosa se fue de madre. El interrogado alzó la mano y extendió tres dedos. Tres. Apretaron el gatillo. Flush flush.

– Una de tres, una de tres. Jajajaja.

Freud beta 2.3

marzo 13, 2008

la blanca bruma

la blanca bruma – ander

Y es que anoche soñé que una niña me soñaba. No puedo evitar preguntarme quién de los dos era el verdadero sueño, quién era más sueño y menos carne, quién dejaría de existir cuando el otro se despertara. ¿Soñar a los demás es insuflarles una efímera vida? Vueltas y vueltas en la cama. 

La gente muere. ¿Por qué muere la gente? La gente muere porque quiere. Cuando alguien muere ¿qué queda de él en cada uno de los que lo han soñado? La gente muere porque dejan de soñar con ellos. ¿Es la muerte el reflejo de alguien o algo que ha dejado de soñar al finado? La gente muere, pero ¿cuánta gente muere cuando tú despiertas? Me da miedo dormir. 

¿Acabará el mundo cuando no haya nadie que lo sueñe? Se derrumbaran los edificios y se apagará la luz del Sol en un mundo sin nadie que lo recuerde. ¿Desaparecerá antes de que logremos entender el sueño? 

¿Eres tú quien eres sólo porque te sigo soñando? 

Y es que anoche soñé con una niña que soñaba que era soñada. Ahora que estoy despierto ¿dónde estará la niña-sueño? Tal vez ella siga soñándome despierto. ¿Cuánto puede durar la vida de un soñado en ese mundo onírico sin referencias? ¿Cuánto está durando la mía? 

¿Serás condenado a la nada cuando alguien despierte? ¿Cuándo alguien deje de soñarte leyéndome soñar?  ¿Serás lanzado al limbo hasta que vuelva a soñarte? Serás borrado para siempre ya que nadie sueña dos veces el mismo sueño. Como el río que pretende ser siempre el mismo, inútilmente. Las gotas que lo nutren nunca serán las mismas. 

Cuando te vuelva a soñar ya no serás tú. Pero ¿acaso sueñan los sueños? Nunca te volveré a soñar como te sueño hoy, nunca. Sólo serás tú en este preciso instante, sólo serás ahora. Y nunca más. Ser soñado es no ser nunca más. 

Y es que anoche soñé con una niña que se iba a despertar.

Y nos acostamos

marzo 10, 2008

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1203961817_f. – amets

La estrechez del lugar no ayudaba precisamente a enfriar el tenso ambiente de aquel momento. Miraba al suelo con los brazos cruzados sobre sus rodillas. 

-… y nos acostamos. 

Parecía que quería seguir contando algo, pero dudó y cerró los ojos. 

-¿No piensas decirme nada?

-Bueno, te lo follaste, ¿Qué quieres que te diga?

-No lo sé, algo.

-Bien, de acuerdo. ¿Estuvo bien?

-¿Qué? No puedes preguntarme eso.

-Claro que puedo. ¿Mejor que conmigo?

-Joder. Distinto, supongo…

-Ya.

-Pero tienes que entender que…

-¿Se la chupaste?

-…

-¿Y bien?

-Sí… 

Recogí mis cosas y me levanté de la cama. 

-¿Te vas? ¿A dónde?

-No puedo estar aquí.

-Puedes pegarme si quieres.

-No seas patética. 

Al posar la mano sobre el pomo de la puerta me agarró del brazo, pero mi mirada hizo que me soltará en el acto. 

-No…no puedes irte, ya no tienes autobuses para volver a casa. Vas a tener que dormir aquí. 

Cerré de un portazo y salí a la calle. No conocía aquel barrio y la falta de luz diurna sólo agravaba el sentimiento de desorientación que me abrumaba en aquel momento. ¿Izquierda o derecha? Derecha, claro, siempre es más sencillo ir cuesta abajo. Y así me dejé llevar, sin pensar demasiado en lo que acababa de ocurrir. A decir verdad, no había demasiado en lo que pensar. Otra vez lo mismo. El eterno toma y daca. El ojo por ojo. Esa necesidad de quitar el naipe de la base del castillo, sólo por el placer de ver como se derrumba. Esa incapacidad de conseguir que algo funcione. Esa. Esa. Esa. 

-¿Tienes un piti? 

Me cogió por sorpresa. Sin mirarle a la cara saqué el paquete y le ofrecí uno de los cigarros. 

-Claro, toma.

-No, dámelos todos.

-Errr, no.

Entonces me di cuenta de que estaba jodido. Sacó una navaja del bolsillo de su pantalón de chándal. 

-Yo creo que sí.

-Bueno, supongo que tienes razón. 

Se lo di. Inmediatamente comencé a buscar rutas de escape o gente que ahuyentara al individuo, pero la calle estaba desierta. 

-¿Tienes hora? 

Es curioso lo raro que suena esa pregunta tan frecuente cuando te están amenazando con una navaja. Obviamente la cosa tenía truco. Si le respondía que sí me vería en la obligación de sacar el móvil en el que suelo mirar la hora. Y bueno, no volvería a verlo. 

-No, no tengo. 

Me agarró del cuello y  acercó la navaja a mi cara. 

-A mí no intentes joderme. ¿Tienes o no tienes hora?

-Que no tío, busca si quieres. 

Órdago a la grande. Nunca noté tan claramente el peso del maldito teléfono en el bolsillo derecho. 

-No te creo.

-¿Y para qué iba a mentirte?

-Bueno, ¿y tienes papel?

-No, no fumo porros. 

Me soltó, y sin dejar de blandir su juguetito se metió la mano en el bolsillo y me mostró una piedra de hachís. 

-Voy a echar un peta ¿te apetece? Ahí detrás hay unos bancos, no me gusta fumar solo.

-No, ya te digo que no me van los porros.

-Tú mismo. 

Se despidió muy risueño haciendo gestos con la mano mientras se alejaba. Yo cerré los ojos y palpé mis dos bolsillos confirmando que mis preciados bienes seguían en su sitio. Todo correcto. Necesitaba sentarme y asimilar el extraño suceso, pero no me parecía demasiado recomendable quedarme cerca de aquel lugar. Puse rumbo a casa echando rápidos vistazos a todos los lados. Apreté el botón del timbre. 

-Soy yo. 

Subí los tres pisos sin ascensor hasta entrar en casa. Mierda. Se me había olvidado. Allí estaba ella, sentada en el suelo del hall. 

-Tenemos que hablar de esto. 

Suspiré. ¿Estaría aún en pie la oferta del porro?

Nergal

marzo 4, 2008

arant

arant – amaiur

Tañeron las campanas en toda la ciudad, con fuerza, con orgullo, como si los habitantes quisieran dejar constancia de su existencia real, afirmar solemnemente que eran algo más, que nunca fueron un sueño o una palabra vacía de contenido. Sonaron todos los campanarios con la rabia ordenada, paciente y sistemática del buen agraviado vengador. Lastimaron el cielo con notoria crueldad, saludando al nuevo calor.

Extrañados y somnolientos salieron a la calle, cruzaron las puertas. Usaron sus manos derechas para protegerse de los rayos de la nueva luz, del nuevo astro aún sin bautizar que bañaría sus viejas calles y se reflejaría en sus sucios ríos. Dubitativos dieron los primeros pasos para atravesar los umbrales de sus casas y lanzarse miradas furtivas de interrogación y miedo. Con expresión bovina e inocencia juvenil se vieron arrastrados por la lenta, pero pesada y tumultuosa, marea humana, hacia el origen de tan lastimeras lamentaciones metálicas.

Alineados, cuadrados al estilo de los húsares de Federico el Grande esperaron a que todos entrasen en la plaza para cerrar el círculo alrededor. Vaciaron los bidones de gasolina sobre las pilas funerarias hindúes y los zigurats asirios. Todos escucharon el sonido del fósforo al rozar la lija junto a su posterior combustión. La cerilla fue arrojada y pronto muchas otras la siguieron. Las llamas chasquearon como látigos sobre la piel azul del cielo. Qué hermoso espectáculo.

Maravillados por el fulgor del ígneo elemento todos arrastraron sus pies hacia el fuego, parsimoniosos pero decididos, sin poder parpadear. Sin dudas, sin reproches, sin la necesidad de voces de mando u órdenes castrenses. El primero de ellos, un adolescente aún imberbe, sacó del bolsillo interior de su chaqueta el libro que había traído consigo desde casa. Lo arrojó al fuego con suma precisión y no apartó la mirada hasta haber visto como se consumía la última página. Así se quemo el primer libro del día. El anciano que se encontraba tras él avivó las llamas con las viejas fotografías que guardaba siempre en su cartera. Así se quemaron los primeros recuerdos del día. La siguiente en la fila era una mujer de duros rasgos faciales que, tras desnudarlo, arrojó el bebé que llevaba en sus brazos. Y sin derramar una sola lágrima contempló los espasmos de su frágil cuerpo y escuchó hasta el último de los ensordecedores llantos de su hijo. Así se quemó el primer futuro de aquel día. La pareja de jóvenes amantes, en la flor de su belleza, se jugaron a piedra, papel o tijera quien de los dos sería inmolado. La preciosa pelirroja se despidió con la mano antes de saltar al infierno y su alma gemela le devolvió el saludo, una y otra vez, hasta que no quedó más que un puñado de negros huesos en una postura antinatural. Así se quemó la primera pasión del día. Un hombre se arrancó la piel con sus propias manos y la ayuda de un cuchillo de caza para, después, arrojarla también a la lumbre. Así se quemó la primera honra del día.

El día fue largo y muchas cosas ardieron en su transcurso. La ceniza que levantaba el viento terminó por ocultar el cielo. Cuanto todo acabó, el círculo volvió a abrirse y todos y cada uno de los presentes reanudaron su torpe camino de vuelta a casa. Pero está vez más ligeros, más animosos, aliviados por fin de todas esas cargas que ahora flotaban por encima de sus cabezas.