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No más arcas de Noé

enero 14, 2008

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La lluvia comenzó el día en el que encontraron el cadáver de la niña, escondido entre unos matorrales cerca de la cuneta de la carretera nacional que atravesaba el pueblo. Los hombres que lo encontraron intentaron tapar su inocente desnudez con sus propias chaquetas al no poder encontrar las ropas de la niña, ni tan siquiera sus braguitas. Yo estaba allí, cuando las primeras gotas me golpearon en la cara que miraba al cielo, buscando alguna respuesta a una pregunta que no sabía muy bien cómo debía ser formulada. Era aquella una lluvia ligera, cansada, sin fuerza ni ganas de mojar. Una lluvia despreocupada a la que no le importaba lo que los demás pensaran de ella. Una lluvia que nunca quiso ser lluvia. Pero la cosa cambió, vaya si cambió.

El ataúd era pequeño. Siempre me parecieron algo cómicos con sus ridículas dimensiones. Una caja para muertos debería ser siempre grande, independientemente del cadáver que albergue. El tamaño, nos guste o no, le da a todo un aire de solemnidad. No fui consciente del chaparrón que nos caía encima hasta que intenté encenderme un cigarro. Uno de los porteadores resbaló y el cajón de pino fue a darse de bruces contra el suelo, lo que hizo que todos los presentes exclamasen un sonoro ¡Oh!. La madre de la desgraciada niña la emprendió a golpes con el hombre que había sufrido el traspié. Tuvieron que separarla a la fuerza y la procesión continuó. Tal vez parezca algo desalmado, pero yo ya había tenido mi ración de mierda por aquel día.

El río se desbordó a la semana de que comenzase el diluvio. Las sucias aguas que bajaban de la montaña arrastraron coches y mesas de terraza. La gente se indignó y durante aquellos días siempre fue posible escuchar a alguien pidiendo explicaciones y resarcimiento. Cuando eran interrogados sobre quién era el objeto de sus quejas, se encogían de hombros y gritaban un : ¡Alguien tendrá la culpa!

Ah… El infierno siempre son los demás.

La primera muerte aconteció a las 5 semanas del monzón. Su cuerpo fue encontrado abotargado e hinchado por el agua que había entrado en su casa. No era más que un viejo a quien nadie echaría de menos. Incapaz de valerse por si mismo, le fue imposible escapar a la inundación de su casa. Ante la imposibilidad de cavar una tumba, debido al elevado nivel del agua, las autoridades pertinentes decidieron que la madre naturaleza, representada entonces por un potente torrente de agua, se encargarse de llevárselo lejos.

A mediados de la decimotercera semana de lluvia la localidad quedó incomunicada del resto del mundo. Hacía días que el único puente había cedido ante la descomunal fuerza de la riada. Todos los postes telefónicos fueron arrancados de cuajo y el espeso nubarrón que cubría el cielo, junto a la impenetrable lluvia, hicieron imposibles las comunicaciones inalámbricas. Para entonces muchas personas habían recibido su particular entierro vikingo.

El hambre llegó, y se instaló en nuestro pueblo junto a la locura que provocaba el incesante sonido de la lluvia. También le hicieron compañía la neumonía y la fiebre tifoidea. Grupos de hombres surgían a la noche, ataviados con chubasqueros y botas de goma, aterrorizaban a los habitantes que eran incapaces de ser aceptados en una sub-comunidad o grupo en el que encontrar protección. Los bandoleros saqueaban los exiguos almacenes de sus victimas armados con utensilios de cocina y una ciega desesperación. Las cosas se torcieron un poco más la noche en la que mataron por accidente al farmacéutico del pueblo al negarse a entregar los pocos medicamentos que aún conservaba y repartía de forma equitativa entre la población. Como los animales en cautiverio, una vez probada la sangre humana, no pudieron poner freno.

Cuando el párroco del pueblo apareció crucificado en el altar de su iglesia su rebaño también perdió la poca razón de la que aún disponían. La congregación, apoyada en una interpretación de las sagradas escrituras, determinó que la ingesta de carne humana estaba más que justificada. Bueno, podéis imaginaros el resto. Las paredes de la parroquia se tiñeron de rojo.

Fue entonces cuando tomé la decisión. En mi estado físico no fue tarea fácil cargar con la pala hasta el viejo cementerio inundado. En la calle, el agua me llegaba hasta el cuello y tardé no menos de 2 horas en alcanzar la pequeña elevación donde, presuntamente, enterraban a los fiambres más adinerados. Por suerte, estaba al tanto de que la familia de la niña disponía de un gran mausoleo. Supongo que ni en la muerte somos todos iguales.

No fue fácil romper el candado de la puerta, pero cedió a los golpes de la pala. El agua caía sobre mí con un peso monstruoso que me obligaba a encorvarme. Al abrir la puerta, el agua acumulada por tantos días de lluvia hizo que los ataúdes salieran disparados. Me dejé caer de rodillas ante el más pequeño de todos y con un gran esfuerzo conseguí abrirlo.

Aquí debe terminar esta narración que he garrapateado con gran dificultad a la luz del último cirio del que dispongo. No puedo escribir más. No quiero escribir más. Esperaré ahora a la muerte, a que llegue en la forma que más le plazca, aturdido por el recuerdo. El recuerdo del pequeño ataúd sin cuerpo, pero lleno de una pesada agua azul-negra. El recuerdo de la hoja de papel que flotaba en el líquido de color azabache. El papel seco sin arrugar. Y de las palabras impresas en él.

“Tú también tuviste la culpa”.