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Siempre es Domingo

diciembre 17, 2007

naroa - fotoB

fotoB – naroa

Él era el primer 0 de 01000110. Se sentía cómodo viendo como todos seguían sus pasos sin rechistar. Subían y bajaban a toda velocidad por extraños caminos de luces parpadeantes. Al doblar una de las esquinas se estampó contra lo que parecía ser la cara de su madre, enfadada y triste al mismo tiempo. Lloraba y gritaba en un idioma que no comprendía, estaba muy asustado. 

Se despertó. La luz que entraba por las ranuras de la persiana mal cerrada le quemaba los ojos. El dolor de cabeza era espantoso y el paladar le sabía a cenicero y refinería de grasas industriales. Pastoso, sí, sobretodo pastoso. Un sabor perezoso. Una luz desganada. 

Se levantó apartando la sábana manchada por vómito seco a un lado. Estaba completamente desnudo y al dar un paso pisó los cristales de una botella rota de whisky. 

-Su puta madre. 

Cojeando alcanzó la silla de madera de su habitación y se dejó caer en ella. Apoyó su pie sobre la otra pierna y se sacó el trozo de cristal con cuidado. Dolía, mucho. Aunque el aturdimiento provocado por una noche de demasiados excesos anestesiaba los nervios más básicos. Los domingos siempre sentía menos, en todos los sentidos. 

Dejó aquel maldito trozo afilado lleno de sangre sobre el escritorio, encima de unos papeles pringándolo todo. Era un buen momento para hacer recuento de bajas. Para hacer inventario general. Mirar a todos lados y saber qué coño pasaba. 

-Bien, es Domingo. Eso creo. 

La habitación es pequeña pero de techo muy elevado. Paredes blancas sin decoración. El tocador es una buena pista, es la estancia de una mujer. Una extraña sensación le recorre el cuerpo y su cara dibuja una mueca de terror. 

-No, joder. 

La alfombra que cubre parcialmente el suelo de madera se le hace horriblemente conocida. Recorrió con sus dedos los trazos de colores cosidos, como en un callejero. Comenzó a sudar, un sudor frío, de enfermo. Tan desorientado estaba que no había pensado hasta ese momento en la pregunta más importante de todas. Pudo ver entonces el bulto que se escondía bajo las sabanas que torpemente había apartado. Lo destapó y el cuerpo desnudo de una mujer joven le hizo retroceder 3 pasos. Exactamente 3. 

A pesar de estar boca abajo no se le hizo difícil adivinar a quien pertenecía ese  culo respingón. Acarició su espalda azuzado por ese deseo universal de inmolación carente de sentido que invade a todos en algún momento de la vida. Ese tentar al peligro. Esas ganas de ser atrapado, para poder quitarse un peso de encima a cambio de un sufrimiento que palidece y parece insignificante ante la exasperante incertidumbre. 

Pero no ocurrió nada. Se acerco a la venta y subió del todo la persiana. Miró a la calle y se rascó la nalga derecha mientras contemplaba el lento caminar de la gente. Los domingos la gente caminaba más despacio. El tiempo se volvía algo más líquido, espeso y tangible. No reconocía el paisaje, siempre había ido a esa casa en taxi o en el coche de un amigo. Se puso los calzoncillos y mientras buscaba el resto de su ropa cayó en la cuenta de que no había visto ningún preservativo usado, lleno y anudado. Miró entre la ropa de ambos y bajo la cama, pero nada. No podía soportarlo más. Terminó de vestirse  y comprobó que aún llevaba la cartera y las llaves de casa encima. Salió a la calle con el pelo alborotado y una enorme angustia en la boca del estómago. Hacía frío. No debían ser ni las 12 del mediodía. Alzó el cuello de la chaqueta y escogió una dirección de forma aleatoria rezando por encontrar una estación de metro lo antes posible. 

¿Otra vez? De nuevo. ¿Pedir perdón? Arrepentirse. Otro domingo de culpa. Y suena el teléfono móvil. Y como no podía ser de otra manera el que llamaba era ÉL. 

-¿Qué tal cabrón, dónde andas?

-He salido a comprar el pan.

-¿Has podido levantarte?, menudo campeón.

-Sí…

-¿Qué tal acabaste ayer?

-Me fui pronto a casa…

-¿En serio? Se te veía animado, espero que cuidaras bien de mi chica, es una pena que tuviera que madrugar hoy, pero el curro es el curro, ya sabes. 

Era su amigo, pero tampoco es que le hubiera salvado la vida en Vietnam. Mentir. Era fácil. Aunque siempre existían variables más o menos aleatorias que se debían tener muy en cuenta. Si ella resultaba ser una de esas jodidas personas que  valoran la sinceridad por encima de todo se podía dar por muerto. También cabía la muy probable posibilidad de que alguien los hubiera visto magreándose en el bar, en caso de que eso hubiese ocurrido. 

-La metí en un taxi en cuanto tuve la oportunidad. 

Que no se diga, cojones. 

-No quiero despertarla, que disfrute de la resaca. Jajaja. 

¿Jajaja? 

-Claro, mañana estamos. 

Llegó a su casa. Tardó, pero llegó. Apoyó la cabeza en la puerta y se sintió a salvo por unos segundos en su burbuja aislante. La historia se repetía de nuevo, los “es la última vez” y “no vuelvo a beber tanto”. Después sacudió la cabeza y se desembarazó de aquellas piadosas mentiras para volver a la realidad. Se desnudó completamente para meterse en la ducha. Abrió el agua fría que lo golpeó en todo el cuerpo como si de acero se tratase. El pelo mojado se le pegaba a la frente. Se preguntó, como siempre hacía en esos casos, si tenía arreglo lo suyo. Si se trataba de una etapa de su vida que con el tiempo lograría cambiar. Pero llevaba demasiado años preguntándose lo mismo. ¿Era esa su forma de ser? ¿Lo sería para siempre? ¿Por qué, aún sabiendo que al siguiente día se iba a arrepentir, continuaba jodiéndola de esa forma? ¿Era su sino el de ser un maldito hijo de puta , o simplemente el de ser estúpido? Había pasado por mucha mierda en su vida, pero aquello era demasiado, había sobrepasado todos sus anteriores records. Se dejó caer en la bañera, se sentó con la cabeza metida entre las piernas, lacerada por el agua helada. Y sabía perfectamente que lo volvería a hacer.

De Terciopelo

diciembre 14, 2007

fuego purificador - ander

fuego purificador – ander

La casa estaba ubicada en una colina con vistas a la ciudad. Cuando oscurecía y todas las luces se encendían el humilde espectáculo resultaba de lo más agradable. La fachada era de ladrillo nuevo, de esa tonalidad tan rojiza, con los huecos que quedaban al unirlos de cemento gris. El timbre de la puerta se encontraba en la verja de hierro que daba a la calzada. Al llamar tenías que esperar a que alguien bajara a abrirte la puerta con llave. Nunca supe por qué. Pero aquella tarde fue diferente, la susodicha puerta no estaba cerrada, aunque lo suficientemente poco abierta como para que nadie lo notara desde lejos. Entré, y subí las escaleras de piedra que llevaban hasta un pequeño jardín con el césped siempre bien cortado, sin maleza. Varios jarrones adornaban el patio y, aunque semioculta por la propia casa, se podía ver una pequeña huerta en la parte de atrás. 

Distraído, llegué hasta la entrada de la casa cuya puerta (adivinad) tampoco estaba cerrada. Miré a los lados de forma instintiva, aunque me sentí algo estúpido. En fin, entremos. Dejé mi abrigo en el perchero del hall y cerré la puerta a mis espaldas. Siempre me gustó el interior de aquella casa. Para mi sorpresa alguien había colocado numerosas velas, de esas tan pequeñas y achatadas, en el suelo y en las escaleras estrechas y de madera que conducían al piso superior. Migas de pan. Baldosas amarillas. Las seguí, poco a poco, regodeándome. 

Al llegar a la puerta de su habitación sentí como el pelo se me erizaba. No había que ser ningún jodido Einstein para saber lo que me esperaba tras ella, pero a pesar de todo intenté poner mi mejor cara de asombro. Allí estaba ella, desnuda, tapada por una sábana gris de cintura para abajo. Llevaba dos largos guantes de terciopelo negro y me sonreía. Nunca fue un amor prohibido, pero siempre nos gustó jugar e interpretar el papel de aventureros. Intenté besarla pero me aparto de una bofetada. Puse cara de indignado, pero ya se conocía todos mis trucos. Me desnudó. Como sólo ella sabía hacerlo, acercando su boca a todas las zonas erógenas, pero sin llegar a tocarlas. Haciéndote sentir su aliento templado en la piel, pero apartándolo tan rápido que el frío de su ausencia te arañaba al instante. Hizo que me tumbara boca abajo, Traté de darme la vuelta pero sólo conseguí que me hundiera la cara en la almohada. Deslizó sus dedos enguantados por mi columna, parando un momento en cada vértebra. Acarició el hueco que forman los omóplatos. La parte del cuello donde se une con las orejas. No hablamos. Nunca hablábamos en esos momentos. ¿Para qué? 

Me dio la vuelta. Intenté enderezarme y ella dijo “No”. Y eso fue todo. Me rendí. Hacía tiempo que me había rendido. Creo que perdí la batalla antes incluso del primer cañonazo. Se inclinó sobre mí y sus pechos rozaron mi cuerpo. Sus pechos no eran generosos, pero eso no nos importaba. Con el tacto de su nariz fue describiendo el camino hasta mi vientre y antes de continuar alzó la mirada y me sonrió. Había una guerra por aquel entonces, en Afganistán creo. Pensé por un momento en ese hombre apunto de morir y me dije para mí mismo: “Mejor tú que yo, gilipollas”. Menuda estupidez. 

Siempre empezaba con la lengua. Sólo con la lengua. La cogía con la mano y la humedecía completamente antes de hacer nada. Eso nos gustaba. Después se la metía en la boca y todo se volvía blanco. A veces nos agarrábamos de las manos, para no perdernos entre tanta locura. Para saber como volver. 

“Ven” dijo. “Ven, ven” dijo. Y yo fui. En la habitación de al lado había una gran cama  de agua. Nos reímos. Se lanzó sobre la cama y follamos. FOLLAMOS. Debería escribirse siempre con mayúsculas. A ella le gustaba agarrarme del pelo y tirarme hacia abajo. No era necesario que lo hiciera, pero las ceremonias no pueden pasarse por alto. Al principio humedecí la parte exterior, hasta que con la boca pude notar la leve hinchazón de los labios y así proceder a separarlos con la lengua. Busqué ese punto que se encuentra en la parte superior y lo rodeé con los labios, como en un beso. Ella curvaba la espalda y tiraba de mi pelo en señal de aprobación, nunca hubo un sextante tan preciso. 

Antes de que terminara su primer orgasmo, ya indefensa, me abalancé sobre ella alineando nuestros dos cuerpos para volver a estar dentro de ella y así alargar, de forma casi dolora, el placer. 

La mente humana siempre está trabajando, parece que estamos condenados a ser incapaces de evadirnos por completo de cuanto nos rodea. Pero. Pero. Pero. Cuando te corres todo pierde su color y por unos breves segundos nada importa. Nada ocurre. Nada funciona. Estás solo. Sin cuerpo. Sin mente. Sin obligaciones. Sin leyes. Sin aire. Sin defectos. Sin virtudes. Sin mentiras. Sin verdades. Sin arriba ni abajo. Sin olores. Sin sensaciones. Sin vida. Sin miedo. Sólo esas luces brillantes que no eres capaz de comprender. 

Ella se fumó un cigarro mientras yo apoyaba la cabeza en su pecho. No hablamos. Nunca solíamos hablar. Los dos sabíamos todo lo que tenía que saberse. Cerramos los ojos y aspiramos el olor a sexo. Pero había algo raro en aquel aroma. Algo desagradable. Abrimos los ojos para comprobar horrorizados que un humo negro entraba por la parte de arriba de la puerta. Desnudos seguimos el camino que nos marcaba y llegamos hasta su habitación. El fuego de una de las velas había prendido la mini cadena. Las llamas llegaban hasta el techo ennegrecido y el aparato había comenzado a derretirse. Se quedó paralizada. Corrí al baño y mojé una toalla para volver y lanzarla sobre el fuego. Necesité cuatro intentos para extinguirlo. El humo impedía la posibilidad de respirar, así que abrimos la ventana que lo succionó a una velocidad increíble. 

Sentados en el suelo, aliviados, nos miramos con cara de incredulidad. El suelo estaba frío y se me congeló el culo, pero vaya, no iba a quejarme por ello. De repente oímos unas sirenas. Asomamos la cabeza por la venta y pudimos ver al camión de los bomberos subiendo por la carretera. Joder, alguna maldita vieja aburrida había llamado a emergencias alertada por el humo. Cuando comenzaron a intentar forzar la puerta de la verja nos alarmamos.  Corrí por la casa apagando las velas con mis propias manos y provocándome doloras quemaduras en lo dedos. También pisé un trozo de plástico que se había desprendido de la mini cadena. “Mierda”. 

“Tienes que irte, puede que alguien haya llamado a mis padres y ahora estén viniendo hacia aquí. Nos matarán si…” Pero antes de terminar la frase los bomberos ya habían empezado a dar golpes en la puerta de la casa. Me puse los pantalones y la camiseta y bajé corriendo al piso inferior. Aún descalzo abrí la puerta y todos los bomberos me miraron con cara de asombro. “¿Estás bien?” “Claro” “¿Seguro?” “Sí, no hay de que preocuparse” “Pero el fuego…” “Falsa alarma”. Me abrí camino entre ellos y me senté en las escaleras para ponerme los zapatos. Me había olvidado de los calcetines y los calzoncillos, pero ya no podía volver. 

Llegué a casa algo desorientado. Fui al baño para descargar la vejiga y por suerte pude ver en el espejo que tenía la cara completamente ennegrecida. Me la lavé con agua y me cambié de ropa antes de sentarme a la mesa a cenar. 

“Bueno, ¿qué tal el día?”