Archive for 26 noviembre 2007

Fallout

noviembre 26, 2007

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dscn0705 – dovidena

-Deberíamos haberlo hecho hace mucho tiempo.

-Sí, lo sé.

-¿Y por qué no lo hicimos?

-Pereza, miedo, esperanza… escoge la que más te guste. A mí no me importa.

-¡Pero debimos hacerlo hace mucho tiempo!

-¡Cállate joder! Eso ya no tiene ninguna importancia.

-No me grites… – se puso a llorar – no me gusta que me grites.

-Bueno, hagámoslo. Aquí. Ahora.

-¿No hay ninguna otra opción?

-Sabes perfectamente que no sería capaz de sobrevivir.

-Pero…

-Y aunque lo consiguiera,¿realmente quieres obligarle a vivir una vida como esta?

-Las cosas pueden cambiar…

-No seas idiota – negó con la cabeza.

Ella se arrastró hasta la improvisada cuna que habían colocado en una de las esquinas de aquella gruta. Entre los montones de hierba seca se podía apreciar un pequeño bulto envuelto en una toalla rosa. Ella sonrió. Apartó un poco la parte superior de la precaria envoltura dejando entrever algo que se hinchaba y deshinchaba a un ritmo constante. Vida.

-Ven aquí pequeño…

Lo alzó en el aire y lo acercó a su pecho. Desabotonó 3 de los botones de su sucia camisa y mostró una mama llena de estrías. Había vivido mejores momentos, sin duda. Ahora no era más que una pálida y arrugada sombra de su antigua exuberancia. Se la acarició, volvió a sonreír pero esta vez de una forma mucho más melancólica. Él suspiró.

Tratando de ayudar al bebé apartó completamente la toalla de su cabeza. No acababa de acostumbrase a su aspecto. Pálido como un fantasma. En su rostro resaltaba la falta de labio superior. En su lugar no había nada. Literalmente. El orificio bucal se unía directamente a las fosas nasales. Ello hacía que las dos vías de respiración habituales, es decir, la boca y la nariz no pudieran diferenciase y delimitarse de una forma clara. La estampa quedaba completa al subir un poco más, justo hasta sus ojos, su ojo, bueno, ninguno de los dos estaba demasiado seguro de cuantos eran realmente. La esclerótica de los globos oculares se unía a la altura del entrecejo la conexión era muy estrecha y de apariencia frágil, como si fuera a derramarse en cualquier momento, lo cual hacía de su aspecto algo realmente perturbador.

El bebé se aferró al mustio pecho desesperadamente hambriento. Empezó a succionar la poca leche que guardaba pero la mayor parte del alimento materno se perdía por el antinatural hueco que el niño tenía entre la boca y la nariz.

-Vamos, déjalo, sólo lo estás empeorando.

-¡Cabrón! Sólo piensas en ti, egoísta.

Al levantarse enfurecida, el deseado pezón quedó fuera del alcance del bebé que comenzó a llorar y patalear frenéticamente. Algún tipo de código Morse primitivo.

-¿Ves lo que has conseguido?

-Pronto oscurecerá.

-¿Y?

-Nada.

Sacó la 9mm que llevaba escondida en la cintura, le quitó el cargador y contó las balas. Comprobó la recámara. La miro a ella. Puso el cargador de nuevo en su sitio. Miró al bebé. Comprobó de nuevo la recámara. Miro al exterior. Amartilló la pistola. Una gran tormenta.

-¡Por el amor de Dios!

-Dios no tiene nada que ver en esto.

-¡Es tu hijo!

-Por eso mismo…

-Yo… – sollozó – yo no podré seguir viviendo sin mi hijo.

-Hay suficientes balas para los tres.

-No, espera… no.

-Tú misma has dicho que…

-Pero no, no sé…

-Pensándolo bien, creo que es la mejor solución.

-¡Quieto!

-Sabes lo que nos espera ahí fuera, todas las posibilidades son peores que la muerte.

Al terminar la frase pudo oír un ruido seco, como el que hace una rama al partirse. Miró a su mujer y pudo ver el terror escrito en sus ojos. Tenía la boca tapada con su mano y la ropa salpicada de sangre. Entonces empezó a comprender. Bajó la vista y vio aquel trozo de tubería, afilada de forma muy rudimentaria, atravesando su pecho cerca del corazón. Todo borroso. Su última visión fue la de su mujer siendo golpeada con otra tubería en la cabeza.

Ella despertó sin tener la menor idea de cuanto tiempo llevaba inconsciente. Le dolía la parte frontal de la cabeza. Mucho. Posó entonces su atención en aquella jauría de hombres, más animales que seres humanos. Andrajosos, desaliñados, famélicos. Estaban en los huesos y parecía que nunca hubieran tenido carne ni músculos entre la piel y los huesos.

Todos ellos llevaban gafas protectoras, al estilo de un esquiador o un leñador. También unas mascarillas de pintor y dentista que se habían apartado de la cara dejando al descubierto sus bocas de dientes ennegrecidos. Estaban comiendo en cuclillas alrededor de un pequeño fuego improvisado dentro de la cueva.

Ella, apoyada en una de las paredes de la cueva fue incapaz de asimilar toda la información y las sensaciones que recibió a través de todos y cada uno de sus sentidos. El olor a pelo quemado. La visión del cuerpo de su marido desnudo, con el pecho literalmente abierto. Las costillas habían sido partidas con las afiladas tuberías, sus órganos en una bolsa de plástico, su cuerpo dentro de las bocas de aquellos desconocidos.

-Oh Dios mío – se dijo para sus adentros.

Al intentar incorporarse notó un vacío de cintura para abajo. Algo no iba bien, eso era evidente. No se atrevía a mirar porque sabía perfectamente lo que ocurría. Se palpó el lugar donde había estado su pierna izquierda. Sólo un muñón aún sangrante y mal suturado. Algo más arriba un torniquete.

-Oh Dios mío- masculló entre dientes al ver uno de sus zapatos al lado de la fogata.

Al mover la mano para llevarla a su postura original rozó accidentalmente su entrepierna. Estaba demasiado húmeda. Llena de sangre. Asustada acarició su vagina con la yema de los dedos. El dolor fue insoportable y las lágrimas brotaron de sus ojos.

-¡Oh Dios mío! – gritó – hijos de puta…

Todos dejaron de comer y la miraron, Ella se tapó la boca instintivamente. Todos rieron y le lanzaron uno de los húmeros de su marido a la cara. Enloqueció. Se abalanzó sobre ellos y la subestimaron. Antes de que una patada la devolviera a su esquina pudo agarrar la pistola de su marido de entre las ropas que habían dejado tiradas en el suelo. La escondió en su camisa esperando el momento oportuno. Cuando todos volvieron a fijar su atención en el banquete ella la sacó.

Su marido le había enseñado a usarla, aunque ella nunca prestó demasiada atención. Sacó el cargador y pudo contar tres balas. Hizo cálculos. Ellos eran demasiados. Tal vez si… Pero fue descuidada, uno de los antropófagos había advertido la presencia del arma entre sus manos y avisó al resto del grupo. Todos cogieron sus tuberías y avanzaron hacia ella.

¡BANG!

Uno de ellos cayó al suelo con el ojo derecho atravesado por una bala. Todos se detuvieron.

-Dos, quedan dos.

Volvieron a dar un paso al frente y ella volvió a disparar con una sorprendente buena puntería. El segundo fue herido en el pulmón, sus gritos quedaron ahogados por la sangre que encharcaba su garganta mientras se retorcía en espantosos espasmos.

-Una, queda una.

Ya no avanzaron más.

Mientras pensaba qué coño era lo que iba a hacer en ese momento se percató de una nueva variable de la ecuación. Al levantarse, los hombres habían dejado al descubierto el cuerpo de su hijo. Aún estaba vivo, podía verlo respirar. Estaba boca abajo con las piernas separadas. Listo para…

-¡Oh Dios mío!

Apuntó a otro de los caníbales llena de odio. Pero aún quedarían otros 3 si lo mataba. Después apuntó a su hijo. De nuevo al hombre. Su hijo. Empezó a llorar.

-¡No, no, no!

Introdujo el cañón de la pistola en su boca y apretó el gatillo. El cráneo se abrió por la parte superior esparciendo trozos de materia gris por las paredes de la cueva. Los ojos en blanco. El cuello se dobló y la cabeza se inclinó hacia su hombro izquierdo. La mano perdió su fuerza y la pistola salió de su boca para caer en el suelo. El cuerpo resbaló hasta quedar tendido en el suelo.

El bebé lloró por su único ojo. Todos rieron.

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Polvo y cenizas

noviembre 18, 2007

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imagen018 – miguel

 

Y aquí estamos – dijo ella – en el último acantilado de nuestro mundo. Después de él no hay más que mar. Un mar cubierto por una gruesa capa de polvo y cenizas. Casi parece que se pudiera caminar sobre él, dejando una infinita silueta de huellas de pies desnudos.

En el mismísimo borde de este terruño donde el aire nos golpea la cara. Somos millones y estamos solos con ese maldito fuego que nos quema por dentro, ¿verdad? En esta isla donde todos luchamos desesperadamente por arañar un trocito de sueño que nos haga sentir algo real, defraudados hace tiempo por culpa de todas esas sensaciones de plástico quemado y colores artificiales.

Sí, aquí estamos, en el límite de la sociedad occidental que nos ha colmado de ideas ya masticadas, abrumados por su peso nos hemos dejado caer y arrastrar por una corriente que nadie es capaz ya de recordar donde comienza y donde acaba. En esta parcela donde, alcanzada ya la cima de la comunicación, nadie es capaz de hacerse entender.

Aquí, donde todos somos una pequeña ramificación más del problema, donde todos perdimos el rumbo, si es que alguna vez lo tuvimos. Donde nadie encuentra nunca lo que realmente desea pero se convence de lo contrario, por miedo o vergüenza a tener que admitir que se conforma con las sobras. Donde el 5 es el techo y el 2 la norma.

Donde los días, las horas y los minutos parecen siempre desperdiciados. Demasiado perezosos para dejar de tragar mierda y salir algo más ligeros, para coger algo de aire. Desesperados por controlar todo y a todos. Aquí, sí sí, aquí donde el juego de la vida ya no parece ser divertido per se y ya nadie está dispuesto a jugar para perder. Necesitamos hacer trampas. Edulcorantes. Especias. Familias. Amores. Zapatos. Dioses.

El camino, el suelo, la vida, llena de polvo y cenizas. Corres, pero te llega hasta la rodilla. Loco y furioso te lanzas de cabeza al suelo, apartando de forma rabiosa toda esa suciedad con las manos, intentando encontrar la superficie del espejo en la que te puedas reflejar. Pero es tan agotador… Enfadado metes la cabeza entre el polvo y la ceniza, la agitas y muerdes, como si te fuera la vida en ello, pero no hay ninguna alubia entre la harina. Exhausto, caes hacia atrás, de culo. Aquí, sentado, toses y exhalas un bueno montón de polvo y ceniza. La cara de un blanco fantasmal. La mirada, perdida. Sin comprender aún de qué coño trata el juego.

Tercera ley de Newton

noviembre 6, 2007

marco-unai

marco – unai

No puedo librarme de esta excitación que me invade cada noche al llegar a casa. Los nervios comienzan en cuanto me subo al metro, consciente del laborioso trabajo que me espera en la habitación. El tiempo entre las paradas se hace eterno y un enervante picor se extiende por mis brazos, esa sensación, cómo diría yo, que se parece al extraño hormigueo que se siente después de haber visto un enjambre de insectos. 

El metro se detiene y corro escaleras arriba hasta llegar a mi portal, no acierto a encontrar la llave correcta y lo mismo ocurre al intentar abrir la puerta de casa. Qué ridículo. Dejo el abrigo sobre el sofá y enciendo el ordenador, expectante, ansioso. No puedo parar así que decido ir a la nevera a por una cerveza, la noche va a ser larga. 

 Todo esto comenzó hace ya varios días. Me encontraba yo sentado en la terraza del café Boulevard, tomando una cerveza. Ella frente a mí. Pidió un té, creo, bueno, no estoy seguro, irrelevante de todas formas. La cuestión es que, sin meditarlo demasiado, lancé la bomba atómica: “¿Te gustaría venir a vivir conmigo?”. Creo que antes de terminar de pronunciar la última palabra ya sentí un agudo pánico punzante en las costillas, pero a lo hecho pecho que diría mi madre. No era difícil imaginarse la angustia que sentía ella por dentro. Los dos, independientes por naturaleza, nos enfrentábamos a un reto que nos quedaba algo grande. “Me lo tengo que pensar” fue su respuesta, y mentiría si no dijese que me sentí aliviado. A decir verdad, en lo más hondo, esperaba no recibir nunca la contestación a esa pregunta. 

Al día siguiente, feliz como una remolacha, recibí una llamada de ella. En resumen, no íbamos a poder vernos esa tarde ya que un viejo amigo suyo la había llamado, para tomarse algo y hablar de los viejos tiempos. Ella lo ignoraba pero ya conocía ese nombre, la ciudad era demasiado pequeña como para guardar esa clase de secretos. No era otro que su antiguo novio, con el que compartió varios años de su adolescencia. En ese mismo momento no le di demasiada importancia y aproveché la tarde libre para ponerme al día con mis lecturas atrasadas. 

Pasaron un par de días y no tuve noticias de ella. He de confesar que los celos empezaban a carcomerme por dentro. Los expertos dicen que la paranoia no es más que la presencia de delirios autorreferentes. ¿Qué coño sabrán ellos? Comencé a darle vueltas al asunto, no podía quedarme de brazos cruzados mientras ese hijo de puta me arruinaba la vida. Lo cierto es que di con la solución ideal en muy poco tiempo. Siempre he sido bastante ducho con los ordenadores así que no me costó nada llevar a cabo mi plan. 

Primero creé una cuenta de correo falsa, sencilla y que resultase atractiva como remitente. Conociendo sus gustos por la música clásica no tuve más que hacerme pasar por un miembro del foro especializado que frecuentaba y redactar un email que invitaba a descargar ciertos ficheros que contenían datos inéditos de las biografías de sus compositores más amados. Los archivos, por supuesto, estaban infectados con un software que se instalaría de forma autónoma en su ordenador personal, cuya finalidad no era otra que la de registrar las pulsaciones de su teclado para, posteriormente, enviármelas a mí. 

Así empezó mi vida nocturna de clasificador, de cirujano, de vivisector de miles y miles de líneas de texto inconexas. Buscando una pista, algo que me dijera lo que estaba ocurriendo.

Esta es la tercera noche en vela, hasta ahora sin éxito. Conozco ya las páginas que más visita, las contraseñas de todas sus cuentas, etc. Pero nada relevante. En fin, no voy a rendirme ahora. 

… 

Sobresaltado levanto la cabeza del teclado, mierda, me he quedado dormido, son las 5 de la mañana y en pocas horas entro a trabajar, será mejor que apague esto. ¿Um? Un momento, ¿qué coño? Claro, si cortamos esto y lo pegamos aquí… joder. 

Hubo un tiempo en el que le quise. Mucho. Pero todo ha cambiado. 

No pienso acceder a lo que me pide. ¿Está loco? 

Si va a seguir por ese camino será mejor que se olvide de mí. 

¿Cómo puede alguien enfrentarse a algo así? Me siento mareado, necesito tumbarme un momento. Oh joder, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué?  ¿por qué?  ¿por qué? En un arrebato de ira doy un puñetazo a la pantalla de 17 pulgadas de mi ordenador dejándola inservible, me temo. Aturdido por el color de la sangre en mis nudillos me dirijo al baño. Enciendo la luz. Crepita por unos instantes para luego quedar estable. Me miro en el espejo y apoyo la frente en él. Mierda. 

Ya casi he terminado de sacarme los trozos de cristal de la mano cuando una idea comienza a abrirse paso en mi cabeza. ¡Claro! Esa maldita puta se cree muy lista. A mí no me va a joder, no, claro que no. Sonrío, alzo la vista hasta toparme con mi reflejo en el espejo. Me guiño un ojo. 

Por suerte para mí y desgracia de ella también soy el orgulloso poseedor de un flamante ordenador portátil. Después de encenderlo hago clic repetidamente hasta llegar a la carpeta oculta donde guardo mi arma secreta. Ella siempre ha sido muy atrevida y mi colección de fotos en las que aparece en las situaciones más picantes posibles no es nada desdeñable. Hay varias que incluso hacen que me ruborice. Maldita guarra, ahora si que estás bien jodida. 

Escojo las “mejores” y las agrego a un email dirigido a todas sus amistades. Uso mi falsa cuenta, aunque el placer de ver su cara al enterarse de que he sido yo el artífice de su ruina sería muy grande, prefiero ahorrarme los problemas legales derivados de una exposición tan radical de su vida privada. Más de 100 contactos. Enviar. 

Me tumbo en la cama, satisfecho, aliviado e incluso un poco alegre. Risueño me doy una larga ducha con el agua bien caliente. Al salir del baño me siento renacer y listo para disfrutar de las consecuencias de mi venganza. Mientras me seco el pelo veo que alguien me ha llamado al teléfono móvil. Su nombre aparece en la pantalla. Estará destrozada, perfecto, regocijémonos un poco en su sufrimiento. 

-¿Hola?

-Hola cariño. No digas nada y déjame hablar un momento. Mira, siento haber estado tan rara estos días pero puedo explicártelo. Sé que he sido muy egoísta pero resulta que F se ha puesto en contacto conmigo. ¿Le conoces? No sé si alguna vez te he hablado de él. Bueno, salimos durante un tiempo pero al final nos distanciamos, la cosa no marchaba bien. Ahora parece ser que me echa de menos y el otro día me engañó para vernos a solas con la excusa de hablar de los viejos tiempos. En realidad no quería más que convencerme para comenzar de nuevo una relación más o menos seria. Si no has tenido noticias mías ha sido porque he tenido largas conversaciones con S. Necesitaba contárselo a alguien neutral. Pero no te preocupes cariño, evidentemente me he negado en redondo. Ah, y por cierto, aunque me ha costado decidirme creo que estaré encantada de irme a vivir contigo. Te quiero mucho. 

Sin tiempo de soltar el teléfono corro hacia el baño y caigo de rodillas frente a la bañera. 

-¿Hola? 

Me  tapo la boca con las manos pero el vómito se abre paso de forma violenta salpicándolo todo. 

-Cariño ¿estás ahí?