Archive for 29 octubre 2007

Otra de esas noches

octubre 29, 2007

naroa - fotoA

fotoA – naroa

Nunca creí que pudiera volver a pasarnos lo mismo. Oh muñeca, estoy tan contento, ¿tú no? A decir verdad ya había empezado a acostumbrarme a esta vida sujeta a las leyes físicas de siempre. Bah, no te rías, tú siempre te has adaptado a los cambios mucho mejor que yo e incluso diría que te gusta tu trabajo. ¿Quién lo habría dicho hace unos años? Mírame, ya estoy hablando como un maldito jubilado. Mmm, creo que dejé la llave del baúl por aquí…

¡Qué recuerdos! Pásame el cargador, espero que no se haya estropeado con la humedad, imagina que gracia. Deberíamos tapiar las ventanas con unos tablones, podríamos usar las estanterías del salón, sólo nos hace falta un martillo y unos clavos, vamos, mueve el culo, miraremos en los cajones del estudio.

Claro, no todo fueron rosas y gorritos de cumpleaños, pero no fuimos nosotros los que escogimos, la verdad es que nadie nos preguntó, simplemente hay que saber batear las bolas que te lanza la vida, te vengan como te vengan. No llores, no llores por ellos preciosa. Se fueron hace tiempo haciendo lo que más les gustaba hacer. Fueron felices por unos instantes y eso es mucho más de lo que puede decir la mayoría de la gente. Sí coño, pudimos ser nosotros pero es tan inútil pensar en ello.

Aún conservo esa imagen en la retina, la primera vez que te vi, enfundada en tu ajado vestido rojo que dejaba poco a la imaginación. Jajaja. Sí, estabas cubierta de sangre y sudor, nunca eh visto nada más sexy. ¡Ey! No me pegues por decir la verdad, no soy ningún enfermo, es la maldita verdad.

Bueno, es la hora ¿no les oyes gritar y morder en la calle? ¡Estoy tan excitado! ¿Estás segura de que no quieres venir conmigo? Bueno, ya conoces las normas, pase lo que pase no abras la puerta si no oyes mi voz y sobre todo mantén el fuego vivo con lo que encuentres. Te dejo la escopeta de caza en el dormitorio.

Me voy. Me siento vivo, ¿sabes por qué? Ja. Porque esta es otra de esas noches nena, ya sabes, llena de zombis.

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Deus Vult

octubre 23, 2007

ander - PICT0126

pict0126 – ander

Las gotas de sudor se amontonaban en mis tupidas cejas para luego deslizarse hasta mis ojos y nublar mi vista. Sé que iba haciendo eses con el coche pero no le daba demasiada importancia. Tenía que buscar ayuda, cualquier tipo de ayuda.

En ese momento tuve lo que los alcohólicos suelen llamar “un momento de lucidez”. Me habían enviado una señal del cielo, el buen Dios y la jodida cruz en la que monta. Aparqué frente a la pequeña capilla en doble fila, creo que olvidé cerrar con llave el coche.

Las iglesias siempre me habían transmitido una sensación de nerviosismo que soy incapaz de explicar con palabras. Una especie de corriente eléctrica que me recorre la columna vertebral. Esta vez tampoco fue diferente. Eché un vistazo rápido e intentando pasar desapercibido entre las pocas ancianas que oraban me deslicé hasta el confesionario.

-Padre…

-Um.. ¿eh?

-¿Padre?

-Dime hijo, dime.

-Padre, he pecado.

-Ey, existe un protocolo para estas cosas y aunque tú te creas muy importante debes respetarlo hijo.

-Claro padre – su actitud no ayudaba en absoluto-perdone, es que estoy nervioso.

-Vamos, adelante, no tenemos todo el día.

-Sí, sí. Mmm, hace… bueno, llevo toda la vida sin confesarme.

-¡Por el amor de Dios! No importa hijo, ¿cuáles son tus pecados?

-Bueno padre, resulta que hoy en el trabajo he tenido un día durísimo, tenía mucho trabajo atrasado, ya sabe, y mi jefe de sección no para de tocarme los cojones. Oh, lo siento padre, es la costumbre.

-Venga hijo, acelera y al grano.

-Sí, claro padre. Pues como le contaba en el trabajo…

-No me interesa tu vida hijo, los pecados, vamos.

Estaba apunto de estallar, yo siempre había pensado que los curas eran mucho más amables de trato, comprensivos y, por qué no decirlo, cotillas.

-La cuestión padre es… que… creo que he matado a mi mujer.

El cura no respondió, supongo que estaría impresionado y esperaba a escuchar algún detalle más.

-Hemos tenido una fuerte discusión. ¿Sabe padre? Normalmente la convivencia en el hogar es de lo más plácida, pero hoy ha tenido uno de esos brotes sicóticos que suelen tener las mujeres, estaría con la regla, supongo. En fin, la he empujado, ha caído rodando por las escaleras y creo que se ha roto el cuello. He tenido que salir corriendo, no soportaba estar metido en aquel lugar, olía a muerte.

Nada. Ninguna respuesta, imagino la ira contenida de aquel cura tratando de no soltarme una retahíla de insultos.

-Yo no quería hacerlo padre, tiene que creerme, tiene que…

-Oye hijo, ¿puedo hacerte una pregunta?

-Claro padre, supongo que sí.

-¿Tú crees que los negros la tiene más larga?

-¿Qué?

-Ya sabes, los negros, dicen que la tienen mucho más larga.

-No sé que decirle padre… pero esa no es la cuestión…

-Hombre hijo, alguna opinión tendrás. ¿No?

-Pues…sí, parece que la gente suele decir que la tienen más larga, pero…

-¿Se la has visto a algún negro?

-¡Padre!

-¿Se la has visto?

-Bueno, en los documentales de la 2, ya sabe, las tribus de África…

-¿Y qué opinas?

-Suelen estar bien para echar la siesta.

-Me refiero a la longitud…

-Ah, pues sí, parece que la tienen bastante grande la verdad.

-Entiendo…

Se hizo el silencio de nuevo. Me rasqué la barbilla y espere varios minutos antes de abrir la boca.

-¿Padre?

-Mmm ¿aún sigues ahí hijo?

-Sí padre, en cuanto a mi pecado…

-Claro, claro… tú pecado…déjame pensar…

-…

-¿Me prometes que serás un buen chico y rezarás todos los días?

-Supongo que sí…

-Eso está muy bien hijo. Badabín badabán, abracadabra yo te absuelvo de todos tus pecados. Puedes ir en paz hijo.

-Gracias padre…

Gritad devastación y soltad los perros de guerra

octubre 16, 2007

sin t�tulo - iraide

sin título – iraide

Y allí me encontraba yo, sentado en la silla de mimbre con los brazos apoyados en la mesa redonda de la salita. Los dos mirábamos las tazas de café que había sobre el tapete, incapaces de alzar la vista, era como viajar a la adolescencia,¡por el amor de Dios! Intente reunir todo el valor que me quedaba en el estomago y abrí la boca para decir algo, los dos lo hicimos al mismo tiempo. Mierda. Nos callamos y volvimos a bajar la cabeza…

-Bueno, ¿y si compramos algún juguete de esos?

La pregunta afloró de forma aparentemente espontánea en la cocina, mientras sacábamos la ropa de la lavadora. Llevaba todo el día planeando, estudiando y calibrando alguna manera para abordar el asunto, y a pesar de todo me cogió desprevenido.

-Errr, ¿un juguete? ¿a qué te refieres?

Tragué saliva.

-Ya sabes, esas cosas… consoladores,.. yo qué sé, no soy ninguna experta.

No respondí, era algo degradante. Continué colgando mi ropa interior. Por favor, en un matrimonio como el nuestro… ¿Cómo hemos podido llegar a este punto? El día de mi boda nunca hubiera imaginado que nos podría ocurrir algo así, es decir, pensánd… Sus sollozos me sacaron de mis elucubraciones.

-¡Pues algo tendremos que hacer, joder!

-Venga pequeña, no es más que una mala racha, estas cosas pasan en todas las parejas…

-Cállate…

Nos pasamos dos días sin hablarnos, disimulando nuestra incomodidad aplicándonos en las tareas del hogar, cada uno por su cuenta. Era algo deprimente. Recordé a mis padres y sus peleas de los domingos, era ya una tradición. Los portazos y los gritos eran fáciles de acallar subiendo el volumen de la tele. Me juré que a mí no me pasaría nunca, nunca. Tenía que poner fin a esta locura.

-De acuerdo

-Déjame en paz, no tengo ganas de oírte…

-Escúchame – le dije agarrándola por las muñecas – lo haremos.

-¿En serio? Había pensado que…

-Disfraces – fui tajante – serán los disfraces.

La habitación estaba a oscuras, fue una decisión tomada de mutuo acuerdo. Podía escuchar como se quitaba la ropa para ponerse algo nuevo por encima. Imaginé cuero, látex… a decir verdad no era tan mala idea, incluso podría resultar verdaderamente excitante.

-¿Estás lista?

-Enciendo a la de tres. Una, dos y tr…

Y se abrió la puerta del noveno infierno de Dante. El ojo rasgado de Buñuel. El tiburón de Hemingway . El Scyla de Homero. Las valkirias de Wagner. Los perros de la guerra de Shakespeare. Once more unto the breach. Nunca nada en la historia rasgó el tejido de la realidad de forma tan rotunda e incontestable.

No podía apartar mis ojos de aquella imagen. Sus hombros caídos y el pelo alborotado. Los pequeños pechos no podían rellenar el top de wonder woman, rojo y dorado, casi de mercadillo. Por la silueta de las bragas azul-lentejuelas asomaba algún bello púbico mal depilado. Yo no debía presentar mejor estampa, con mi máscara de luchador mejicano y las mallas a juego, mi peluda espalda al descubierto… mejor no seguir.

Nos metimos de inmediato en la cama, cada uno en su lado dándonos la espalda. Apagué la luz y me quite la máscara mientras escuchaba como ella intentaba ahogar sus lágrimas hundiendo la cara en la almohada.

Pesadillas de Sergio Leone

octubre 14, 2007

1716

1716- alejandra

El padre Buchamp dio un frenazo y las ruedas de su cádillac lanzaron una gran nube de polvo justo en frente del mugriento cartel donde estaba escrito el nombre de aquel lugar perdido de la mano de Dios: El Paso. Levantó el freno de mano y abrió la guantera. Sobre la Biblia estaba posada su Colt del 45 “double eagle”, cargador de 8 balas, 1205 gramos. Al padre Buchamp le gustaba llamarla su “polla mortal” de forma cariñosa.

-El Señor es un Dios de amor, pero más vale ser precavido.

Quitó el seguro de la pistola, se levantó la sotana y guardó el arma en el liguero de la pierna izquierda. Antes de bajar del coche abrió su libro sagrado por la página señalada. Un pequeño trocito de cartón impregnado en ácido hacía de marca-páginas improvisado. Se lo metió en la boca y lo centró en su paladar ayudándose de la lengua.El bar olía a mierda, a alcohol rancio, a sexo. Mmm. El inconfundible olor del sexo. Supo al instante cual era su sitio. Una voz interior, tal vez el LSD, no importaba demasiado. Una mesa redonda con 5 sillas, todas ocupadas excepto una. La suya.A su izquierda se sentaba el rabino Eskhol de Jerusalén. Un anciano, arquetipo del judío que con la cabeza apoyada en el Muro de las Lamentaciones gruñe sus plegarias con la Torá en la mano derecha y una M-16 en la izquierda. Saludó al padre Buchamp haciendo un leve gesto con su sombrero. Se limpió sus lentes redondas. Se mesó sus coletas. Eructó.

Siguiendo en sentido de las agujas del reloj sus ojos se encontraron con los de Mehmed Abd – ul Aziz , imán de Constantinopla. Era él quien repartía las cartas, el padre Buchamp prestó especial atención al cinturón de explosivos que tenía alrededor del cuerpo, unidos por un fino cable que terminaba en un dispositivo con un gran botón rojo.

El tercero de los jugadores era un viejo amigo de borracheras. El reverendo Smith de Alabama. Sus miradas se cruzaron y ambos torcieron los labios en un discreto signo de interrogación. Hacía tiempo que no lo veía, desde que aquellas niñas aparecieron muertas en su jardín para ser más precisos.

En la cuarta silla reposaba su culo un monje asiático, nadie le había oído presentarse. De hecho, nadie era capaz de recordar si había abierto la boca en toda la noche. Tenía las piernas cruzadas y los ojos cerrados. “Meditación” pensó Buchamp para sus adentros, “o tal vez el montón de cocaína que hay frente a él”.

Dejó a un lado esos pensamientos tan irrelevantes y se sentó en su sitio, pidió cartas y Mehmed no tardón en dárselas. El silencio de aquella mesa contrastaba con el ambiente ruidoso del bar. Nadie se prestaba a romper el hielo, a dar el primer paso. Pero el padre, tras devolverle los insultos que la reina de picas le había proferido, lanzó al aire la pregunta que todos esperaban:

-¿Y bien?

-Simplemente llegué hasta aquí Buchi – Smith siempre se refería de esa manera al padre, herencia de tiempos mejores.

-Es una señal, es incuestionable.- Al rabino se le iluminaban los ojos de emoción al pronunciar esas palabras.

-Señal o no, yo tengo un full de jotas y sietes.

Antes de terminar la frase el imán había comenzado a coger los billetes esparcidos sobre la mesa.

-Detente hereje, el señor bendice siempre a los rectos y justos. Poker de nueves.

Buchamp lanzó las cartas sobre la mesa para demostrarlo, enérgicamente, pletórico. Pero el imán no parecía tan contento.

-El infiel ha hecho trampa

-Demuéstralo sucio árabe.

Sucio o no, el “árabe” dio la vuelta al montón de descartes y para sorpresa de todos ahí apareció otro nueve más, el de tréboles, repetido. Todos sacaron sus armas al mismo tiempo. El padre Buchamp y el reverendo Smith apuntaron a Mehmet , que amenazaba con hacer estallar la carga explosiva que llevaba sobre su cuerpo. El rabino dudaba en la elección de su objetivo, todos le parecían igual de culpable o peligrosos, su Winchester no paraba de cambiar de dirección. El único que mostraba una tranquilidad absoluta era el monje anónimo que con sus ojos cerrados emanaba una tranquilidad enervante.

-Ey, vamos señores, no es más que un juego, podemos solucionar esto hablando como seres humanos civilizados – Smith el negociador

-Es una cuestión de principios joder, a mí nadie me llama mentiroso.

-Por Alá que todos saltaremos por los aires si el jodido cura no aparta sus manos de MI dinero.

-La partida está amañada. ¡devolvedme mi dinero!

-Tú cállate maldito judío, a nadie le importa lo que pienses, asesino de profetas.

-¡No era más que un maldito hippie!

-Serás hijo de puta – Buchamp cambió de objetivo y encañonó a Eskhol.

-Venga Buchi, joder, ¿qué más darán unos cuantos pavos? Compartir es de lo más cristiano.

-No dijiste lo mismo cuando le abriste la cabeza al monaguillo que se estaba tirando a tú mujer.

-¡Nadie mete la polla donde yo la haya metido antes!

-Pero si llevabas años sin tocarla

-¡Mi mujer es mía! ¡Mía! – Buchamp pudo ver como el revolver de su viejo amigo le apuntaba a la sien.

En ese mismo instante la cabeza del monje al que nadie había prestado atención se desplomó sobre el montón de cocaína que tenía frente a él, quedando enterrada hasta la altura de las orejas y esparciendo una buena cantidad de polvo blanco al aire. Esa fue la señal, todos abrieron fuego. El imán fue el primero en caer, sin tiempo para apretar el botón. Todos le siguieron. Los trocitos de sesos salpicaron el tapete verde y el aire se llenó de olor a pólvora. En el bar nadie se sobresaltó.

Impulsada por la curiosidad la camarera se acercó a la mesa de la discordia mientras mascaba su chicle. Levantó las cartas del monje y descubrió una escalera de color. Hizo estallar un globo de goma de mascar mientras se guardaba todo el dinero en el escote. No era una mala propina después de todo.