Archive for 30 septiembre 2007

Las 7 reglas

septiembre 30, 2007

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famosohombrecito – silvia

Nunca replicó a su madre desde el día en que murió papá. Aguantó estoicamente sus ataques de ira, sus depresiones y sus palizas aleatorias. Se aplicó en la escuela y obtuvo una beca para estudiar en la Sorbona parisina. Judicatura, leyes, derecho penal, derecho mercantil, derecho canónico. Una carrera decente una profesión respetada, todo lo que no tuvo en su infancia estaba ahora en sus manos. Una vida ejemplar y un porte orgulloso. Digno de admiración y respeto. Envidiable. 

Buscó una mujer no demasiado guapa ni lista. Él podía apuntar mucho más alto pero era precavido. Casarse no era más que otro trámite burocrático para alcanzar la cima en la sociedad de la capital. Un hombre soltero nunca sería respetado en las fiestas de alta alcurnia y jugaría con desventaja a la hora de optar a los ascensos en la corte suprema en la que había conseguido un más que excelente puesto de funcionario debido a sus sobresalientes logros académicos.  Nicole cumplía perfectamente las condiciones necesarias y pidió su mano al padre de la familia, como establece la tradición. 

Esperó dos años para tener a su primer vástago. No quería levantar sospechas entre sus colegas de profesión y ese lapso de tiempo le pareció el más acertado. Ni pronto ni tarde. Hacía tiempo que la pareja dormía en habitaciones separadas, el trabajo lo absorbía y no quería distracciones carnales y mucho menos emocionales. Estableció  el miércoles como el día para tener relaciones sexuales, a las 21:00. 

Perfecto. Decente. Decoroso. 

Los viernes jugaba a las cartas en el club de caballeros de la calle Mouffetard. Era bueno pero nunca ganaba demasiado, ganar demasiado no era honorable y estaba mal visto. A las 23:15 caminaba de vuelta a casa y repasaba los logros de la semana y sus futuros quehaceres. Siempre atravesaba un pequeño parque en el que las señoras de edad avanzada se reunían para chismorrear sobre sus amistades y vecinos. Cuando se acercaba a alguno de los grupos de ancianas se bajaba los pantalones hechos a medida junto con sus calzoncillos. Blandía su miembro delante de ellas y se masturbaba mientras las señoras reían y aplaudían. Cuando estaba apunto de eyacular hacía un gesto con su mano libre y las mujeres se peleaban por recibir su semilla en las manos. Después se volvía a vestir y se despedía de su público para dirigirse a casa. 

Perseverancia y disciplina. Así se llega a la cima.

 

De copas

septiembre 18, 2007

9

9 – amaiur

-Bueno, ahí tienes a Platón, Sócrates y Aristóteles, todos juntos…

-¿Griegos? Eran todos unos maricones.

-¿Y qué cojones tiene que ver eso?

-Nadie que sea inteligente se hace marica. Qué ganas tiene la gente de complicarse la vida…

-Vale, vale, de acuerdo. ¿Qué me dices de Schopenhauer, Wagner, Nietzsche…

-Y Hitler, no olvides a Hitler.

-Ya estamos otra vez con el puto Hitler, ves a Hitler en todas partes. ¿Qué coño te pasa? ¿No serás un maldito judío?

-¿Acaso tengo cara de judío?

-Lo que tienes es cara de no haber follado en mucho tiempo, no encuentro otra explicación.

-Vamos, que te das por vencido.

-De ninguna manera. Catón, Cicerón, Maron, Ovidio y Petronio. ¡Ja!

-Tal vez se te olviden Nerón y Calígula. Algún incendio, algún caballo, ya sabes, esas cosas.

-Mierda joder.

-Lo siento tío, vas a tener que pagar la ronda. Ya te lo había dicho, en ningún país en ningún momento histórico la inteligencia ha quedado exenta de una pesada lona de estupidez. Y la cosa pinta negra en estos momentos.

-¿Pero qué dices? Modelos de hélices dobles, teorías de cuerdas, silicio y equilibrios gravitacionales.

-A distancias astronómicas o de tamaño microscópico.

-Puede que la respuesta esté ahí.

-Puede que hayas bebido demasiado, ¿no crees? Tan lejos, tan cerca, pero todavía temerosos de la muerte. Flagelándonos en Semana Santa, rezando a la Meca, votando a siglas vacías.

-…

-La inteligencia ha muerto amigo y no parece que vaya a salir de su tumba en un tiempo.

-¿Al final quedaste con Noa?

-Sí.

-¿Y te la tiraste?

-Ya lo creo.

-Jajaja. Qué grande eres colega.

De Razones

septiembre 16, 2007

sin ttulo

sin título – NaroaLaRubia

Aferrado al fusil soy incapaz de levantarme, de caminar, ni siquiera de alzar la vista. Las explosiones han cesado hace rato pero el recuerdo del estruendo es demasiado reverberante como para olvidarlo. No debería mirar a mi alrededor pero el morbo de la muerte es mucho más poderoso y sugestivo que el miedo. Abro los ojos y levanto el casco de metal que tanto me incomoda. Cadáveres. Es fascinante, no eres capaz de entender la fragilidad del cuerpo humano hasta que la metralla arrojada por un proyectil de mortero lo despedaza. Las esquirlas de metal seccionan tendones y rompen huesos como si fueran mantequilla, sin hacer ninguna distinción. En un abrir y cerrar de ojos el compañero de batallón que apuntaba a la línea del frente sale disparado doblando los miembros en una posición totalmente antinatural, cae al suelo. Lo más horrible es saber que eres consciente de sus heridas mucho antes que él mismo. La pierna derecha arrancada de cuajo a la altura de la rodilla dejando al descubierto el hueso de un color azulado, varios cortes en el abdomen por el que se pueden entrever los intestinos que amenazan con desparramarse por el suelo violado, una y otra vez.

Es mejor tratar de olvidar esos nombres y esos lugares de los que proceden, no tiene demasiado sentido sentir algún tipo de aflicción por ellos. Están muertos y con ellos mueren sus hermanos y sus padres, sus novias y mujeres, sus ciudades natales, sus historias y sus sueños, sus mentiras, sus bravuconadas. Olvidar y levantase suelen convertirse en sinónimos en esta clase de situaciones extremas, no nos engañemos. ¡Vamos!

Las ruinas parecen desiertas, el olor de la pólvora se mezcla con el de las heces cagadas por los cuerpos ya muertos, su último “suspiro”. Cojo la munición de las cartucheras de mis compañeros, ya no la van a necesitar nunca más. Pienso en la venganza por un breve instante, luego la olvido, más o menos. Luego pienso en una mujer en ropa interior sobre el colchón de la cama de mi casa, pero no me excita. Luego pienso en mi mujer. Luego en un desayuno compuesto de un café con leche y un bollo en la cafetería que hay justo al lado de mi portal, entre el estanco y la frutería. Luego no pienso en nada. En nada en absoluto.

Empiezo a correr a toda velocidad intentando recordar lo que dice el manual de suboficiales sobre estas situaciones, pero soy incapaz de recordar una sola palabra. ¿Debería buscar cobertura? No, claro, párrafo tres del cuarto capítulo, recuento de bajas y daños en el material. Mientras sigo corriendo me doy cuenta de que toda la unidad ha muerto y que es bastante estúpido hacer una lista de los fallecidos. “Acabaríamos antes haciendo la de los vivos” pienso para mí mismo. Sería un buen chiste para contar al sargento, pero está muerto como los demás.

Con la cabeza metida entre las nalgas del humor negro no puedo evitar caer en el agujero creado por un obús del ochenta y ocho. Siento un ligero mareo del que me recupero de inmediato. Cuando abro los ojos no puedo creer lo que veo. Un uniforme, pero no es igual que el mío, es totalmente distinto, de un color más oscuro y un sistema de graduaciones diferente. Dentro del uniforme hay algo que se mueve, oh, un cuerpo, tal vez un ser humano que levanta apresuradamente su subfusil apuntándolo hacia mí. Y yo, que lo he ensayado mil y una veces, que lo he memorizado, que he sido adiestrado para responder de forma instintiva hago lo mismo, tembloroso pero seguro de mis intenciones. Matar. Y es que a eso se reduce todo esto ¿no? Es la ley más antigua de este mundo: matar para no morir, estoy en mi más sagrado derecho de apretar el gatillo y hacer que esta bala del sietepuntoveintidós atraviese su cerebro repleto de imágenes, recuerdos, sensaciones. Pues es él o yo. No hay que ser muy inteligente para tomar una decisión en estos momentos. No nos piden ser listos. Nos piden matar.

Y todo es más fácil cuando odias, cuando odias de verdad, cuando sólo hay odio. ¿Cuánto vale una vida odiada? Tal vez la mitad que una vida indiferente y sólo una décima parte de una vida querida. Siempre suspendía matemáticas en el instituto. Pero centrémonos. La situación me recuerda a esos viejos westerns americanos, buscando algún tipo de justificación espero la señal de mi enemigo para disparar, pero esta no llega. Y mientras espero no puedo evitar mirarle a la cara, tiene la edad de mi hijo, probablemente vaya a beber cerveza los viernes por la noche a algún bar buscando una chica bonita con la que poder flirtear. Bromeará con sus amigos sobre chistes verdes y su madre tendrá una foto de su hijo vestido de uniforme, orgullosa.

“Enmimismado” me doy cuenta de que he olvidado prestar atención a su arma, pero él tampoco ha disparado, me mira con cara asustada, dubitativa, perdida. Tal vez le recuerde a su padre, y puede que piense en esos días que solía pasar pescando con él en un mundo, probablemente, más azul de lo normal. No conozco su idioma ni sus costumbres, seguramente sea incapaz de pronunciar su nombre correctamente. Pero odiar… no puedo odiarlo, no soy capaz de aborrecer a alguien de quien no sé nada. Es curioso. Hasta este momento nunca me había preguntado el porqué de estar aquí, de empuñar un arma cuyo único fin es matar a alguien que no conozco, a alguien, al fin y al cabo, que no me ha hecho ningún mal.

Pongo el seguro y bajo el arma, la verdad es que no me importa demasiado morir. ¿Por qué estamos aquí, es esta zanja, en este maldito agujero de mierda? Sé que el se pregunta lo mismo ya que ha bajado el arma al igual que yo. Las explosiones han cesado y un enervante silencio inunda el ambiente. Nos sentamos, aliviados. No puedo decirle nada, no me entendería pero no lo necesitamos, tenemos lo que todos siempre ansiamos en estos momentos: un poco de silencio, un poco de paz. Le ofrezco cigarros, él me da chocolate. Me gustaría decirle que nos escapáramos, que desertáramos, que nos largáramos lejos de aquí, pero no me entendería. Que nos fuéramos a pescar, a flirtear con rubias mujeres de grandes escotes. Ha empezado a llorar y creo que sé porqué. Pero qué más dará. Le hemos fallado al país, a la bandera, al rey, al presidente, a la carta magna, a la administración, a los autobuses y a los adoquines. A las manzanas de los árboles y a los interminables campos de cultivo.

Entre lágrimas me sonríe y comienza a hablar. No entiendo nada, gesticula y parlotea muy rápido, excitado. Me enseña una foto en blanco y negro de una mujer más bien fea y rellenita. Y de pronto se oye un silbido largo y agudo, ambos miramos al cielo y nos cubrimos la cabeza, hechos un ovillo. La explosión tapona los oídos y entumece las articulaciones. Calor, calor, calor, calor, calor, calor, calor, calor, calor. Sangre caliente. He perdido mi brazo y mi pierna izquierda. Grito como un cerdo mientras pienso en un nombre. El nombre a quien he ofrecido mis miembros seccionados, pero todo se queda en blanco. El chico me apunta con el arma y duda. Está asustado. Negociamos con la mirada pero él tiene todos los ases. Suplico en mi idioma consciente de que no va a ser capaz de comprender nada en absoluto. Entre lágrimas aprieta el gatillo… No tiene balas, al parecer, así que desenfunda su cuchillo y se abalanza sobre mí gritando, poseído por esa furia artificial tan fácil de infundir en los seres humanos. Me chilla, supongo que me insulta mientras me clava la hoja en el pulmón derecho. Noto la sangre que inunda mi sistema mientras veo a la joven figura alejarse corriendo. La vida se me escapa y aún no soy capaz de comprender el porqué.

 


Café

septiembre 11, 2007

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29082007677 -dovidena

Al volver de la consulta del médico no puedo sino recordar sus palabras de despedida: “Debemos ser fuertes”. Dejo la chaqueta sobre el sillón de la sala mientras le doy vueltas a esa palabra. “Debemos”. No puedo reprimir una carcajada que suena de lo más macabra en el apartamento vacío. “Debemos”.

Me preparo un café y decido abrir el periódico. El mismo desfile de cada mañana. Las caras inexpresivas, las caras muertas. Las caras de los antiguos matones de clase, de los viejos zombis sin sueños que mataban el tiempo sin saber muy bien qué esperar. Todos ellos ahora convertidos en los sagrados timoneles de este país. Virus, langostas grises y azules. Enfermedades.

Pero “debemos”. Siempre “debemos”. A pesar de que al cerrar esa puerta blanca soy yo el que debe, sin nadie más, pudrirse poco a poco por dentro. Ese pequeño hijo, que diría Coetzee, que te va devorando las entrañas. Conectado a ti por otra clase de cordón umbilical, comiendo y bebiendo lo mismo que tú, pero incapaz de nacer, incapaz de salir, abriéndose paso a costa de ti, de tu vida.

Opto por la televisión, pero los tentáculos de mi enfermedad se extendieron hace mucho tiempo hasta esa pantalla, infectándolo todo. Gente que mastica vidas sin pudor, que conspira como en un palacio bizantino. ¡Muerte! ¡Muerte a la inteligencia! ¡Muerte a la vida! Muerte 3×2, muerte de rebajas. Decretos, leyes, manifiestos que no comprendo. Palabras, siempre las mismas palabras encajadas en las repetitivas frases de siempre embotelladas en los discursos de toda la vida que nada pueden significar en ningún idioma.

Y todos “debemos”. Lo dicen el oncólogo y los señores trajeados de la tele y el periódico. Una ráfaga de aire me golpea en la cara al abrir la ventana. No tiene demasiado sentido luchar si no existe posibilidad de vencer.

Lo han logrado al fin, convertir el vacío en virtud. La larga cruzada etimológica ha logrado alzar la estupidez al nivel de única y verdadera fe. Todos abren la boca, todos la abrimos para no decir nunca nada. Veneraremos nuestra enfermedad hasta la tumba.

Porque todo es un cáncer. Ellos son un cáncer. Alimentaremos nuestros tumores hasta el día de nuestra muerte, con los órganos consumidos, negros, abotargados. Células hambrientas, líderes ávidos de organismos muertos. No veo tanta diferencia. Siempre estás solo, derrotado desde un principio, esperando en la cama, sedado, a que alguna de las dos enfermedades acabe antes contigo.

De cunas

septiembre 7, 2007

26 - Lisa

26 – lisa

Ahora que tu madre se ha quedado dormida vamos a tener una charla tú y yo. Solos.-dijo, apagando la luz de la habitación y encendiendo después la de la mesilla.

Crecerás. Crecerás y me admirarás. Me admirarás por pequeños detalles que no querrán decir nada en el mundo real. Por pequeños gestos y hábitos, todo ellos inconscientes. No te engañes, probablemente no signifiquen nada, lo más posible es que no sean más que frutos de la casualidad que divinizarás sin caer en la cuente de que no es más que tu ego desmedido el que habla por ti.

Crecerás. Oh sí, crecerás y me odiarás. Y escribirás una y otra vez en tu diario que nunca decidiste venir a este mundo. Despotricarás contra mi enorme egoísmo al ir en tu contra esgrimiendo argumentos que sonarán de lo más ridículos en tu inocente cabeza. Incluso (shhhhh, que no te oiga nadie) me llamarás hijo de puta entre dientes.

Llorarás. Llorarás porqué conocerás el desengaño y te abandonarán, te harán daño. Y harás llorar. Porque abandonarás y harás daño. Te creerás con derecho, te sentirás realizada al vengarte con algún inocente. El mundo te lo deberá todo y tú estarás dispuesta a cobrarte la compensación. Regalarás besos vacíos como una buena femme fatale sólo para suplicar de forma humillante por otros en tu habitación.

Mirarás. Mirarás al cielo y al mar. Al cubo de la basura y al vecino rumano. A la mano de cartas y al enchufe. A los ojos, a los culos. Al cigarro encendido que no termina de consumirse. Mirarás muchas agujas de reloj, muchos horarios de autobuses. Te mirarás, hasta el hartazgo. Intentando desesperadamente encontrar algún tipo de relación entre ese rostro y tu nombre. Algún detalle que antes se te pasó por alto.

Sentirás. Te sentirás como una puta barata. Porque aprenderás inglés, francés y alemán. A mantener conversaciones interesantes. Los refinamientos más variados. Visionarás todas las películas de culto y escucharás la mejor música. Habrás leído a Stendhal y a Blake. Pero a pesar de todo, sólo querrán follarte a cuatro patas. Y te gustará.

Mentirás. Mentirás para conseguir lo que quieres. Todo estará a tu alcance. Y cuando empieces a mentir no pararás. La vida será mucho más fácil así. Todo olerá, ja, a blanco y a limpio. Pero te darás cuenta, demasiado tarde, de que la mierda corre más cuesta abajo.

Encontrarás. Encontrarás a alguien que te hará sentir como si todo tuviera sentido y siguiera un patrón determinado. Pero estarás demasiado acostumbrada a representar un papel distinto con cada persona y en cada situación. Y te asustarás al darte cuenta de que, tal vez, no seas tú la persona que tanto lo ama, sino más bien una de tus muchas personalidades paralelas creadas de forma artificial para escapar a la desagradable e incomoda realidad. Y por supuesto, la joderás. La joderás bien.

Todo. Todo tendrá poco sentido. Se te acabarán los cigarros en medio de la noche. Y no habrá, nunca, ningún bar abierto donde poder comprar.

Buenas noches preciosa.