Archive for 28 agosto 2007

Perros de Pavlov

agosto 28, 2007

untitled - alejandra

untitled – alejandra

A veces tienes días perfectos. Lo malo, sí, siempre suele haber algo malo. Como decía, lo malo es que tendemos a relacionar los momentos antes mencionados con ciertos acontecimientos o fenómenos que se producen inevitablemente en esos instantes. Haz memoria. Las nubes ocultaban parcialmente un Sol no demasiado brillante. Subiste al tren de las 17:23. Pi pi pi pi pi. Con dos franjas rojas. Echaste un vistazo, no te gustaba encontrarte con gente conocida. La gente que conoces te habla y te invita a sentarte a su lado. Te obligan a mantener conversaciones estúpidas que incomodan a ambos interlocutores. 19 minutos, 7 paradas.

Se abrieron las puertas y saliste de un salto. Cuando comenzasteis a acercaros empezó a llover. Os empapasteis mientras os mirabais. Puede que la felicidad sea eso. Que el mojarte te importe una soberana mierda. No lo sé.

Ahora apoyas la frente en el cristal de la ventana y observas como llueve mientras sientes nauseas. Cierras el libro porque no puedes concentrarte en la lectura y los ojos se posan en un punto indeterminado, a lo lejos. Te gustaría alzar el puño y maldecir al cielo. Pero lo piensas más detenidamente y te das cuenta de que te sentirías ridículo.

Ahora tomas el tren de las 17:23. Como siempre, supones. Ha cambiado el color de sus dos franjas rojas. Botón verde. Pi pi pi pi pi. Se cierran las puertas y vuelves a sentarme en el asiento individual y plegable al lado de la entrada. Echas un vistazo, no te gusta encontrarme con gente conocida. Ya sabes…toda esa mierda de las conversaciones. El recorrido es el mismo. 19 minutos. 7 paradas.

Ahora esperará otros trenes, tal vez otros autobuses. Sería horrible que esperase metros. Ya lo creo. Y supongo que es inevitable imaginarse la cara que pondrá cuando se abran las puertas. Sus gestos. La forma en la que cruza las piernas cuando está sentada y distraída. La manera en la que busca con la mirada entre todos los pasajeros.

Nadie te espera en tu parada. Lo sabes. Y claro, ya nada es lo mismo. El objetivo de este viaje nunca ha sido trasladarse de un punto a otro. No. La cuestión es, y ha sido siempre el ser esperado. ¿Por qué coges el maldito tren de las 17:23? Tal vez no sea más que un intento por recordar y sentir algún tipo de punzada en el estomago. Alguna emoción, no lo sabes. Ya no es divertido, nunca lo fue. Incluso las náuseas son mejores que la apática tranquilidad de saber que no hay nada más. Este viaje tampoco logrará hacerte llorar o reír.

Te bajas en la penúltima parada. Aquí tampoco te esperan pero al menos nadie lo hizo antes.

Arquitectos de fin de Semana

agosto 19, 2007

  sin ttulo

sin título – miriam

– Apenas me conoces, realmente no sabes absolutamente nada de mí.

– Cogí decenas de pequeñas piedras con forma de ladrillo y comencé a poner los cimientos. De forma algo aleatoria al principio, aunque con el tiempo el diseño en mi mente fue tomando mayor consistencia y exactitud. Surgían los espacios y las paredes. Un escalón tras otro formaron las escaleras de caracol. La fachada escupió sus balcones como por arte de magia. Todo sobre el papel. Bueno, no esa clase de papel.

– ¿Cómo puedes si quiera sentir esa clase de interés?

– Cada idea, cada ilusión, cada necesidad. Todas ellas pequeñas piedras con forma de ladrillo.

– Crees saberlo todo pero a mí me pareces un estúpido pretencioso.

– Cada vez que abres la boca, cada una de las palabras concuerda con el lugar en el que deposité el ladrillo correspondiente y…

– ¿De que coño hablas?

– … y no puedo sino asombrarme y sentir aún más curiosidad (si cabe).

– Mira tío, eres raro ¿vale? Será mejor que te largues.

– No puedo. Tengo que terminar el edificio, tengo que ver si todo concuerda. Necesito saberlo, es mi obra, es parte de mí, es de mi sangre.

– Pero ya te he dicho que ni siquiera me gusta leer.

– No había construido ninguna biblioteca en él.

– ¡No vuelvas a llamarme maldito maníaco hijo de puta!

 

De Pelos Negros

agosto 19, 2007

El tacto de la almohada

lisboa

Lisboa – monty

El cuadro al completo le causaba pavor. Pero eso nunca lo reconocía delante de los amigos, en el bar de la calle adyacente a la de su casa. Discutían acaloradamente sobre deportes y política. Nunca le gustaron ninguno de los dos pero la alternativa solía ser aún peor. A veces Sali se pasaba por el lugar. Sali era puta. Él le hablaba del trabajo y de los hijos después de los sórdidos polvos que tenían en el baño. Sali lo hacía sin condón, era la única forma de que se le levantara. Sali dejaba que le pegara. Sali era un ángel.

Volvía a casa en su viejo renault 14. Algo tocado. Algo borracho. Lo aparcaba a varios metros de su casa, para no hacer ruido. Metía la llave en la cerradura muy despacio, para no hacer ruido. Cerraba la puerta con sumo cuidado, casi como un ritual milenario, casi como una operación quirúrgica, para no hacer ruido. Quitarse la ropa, ponerse el pijama. Uno, dos, tres.

El tacto de la almohada. El sonido que producen los dígitos del despertador al cambiarse. El sabor en el paladar después de un día de paquete y medio. Esas eran las cosas en las que se fijaba al llegar la noche. Esas eran sus excusas. Cuando reunía el valor suficiente se giraba a su izquierda. Siempre se fijaba en la nuca. Había comenzado a poblarse de bello. Eran pocos pero muy largos y negros. Eso le repugnaba. Su aliento le disgustaba. Lo mismo ocurría con la ropa interior que usaba para dormir.

¿Pero qué podía hacer él? El pelo empezaba a caerse y el problema de impotencia iba agravándose cada día. Allí afuera no había nada para él, en el mundo real. Allí todo era oscuro y peligroso. Todo era nuevo. Todo era… inalcanzable. Todo costaba dinero, esfuerzo. Todo era tan irreal como aquí. O al menos eso creía él. Al menos eso esperaba él. Eso deseaba cada noche. Por cada pelo largo y negro. Por cada rulo, por cada mascarilla de… de lo que se pusiera en la puta cara.

Pensó en tocarle un pecho, para ahuyentar la dolorosa sensación de monotonía y sinsentido. Alargó la mano. Estaba cerca ya. Pero se detuvo. Mierda. No era una buena idea, en absoluto. Le entraron arcadas al pensar lo que tendría que hacer después. Lo que tendrían que hacer ambos empujados únicamente por el protocolo universal del matrimonio. Para engañar al otro, para engañarse, una vez más, a si mismo.

Abrió el cajón de la mesilla y cogió uno de los somníferos. Se lo metió en la lengua y trato de tragárselo con la única ayuda de su saliva. No quería levantarse a por agua, podría despertarla. Le costó horrores, necesitó cuatro desagradables intentos.

No hubo sueños esa noche, como siempre.

Fin del Viaje

agosto 4, 2007

arbolito - iraide
árbol – iraide

Caminó penosamente los últimos metros hasta la roca situada en la cima de aquella colina. Dejó el bastón en el suelo y se quitó el sombrero de una forma demasiado ceremoniosa. Miró a su derecha. Miró a su izquierda. No había nadie. Se rascó los cojones. Lentamente al principio. Pero, confiado como estaba él, no tardo en hacerlo de una forma más rápida y un tanto obscena.

Viajó todos estos años intentando buscar algo. Intentando buscar eso. Algo. Eso. El barrio judío de Praga, la comuna de París. Todo el Yemen. Los fumaderos de opio del Cairo. Las cloacas del Londres victoriano. Las ruinas del Berlín de posguerra. Los fiordos noruegos y los mataderos de Yak del Nepal. Conoció hombres y mujeres de ojos rasgados, de tez negra como el jodido carbón. Miró en sus cavidades corporales, tratando de encontrar algo. Tratando de encontrar eso. Algo. Eso.

Se sentó en bancos a la orilla de innumerables ríos. Soñó en distintas camas. Deambuló, al fin, intentando tropezarse con algo. Intentando tropezarse con eso. Algo. Eso. Vomitó sus sucias entrañas en los callejones de todos los bares. Se dejó robar por niños con pistolas.

Y es ahora, mesándose su larga barba, cuando se da cuenta de que realmente nunca anduvo detrás de algo. Detrás de eso. Algo. Eso. Sino más bien todo lo contrario, tratando inconscientemente de perder algo. Perder esto. Perder aquello. Algo. Esto. Aquello. Perder a los demás. Perderos a vosotros. Vosotros.

Vivió su vida creyéndose especial, imaginando que era único, tratando de marcar la diferencia, de distanciarse, de sentirse, por un momento al menos, por encima de los demás. Pero mirando dentro de su sombrero, leyendo sus pliegues producidos por la humedad comprendió, al fin, que lo único realmente importante es saber que nada importa demasiado en realidad. Que un hombre puede encontrar y perderlo todo, y que nada cambia de todas formas, que el mundo no deja de girar. Que siempre, al fin y al cabo, le quedará rascarse los cojones.