Estertores Fanzine

marzo 19, 2016

http://estertor.es/

Relatos del Trapi (III)

julio 11, 2013

http://www.elcorreo.com/vizcaya/20130711/mas-actualidad/sociedad/37grados-201307101505.html

Relatos del Trapi (II)

febrero 22, 2012

-Tengo una extraña virtud.

Me lo dijo mientras pasaba las páginas del periódico sobre la barra del bar. Sin apartar la mirada de los titulares, aunque no creo que los estuviera leyendo realmente. Fue él quien comenzó la conversación, yo no había dicho ni mu. Estaba a lo mío, bebiendo una cerveza, la tercera creo recordar, mientras miraba el recorte de periódico que el dueño tiene enmarcado en la pared, en el cual puede leerse una especie de reseña sobre el Trapi encabezada por un dibujo de Frank Zapa. Pensaba en lo curioso del asunto, si es que tiene algo. También pensaba en la noche anterior, en como la camarera del Antzoki me había regañado por fumar dentro del local. Pensaba en la respuesta que le había dado y en su boca torcida al oírla.

-Tengo una extraña virtud. Una nefasta virtud.

Aquel tío era bajito y creo que aparentaba más años de los que había cumplido. Algo regordete y con una alopecia avanzada. Bueno, era bastante gordo y totalmente calvo, ya me entendéis. Creo que sufría de algún tipo de problema visual, acercaba mucho la cara al periódico. Yo me giré unos 90 grados para encarar al hombrecillo.

-Tengo una virtud defectuosa.

Si me encendí aquel cigarro fue por la cantidad de gente que había entre la salida y mi persona. También estaba el molesto hecho de no poder sacar la bebida a la calle. Y la chica aquella del tatuaje en la nuca. No podía dejar de mirar aquel dibujo en su pálido cuello, como de media luna o algo parecido. Bueno, en realidad sí que se pueden sacar bebidas a la calle. Tienen una especie de mesa negra entre la puerta y el segurata para que apoyes tu vaso mientras fumas o haces lo que sea que habías salido a hacer.

-Soy capaz de recordar perfectamente afrentas y situaciones desagradables largo tiempo perdidas en el tiempo.

La chica del tatuaje estaba bailando y de vez en cuando giraba sobre sí misma, lo que me permitía verle la cara en cada vuelta. Tenía los ojos pequeños y entrecerrados, haciendo que el negro de su iris fuera lo único que quedase a la vista. Eso le confería un aspecto feroz, de mala hostia, de pocos amigos. No sonreía. Cantaba abriendo muy poco la boca. La música no me dejaba oír su voz.

-Las recuerdo todas tan bien que me golpean como si me acabaran de suceder  ahora mismo.

Tenía el pelo corto, como anaranjado, como rubio, como no sé. Lo que si estaba claro era que aquella chica debía ser menor que yo. Bastante. Tal vez 3 años. Probablemente 10. Yo creo que unos 5 o 6. Pero parecía bastante madura ¿verdad?

-De pronto me invade ese recuerdo. Me llena.

Tampoco es tan malo eso de la diferencia de edad. Vamos, digo yo.

– Y lo siento como si fuera el presente. Y si me cruzo con la persona que causó tal situación, bajo mi perspectiva, sin poder evitarlo de ninguna manera, lo convierto en el objeto de mi rabia.

Peor es el tener algún tipo de fetiche enfermizo como, qué sé yo, las anoréxicas o las mutiladas. La zoofilia. O las chicas muertas.

-No sé cuáles serán las fuerzas que rigen el universo, pero cada vez que me sobreviene alguno de esos recuerdos, como si de un imán viviente me tratase, empiezo a atraer a todas las personas que fueron responsables de esas humillaciones.

Aunque, pensándolo bien, llevo ya un tiempo masturbándome mientras veo el vídeo en el que me grabé en pleno polvo con aquella otra chica tan mona y que años después murió en un accidente de coche. No sé si eso cae dentro de alguna rama de la necrofilia.

-Y cuando se acercan a mí los mando a la mierda sin dar ninguna explicación, como si no viniera a cuento.

Ya no me acuerdo de qué cojones le respondí a la camarera.

Adiós/Agur (15 de 1000)

febrero 16, 2012

Jesús Benavente era un vigilante de seguridad de una empresa, cuyo nombre no viene al caso ¿verdad?, de hoja de servicio impecable, años de experiencia e incluso cierta fama entre los de su profesión gracias al homenaje personal que le dispensó la presidenta de la comunidad de Madrid por un acto heroico realizado en horas de servicio. A pesar de no tener un buen porte y de que la barriga había sobrepasado hacía tiempo ese fatídico punto de no retorno en su inexorable curvatura, Jesús Benavente siempre parecía estar rodeado de un halo de masculinidad de palillo y bigote.

Pero fíjense ustedes cómo son las cosas. La sucursal bancaria sita en la plaza de Lavapiés, justo al lado de la salida del metro, en la que Jesús Benavente llevaba años trabajando de una manera muy profesional y diligente, incluso demasiado dirían algunos, fue asaltada una mañana de febrero. El ladrón, joven e indefinido como suelen serlo por ésta zona de la ciudad, no respondió a sus altos y espéreses. Como las famosas imágenes de la chavalería cargándose el muro de Berlín para la vieja guardia soviética, éste acto de desprecio hacia su puesto, uniforme y bigote, hirió el orgullo de Jesús Benavente de la forma más profunda posible. No un orgullo cualquiera como el suyo o el mío, no señor, era ésta una brutal castración de la hombría de un héroe. Y como todo hombre que digne a llamarse como tal, al sentir que el tamaño de sus testículos era, no cuestionado, no, peor aún, ignorado, Jesús Benavente hizo lo único que podía hacerse en tal situación. Sí, sacó su pistola, apunto al chaval y le descerrajo 2 tiros por la espalda.

Algunos dirían después que fue mala suerte. Otros, los menos, que tal vez los 2 o 3 coñacs que se tomaba en el bar de apuestas que hay justo en frente de la sucursal cada mañana pudieron haber tenido algo que ver. Como toda leyenda heroica, la gesta de Jesús Benavente necesita de rumores que sirvan de adornos insustanciales y decoren la gallarda escena de la obra. Y como tal los despreciamos, como se despreciaron en su día. Por irrelevantes e insustanciales. Por infantiles. Lo único seguro es que una de las balas impactó en el gran cártel que colgaba del techo por dos cables metálicos y que llevaba inscritas las siglas de la eminente casa bancaria. La otra se le alojó en el cerebro a una señora de 78 años, residente de tan castizo barrio que, como cada mes, se disponía a pagar los 25€ de renta antigua de su coqueto piso. La autopsia diría después que la bala, al ser de tan pequeño calibre, se rompió en mil pedazos al atravesar el cráneo de la señora por el hueso parietal. La metralla, ya privada de su velocidad inicial, aún consiguió abrir cientos de finísimos surcos en su cerebro hasta detenerse y quedar rodeada de masa encefálica.

El ladrón, probablemente asustado por las detonaciones, huyó del lugar sin botín alguno. Jesús Benavente, aturdido por lo sucedido, tardó varios segundos en reaccionar y salir tras él. En la calle el día empezaba a despuntar y el astro rey cegó por unos instantes a Jesús Benavente. Con la celeridad digna de un héroe de acción, alzó la mano que tenía libre y usándola a modo de visera y entrecerrando los ojos, consiguió apuntar su arma hacia el prófugo y realizar un tercer disparo. Mucho se ha debatido en torno a éste punto. Parece ser que los teóricos de la conspiración encontraron un dudoso punto de apoyo para sus delirantes acusaciones en el hecho de que, habiendo enfilado el ladrón la calle de Lavapiés en dirección a Tirso de Molina, la bala impactase en el cuello del conductor de taxis, de origen marroquí, estacionado en la parada de la plaza. El desgraciado hecho también debió de confundir a los transeúntes magrebíes y subsaharianos del lugar para que, dejando de lado sus típicas disputas para ver quién se queda con qué esquina para sus trapicheos de poca monta, se uniesen en una espontanea turba que se abalanzó sobre Jesús Benavente. El vigilante, viendo peligrar su integridad física, no tuvo más remedio que realizar otro par de disparos. Un hombre cayó al suelo entre horribles gritos de dolor mientras se llevaba sus manos al estómago. El populacho soliviantado, víctima de lo efímero de sus convicciones y la débil cohesión moral de los individuos que la forman, huyó despavorido dejando a Jesús Benavente libre para continuar la persecución.

Lo intenso suele ser sorprendentemente breve. Por eso nadie se extrañó al saber que Jesús Benavente tropezó a los pocos metros de la sucursal del banco con el bordillo de la acera que separa la plaza propiamente dicha de la estrecha carretera, con tan mala fortuna que, al caer, se rompió el cuello quedando inerte en el suelo. Y es que parece inevitable,  en toda homérica epopeya, el trágico final que rubrica la leyenda y la eleva al altar de la inmortalidad para quedar grabado en el imaginario colectivo de todo un pueblo.

Jesús Benavente fue enterrado con honores después de un funeral de estado al que asistieron varios representantes de la casa real, del gobierno de la nación y la propia presidenta de la comunidad, su noble marido e incluso su amante. Tal era la ocasión. Una estatua ecuestre fue erigida en el centro de la plaza que le vio morir por sus ideales y su patria, y una placa descubierta con su nombre y el epígrafe en el que puede verse el logotipo de la empresa de seguridad para la que trabajó toda su vida. Si usted se pasa por la sucursal o el bar de apuestas de enfrente, también podrá admirar las sendas fotos enmarcadas de Jesús Benavente, un nombre que ya es parte de nuestra Historia. Con hache mayúscula.

Del joven ladrón nunca se supo nada.

Adiós/Agur (14 de 1000)

febrero 11, 2012

Cada calada, como si fuera la última, cada polvo, como si te fuera la vida en ello. Los libros son finitos, los encuentros sexuales son finitos, pero las ganas de leer, las ganas de follar son,  esencialmentente, infinitos, sobrepasan nuestros miedos, nuestras esperanzas de paz, nuestros deseos de decir basta, nuestros límites, nuestros muros, sobrepasan la razón, sobrepasan las leyes no escritas que nos dicen NO.

BSO Segundo Cajón vol.6 – Ez dago bide samurrik

diciembre 24, 2011

Idorteak dirau.

Prometeo

diciembre 21, 2011

Ángel Caído (Parque del Retiro – Madrid)

En realidad, la historia de Lucifer tiene mucho en común con el mito prometeico. Si nos fijamos en el yezidismo, que es mucho más antiguo que el propio cristianismo, pero mucho eh, el ángel caído se rebela contra Dios para poder otorgar la sabiduría al hombre. Aunque castigado en un principio, Dios vio que lo que hizo fue bueno y lo perdonó y le permitió sentarse a su diestra y disfrutar de su gracia por siempre. Y así debería haber sido también en nuestra religión. Al fin y al cabo, es gracias a Lucifer que el hombre puede discernir entre el bien y el mal. Fíjate bien, no hay mucha diferencia entre el mito del robo del fuego a los dioses y el del árbol de la ciencia, es que son idénticos. ¿Lo pillas? Es cierto que ambos responsables son castigados, pero no me jodas, Prometeo acaba siendo un puto héroe para el ser humano. ¿Y qué pasa con Lucifer? Pues que le ponen nombres como Perdición y Satanás y lo condenan a ser el tío más despreciable de la creación. No nos parece justo.

Sí, bueno. Te conocimos por una noticia en el periódico. Luego te vimos en la tele, como te llevaban esposada al juzgado. Se habló mucho de ti en las tertulias y magazines. Seguimos con gran interés tu caso. En realidad llevábamos tiempo buscando a alguien como tú. Te vimos ahí sentada en el juzgado, te oímos declarar ante el juez. Nos obsesionamos un poco. Coleccionamos todo lo que tenía que ver contigo. ¡Tenemos la pared de la habitación empapelada con tus fotos! Al principio no estábamos del todo seguros, pero cuando vimos tu rostro al escuchar la sentencia, nuestras dudas se disiparon. Tu forma de encajar aquello. Joder. Te estaban contando cómo iban a joderte el resto de tu vida y ni si quiera pestañeaste. ¡Qué huevos! Y la palabra se materializó en nuestras mentes: Sacrificio.

Sí, a eso vamos ahora. A ver cómo te lo explicamos. Nosotros siempre hemos sido bastante creyentes. Así nos educaron, esas cosas no las puedes elegir. Total, que nos empollamos el tema de pe a pa. Durante años. Y en algún momento llegamos a la misma conclusión. O sea, no puede ser que nadie se haya dado cuenta en todo éste tiempo de que hay cosas que no cuadran, que no encajan. Hay contradicciones, hay cosas ambiguas. En realidad, es una chapuza. Es que no sé ni por dónde empezar. ¿Sabías que en el hebreo antiguo escrito no hay vocales? Es una movida. El viejo testamento nos dice que el nombre de Dios es YHWH. Un italiano calculó todas las combinaciones posibles con esas consonantes:

Yahvah Yehvah Yihvah Yohvah Yuhvah
Yahveh Yehveh Yihveh Yohveh Yuhveh
Yahvih Yehvih Yihvih Yohvih Yuhvih
Yahvoh Yehvoh Yihvoh Yohvoh Yuhvoh
Yahvuh Yehvuh Yihvuh Yohvuh Yuhvuh

¡Por favor! No sabemos ni cómo se llama Dios en realidad. Y eso no es más que un pequeño ejemplo. Pero lo peor no es eso no. De pequeños siempre nos dijeron que debíamos buscar consuelo en la palabra de Dios. Y, bueno, al principio funcionaba, no te lo vamos a negar. Está bien eso de tener alguien con quien hablar y todo ese rollo. Pero con el tiempo, al darle vueltas al asunto, nos fuimos dando cuenta de que ese estímulo desaparecía para dejar paso a una sensación de desánimo. Como si tuvieras una piedra enorme en la espalda. Estuvimos de acuerdo en que Dios no nos tiene demasiada estima. No para de decirnos que somos indignos, que somos imperfectos, sucios y despreciables. Que no se puede confiar en nosotros, que somos, en definitiva, malas personas. Eso no mola. No mola que te estén machacando todo el día. Encima, va Dios y manda a su hijo para que le demos matarile. Dice que la idea era que nos redimiéramos de nuestros pecados. Pues no sé donde ha quedado eso. Aquí seguimos, sufriendo las consecuencias del pecado original, siendo igual de hijos de puta que antes. Y encima con cargo de conciencia. Ese era el verdadero objetivo. El sacrificio de Cristo hizo que todos los seres humanos fuéramos peores personas a ojos de Dios. ¿Nadie se ha dado cuenta de esto antes? No podemos creerlo. Cada vez que alguien hace algo bueno, desprendido, algo lleno de luz y amor, automáticamente, nos degrada un nivel más en la escala, nos hace peores a todos los demás. Así no hay salvación posible.

Cuando comprendimos todo eso supimos lo que teníamos que hacer. Aunque hubo otros, como el noruego ese, fue tu caso el que más nos interesó. Nos ha costado horrores conseguir que nos incluyeras en la lista de visitas. Pero bueno, ya estamos aquí y queríamos darte las gracias en persona. Tú serás la primera santa de esta nueva iglesia. Nos emocionó vivamente tu relato de los hechos. La forma en la que te sacrificaste abandonando a tu hijo bajo aquellos contenedores a una muerte segura de la forma más abyecta posible. Los orines, la basura y el nauseabundo detalle de las ratas nos pareció sublime. Lo despreciable de tu asqueroso delito ha conseguido que todos y cada uno de los seres humanos de éste planeta seamos un poco mejores ante los ojos de Dios. Ahora lo entendemos. Cada monstruoso acto del individuó acercará a la humanidad al completo un paso más hacia la salvación. Tu martirio será un ejemplo, tus lecciones no caerán en saco roto, todo tiene sentido, hemos comprendido la parábola, la lección. Prometeo, Lucifer, tú. Nos toca poner nuestro granito de arena por el bien del alma del hombre. Gracias.

Adiós/Agur (13 de 1000)

diciembre 14, 2011

12.12.11 – 03:35 – M. U. | BILBAO.

Nadie sabe qué pasó por la cabeza de T.R., una chica bilbaína de 24 años de edad, para dar a luz a su bebé en la calle 2 de mayo (Bilbao) y dejarlo allí abandonado, donde fue descubierto la mañana siguiente por tres vecinos de la localidad a medio comer por las ratas. Ocultó su embarazo a todo el mundo, familia, amigos e incluso a su compañero sentimental usando como excusa unos supuestos cambios hormonales producidos por la píldora, que había empezado a tomar desde que su pareja le hiciese partícipe de su preocupación  por la naturaleza sumamente artificial y distanciadora del preservativo.

La noche del 10 de diciembre, cuando se hallaba junto a su pareja en los baños del Kremlin, local de copas nocturno de dudosa reputación, presumiblemente consumiendo sustancias estupefacientes, comenzó a sentir un fuerte dolor. Después de hacer salir a su acompañante, aduciendo una imaginaria urgencia biológica (número 2), parió en la misma taza del váter. Siendo consciente del deplorable estado de las instalaciones y el extraño color y hedor del agua, la acusada sacó a su recién nacido hijo tirando del cordón umbilical que aún colgaba de sus entrañas, arrancándoselo inmediatamente después con sus propias manos.

Después de constatar que aún seguía vivo, envolvió a la criatura, junto al cordón umbilical y la placenta, en su chaqueta y, con gran disimulo, huyó del local. No tuvo que andar demasiados metros hasta encontrar un par de contenedores de basura en la misma calle bajo los cuales deposito el fruto de su vientre. En un intento de aparentar normalidad volvió al bar para continuar la noche.

El cadáver era descubierto horas después (ninguno de los testigos ha sido capaz de especificar la hora concreta) por tres amigos que abandonaban otro infame local de la misma calle llamado El Bullit. Los tres se mostraron reacios a la hora de aclarar a la policía el motivo que los llevo hasta aquellos contenedores. Sólo después de que el inspector al mando del caso les prometiera, por escrito, que quedarían exentos de cualquier sanción siempre y cuando la falta fuese administrativa, confesaron que su intención era la de miccionar en la vía pública antes de tomar el transporte público hacia sus respectivas viviendas. Y asó lo hicieron. Uno de ellos, al agacharse para recoger la cartera que se le había caído en el charco de orín que acababan de crear, se percató del extraño bulto. El cadáver del bebé fue encontrado con varios mordiscos en la cara y el tórax. Las ratas habían empezado a comérselo. Tras varias pesquisas T.R. fue detenida a las pocas horas y puesta a disposición judicial. Sus otros dos hijos han quedado, por ahora, bajo la tutela del Estado.

Vieillard au soleil

noviembre 18, 2011

 

Otra nueva casa, ya he perdido la cuenta. La segunda en Madrid (Madriz/Madril). Esta es pequeñita, está en un tercero, aunque en realidad es un cuarto si lo comparamos con los edificios cercanos. Es una corrala, patrimonio de la humanidad lo llaman los castizos, una macedonia de olores más bien, de fritanga y especias. Justo al lado de la salida de metro de uno de esos barrios que tiene toda ciudad para barrer bajo su alfombra todo lo molesto, todo lo feo, lo incómodo. Todo lo que pueda devaluar los bienes inmuebles cercanos. Esta vez no hay nada que describir, mantengo la casa desnuda, no tiene nada, no tiene vida, sólo paredes blancas. Intento teñirlas a base de cigarros.

Cada vez que me asiento en una nueva casa comienzo a amontonar libros. Tienen que ser nuevos, no suelen servir los que ya usé en el edificio anterior. Los voy leyendo y apilando en algún rincón, todos juntos. Los amaso, los toco, los miro. No subrayo ninguna palabra. Doblo. Doblo los bordes de las páginas que sé que en un futuro tendré que volver a leer. Así me obligo a buscar esa frase, ese párrafo que me llamó la atención y ayudo a evocar de nuevo la sensación que me provocó. Busco consuelo, supongo. No lo sé.

Y me doy cuenta ahora de que esas pequeñas bibliotecas son mi verdadero hogar, pues no siento al edificio como mío, no es mi lugar, nunca lo será. Me resigno a no encontrar paz entre las paredes. Me la suda, la verdad. Como todo últimamente. Pero me resulta inquietante el pensar que mi cordura reside en ese extraño ente formado por libros que vuelvo a crear con cada mudanza. Ya he perdido la cuenta. Después, siempre lo mismo, llevarlos todos a mi casa natal para ordenarlos en mis estanterías. Cualquiera podría pensar que allí, en esas habitaciones, confluyen todos los hogares que he tenido y que, inevitablemente, esa será mi patria. Pero no. Cada vez que vuelvo y me apoyó en la pared para mirar sus lomos, sus páginas, me siento más perdido que nunca, más incómodo que nunca. Es como un picor. Y no lo entiendo y me asusta.

Me asusta, como ya he dicho, que mi cordura resida en cada una de esas compilaciones momentáneas, temporales. Efímeras. Me aterra prestar un libro, deshacerme de una parte de ello, como si fuera a entregar una parte de mi lóbulo parietal. Qué gilipollez. Pero no puedo evitarlo. Me asusta que no sea más que una creación de mi mente, un sustento abstracto, una seguridad hipotética,  Una entelequia. Y trato de razonar, de descartar estos sentimientos por absurdos. Pero, casi sin darme cuenta, caigo una y otra vez en el fundamentalismo más religioso, en la adoración a un altar pagano que sé falso, pero sin el cual no siento el suelo bajo mis pies.

A la derecha del sofá, en esta casa, tengo un ventanal que da a un minúsculo balcón. Los días de lluvia puedes dejarlo abierto y, sentado en ese sofá, dejar que las gotas de agua más finas y livianas te mojen un poco sin poner perdido el mueble. Eso me gusta.

Relatos del Trapi (I)

noviembre 10, 2011

Aunque ya no vaya tan a menudo me sigo acercando al Trapi. Ahora, por alguna razón que me es esquiva, prefiero quedarme en casa, aunque suela tratar, de forma inconsciente, de mimetizar mi habitación al estilo del bar. Tengo sus mismas cervezas, sus mimos vasos. Incluso un cenicero que compré en un chino idéntico a los de la barra. Bueno, cuando aún se podía fumar. El humo es indispensable. Recuerdo, con cariño y algo de nostalgia, esas madrugadas de muros de nicotina, de ambientes tan cargados y humaredas tan espesas que se hacía imposible distinguir a la persona que tenías al lado. Así era más fácil poner las entrañas sobre la mesa y, como con un cura en su confesionario, mostrárselas a los desconocidos. El humo te permitía esconderte de tus enemigos y huir de tus malas acciones, de tus malas palabras. El humo se te metía por los poros, por los agujeros de tu cuerpo y al lamer una lengua nadie te ponía cara rara. Ahora, en cualquier bar o en la calle, te toca soportar las lamentaciones de las mujeres, “las bocas nos saben a cenicero”. No se dan cuenta de que tras un beso perdura más el mal sabor de boca que el del dentífrico. No se dan cuenta de que lo importante no es el aroma, sino la huella.

La semana pasada volví a entrar al Trapi. El camarero, viejo amigo sin nombre, me deslizó una hoja de papel doblada, “lo han dejado para ti”. Era de Ella. Hacía años que no la veía, que no sabía nada de su vida. No es que me extrañara, nos hicimos tan miserables el uno al otro que llegamos al punto de no tener ni basura que sacar a la calle, de no tener ni suciedad que echarnos en cara. Éramos como un cadáver que tuviera que pedir prestada la putrefacción. En la nota me conminaba a presentarme en el bar el siguiente miércoles. Me pedí un vaso del mejor whisky y celebré aquella noticia como se celebra un funeral, alzando la copa y bajando la mirada. Recuerdo a Lapido sonando en los pequeños altavoces del las paredes “… creo recordar, que luego dijiste…”. Las despedidas no se me daban tan mal, las despedidas eran soportables. Pero a los reencuentros, en cambio, no estaba seguro de saber sobrevivir. No hubo ni pompa ni solemnidad aquella noche, pero el paso fúnebre duró hasta el amanecer.

Llegó la fecha señalada y yo desperté en el sofá de mi sala, en posición fetal, con la televisión encendida, la ventana abierta de par en par, el parqué empapado por la lluvia y una resaca totalmente en forma que empezó a usarme de sparring. Llamé al trabajo para decir que estaba enfermo, pero la amable voz de la señorita que había al otro lado de la línea me dijo que allí no tenían ningún empleado con mi nombre. Colgué, me recosté y encendí un cigarro. Pensé que los despidos debían ser como los divorcios, un alivio al principio y una desgracia después de la tercera paja seguida. Luego caí en mi error. Llamé de nuevo, esta vez marcando el número correcto, para avisar de mi ausencia.  Pasé el resto del día entre la ducha y el minibar, entre largas estancias en la taza del váter y el cigarro en el balcón. Reflexionando. Hacía tiempo que sabía que la felicidad no era más que la ausencia de nausea. Que no tenía cuerpo, que no era un sólido, que no existía en sí misma, que no era más que un continente que había que mantener vacío. Y yo estaba a punto de, no llenarlo pues llevaba tiempo cargadito sino, rebasar los bordes y dejarlo todo hecho un Cristo.

Llegué pronto al Trapi, estaba cerca de mi casa, pero ella, como siempre, llevaba ya un buen rato sentada en uno de sus taburetes, con el bolso sobre la barra. Llevaba un sencillo vestido negro, unas medias que no dejaban ver su piel, el pelo sobre los hombros y los labios pintados de un rojo casi granate, casi burdeos. Casi sangre. Me senté a su lado y le pedí al barman lo mismo que estuviese tomando ella. Me sacó un café. Volví a pedir, esta vez una cerveza. Estuvimos un rato sin hablarnos, sin mirarnos. Ambos nos preparábamos para algo agotador, teníamos que calentar un poco. Sentí sobre mi espalda las miradas de todos los parroquianos del garito, pero al girarme pude comprobar, sorprendido, que nadie nos estaba prestando la más mínima atención.

Me dijo que estaba en la ciudad por trabajo. Venía a dar una charla en la universidad sobre algo. Ni ella se preocupó en explicarme el tema del simposio, ni yo mostré demasiado entusiasmo por averiguarlo. También comentó, como si no le diera demasiada importancia, que se había divorciado. “No sabía que te hubieras casado”. Al parecer yo no sabía muchas cosas, según ella. Lo dijo sonriendo a la taza de café. “El amor suele dejar de valer la pena cuando te das cuenta de que resiste más de lo que dura”. Aún no sé si lo dijo por su ex marido o por mí. Me preguntó por mis ex mujeres y yo pude responderle, casi con orgullo, que aquel contador aún seguía a cero. Yo ya me había resignado y había comprendido que las mujeres, como las pulgas, saltan de los perros moribundos antes de que caigan fulminados.

En algún momento hizo ademán de salir a fumar un cigarro. Fui tras ella. En la calle llovía a cántaros y el Trapi, que no era más que una puerta negra de metal en una pared, no  ofrecía cobijo alguno. “Podemos ir a mi casa, está aquí al lado”. No respondió, simplemente guardó la pitillera en el bolso y esperó a que le mostrase el camino.

Mi casa daba verdadero asco. No había anticipado nada como aquello aunque en realidad, en mi fuero interno, sabía exactamente que aquel desenlace era inevitable. Dejé sus cosas sobre la cama de mi habitación y nos sentamos en el sofá. Saqué dos cervezas de la nevera y acerqué el cenicero a la mesita de la sala. Encendimos nuestros cigarros. “Estoy fea, cada día lo estoy más”. No dije nada. Si no lo había entendido en todos esos años ya no lo entendería jamás. Por respuesta obtuvo una media sonrisa y mi lengua en su oreja. Siguió fumando, pero me acarició la cara con la mano que tenía libre. No necesité más permisos ni salvoconductos, tomé el atajo que había debajo de su vestido hasta los aros de su sostén. Me dijo que los hombres ya no le hacían eso, que ya sólo admiraban su currículum, que piropeaban más sus artículos que su culo. Levanté su vestido y solté el sujetador. Enterré la cabeza en su pecho y oí de nuevo su voz. “Debí haberte abandonado para siempre desde el primer momento…”. Dejó escapar un suspiro. “…o al menos después del aborto”. Terminé de comprobar que todas las partes de su cuerpo seguían sabiendo igual que la última vez y me quedé de rodillas frente a ella. “Me llevas abandonando toda la vida”.

Me pidió que no la dejase así. Le bajé sus leotardos, que había confundido en un principio con medias, y le quité las bragas. Todas las prendas eran de color negro. Metí mi cabeza entre sus piernas dejando que los ojos sobresalieran como un periscopio para otear su rostro. Tenía la cabeza echada para atrás y su mirada posada en el techo. La presión de sus muslos en mis sienes y la posterior caricia en mi cabello me señaló el final. Apoyé la cabeza en su pierna, “sabes” dije, “tu coño siempre ha sido mi lugar favorito del mundo”. Pero ella me apartó de su lado y se levantó. Se agachó para recoger su ropa y empezó a vestirse. Me pidió que comprendiera que no era conveniente que ella me devolviera alguna muestra de afecto. “Claro” mentí.

Ya vestida se recogió su pelo en una coleta y me dio un beso en los labios con su boca cerrada. De camino a la salida se cruzó con un espejo. Se quedó mirando su reflejo durante algunos segundos con una mirada sombría. Abrió la puerta, salió y la cerró detrás de ella. Yo, sentado en el sofá, encendí la televisión y un cigarro. La lluvia de la calle me hizo imaginar una inundación, pero yo estaba en un cuarto piso. No hay cataclismos suficientes para acabar con ciertas vidas.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.