Los Salvajes (II)

Julio 22, 2009 por perogrullo

Roberto Bolaño, Hospital Valle de Hebrón, Barcelona (2003)

Hay literatura para cada momento. Mejor dicho, existen ciertas literaturas para ciertos momentos. Eso les dije a estos chicos cuando vinieron a visitarme al hospital. No me avisaron de su llegada, simplemente se presentaron en mi habitación y me dijeron sus nombres, uno por uno. Después se sentaron, bueno, se sentaron dos de ellos, ya que no había más sillas, y los demás se apoyaron en la pared o se dejaron caer en el suelo. Hubo un silencio incomodo que rompió uno de ellos con un escueto “escribimos”. Me sorprendió, para qué voy a mentiros, no había recibido ni una sola visita desde que estaba allí. Otro de ellos sacó una botella de tequila y la puso sobre la bandeja blanca que usaban las enfermeras para traerme la comida. “Bebamos”. Hay una literatura para cuando se está cansado. También hay una literatura para cuando no se tiene ganas de leer (de esta abunda). Incluso hay una literatura para cuando no se quiere escribir. Todas las literaturas tienen un público, aunque el número  de lectores varía ostensiblemente de una a otra. Hay una literatura para los que aborrecen el mar. Hay una literatura para los muertos. Creo que también la hay para los vivos. Podemos encontrar literatura para gordos y para proxenetas. Hay una literatura para los que brindan. Hay una literatura para los que matan y para los que se dejan matar. Y con aquellos hombres observándome mientras hablaba, supe que también había una literatura para los desesperados, y así se lo hice saber. El problema de la literatura para desesperados es que su público es siempre muy reducido, a pesar de la cantidad de desesperación que campa a sus anchas por este mundo en el que nos ha tocado vivir. Hay una literatura para desesperados. Pero los desesperados no suelen leer, están demasiado desesperados. Los pocos desesperados que leen no suelen hacerlo por mucho tiempo. Algunos superan su desesperación y se convierten en consumidores de otra de las literaturas antes mencionadas. Otros, en cambio, no consiguen superarla y acaban desquiciados o muertos. Ni los locos ni los muertos leen literatura para desesperados, ya tienen su propia literatura. “Chicos”, les dije, “la literatura para desesperados no os dará de comer”. Al terminar aquella frase esperé una ovación, un gesto de desaprobación o algún comentario más o menos solemne. En su lugar, el hombre sentado en el centro sacó una pistola de su chaqueta y me pegó un tiro en el estómago. Es curioso, no puedo recordar el color ni la forma concreta del arma. En cualquier lugar, con el olor de la pólvora aún bien presente en el ambiente, todos se levantaron y salieron por la puerta de mi habitación de hospital sin regalarme una miserable palabra de despedida.

Los Salvajes (I)

Julio 21, 2009 por perogrullo

Amaia Arantzabesaletxe, mostrador del segundo piso, Fnac, Bilbao D.F. (2004)

Sí, sí que lo conozco. Suele venir por aquí entre semana y algún que otro sábado. ¿Qué? No, no de forma íntima, pero con el tiempo se te van quedando grabados en la memoria las caras y los gestos de esas personas que se salen del patrón común. Bueno, no sabría explicártelo ¿sabes? Siempre realiza el mismo recorrido, de izquierda a derecha, pero eso no es lo más curioso. Cada medio metro se inclina y deja la mirada fija en un punto, quiero decir que no se mueve, apenas pestañea. Todavía no sé qué es lo que se queda mirando. ¿El nombre de un libro? No sé, no tiene demasiado sentido. Además, siempre va vestido con la misma ropa harapienta, como un vagabundo, aunque no huele mal. Que cómo lo sé. Joder, no me he puesto a olisquearlo, pero quieras o no acabas teniendo algún tipo de roce, digo roce por no decir otra cosa, que tampoco es que quiera decir que fuese algo más, o que lo haya sido o que vaya a serlo, vamos, digo. Como aquella tarde en la que me viene el tipo éste y me pregunta si tenemos algún libro de Borges, pero de antes de que se hiciera maricón, o alguno de Cortázar, pero de antes de volverse tan feo el desgraciado de él. Tiene su encanto, eso no puedo negarlo. Siempre compra los libros en su versión de bolsillo, siempre tapas blandas, una que se fija en los detalles oye, para doblarlos o qué sé yo para qué o por qué se decanta uno por las tapas blandas si no es por lo barato del asunto, vamos, digo, qué digo, opino. Pero una cosa te voy a decir, se nota que le gusto o que le atraigo de alguna manera. Que sí, joder. Siempre viene a pagar a mi mostrador aún sabiendo que para poder hacerlo tiene que ir al piso de abajo. No me dirás que eso no es un signo evidente de algún tipo de interés más o menos sexual, vamos, no me jodas. Algún día se lo preguntaré a la cara, eso y si el hecho de que siempre robe un libro en mi turno se debe a sus problemas económicos o algún tipo de altivez del que reniega de la gente que escribe.

Allah-u-Akbar

Julio 21, 2009 por perogrullo

Desde mi púlpito dorado, mientras escucho el Overkil de los Mötorhead, alzo mi rostro para volver a fijar mi atención y mirar con desdén al lumpenproletariat, al vulgo, al populacho. Vuelvo a vosotros, que estáis perdidos, para guiaros de nuevo y salvaros de vosotros mismos con la ayuda de mis escritos que son como el maná para el pueblo de Dios, la panacea en forma de supositorios… vamos, la polla. Y ¿por qué? Como bien sabéis mis opiniones no necesitan de fundamento alguno ya que se sostienen gracias a mi propia fuerza de voluntad y mi miembro viril, que es una columna de Trajano.

Por ahora el proyecto (jajejo) de los foto-relatos queda parado de forma indefinida, aunque probablemente escupa alguno que otro con las fotos que aún me quedan sin publicar. No me queda más que pedir perdón a todos aquellos que me mandaron alguna imagen y que cada noche volvían al blog, con una mano en su órgano sexual y la otra en el ratón, esperando encontrar algo escrito sobre ella. De todas formas, si sois de esa clase de gentuza que posee algún tipo de fe, podéis mandarme alguna más, que si me inspiro y no echan nada bueno en la tele puede que me digne a hacer algún apaño.

Pero, pero… ¡maestro! ¿Qué podemos esperar ahora de este blog? Bueno, chavales, en un principió pensé en dar a conocer mis teorías cripto-marxistas  y filo-fascistas en forma de tiras cómicas. Rápidamente deseché tal idea, consciente como soy de que mi público sólo quiere leer cosas sobre alcohol y tetas. Con esa idea en mente traigo un par de proyectos, amorfos, que se irán concretando con el tiempo y la ayuda de Dios.

Estertores 2

Junio 11, 2009 por perogrullo

Desde Suecia os traigo la buena nueva, ya está disponible el segundo número de Estertores en los establecimientos más selectos y en su web:

http://estertores.net/blog/ediciones/

Sabed que muerto no estoy, aunque algo tocado volveré.

Conjunción

Marzo 16, 2009 por perogrullo

dove-sei

dove sei? – monty

¿Conocíais a ese chico que se creía mejor que los demás? Ese que hizo la maleta, cogió y se fue. Él no hablaba con los demás y solía encerrarse en su cuarto. Y entonces conoció a un chico y le dijo que no le gustaba la gente. Y entonces el asintió y le dijo que sí. Y desde entonces anduvieron juntos y gastaban bromas a los demás. Y se reían de las reglas y las normas y nunca hacían caso. Y cuando les preguntaban que querían ser dentro de 10 años ellos siempre respondían que estarían muertos. Y si iban a estar muertos, para qué perder el tiempo con la gente. Eso decían, sí.

Para ambos las noches eran demasiado cortas y los días demasiado largos. Y jugaban a no esconderse y a que siempre los encontraran para meterse en peleas. Y les gustaban sus gritos pero no los de los demás. Y pelillos a la mar. Y les gustaban las lavadoras pero no las tostadoras. Porque las tostadoras tienen siempre dos agujeros desde hace ya mucho tiempo y eso no es agradable. No encontraron nunca joyas debajo de los sofás.

Y la ciudad siempre estaba quemada como los cigarros mal apagados. ¿Cuántas quieres esta vez? Y aprendieron a hacer el baile del ocho de las abejas y nunca vieron ningún telediario ni leyeron ningún periódico. Y contaban historias y se las contaban a ellos pero aunque ellos no se las creyeran les gustaban. Las suyas tampoco eran ciertas la mayoría de las veces. Y aprendieron a volar y a volver a casa con los ojos cerrados haciendo eses. Y les hacían test a los desconocidos y si no los superaban les escupían porqué no se merecían nada mejor. Y aprendieron a beber sin pagar y a pronunciar la ñ aspirada con h intercalada.

Pero un día vino su amigo y le dijo que se tenía que ir y que él también tenía que hacer la maleta y escaparse otro sitio lejos muy lejos porque no le quedaba más remedio. Y se quedó solo y se puso triste porque ya nadie sabía hacer el baile del ocho de las abejas ni jugar a no esconderse. Y subieron las mareas con poleas y ascensores. Hacía tiempo que ya no eran niños.

El chico se compró un chaleco antibalas y le hizo agujeros de queso gruyère con un picahielos y se interpuso en el camino de todas las balas de todos los tiroteos de todas las calles de la ciudad. Y miró su reloj de sangre y vio que aún no era su hora y que aún quedaban puertas que romper y cerraduras que reventar. Pero estaba cansado y ya no era divertido hacer todas esas cosas y palpó su corazón y vio que era de plástico. De explosivo plástico.

Pero el día en el que olvidó ponerse su camisa de los domingos se tropezó con una chica bonita que le invitó a una copa demasiado cargada y le confundió con otro chico pero eso les dio igual y ella lo cogió del brazo y él se la llevó a casa y le comió el coño y luego se quedó dormido entre sus ingles. Ella le dijo más tarde que estaba rota y que no sabía dónde estaban sus piezas de recambio y él le contestó que le daba igual y que él tenía unos pulmones que eran granadas de fragmentación que al explotar amputaban miembros y seccionaban cuellos. Y se sonrieron al darse cuenta de que habían encontrado su tapón de la bañera y un nombre para el perro del jardín que siempre ladraba.

Y el día de San Patricio construyeron un museo sin obras de arte ni artistas sinvergüenzas y pusieron espejos en los techos y frigoríficos a vapor y marcaron a fuego sobre la entrada del edificio: Más rápidos que la muerte.

Deus Ex Machina

Enero 20, 2009 por perogrullo

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IMG_0916 – miren

El anciano solía matar el tiempo sentado en la mecedora de su hogar de color blanco hospital, de color blanco aséptico. La propia palabra “tiempo” perdía su sentido original en aquel lugar. Se estiraba y se dilataba como un metal dúctil. El tiempo era maleable cuando adquiría ese color rojo brillante. El tiempo correteaba por el suelo de aquel lugar como una gran rata patosa. Se tropezaba y se golpeaba contra las patas de los muebles. A veces se subía por las paredes, como una araña, negra y amenazante. Clavaba sus ocho ojos en el anciano, lo estudiaba, medía la distancia del salto que debería dar para caer sobre sus barbas.

El anciano era consciente en todo momento de la localización exacta del tiempo. Lo seguía sin mover la cabeza, sólo con los ojos, con un estúpido disimulo. Creía tenerlo controlado, casi domado, pero, en realidad, su mera presencia le hacía sentirse inquieto.

El anciano trataba de distraerse y abstraerse de aquella molesta mascota mirando a través de la ventana. Sus posesiones eran vastas y se perdían en el horizonte al unirse con el sol. Verdes bosques e inmensos viñedos, jardines con flores que cubrían todo el espectro cromático. Pero ya conocía de memoria cada uno de aquellos rincones. Se sabía al dedillo cada relieve de la corteza de cada árbol. Cada brizna de hierba. Cada animal, cada río, cada nube.

El anciano miró de nuevo al tiempo. Se sintió solo.

Pensó en la necesidad de alguna compañía. Alzo la mano y arrancó un trozo de cielo que dejó sobre la mesa de su cocina. Se sentó en una silla, apoyó el mentón sobre aquella mesa y observó aquella hermosa masa informe. De color azul. Luego miró sus propias manos y las hundió en aquel trozo de cielo. Empezó a moldearlo con un sentimiento de curiosidad y excitación que no sentía desde hacía tiempo. Pasó todo el día esculpiendo un ser a su imagen y semejanza. Posó su mano sobre la cabeza del golem. Ya sólo faltaba un último toque para acabar la obra y dotar al ser inanimado de las mismas características que su anciano creador. Tendría a alguien como él para sentir su calor. Un igual. Un compañero. Un amigo.

Pero miró al sol. Dudó una vez.

Miró a la luna. Dudó por segunda vez.

Se mesó su larga barba y dudó por tercera y última vez.

Apartó su mano de forma apresurada. Se asustó, sin duda. Alguien que estuviera a su mismo nivel podría complicar su plácida existencia. Podría discutir sus puntos de vista. Podría, incluso, poner en duda todo lo que había hecho hasta entonces. Se conocía demasiado bien a sí mismo. Se asustó, sin duda. Destruyó aquel ser golpeándolo contra el suelo hasta hacerlo añicos.

El anciano, deprimido, salió al campo a pasear y meditar sobre lo sucedido. Había estado a punto de cometer un grave error, el tiempo lo había convertido en alguien descuidado. Se prometió a si mismo que aquello no volvería a ocurrir.

Al anochecer volvió a su casa y al quitarse las sandalias para descansar los pies se percató del barró que las había ensuciado durante su paseo. Eureka. ¿Cómo había podido estar tan ciego? La solución al problema de la soledad era harto sencilla.

Volvió a esculpir otro ser a su imagen y semejanza, pero esta vez el material utilizado fue el barro de sus sandalias. Al terminarlo se encendió un cigarro y echó hacia atrás su silla mientras apoyaba los pies sobre la mesa. Satisfecho.

Las cenizas del cigarro encendieron la chispa de la vida y un puntapié en su culo de barro le otorgó un alma inmortal, negándole cualquier posibilidad para escapar. Cuando despertó, aquel ser se encontró sentado en un erial que le era totalmente ajeno, como cualquier otra cosa que hubiera visto a su alrededor. Sintió un increíble dolor cuando el barro del que estaba compuesto empezó a transformarse en tejidos y órganos mucosos y palpitantes. Escuchó atemorizado el crujido de los huesos que se endurecían. Su corazón comenzó a latir y los pulmones intentaron respirar, provocándole arcadas y obligándole a vomitar la tierra que aún conservaba en su sistema respiratorio. Todos los músculos de su cuerpo ardieron al contacto con el aire hasta que una piel los cubrió por completo. Tardó varias horas en aprender a controlar sus esfínteres. El primer hombre había nacido.

El anciano lo había logrado. Se apoyó en el marco de la ventana y observó a su hijo moverse desorientado y sin rumbo fijo. Comenzó a dictarle una serie de normas y reglas que tendría que cumplir y respetar. El hombre, confundido, interrumpió el discurso y mostró su desconcierto. Era incapaz de comprender todas aquellas leyes y dictados. El anciano sonrió de forma paternal. Le explicó con cuidado que aquella reacción era normal ya que él, su creador, era un ser superior y perfecto, mientras que el hombre no era más que un ser inferior, incapaz de comprender por completo aquellas normas tan elevadas.

El hombre preguntó entonces cómo podía exigirle el cumplimiento de aquellas leyes si en su inferioridad, era incapaz de entenderlas. El anciano se encogió de hombros y explicó al hombre que lo único que necesitaba hacer era amarlo como a un padre, que todo lo demás vendría por su propio pie. El hombre se rascó la cabeza, frunció el ceño y negó con la cabeza. Cómo iba a amarlo como a un padre si no era capaz de mostrarle ni una sola de las cualidades necesarias para ser un progenitor querido.

El anciano, cansado ya de tantas impertinencias, le ordenó guardar silencio. Como creador y padre suyo que era, debía mostrarle respeto por encima de todo, amarlo por el preciado regalo de la vida y temerlo por su justa severidad. Sólo así el hombre podría ser feliz, sólo así llegaría a ser lo que todo hombre debe ser. Sólo así conseguiría que su padre estuviera orgulloso de él y de sus logros.

El hombre meditó durante varios segundo, abrió la boca para decir algo, pero guardó silencio, dio la espalda al anciano y comenzó a caminar. Pero antes de dar 3 pasos se giró y señalo con un dedo acusador al anciano. Gritó. Dijo que nadie tiene derecho a crear vida con el único fin de complacer al propio creador, dijo que alguien así sólo podría traer dolor a su creación, dijo, incluso, que el anciano ansiaba desesperadamente ser amado porque no era capaz de sentir nada más que una recurrente mezquindad hacia su persona. Porque tenía miedo, miedo a la eternidad de la nada y la sinrazón.

El anciano estalló lleno de ira. Cómo podía atreverse alguien tan insignificante no sólo a cuestionar sus designios, sino a juzgarlos como algo inmoral y egoísta. Con un solo gesto de su mano el hombre se retorció de dolor, y vio en su interior la muerte y la desesperación, el hambre y la guerra, la miseria y el desconcierto, la locura y la mezquindad, el egoísmo y la envidia. Vio millones de cadáveres apilados devorados por blancos gusanos, pudo oír el característico sonido de la nieve al ser comprimida por una bota militar, vio nacer a todos los hombres que vendrían al mundo en el futuro, y sintió el dolor que padecerían todos y cada uno de ellos durante sus vidas. Suplicó clemencia. Pero el anciano no hizo nada. Pidió perdón. Pero nada cambió. Al final, entre lágrimas, le dijo que lo amaba y le dio las gracias. El anciano comprobó que no era ningún truco, que el dolor y el horror habían conseguido arrancar de aquel hombre una verdadera demostración de amor incondicional. Vio que era bueno y sonrió.

El hombre fue entonces arrojado al mundo inferior, desnudo y sin ningún tipo de ayuda. El anciano había aprendido bien la lección y supo desde entonces cuál debía ser el instrumento a utilizar para obtener el cariño y la devoción que se merecía.

El hombre comenzó a caminar, dolorido, y aunque en todo momento fue perfectamente capaz de sentir la mirada inquisidora de aquel anciano sobre su espalda, nunca miró hacia atrás. Nadie pudo escuchar como masculló entre dientes una plegaria al anciano por seguir vivo.

Stand by (y 4)

Diciembre 9, 2008 por perogrullo

Estoy jodido.

CALENDARIO DEL HUMOR

28 de noviembre: Presentación PMBOK
4 de diciembre: Entrega proyecto Conmutación
10 de diciembre: EXAMEN Instrumentación electrónica
15 de diciembre: EXAMEN IPRS
17 de diciembre: Presentación IPRS
18 de diciembre: EXAMEN E.Profesional + Recensión E.Profesional
19 de diciembre: Entrega Anteproyecto fin de carrera
22 de diciembre: Entrega P1 instrumentación electrónica
23 de diciembre: EXAMEN Proyectos
30 de diciembre: EXAMEN Conmutación
7 de enero: Entrega proyecto IPRS
13 de enero: Entrega P2 instrumentación electrónica
X de enero: Entrega P3 instrumentación electrónica

Y todo esto durante las clases lectivas. En fin. De todas formas, tengo algo medio empezado y espero terminarlo en cualquier hueco libre que saque por ahí.

Detritus

Noviembre 5, 2008 por perogrullo

retrete

retrete – ainhoa

Una vez tuve un perro. Era un pastor alemán de colores invertidos, es decir, el negro donde iba el marrón y el marrón donde iba el negro. Lo trajeron a casa cuando yo tenía tres años. Por aquel entonces el chucho era pequeño y muy oscuro, juguetón. Feliz. Te lamía los pies y se tumbaba en tu regazo. Te miraba con esos ojos completamente negros. Con ese iris descomunal que apenas dejaba espacio al color blanco. Creo que le quise desde el primer momento. Creo.

No retengo demasiados recuerdos de mi infancia, a decir verdad, apenas tengo recuerdos anteriores a mis trece años. Es curioso. ¿Dónde se han metido todos esos años? ¿Simplemente se perdieron? ¿Significaron algo? No puedo recordar mis primeros años de colegio. No soy capaz de rehacer la cara de ese chaval que murió en accidente de coche y que venía a mi clase. ¿Hubo algún primer amor infantil? ¿Algún juego de médicos entre primos? ¿Era tranquilo o un desgraciado cabrón? No lo sé. Pero la imagen de ese perro saltando sobre mí es una de las pocas imágenes que atesoro.

Aquel perro había sido rescatado. Formaba parte de una camada que iba a ser sacrificada. Sus dueños no querían hacerse cargo de ellos. Mi padre lo salvó al ver sus colores invertidos. “En esta familia todos somos un poco raros”. Sus hermanos murieron, pero él pasó a formar parte de nuestra familia invertida. ¿Lo salvó la bondad o el sentimiento de culpa? Supongo que es irrelevante.

Nunca supe de donde le vino su nombre, mi padre lo olvidó hace tiempo. Yo nunca me lo cuestioné demasiado.

Cuando todavía era un mocoso solía ir al monte con mi padre. Llevaba uno de esos chándales de colores chillones de principios de los noventa. El perro siempre nos acompañaba en la parte trasera de la furgoneta Renault de color amarillo huevo. Ya sé que los perros no ríen, pero el color de su pelaje junto a sus suaves rasgos faciales siempre sugerían una tranquila felicidad. Y no me refiero a la felicidad jadeante que queda marcada en la cara después de echar un buen polvo, ni tampoco a la nerviosa felicidad por ganar una apuesta. Era más bien esa felicidad que se dibuja después de una deliciosa comilona. O, tal vez, la ridícula felicidad que nos embarga con alevosía y nocturnidad al presenciar alguno de esos actos de bondad aleatoria que nos escupe el mundo a modo de insulto. La cuestión es que a mí me divertía y me hacía sentir bien.

En uno de esos paseos agrestes nos cruzamos con un rebaño de ovejas. Cuando volvimos a casa el perro no dejaba de ladrar y saltar. Las putas ovejas le habían pegado garrapatas. Mi padre intentó quitárselas con un alicate, pero los jodidos monstruos explotaban dejando la cabeza dentro. Entonces optamos por otra opción. Yo sujeté al perro con fuerza. Nótese que por aquel entonces ya se había convertido en un formidable animal con una fuerza nada desdeñable. Yo, en cambio, seguía siendo la misma mierda seca de siempre. Entonces mi padre lo roció con gasolina, agua oxigenada o disolvente, ya no puedo acordarme. Puedo visualizar en mi mente como cualquiera de esos líquidos recorrió su cuerpo, introduciéndose en cada una de las heridas abiertas por aquellos parásitos.

El chucho aulló. Y saltó, joder si salto. Brincó y pataleó. Me lanzó varios metros hasta chocar contra una de las barandillas de la terraza por las que también restregó todo su cuerpo. Sufrió. Sin duda. Pero quedó purgado.

Pasaron los años y dejamos de ir al monte. Yo todavía era bastante pequeño, y cuando sacaba al perro de paseo me veía sobrepasado. Cuando se excitaba me arrastraba por las calles del barrio como si fuera un pelele. Dejé de sacarlo a pasear y mi padre le construyo una enorme caseta de madera. Siempre la vi como una especie de mansión para animales. Quedó encerrado en su parcela de terraza, como en un Dachau cualquiera. Cada vez que me acercaba seguía enseñándome su ficticia sonrisa. Supongo que esperando a que le abriera la puerta. Yo sólo le acariciaba detrás de las orejas.

Pasaron los años y crecí. Ya era lo suficientemente grande como para volver a sacarlo a la calle, pero supongo que tenía cosas más importantes que hacer. A saber, jugar a la consola, hacer el gilipollas con amigos que sabía que no conservaría en el futuro, expiar a parejas que se daban el lote en los arcos de la iglesia del pueblo.

De cuando en cuando, y aunque a mi padre no le gustara, le daba los bocadillos que me hacía mi abuela. Siempre se los comía de dos bocados, ni uno más, ni uno menos. Nunca dejo de “sonreír”.

Murió cuando yo tenía quince años. Sólo pudo disfrutar de la libertad en dos ocasiones durante los últimos siete años de su vida.

Cuando llegué a casa el perro no estaba en la terraza, busque en la caseta, sin éxito. El último año de su vida se lo pasó en su interior, tumbado, dormitando. Yo le hablaba, mucho. Pero siempre le contaba mis mierdas, nunca hablábamos de él. Mi padre ocultó la verdad, durante un día. Luego, a escondidas, escuché como decía que le había costado horrores meter el cuerpo en una bolsa negra de plástico, esas bolsas de la basura. Escuché como lo llevó hasta la parte trasera de la casa para enterrarlo. Entonces irrumpí en la sala con un semblante bastante sombrío y mi madre dijo que “al menos ha tenido una vida digna”.

Yo quería contestarle, decirle que no, que estaba muy equivocada, que eso no fue una vida digna.

Pero no dije nada. Nunca dije nada.

Sarajevo

Octubre 21, 2008 por perogrullo

fuckedUpAngel – Triames

Era aquella una mañana nebulosa. Aparté los cartones que me habían mantenido más o menos caliente durante la noche y me até los cordones de las viejas botas. Recuerdo haberme puesto el gorro de la chaqueta antes de mirar por la pequeña ventana que daba a la acera. Desde mi sótano se podía ver claramente el final de la calle, la iglesia, el antiguo mercado, la mezquita y la biblioteca municipal. Arropé a mi madre y sin hacer ruido subí por las escaleras hasta el primer piso. Sobre la sucia moqueta del pasillo dormía media docena de personas de una misma familia. No habíamos compartido nombres, pero ya nos conocíamos todos los que nos levantábamos a estas horas para llevar acabo nuestro ritual. Con leves gestos de la cabeza o las manos nos saludábamos para, a continuación, dirigirnos a la puerta que daba a la calle.

Le llamábamos La Puerta, aunque en realidad no era más que el marco de una ya desgarrada. Pero su importancia radicaba en lo que representaba, era la línea divisora, el límite. Después del marco, después del vacío que dibujaba el rectángulo no había nada. O mejor dicho, había todo. Nos acercábamos, con cuidado. Cada día le tocaba a uno distinto. El puesto era rotativo, sin excepciones. Al pobre afortunado le llamábamos JFK. Si no te ríes sólo te queda comerte tu propia mierda. Ese día me tocaba a mí.

Algunos JFK solían salir a cuatro patas, sacando primero la cabeza a la calle. Yo sabía que era una estupidez, no suponía ninguna jodida diferencia. Salí lo más erguido posible, aunque supongo que la estampa no era demasiado digna debido a mi encorvamiento causado por distintas desdichas que ahora no deberían interesar a nadie. Di tres pasos y me quedé allí, quieto, mirando al cielo nublado, sintiendo la humedad del aire. Conté hasta diez y bajé la mirada. Luego eché un vistazo a ambos lados de la larga calle. Había otros JFK como yo. Miré hacia atrás e hice un gesto de aprobación. La calle era segura, por ahora.

Nos acercamos todos al camión de suministros y nos pusimos a la cola, en silencio. En las colas tenías mucho tiempo para pensar, pero no lo hacías. Pensar nunca ha ayudado a nadie en estas situaciones. Mi padre me habría dado un buen azote hace tiempo si me oyese decir algo parecido. Pero ahora no estaba aquí, se había ido con el resto de los hombres, al bosque, o tal vez a alistarse. Supongo que ahora pensará de una forma bastante aproximada a la mía. O tal vez esté muerto. ¿Veis lo que os decía? Es mejor no hacerlo.

Se escuchó un disparo y el eco que producían las ondas acústicas al rebotar en las fachadas de los edificios más altos de la calle. Un cuerpo cayó al suelo, no estaba muerto, le habían dado en la rodilla. Con el primer estruendo todos nos llevamos las manos a la cabeza, pero nada más. Algún novato se arrojó al suelo, algún bebé empezó a llorar. Pero nada más. Teníamos demasiada hambre como para dejar la comida por un simple francotirador. Pero, inmediatamente después, comenzaron las explosiones, proyectiles de mortero. No eran certeros al principio, pero a medida que iban viendo cual era el punto de impacto podían ir corrigiendo la trayectoria, el ángulo de inclinación, etc. El camión salió cagando hostias, ya no tenía sentido permanecer allí, todos corrimos a escondernos en los portales, pero sin alejarnos demasiado. Siempre cabía la posibilidad de que alguno de los que habían conseguido comida muriera por la metralla o alguna otra bala. No se podían desperdiciar esas oportunidades.

Las explosiones continuaban, pero bastante alejadas de nosotros. El chaval herido seguía en el suelo, gritando como un cerdo, pidiendo ayuda. Todos nos hacíamos los sordos, sabíamos cómo funcionaba aquello. Los francotiradores solían herir a alguien a propósito, para así incitar a los demás a ayudarle, de esta forma conseguían objetivos inmóviles. Sencillos. También podía ser que hubiera errado el tiro, pero todos los presentes nos queríamos creer la primera de las opciones en un triste intento de justificar nuestra inacción.

Cesó el bombardeo, de nuevo era el turno de los JFK, Avanzamos hacia el centro de la calle mientras rastreábamos cada palmo del suelo en busca de comida que se le hubiera caído a alguien. Poco a poco llegué hasta el herido, que seguía apretándose la rodilla mientras me miraba con sus ojos lacrimosos suplicando por una mano amiga. Me incliné hacia él. Despacio, y metí mi mano por la parte interior de su chaqueta. Palpé un paquete de cigarrillos y me lo llevé al bolsillo. Después seguí rastreando. Un par de niños le quitaron sus zapatos, después de eso dejé de mirar.

Pronto la calle se volvió a llenar de gente que se movía de forma aleatoria, como bacterias, en busca de sustento y con la vana ilusión de que, tal vez, el camión regresaría de nuevo antes de caer la noche.

Sonó otra deflagración. Todos miramos alrededor, buscando aquellas rosas que dejaban las explosiones marcadas en el asfalto. No vimos nada. De pronto, una lluvia de ceniza nos ensució a todos. Por alguna inexplicable razón me di cuenta al momento de donde provenía todo aquello. Corrí hacia La Puerta de mi casa, y desde allí pude ver como ardía la biblioteca municipal. Cerca de ella no vivía nadie, no era ningún objetivo estratégico, sólo eran libros. Entonces lloré, lloré por primera vez en seis meses. Y sentí miedo. Mucho miedo.

No podía moverme, no podía. Simplemente observaba los trozos de papel que, aún ardiendo, se elevaban al cielo girando enloquecidamente. Entonces ocurrió algo que nunca podré olvidar, la única imagen de aquellos días que puede rivalizar con la de la biblioteca ardiendo. Un hombre, sucio, de pelo corto y barba de varios días surgió de la puerta de lo que hasta hace poco se conoció como el club TITO. Abrió sus negras puertas de metal acarreando un aparato con él. Recordé el TITO. Recordé como me hicieron en sus baños mi primera mamada a los quince años. Eso fue hace menos de un año antes de que comenzara toda esa locura, pero se me antojaba tan lejano por aquel entonces. Recordé aquella música machacona en la cabeza, en realidad nunca me gustó, pero eso era lo de menos. Recordé también aquellos labios. Aquellas manos que desabrocharon mi pantalón. Ella era mucho mayor que yo. Con esas imágenes en la cabeza cerré los ojos y esperé. Me mordí los labios y esperé. Pero no tuve ninguna erección. Me sentí desdichado. Probablemente la falta de agua y comida fueran los culpables, pero claro, en aquellos momentos no era tan fácil racionalizar toda esa mierda. Pensé, abatido que tal vez hubiera olvidado como tener una erección. ¿Cuánto hacía que no me masturbaba? Tal vez hubiera perdido la noción de belleza. Tal vez no pudiera recobrarla nunca.

Pero volvamos a aquel hombre. Él solo, sin ayuda de nadie y bajo aquella lluvia de cenizas y papeles sacó una mesa a la mitad de la calle. Volvió a entrar en la discoteca y sacó varios platos y una mesa de mezclas. Volvió a entrar y sacó a cuestas un par de altavoces enormes. Nadie podía creérselo. Para terminar, saco unos alargadores que presumiblemente conectaban todo el equipo a algún tipo de generador que tendría escondido dentro del club. Sin abrir la boca, sin decir una sola palabra, sin realizar gesto alguno encendió todo el sistema y un agudo pitido pudo escucharse en toda la calle. De inmediato, colocó un vinilo sobre uno de los platos y pulsó alguno de los botones de la mesa. Entonces. Joder. Entonces lo escuchamos. Era esa misma música. Aquellas voces graves, aquellos golpes, aquellos ritmos. Subió el volumen y las ventanas que aún no estaban rotas retumbaron.

La gente empezó a levantarse, otros salieron de sus casas, extrañados e intrigados. Nadie bailaba, pero eso era lo de menos. Fue en ese momento cuando noté algo duro entre mis piernas. Años más tarde pude saber que aquel hombre había sido el disc-jockey de la sala TITO. No dejó de mirar la biblioteca que ardía. Yo sonreía mientras me agarraba el paquete con la mano. Volví a sentir los labios. Volví a sentir. Oí un disparo. El pinchadiscos cayó al suelo con la cabeza atravesada por un disparo. El disco siguió sonando hasta que acabó la canción, para dejar paso a un monótono sonido rasgado producido por la aguja sobre el vinilo. Se escucharon de nuevo los gritos del chaval herido. Se volvieron a escuchar los pasos de la gente que regresaba a su escondite.

Yo corrí, corrí hacia el sótano. Me senté junto a mi madre y le dije al oído:

-Mamá, he tenido una erección.

¿Por qué sonríen los gatos?

Octubre 15, 2008 por perogrullo

2787879334_5ecd34d776 – marta

-Mmmm… Buenos días.

-…

-¿Qué ocurre? Anda, no seas perezosa, ya va siendo hora de levantarse.

-Que te jodan.

-Pero, ¿qué pasa?

-Lo has vuelto a hacer, imbécil.

-¿El qué?

-Has vuelto a decir su nombre en sueños.

-¿Esta noche? Mierda.

-Sí, esta noche, muchas gracias.

-¿Te vas a enfadar? No puedes culparme por decir cosas en sueños.

-¿Qué era lo que estabas soñando?

-No tengo ni puta idea, joder, qué importará eso.

-A mí me importa, no es agradable. De hecho, es una puta mierda.

-No puedo pedirte disculpas por algo que no controlo, venga, levantémonos. Te haré el desayuno.

-Desayuna tú, yo me quedaré un rato más en la cama.

Primero fue al baño, a mojarse la cara que, aún húmeda, vio reflejada en el espejo. Después fue a la cocina y lleno su taza de Cobi de leche. Le gustaba echar el cola cao antes de meterlo al microondas, así quedaba mejor. Pero mientras la taza daba vueltas dentro del horno volvió a la habitación. Nervioso. Exaltado. Gesticuló con las manos antes de abrir la boca.

-¿Acaso nunca has soñado algo horrible? ¿Algo espantoso? ¿Algo que al despertar te haya hecho sentir nauseas? ¿Nunca has matado a nadie en sueños?

-Déjame dormir.

-No, no, no. ¡Contesta!

PING

-Creo que ya está listo tu desayuno. Lárgate.

Se puso los primeros pantalones que encontró tirados en la habitación y salió a la calle sin despedirse. Portazo inclusive. Suspiro inclusive.

En la calle hay un banco. La estructura que soporta los tablones de madera es de piedra grisácea. Los tablones de color rojo. Los clavos oxidados. Tiene una carretera. El banco no, claro. La carretera está en frente. Y los coches. Y los camiones. Y pasan. A toda hostia. Y hay ruido. Brum brum. Y se sienta y se enciende un cigarro. Sin desayunar. Y piensa, joder, tabaco con el estomago vacío. Y piensa, a la mierda. Y brum brum. Y ve luces y se siente mareado. Y se siente basura. Y piensa, que nos jodan. Joder.

-Oye colega, ¿me pasas uno de esos?

-¿Qué?

-Un cigarro coño.

-No, que te jodan, vete a la mierda. Déjame en paz.

-¿Por qué?

-Porque estoy jodido y quiero amargarte un poco el día. ¿Te vale?

-Mira, haremos una cosa. Si me das un cigarro, yo te cuento un secreto.

-¿Y a mí que mierda me puede importar tu secreto?

-Es importante.

-¿Cómo de importante?

-Tan importante como la mujer que te espera en la cama en tu casa.

-En mi cama ya no me espera nadie.

-Siempre hay alguien esperando a alguien.

-¿Siempre sueltas toda esta mierda para conseguir un cigarro?

-¿Quieres saber de qué secreto se trata o no?

-Suéltalo.

-Te contaré el secreto de porque sonríen los gatos.

Y brum brum. El viento hizo que sus cabellos se movieran. Humo de motor. Explosiones de gasolina. Buscó un cigarro en su paquete y, después de cogerlo, tendió la mano al vacío.

-Toma.

El cigarro se precipitó al suelo. Y brum brum.

-¿Por qué sonríen los gatos?

-Bueno, ¿por qué sonríes tú?

-Depende.

-No, no. Tú sonríes porque sabes cosas.

-¿Qué cosas?

- Sonríes porque sabes cosas que los demás creen que no sabes.

-¿Los gatos saben cosas?

-En realidad no, sólo saben una cosa.

-¿Qué cosa?

Y brum brum. Cigarro en el suelo.

-Saben eso que crees que no sabe nadie.

-¿Eso?

-Exactamente.

-¿Tú también lo sabes?

-No, sólo los gatos. Por eso sonríen.