Aunque ya no vaya tan a menudo me sigo acercando al Trapi. Ahora, por alguna razón que me es esquiva, prefiero quedarme en casa, aunque suela tratar, de forma inconsciente, de mimetizar mi habitación al estilo del bar. Tengo sus mismas cervezas, sus mimos vasos. Incluso un cenicero que compré en un chino idéntico a los de la barra. Bueno, cuando aún se podía fumar. El humo es indispensable. Recuerdo, con cariño y algo de nostalgia, esas madrugadas de muros de nicotina, de ambientes tan cargados y humaredas tan espesas que se hacía imposible distinguir a la persona que tenías al lado. Así era más fácil poner las entrañas sobre la mesa y, como con un cura en su confesionario, mostrárselas a los desconocidos. El humo te permitía esconderte de tus enemigos y huir de tus malas acciones, de tus malas palabras. El humo se te metía por los poros, por los agujeros de tu cuerpo y al lamer una lengua nadie te ponía cara rara. Ahora, en cualquier bar o en la calle, te toca soportar las lamentaciones de las mujeres, “las bocas nos saben a cenicero”. No se dan cuenta de que tras un beso perdura más el mal sabor de boca que el del dentífrico. No se dan cuenta de que lo importante no es el aroma, sino la huella.
La semana pasada volví a entrar al Trapi. El camarero, viejo amigo sin nombre, me deslizó una hoja de papel doblada, “lo han dejado para ti”. Era de Ella. Hacía años que no la veía, que no sabía nada de su vida. No es que me extrañara, nos hicimos tan miserables el uno al otro que llegamos al punto de no tener ni basura que sacar a la calle, de no tener ni suciedad que echarnos en cara. Éramos como un cadáver que tuviera que pedir prestada la putrefacción. En la nota me conminaba a presentarme en el bar el siguiente miércoles. Me pedí un vaso del mejor whisky y celebré aquella noticia como se celebra un funeral, alzando la copa y bajando la mirada. Recuerdo a Lapido sonando en los pequeños altavoces del las paredes “… creo recordar, que luego dijiste…”. Las despedidas no se me daban tan mal, las despedidas eran soportables. Pero a los reencuentros, en cambio, no estaba seguro de saber sobrevivir. No hubo ni pompa ni solemnidad aquella noche, pero el paso fúnebre duró hasta el amanecer.
Llegó la fecha señalada y yo desperté en el sofá de mi sala, en posición fetal, con la televisión encendida, la ventana abierta de par en par, el parqué empapado por la lluvia y una resaca totalmente en forma que empezó a usarme de sparring. Llamé al trabajo para decir que estaba enfermo, pero la amable voz de la señorita que había al otro lado de la línea me dijo que allí no tenían ningún empleado con mi nombre. Colgué, me recosté y encendí un cigarro. Pensé que los despidos debían ser como los divorcios, un alivio al principio y una desgracia después de la tercera paja seguida. Luego caí en mi error. Llamé de nuevo, esta vez marcando el número correcto, para avisar de mi ausencia. Pasé el resto del día entre la ducha y el minibar, entre largas estancias en la taza del váter y el cigarro en el balcón. Reflexionando. Hacía tiempo que sabía que la felicidad no era más que la ausencia de nausea. Que no tenía cuerpo, que no era un sólido, que no existía en sí misma, que no era más que un continente que había que mantener vacío. Y yo estaba a punto de, no llenarlo pues llevaba tiempo cargadito sino, rebasar los bordes y dejarlo todo hecho un Cristo.
Llegué pronto al Trapi, estaba cerca de mi casa, pero ella, como siempre, llevaba ya un buen rato sentada en uno de sus taburetes, con el bolso sobre la barra. Llevaba un sencillo vestido negro, unas medias que no dejaban ver su piel, el pelo sobre los hombros y los labios pintados de un rojo casi granate, casi burdeos. Casi sangre. Me senté a su lado y le pedí al barman lo mismo que estuviese tomando ella. Me sacó un café. Volví a pedir, esta vez una cerveza. Estuvimos un rato sin hablarnos, sin mirarnos. Ambos nos preparábamos para algo agotador, teníamos que calentar un poco. Sentí sobre mi espalda las miradas de todos los parroquianos del garito, pero al girarme pude comprobar, sorprendido, que nadie nos estaba prestando la más mínima atención.
Me dijo que estaba en la ciudad por trabajo. Venía a dar una charla en la universidad sobre algo. Ni ella se preocupó en explicarme el tema del simposio, ni yo mostré demasiado entusiasmo por averiguarlo. También comentó, como si no le diera demasiada importancia, que se había divorciado. “No sabía que te hubieras casado”. Al parecer yo no sabía muchas cosas, según ella. Lo dijo sonriendo a la taza de café. “El amor suele dejar de valer la pena cuando te das cuenta de que resiste más de lo que dura”. Aún no sé si lo dijo por su ex marido o por mí. Me preguntó por mis ex mujeres y yo pude responderle, casi con orgullo, que aquel contador aún seguía a cero. Yo ya me había resignado y había comprendido que las mujeres, como las pulgas, saltan de los perros moribundos antes de que caigan fulminados.
En algún momento hizo ademán de salir a fumar un cigarro. Fui tras ella. En la calle llovía a cántaros y el Trapi, que no era más que una puerta negra de metal en una pared, no ofrecía cobijo alguno. “Podemos ir a mi casa, está aquí al lado”. No respondió, simplemente guardó la pitillera en el bolso y esperó a que le mostrase el camino.
Mi casa daba verdadero asco. No había anticipado nada como aquello aunque en realidad, en mi fuero interno, sabía exactamente que aquel desenlace era inevitable. Dejé sus cosas sobre la cama de mi habitación y nos sentamos en el sofá. Saqué dos cervezas de la nevera y acerqué el cenicero a la mesita de la sala. Encendimos nuestros cigarros. “Estoy fea, cada día lo estoy más”. No dije nada. Si no lo había entendido en todos esos años ya no lo entendería jamás. Por respuesta obtuvo una media sonrisa y mi lengua en su oreja. Siguió fumando, pero me acarició la cara con la mano que tenía libre. No necesité más permisos ni salvoconductos, tomé el atajo que había debajo de su vestido hasta los aros de su sostén. Me dijo que los hombres ya no le hacían eso, que ya sólo admiraban su currículum, que piropeaban más sus artículos que su culo. Levanté su vestido y solté el sujetador. Enterré la cabeza en su pecho y oí de nuevo su voz. “Debí haberte abandonado para siempre desde el primer momento…”. Dejó escapar un suspiro. “…o al menos después del aborto”. Terminé de comprobar que todas las partes de su cuerpo seguían sabiendo igual que la última vez y me quedé de rodillas frente a ella. “Me llevas abandonando toda la vida”.
Me pidió que no la dejase así. Le bajé sus leotardos, que había confundido en un principio con medias, y le quité las bragas. Todas las prendas eran de color negro. Metí mi cabeza entre sus piernas dejando que los ojos sobresalieran como un periscopio para otear su rostro. Tenía la cabeza echada para atrás y su mirada posada en el techo. La presión de sus muslos en mis sienes y la posterior caricia en mi cabello me señaló el final. Apoyé la cabeza en su pierna, “sabes” dije, “tu coño siempre ha sido mi lugar favorito del mundo”. Pero ella me apartó de su lado y se levantó. Se agachó para recoger su ropa y empezó a vestirse. Me pidió que comprendiera que no era conveniente que ella me devolviera alguna muestra de afecto. “Claro” mentí.
Ya vestida se recogió su pelo en una coleta y me dio un beso en los labios con su boca cerrada. De camino a la salida se cruzó con un espejo. Se quedó mirando su reflejo durante algunos segundos con una mirada sombría. Abrió la puerta, salió y la cerró detrás de ella. Yo, sentado en el sofá, encendí la televisión y un cigarro. La lluvia de la calle me hizo imaginar una inundación, pero yo estaba en un cuarto piso. No hay cataclismos suficientes para acabar con ciertas vidas.
noviembre 10, 2011 a las 1:12 am |
Nos vemos en el Trapi.
noviembre 10, 2011 a las 7:28 am |
Invitas tú.
noviembre 10, 2011 a las 4:50 pm |
Ponme mil sanmis 1800.
noviembre 11, 2011 a las 6:32 pm |
Es tan dulce y desolador… me encanta
noviembre 12, 2011 a las 2:23 pm |
yo estuve ayer, nunca había estado. Puto carero cabrón.
noviembre 13, 2011 a las 9:44 pm |
Good.
noviembre 14, 2011 a las 3:27 pm |
Sí que es caro el Trapi, pero tienes que tener en cuenta que en la factura final te meten el IVA y la sordidez. Y ya después de las 12 la nocturnidad y el ambiente de film noir.
noviembre 18, 2011 a las 10:03 pm |
Yo también me lo imaginé, a Isbert, digo. Por cierto te he mandado una foto a ver qué se te ocurre.
diciembre 12, 2011 a las 11:16 pm |
Siempre consigues que quiera tomarme algo contigo. Me encanta.
diciembre 13, 2011 a las 5:55 pm |
Gracias chose, acabo de ver que has vuelto, perfecto.