Novena Parte

La noticia me la dio una amiga suya de clase en uno de los recreos del instituto. Habían encontrado el cuerpo en su dormitorio, desangrado. Usó un cúter. Se había cortado las muñecas. Se había rajado el vientre y la cara. Incluso, según parece, había cortado el flujo sanguíneo de su brazo con una mano hasta que la vena cefálica se hinchó lo suficiente como para meter la punta de su herramienta bajo ella y tirar, cortándola de abajo hacia arriba, de adentro hacia afuera. Como las burbujas del río del puente, pensé. Un trabajo de lo más concienzudo. Dejó una nota, pero la familia no quiso hacerla pública.

El rumor corrió como la pólvora y pronto fui el objeto de todas las miradas del colegio. No me importaba demasiado. El director se personó en clase y me llevo ante la psicóloga del centro. Pasó dos horas reconfortándome con palabras vacías. Yo no dije nada. Después quiso saber si habíamos tenido algún problema recientemente. Me encogí de hombros. Al final me dieron el día libre, tal vez fuese porque creyeron que al ser mi novia el dolor sería demasiado grande como para sacar provecho de las clases, o por el terror que les podía inspirar un instigador de suicidios. No quise ir a casa, probablemente hubieran llamado a mis padres y una charla sobre el asunto era lo que menos me apetecía en aquel momento. Me puse a andar sin pensar demasiado en el trayecto. ¿Era yo un asesino? No me sentía como tal. Fue ella quien creyó ver algo especial donde sólo había fluidos. Fluidos. Yo me alimenté de los suyos. Y crecí, y engordé. Pero los míos convirtieron su útero en un sótano, su boca en un erial. La pudrí por dentro. Pero la culpa fue suya.

De repente me encontré en el hospital. En la habitación de mi hermano. ¿Cuánto tiempo llevaba andando? Cerré la puerta tras de mí, quería estar solo un rato. Me senté a su lado. Intenté hablarle sobre ella. Explicarle su olor. Ella olía bien. Explicarle cómo me miraba. Como una tonta. Pero no dije ninguna palabra. En lugar de ello empecé a gritar, como un animal. Un grito de rabia y asco, informe y sin vocales. Caí al suelo. La imagen de la habitación empezó a desdibujarse, sus formas a desenfocarse. No, no, no, aún no. Busqué el origen del problema. Era mi hermano, su cuerpo,  se movía, sus ojos, parpadeaban. Estaba despertando. ¡No! Tiré todos los aparatos de la estancia al suelo. Noté un pitido en el oído, un ruido estridente como por detrás del cerebro. No, joder. Tenía que aguantar, tal vez pudiese intentarlo una vez más. Pero dolía, mucho. Desconecté todos los cables, arranqué todos los tubos. Mientras desenchufaba a mi hermano de todo lo que lo conectaba a aquellos cacharros nuestras miradas se cruzaron y pude ver el brillo de la consciencia en sus ojos. La habitación tembló, de adentro hacia afuera. Alguien abrió la puerta, de una patada. Fue el hombre que me hizo preguntas extrañas sobre mi hermano. Al verlo entrar salté sobre su cama y comencé a darle de puñetazos en su tullida cara. Puse las manos alrededor de su cuello en un intento por ahogarlo. Pero fracasé. El hombre, ayudado por un par de enfermeros del hospital, la señora de la limpieza y varios curiosos que pasaban por ahí me separaron de mi hermano. Los tubos fluorescentes comenzaron a parpadear con un sonido como de gotas de agua demasiado pesadas cayendo en un barreño. Me desembaracé de todos ellos y salí corriendo de aquel lugar, pero mis pies volvieron a traicionarme. Me escondí en la primera habitación que me pareció adecuada. Cerré la puerta y, con la frente apoyada en ella, conteniendo la respiración, pude oír las pisadas de mis perseguidores que pasaron de largo. Suspiré. Me giré y apoyé mi espalda contra la puerta deslizándome hasta que mi culo se posó en el suelo. Mi hermano despierto, pensé para mí mismo. Y al alzar la vista vi esa cama, igual que todas las camas de los hospitales. Vacía al principio. Pero poco a poco comenzó a hincharse, como una colchoneta a la que se le insufla el aire a golpe de pedal hasta que las sábanas dibujaron una silueta humana. Ya sabía quién era, y supe también que verla sería la guinda del pastel de mi fracaso. Pero me acerqué. Y también la destapé. Allí estaba ella. Inmóvil. Una máquina respiraba por ella introduciendo aire en sus pulmones por medio de un tubo sujeto a su boca con esparadrapo. Tenía la cara hinchada y amoratada.

Me senté en la silla que había al lado de la cama.

Probando. Un, dos, tres.

Ya no funcionaba. Me quedé mirando a la pared. Esperando.

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