Sargento Gogeaskoa, El Boulevard, Donostia (2005)
No pararon en ninguno de los semáforos anteriores. No sabría decirle con exactitud pero, tal vez, a unos 100 o 120 km/h. Como locos, como perros rabiosos. Pasaron rozando unos cuantos coches, destrozándoles los retrovisores laterales y arañándoles parte de la pintura. Tenía que haber estado allí para poder ver el enfado de los propietarios de los susodichos vehículos. En fin, al menos no hubo que lamentar ninguna pérdida personal. Y créame, tuvo que existir algún tipo de intervención divina, sino, no me lo explico. A medio camino el copiloto bajo su ventanilla, saco el brazo y comenzó a disparar al presunto vehículo perseguidor. Aquel individuo realizó hasta nueve disparos, según los testigos, en menos de diez segundos. La policía científica sólo pudo encontrar seis casquillos de una 9 mm. Suponemos que el resto cayeron dentro del vehículo del propio tirador. Lo más curioso, y esto que le voy a contar es lo que va a hacer que merezca la pena su pequeña propina, es que cada casquillo llevaba inscrita una palabra. ¿Cuáles? Margarita, Mephistopheles, Marthe, Heinrich, Valentín y Wagner. Vaya usted a saber por qué. Si mira usted más adelante, podrá ver la marca que dejaron los neumáticos al frenar y dar la curva. Sí, sí, allí. Justo antes del edificio del ayuntamiento. Mmm. No, no. Nunca se pudo identificar a los perseguidores. En ese mismo punto que acabo de mostrarle su vehículo perdió el control y salió de la carretera, atravesó esos jardines y chocó contra el tiovivo. Debían de portar algún tipo de explosivo ya que, al chocar, el vehículo estalló y salió volando por los aires para aterrizar justo en la arena de la playa. Los cuerpos quedaron totalmente irreconocibles y el vehículo era robado. Ya ve usted, un callejón sin salida.