
17042008092 – xalernita
La habitación era pequeña. A los dos lados se encontraban las literas, una contra cada una de las paredes y, en medio de las dos, la diminuta ventana. Él se subió a la cama superior de la derecha y observó con disimulo a través de los hierros laterales. Observó como leía la chica extranjera que ocupaba la cama inferior de la litera izquierda. A decir verdad, sus ojos pasaban y saltaban de forma constante de la cara de aquella mujer, una cara de belleza sencilla cubierta parcialmente por una melena castaña, a su pecho izquierdo, capaz de distinguirse levemente bajo su camiseta blanca. El brazo izquierdo, que sostenía la versión de bolsillo de Orgullo y Prejuicio, conseguía alzar ligeramente su pecho, dándole un aspecto más terso y voluminoso de lo normal.
Había sido un largo viaje, sin duda. No por la distancia recorrida, no por el tiempo transcurrido. No. Fue uno de esos viajes interminables, literalmente, ya que se realizan sin fijar un destino. No por ignorancia, no por deseo de aventura. No. No tiene destino porque no se quiere alcanzar ninguno. Porque no se desea llegar a ninguna parte. Porque, al fin y al cabo, se está perdido. No venden mapas en las gasolineras para ese tipo de desorientación. No.
Pensó en tocar ese pecho, con suavidad, casi con una delicadeza maternal. Levantar la camiseta y observarlo con atención. Estudiar su geometría. Dibujar con los dedos el contorno del pezón siguiendo la línea que separa cada zona con distintas tonalidades de piel. Besarlo, lamerlo, saborearlo. Levantar la mirada mientras aún retiene el pezón entre sus labios y encontrarse con los ojos de aquella mujer. Ver que le sonríe, que aprueba lo que está haciendo, que lo entiende, que disfruta. No de un placer sexual, sino más bien, de un orgullo. El orgullo de sentirse deseada. Ella le pasaría su mano por el cabello y le dejaría apoyar la cabeza en medio de sus pechos desnudos.
Se hizo de noche, tenía sueño, los ojos se le cerraban. Pensó en dejar que el sueño se lo llevara, soltar las manos y dejar que la inercia hiciera el resto. Pero le pareció que no tenía derecho a dejar de sufrir, aún no. Sería algo demasiado egoísta. Un albergue era mucho más de lo que necesitaba, no se lo pensó demasiado. Pagó al contado. Al amanecer tendría que enfrentarse de nuevo a la realidad.
Pero en lugar de ello abrió su libro y leyó, leyó hasta quedarse dormido.

