ombligo – borde
Petunia se viste de tiros largos para esta noche. Porque esta noche es su noche. No como todos esos sábados insulsos. No. Este sábado es su sábado. Lo sabe. Petunia está segura porque nadie puede equivocarse tantas veces ¿verdad? Es la última oportunidad. En realidad, siempre era la última oportunidad, cada jodido día era el último. Pero no, no. Hoy toca.
Petunia se coloca frente al espejo y pondera la longitud de su minifalda. Hoy en día a nadie le gustan las mujeres recatadas. Pero tú no lo eres ¿eh? La imagen del espejo no responde.
Petunia se pone una camiseta ceñida con una frase sugerente que no reproduciremos aquí por deferencia hacia el lector. Acaricia sus pechos. Simplemente quiere sentirse como una mujer, nada más. No como una madre, no, simplemente una mujer. Su hijo está con la abuela, hoy no existe, hoy no cuenta.
Al acercar la cara al espejo para estirarse las pestañas con un maybelline se percata de las arrugas del contorno de sus ojos. Siempre han estado ahí, ella lo sabe, pero tenía la extraña sensación de que hoy desaparecerían por arte de magia. Lamentablemente no ha ocurrido nada de eso. Lamentablemente.
Petunia abre el cajón de su mesilla de noche y saca una pequeña bolsa de plástico con el logotipo del supermercado más cercano a su casa impreso en ella. La pone boca abajo sobre su cama y de ella cae un paquete de 12 preservativos marca blanca. Petunia quiere usar hasta el último de ellos. Pero. Pero se alarma y duda. Y duda porque, tal vez, a los hombres jóvenes de hoy en día no les gusten los condones. O eso decía aquella revista para mujeres seguras de si mismas. A pelo. Petunia no puede evitar pensar en pequeños seres de múltiples patas y afilados colmillos correteando por su vagina y enredándose en el poco vello púbico que ha dejado sin rasurarse.
Petunia agita su cabeza intentando desembarazarse de tan grotescas imágenes. Una extraña sensación de vacío en el estómago le obliga a sentarse en el borde de la cama. Saca su lengua seca y el reflejo del espejo se ríe.
Petunia abre la caja y saca uno de los envoltorios. Lo rasga, con cuidado, como un cirujano. Introduce dos dedos de su mano derecha en el condón y lo observa a trasluz. No hay belleza, sólo látex. Goma que espera ser quemada. Lentamente, desliza la mano por debajo de su falda, apartando el tanga que lleva puesto. Petunia se acaricia y siente el contacto del látex con su cuerpo. Pero está seca. Seca.
Petunia duda, pero la curiosidad vence a la vergüenza. Siempre suele hacerlo. Alza la mano hasta dejarla a la altura de la cara. La gira hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Sonríe y se introduce lo dos dedos revestidos en la boca. La lengua traza círculos sobre la superficie gomosa y lubricada, mientras lo labios se adaptan a esa nueva forma.
Petunia se crece. Empieza a mover la mano hacia delante y hacia atrás. La fricción la excita mientras su mente dibuja a mano alzada primitivos y toscos diseños fálicos. Vello masculino, tejido cavernoso.
Petunia se emociona ante la catarsis del espectáculo del movimiento mecánico de sus dedos. Acelera y comienza a emitir fingidos gimoteos. Las fantasías la embargan y su mente se traslada todos los callejones, a todas las camas, a todos los baños y a todos los asientos traseros de coche del planeta.
Petunia se detiene, sorprendida por la imagen del espejo. Se detiene por el reflejo en el que se puede ver sentada, con su mano en movimiento, pero ya sin preservativo que recubra sus dedos. El condón cuelga de su boca, vacío, desinflado, arrugado.
Petunia aguanta las lágrimas estoicamente. No puede estropear el rimel de sus ojos.
Petunia se levanta. Saca el condón de su boca y lo arroja al suelo. Se ajusta su falda. Se ajusta sus tetas. Se ajusta su alma.
Petunia abre la puerta y sale a la calle. Porque esta, esta es su noche.

