a pocas vueltas – miguel
-Cariño, ¿puedes para el coche un momento?
-Llegamos tarde, a mi madre no le gusta que le hagan esperar, ya lo sabes.
-Es importante.
-¿Y no puedes decírmelo ahora mientras conduzco?
-No creo que sea una buena idea.
-Pero…, preciosa, ¿No puedes contármelo más tarde?
-No, no, ya le he dado demasiadas vueltas. No.
-Bueno, pero tendrás que recompensármelo cuando volvamos a casa…
-De acuerdo.
-¿No se te olvidará?
-No cariño, no te preocupes…
-¿No apartarás la cara en el último momento como haces siempre?
-No cariño, te lo prometo.
-Bien, como quieras.
Detuvo el coche en una pequeña gasolinera de carretera. Las luces de la tienda interior iluminaban levemente sus rostros en aquella apacible noche. Apagó el motor y después de abrir la ventanilla se encendió un cigarro.
-Bueno – expulsó humo por la bocas y los orificios nasales- suéltalo.
-He estado pensando mucho estos últimos días.
-Pensando en qué.
-En lo que hablamos el otro día, el asunto de tener un hijo, ya sabes.
-¿Te vas a echar atrás? No me jodas, ¡ya estaba todo decidido!
-No, no es eso, no hay nada que desee más ahora mismo que tener un hijo.
-¿Qué coño ocurre?
-Tengo algo, algo que decirte, algo que no me deja dormir desde hace días, que no me deja comer, que me atormenta cada vez que me toco el vientre pensando en que una criatura viva pueda crecer dentro de mí. Estoy convencida de que ni siquiera podría quedarme embarazada con este secreto alojado en mi matriz.
-¿Esterilidad sicológica?
-No te rías por favor.
Un camión aparcó en la plaza contigua haciendo que ambos miraran hacia la derecha por unos segundos.
-¿Recuerdas a Bael?
-Sí, claro. Pero todo eso es parte del pasado, no voy a echarte nada en cara.
-La cuestión es que nunca llegué a contarte toda la verdad.
-No importa, no quiero saberlo. Yo te quiero, aquí y ahora.
-Déjame terminar por favor, lo necesito.
-Como quieras.
-Me escapé a los 7 meses. Sigo odiándome por no haberte dicho nada, por no haberte dejado una miserable nota, ya lo sabes. Toda esa parte de la historia es cierta. El robo del coche de mi padre. El largo viaje sin carné de conducir. Pero tienes que entenderlo, era una cría, estaba aterrorizada.
Ella le quita el paquete de tabaco y se enciende uno de los cigarros con una mano temblorosa que intenta disimular.
-¿Desde cuándo fumas?
-No fumo.
-Ya veo.
-No sufrí ningún aborto. No me mires así. Estaba tan asustada que se me pasó la fecha. Para cuando me percaté de mi error ya era demasiado tarde. Rompí aguas en el asiento del conductor del coche, no tenía tiempo para buscar un hospital así que tuve que conformarme con un sucio motel de carretera. El “Noches Divinas”. Pagué por adelantado una noche y corrí hacia mi habitación mientras el seboso recepcionista (y presumiblemente dueño) del motel sacaba la cabeza de su cubículo para ver el reguero de líquido amniótico que iba dejando por el suelo enmoquetado.
El camionero pasó por delante del coche para dirigirse de nuevo a su vehículo, lo que provoco un corto silencio, algo incómodo.
-No quise llamar a ninguna ambulancia, por alguna razón me sentía avergonzada. Avergonzada de estar embarazada, o de haber sido tan estúpida como para dejar pasar tanto tiempo. No lo sé. Todo pasó muy deprisa, o así me lo pareció a mí. La criatura salió en poco tiempo, aunque más bien podría decirse que se escurrió de mí. Fue una sensación extraña, como cuando te revientas un grano. Escuchas el sonido de la piel rasgándose y el líquido saliendo por la brecha.
Otro cigarro. La llama del mechero ilumina sus rostros.
-Las sabanas se ensuciaron al usarlas para rodear y tapar al bebé. Lo acerqué a mi pecho. Era madre. No estaba tan mal. Pero, incluso antes de poder pensar en un nombre, sentí que algo no iba bien. A duras penas respiraba. Me asusté, mucho, en serio. Lo tumbé en el suelo, todavía estaba unido a mí por el cordón umbilical. Acerqué la cara a su pecho para intentar oír los latidos del corazón. ¡Y ahí estaban! ¡Estaba vivo! Debía darme prisa. Lo había visto cientos de veces en la televisión, en el cine, parecía fácil. Abrí sus vías respiratorias, eché su cabeza un poco hacia atrás. Cubrí su boca con la mía, le tape la nariz con los dedos y e insuflé aire hasta ver que su tórax se expandía. Apoyé mi mano derecha sobre su pecho, después la otra mano sobre la anterior e hice fuerza. Entonces ocurrió. Escuché el ¡crac! Noté como sus pequeñas costillas se partían bajo mis manos. La boca se le llenó de sangre y un horror indescriptible se apoderó de mí. Creo que perdí el conocimiento. Al abrir de nuevo los ojos pude ver su cara pegada a la mía. Me levanté y fui hasta la mesita de noche que había junto a la cama en busca de algo con lo que poder cortar el cordón. Al echar una temerosa mirada hacia atrás comprobé que había arrastrado su cadáver varios metros por el suelo. Con la ayuda de un abrecartas pude separarme al fin de nuestro hijo.
Las luces del camión se encendieron.
-Lo escondí en la bolsa de basura que había dentro de la papelera de la habitación y lo arrojé al contenedor que había fuera del motel. Al entrar de nuevo el recepcionista me gritó, dijo que me cobraría un plus por haber ensuciado el suelo del pasillo. Y eso es todo.
El marido puso en marcha el coche y se reincorporó a la circulación de la autopista sin mirar a su mujer.
-Cariño, espero que entiendas que…
-A mi madre no le gusta que le hagan esperar, ya lo sabes.

