imagen002 – Raem Hetepet
Intentábamos estirar lo máximo posible cada uno de los momentos, sentirlo todo, arriesgar hasta el último instante, exprimir la vida al fin y al cabo. Quemar cada una de las paredes que nos imponía injustamente nuestra limitada imaginación y, por supuesto, nunca pedir perdón. Teníamos miedo de pasar desapercibidos, de ser aire, una exhalación, una bocanada que quedase diluida. Estábamos asustados, aunque nunca lo llegásemos a reconocer. Sí, aterrados.
Nos llamábamos creadores ¡orgullosos! Por decir lo que todo el mundo sabía, por escribir lo que a todos nos aburría, por fotografiar insulsas sillas de mimbre en tonos sepia. Los artistas debíamos ser anarquistas por naturaleza para señalar lo que, generalmente, es incómodo para todos. Pintaríamos el mundo de los sueños con alcohol y coches lanzados al río. Dibujaríamos un mundo sin imbéciles a golpe de resaca dominguera y comprimidos de ibuprofeno. Pero, ¡ah!, los imbéciles siempre fuimos nosotros. Que no te quepa la menor duda.
Y qué dura fue la caída. Unos Eósforos cualquiera, desterrados al abismo de la mediocridad. ¡Oh no! Entre iguales. De forma un tanto curiosa, seguimos bebiendo lo mismo, rompiendo lo mismo, arrastrando los mismos jodidos pies hasta los mismos amaneceres, diciendo, otra vez, las palabras de siempre y escribiendo, una y otra vez, las mismas líneas huecas. Pero, esta vez, en un tono más blancuzco, puede que algo grisáceo, incluso azul. ¡Azul!
Y si ya no hay torres que derribar, muros que asaltar, consignas que gritar, ni caras que recordar, por qué, y digo yo, ¿por qué coño seguimos sacrificando las mismas vírgenes, ya sin himen, a los mismos falsos dioses y musas? Puede que, al fin y al cabo, todo fuera producto del hastío, producido por un planeta sin ascensores al cielo, que intentábamos paliar construyendo débiles escaleras de asedio que nunca tuvieron los suficientes peldaños. El mismo cansancio debe ser el culpable que nos arrastra por los mismos senderos de siempre, por los mismos bares de siempre, por las mismas camas de toda la vida. Pero, ya por fin, libre de la incomoda ilusión de causar una conmoción que nunca llegó a entrar en la escala de Richter.
Hoy nos vamos a dormir, como lo hicimos antes, entre unas sábanas que no alcanzan a tapar unas miserias que, ahora ya sí, sabemos que no tienen porque importarle a nadie. Y así es como debe ser.