fotoB – naroa
Él era el primer 0 de 01000110. Se sentía cómodo viendo como todos seguían sus pasos sin rechistar. Subían y bajaban a toda velocidad por extraños caminos de luces parpadeantes. Al doblar una de las esquinas se estampó contra lo que parecía ser la cara de su madre, enfadada y triste al mismo tiempo. Lloraba y gritaba en un idioma que no comprendía, estaba muy asustado.
Se despertó. La luz que entraba por las ranuras de la persiana mal cerrada le quemaba los ojos. El dolor de cabeza era espantoso y el paladar le sabía a cenicero y refinería de grasas industriales. Pastoso, sí, sobretodo pastoso. Un sabor perezoso. Una luz desganada.
Se levantó apartando la sábana manchada por vómito seco a un lado. Estaba completamente desnudo y al dar un paso pisó los cristales de una botella rota de whisky.
-Su puta madre.
Cojeando alcanzó la silla de madera de su habitación y se dejó caer en ella. Apoyó su pie sobre la otra pierna y se sacó el trozo de cristal con cuidado. Dolía, mucho. Aunque el aturdimiento provocado por una noche de demasiados excesos anestesiaba los nervios más básicos. Los domingos siempre sentía menos, en todos los sentidos.
Dejó aquel maldito trozo afilado lleno de sangre sobre el escritorio, encima de unos papeles pringándolo todo. Era un buen momento para hacer recuento de bajas. Para hacer inventario general. Mirar a todos lados y saber qué coño pasaba.
-Bien, es Domingo. Eso creo.
La habitación es pequeña pero de techo muy elevado. Paredes blancas sin decoración. El tocador es una buena pista, es la estancia de una mujer. Una extraña sensación le recorre el cuerpo y su cara dibuja una mueca de terror.
-No, joder.
La alfombra que cubre parcialmente el suelo de madera se le hace horriblemente conocida. Recorrió con sus dedos los trazos de colores cosidos, como en un callejero. Comenzó a sudar, un sudor frío, de enfermo. Tan desorientado estaba que no había pensado hasta ese momento en la pregunta más importante de todas. Pudo ver entonces el bulto que se escondía bajo las sabanas que torpemente había apartado. Lo destapó y el cuerpo desnudo de una mujer joven le hizo retroceder 3 pasos. Exactamente 3.
A pesar de estar boca abajo no se le hizo difícil adivinar a quien pertenecía ese culo respingón. Acarició su espalda azuzado por ese deseo universal de inmolación carente de sentido que invade a todos en algún momento de la vida. Ese tentar al peligro. Esas ganas de ser atrapado, para poder quitarse un peso de encima a cambio de un sufrimiento que palidece y parece insignificante ante la exasperante incertidumbre.
Pero no ocurrió nada. Se acerco a la venta y subió del todo la persiana. Miró a la calle y se rascó la nalga derecha mientras contemplaba el lento caminar de la gente. Los domingos la gente caminaba más despacio. El tiempo se volvía algo más líquido, espeso y tangible. No reconocía el paisaje, siempre había ido a esa casa en taxi o en el coche de un amigo. Se puso los calzoncillos y mientras buscaba el resto de su ropa cayó en la cuenta de que no había visto ningún preservativo usado, lleno y anudado. Miró entre la ropa de ambos y bajo la cama, pero nada. No podía soportarlo más. Terminó de vestirse y comprobó que aún llevaba la cartera y las llaves de casa encima. Salió a la calle con el pelo alborotado y una enorme angustia en la boca del estómago. Hacía frío. No debían ser ni las 12 del mediodía. Alzó el cuello de la chaqueta y escogió una dirección de forma aleatoria rezando por encontrar una estación de metro lo antes posible.
¿Otra vez? De nuevo. ¿Pedir perdón? Arrepentirse. Otro domingo de culpa. Y suena el teléfono móvil. Y como no podía ser de otra manera el que llamaba era ÉL.
-¿Qué tal cabrón, dónde andas?
-He salido a comprar el pan.
-¿Has podido levantarte?, menudo campeón.
-Sí…
-¿Qué tal acabaste ayer?
-Me fui pronto a casa…
-¿En serio? Se te veía animado, espero que cuidaras bien de mi chica, es una pena que tuviera que madrugar hoy, pero el curro es el curro, ya sabes.
Era su amigo, pero tampoco es que le hubiera salvado la vida en Vietnam. Mentir. Era fácil. Aunque siempre existían variables más o menos aleatorias que se debían tener muy en cuenta. Si ella resultaba ser una de esas jodidas personas que valoran la sinceridad por encima de todo se podía dar por muerto. También cabía la muy probable posibilidad de que alguien los hubiera visto magreándose en el bar, en caso de que eso hubiese ocurrido.
-La metí en un taxi en cuanto tuve la oportunidad.
Que no se diga, cojones.
-No quiero despertarla, que disfrute de la resaca. Jajaja.
¿Jajaja?
-Claro, mañana estamos.
Llegó a su casa. Tardó, pero llegó. Apoyó la cabeza en la puerta y se sintió a salvo por unos segundos en su burbuja aislante. La historia se repetía de nuevo, los “es la última vez” y “no vuelvo a beber tanto”. Después sacudió la cabeza y se desembarazó de aquellas piadosas mentiras para volver a la realidad. Se desnudó completamente para meterse en la ducha. Abrió el agua fría que lo golpeó en todo el cuerpo como si de acero se tratase. El pelo mojado se le pegaba a la frente. Se preguntó, como siempre hacía en esos casos, si tenía arreglo lo suyo. Si se trataba de una etapa de su vida que con el tiempo lograría cambiar. Pero llevaba demasiado años preguntándose lo mismo. ¿Era esa su forma de ser? ¿Lo sería para siempre? ¿Por qué, aún sabiendo que al siguiente día se iba a arrepentir, continuaba jodiéndola de esa forma? ¿Era su sino el de ser un maldito hijo de puta , o simplemente el de ser estúpido? Había pasado por mucha mierda en su vida, pero aquello era demasiado, había sobrepasado todos sus anteriores records. Se dejó caer en la bañera, se sentó con la cabeza metida entre las piernas, lacerada por el agua helada. Y sabía perfectamente que lo volvería a hacer.