dscn0705 – dovidena
-Deberíamos haberlo hecho hace mucho tiempo.
-Sí, lo sé.
-¿Y por qué no lo hicimos?
-Pereza, miedo, esperanza… escoge la que más te guste. A mí no me importa.
-¡Pero debimos hacerlo hace mucho tiempo!
-¡Cállate joder! Eso ya no tiene ninguna importancia.
-No me grites… – se puso a llorar – no me gusta que me grites.
-Bueno, hagámoslo. Aquí. Ahora.
-¿No hay ninguna otra opción?
-Sabes perfectamente que no sería capaz de sobrevivir.
-Pero…
-Y aunque lo consiguiera,¿realmente quieres obligarle a vivir una vida como esta?
-Las cosas pueden cambiar…
-No seas idiota – negó con la cabeza.
Ella se arrastró hasta la improvisada cuna que habían colocado en una de las esquinas de aquella gruta. Entre los montones de hierba seca se podía apreciar un pequeño bulto envuelto en una toalla rosa. Ella sonrió. Apartó un poco la parte superior de la precaria envoltura dejando entrever algo que se hinchaba y deshinchaba a un ritmo constante. Vida.
-Ven aquí pequeño…
Lo alzó en el aire y lo acercó a su pecho. Desabotonó 3 de los botones de su sucia camisa y mostró una mama llena de estrías. Había vivido mejores momentos, sin duda. Ahora no era más que una pálida y arrugada sombra de su antigua exuberancia. Se la acarició, volvió a sonreír pero esta vez de una forma mucho más melancólica. Él suspiró.
Tratando de ayudar al bebé apartó completamente la toalla de su cabeza. No acababa de acostumbrase a su aspecto. Pálido como un fantasma. En su rostro resaltaba la falta de labio superior. En su lugar no había nada. Literalmente. El orificio bucal se unía directamente a las fosas nasales. Ello hacía que las dos vías de respiración habituales, es decir, la boca y la nariz no pudieran diferenciase y delimitarse de una forma clara. La estampa quedaba completa al subir un poco más, justo hasta sus ojos, su ojo, bueno, ninguno de los dos estaba demasiado seguro de cuantos eran realmente. La esclerótica de los globos oculares se unía a la altura del entrecejo la conexión era muy estrecha y de apariencia frágil, como si fuera a derramarse en cualquier momento, lo cual hacía de su aspecto algo realmente perturbador.
El bebé se aferró al mustio pecho desesperadamente hambriento. Empezó a succionar la poca leche que guardaba pero la mayor parte del alimento materno se perdía por el antinatural hueco que el niño tenía entre la boca y la nariz.
-Vamos, déjalo, sólo lo estás empeorando.
-¡Cabrón! Sólo piensas en ti, egoísta.
Al levantarse enfurecida, el deseado pezón quedó fuera del alcance del bebé que comenzó a llorar y patalear frenéticamente. Algún tipo de código Morse primitivo.
-¿Ves lo que has conseguido?
-Pronto oscurecerá.
-¿Y?
-Nada.
Sacó la 9mm que llevaba escondida en la cintura, le quitó el cargador y contó las balas. Comprobó la recámara. La miro a ella. Puso el cargador de nuevo en su sitio. Miró al bebé. Comprobó de nuevo la recámara. Miro al exterior. Amartilló la pistola. Una gran tormenta.
-¡Por el amor de Dios!
-Dios no tiene nada que ver en esto.
-¡Es tu hijo!
-Por eso mismo…
-Yo… – sollozó – yo no podré seguir viviendo sin mi hijo.
-Hay suficientes balas para los tres.
-No, espera… no.
-Tú misma has dicho que…
-Pero no, no sé…
-Pensándolo bien, creo que es la mejor solución.
-¡Quieto!
-Sabes lo que nos espera ahí fuera, todas las posibilidades son peores que la muerte.
Al terminar la frase pudo oír un ruido seco, como el que hace una rama al partirse. Miró a su mujer y pudo ver el terror escrito en sus ojos. Tenía la boca tapada con su mano y la ropa salpicada de sangre. Entonces empezó a comprender. Bajó la vista y vio aquel trozo de tubería, afilada de forma muy rudimentaria, atravesando su pecho cerca del corazón. Todo borroso. Su última visión fue la de su mujer siendo golpeada con otra tubería en la cabeza.
…
Ella despertó sin tener la menor idea de cuanto tiempo llevaba inconsciente. Le dolía la parte frontal de la cabeza. Mucho. Posó entonces su atención en aquella jauría de hombres, más animales que seres humanos. Andrajosos, desaliñados, famélicos. Estaban en los huesos y parecía que nunca hubieran tenido carne ni músculos entre la piel y los huesos.
Todos ellos llevaban gafas protectoras, al estilo de un esquiador o un leñador. También unas mascarillas de pintor y dentista que se habían apartado de la cara dejando al descubierto sus bocas de dientes ennegrecidos. Estaban comiendo en cuclillas alrededor de un pequeño fuego improvisado dentro de la cueva.
Ella, apoyada en una de las paredes de la cueva fue incapaz de asimilar toda la información y las sensaciones que recibió a través de todos y cada uno de sus sentidos. El olor a pelo quemado. La visión del cuerpo de su marido desnudo, con el pecho literalmente abierto. Las costillas habían sido partidas con las afiladas tuberías, sus órganos en una bolsa de plástico, su cuerpo dentro de las bocas de aquellos desconocidos.
-Oh Dios mío – se dijo para sus adentros.
Al intentar incorporarse notó un vacío de cintura para abajo. Algo no iba bien, eso era evidente. No se atrevía a mirar porque sabía perfectamente lo que ocurría. Se palpó el lugar donde había estado su pierna izquierda. Sólo un muñón aún sangrante y mal suturado. Algo más arriba un torniquete.
-Oh Dios mío- masculló entre dientes al ver uno de sus zapatos al lado de la fogata.
Al mover la mano para llevarla a su postura original rozó accidentalmente su entrepierna. Estaba demasiado húmeda. Llena de sangre. Asustada acarició su vagina con la yema de los dedos. El dolor fue insoportable y las lágrimas brotaron de sus ojos.
-¡Oh Dios mío! – gritó – hijos de puta…
Todos dejaron de comer y la miraron, Ella se tapó la boca instintivamente. Todos rieron y le lanzaron uno de los húmeros de su marido a la cara. Enloqueció. Se abalanzó sobre ellos y la subestimaron. Antes de que una patada la devolviera a su esquina pudo agarrar la pistola de su marido de entre las ropas que habían dejado tiradas en el suelo. La escondió en su camisa esperando el momento oportuno. Cuando todos volvieron a fijar su atención en el banquete ella la sacó.
Su marido le había enseñado a usarla, aunque ella nunca prestó demasiada atención. Sacó el cargador y pudo contar tres balas. Hizo cálculos. Ellos eran demasiados. Tal vez si… Pero fue descuidada, uno de los antropófagos había advertido la presencia del arma entre sus manos y avisó al resto del grupo. Todos cogieron sus tuberías y avanzaron hacia ella.
¡BANG!
Uno de ellos cayó al suelo con el ojo derecho atravesado por una bala. Todos se detuvieron.
-Dos, quedan dos.
Volvieron a dar un paso al frente y ella volvió a disparar con una sorprendente buena puntería. El segundo fue herido en el pulmón, sus gritos quedaron ahogados por la sangre que encharcaba su garganta mientras se retorcía en espantosos espasmos.
-Una, queda una.
Ya no avanzaron más.
Mientras pensaba qué coño era lo que iba a hacer en ese momento se percató de una nueva variable de la ecuación. Al levantarse, los hombres habían dejado al descubierto el cuerpo de su hijo. Aún estaba vivo, podía verlo respirar. Estaba boca abajo con las piernas separadas. Listo para…
-¡Oh Dios mío!
Apuntó a otro de los caníbales llena de odio. Pero aún quedarían otros 3 si lo mataba. Después apuntó a su hijo. De nuevo al hombre. Su hijo. Empezó a llorar.
-¡No, no, no!
Introdujo el cañón de la pistola en su boca y apretó el gatillo. El cráneo se abrió por la parte superior esparciendo trozos de materia gris por las paredes de la cueva. Los ojos en blanco. El cuello se dobló y la cabeza se inclinó hacia su hombro izquierdo. La mano perdió su fuerza y la pistola salió de su boca para caer en el suelo. El cuerpo resbaló hasta quedar tendido en el suelo.
El bebé lloró por su único ojo. Todos rieron.