
sin título – NaroaLaRubia
Aferrado al fusil soy incapaz de levantarme, de caminar, ni siquiera de alzar la vista. Las explosiones han cesado hace rato pero el recuerdo del estruendo es demasiado reverberante como para olvidarlo. No debería mirar a mi alrededor pero el morbo de la muerte es mucho más poderoso y sugestivo que el miedo. Abro los ojos y levanto el casco de metal que tanto me incomoda. Cadáveres. Es fascinante, no eres capaz de entender la fragilidad del cuerpo humano hasta que la metralla arrojada por un proyectil de mortero lo despedaza. Las esquirlas de metal seccionan tendones y rompen huesos como si fueran mantequilla, sin hacer ninguna distinción. En un abrir y cerrar de ojos el compañero de batallón que apuntaba a la línea del frente sale disparado doblando los miembros en una posición totalmente antinatural, cae al suelo. Lo más horrible es saber que eres consciente de sus heridas mucho antes que él mismo. La pierna derecha arrancada de cuajo a la altura de la rodilla dejando al descubierto el hueso de un color azulado, varios cortes en el abdomen por el que se pueden entrever los intestinos que amenazan con desparramarse por el suelo violado, una y otra vez.
Es mejor tratar de olvidar esos nombres y esos lugares de los que proceden, no tiene demasiado sentido sentir algún tipo de aflicción por ellos. Están muertos y con ellos mueren sus hermanos y sus padres, sus novias y mujeres, sus ciudades natales, sus historias y sus sueños, sus mentiras, sus bravuconadas. Olvidar y levantase suelen convertirse en sinónimos en esta clase de situaciones extremas, no nos engañemos. ¡Vamos!
Las ruinas parecen desiertas, el olor de la pólvora se mezcla con el de las heces cagadas por los cuerpos ya muertos, su último “suspiro”. Cojo la munición de las cartucheras de mis compañeros, ya no la van a necesitar nunca más. Pienso en la venganza por un breve instante, luego la olvido, más o menos. Luego pienso en una mujer en ropa interior sobre el colchón de la cama de mi casa, pero no me excita. Luego pienso en mi mujer. Luego en un desayuno compuesto de un café con leche y un bollo en la cafetería que hay justo al lado de mi portal, entre el estanco y la frutería. Luego no pienso en nada. En nada en absoluto.
Empiezo a correr a toda velocidad intentando recordar lo que dice el manual de suboficiales sobre estas situaciones, pero soy incapaz de recordar una sola palabra. ¿Debería buscar cobertura? No, claro, párrafo tres del cuarto capítulo, recuento de bajas y daños en el material. Mientras sigo corriendo me doy cuenta de que toda la unidad ha muerto y que es bastante estúpido hacer una lista de los fallecidos. “Acabaríamos antes haciendo la de los vivos” pienso para mí mismo. Sería un buen chiste para contar al sargento, pero está muerto como los demás.
Con la cabeza metida entre las nalgas del humor negro no puedo evitar caer en el agujero creado por un obús del ochenta y ocho. Siento un ligero mareo del que me recupero de inmediato. Cuando abro los ojos no puedo creer lo que veo. Un uniforme, pero no es igual que el mío, es totalmente distinto, de un color más oscuro y un sistema de graduaciones diferente. Dentro del uniforme hay algo que se mueve, oh, un cuerpo, tal vez un ser humano que levanta apresuradamente su subfusil apuntándolo hacia mí. Y yo, que lo he ensayado mil y una veces, que lo he memorizado, que he sido adiestrado para responder de forma instintiva hago lo mismo, tembloroso pero seguro de mis intenciones. Matar. Y es que a eso se reduce todo esto ¿no? Es la ley más antigua de este mundo: matar para no morir, estoy en mi más sagrado derecho de apretar el gatillo y hacer que esta bala del sietepuntoveintidós atraviese su cerebro repleto de imágenes, recuerdos, sensaciones. Pues es él o yo. No hay que ser muy inteligente para tomar una decisión en estos momentos. No nos piden ser listos. Nos piden matar.
Y todo es más fácil cuando odias, cuando odias de verdad, cuando sólo hay odio. ¿Cuánto vale una vida odiada? Tal vez la mitad que una vida indiferente y sólo una décima parte de una vida querida. Siempre suspendía matemáticas en el instituto. Pero centrémonos. La situación me recuerda a esos viejos westerns americanos, buscando algún tipo de justificación espero la señal de mi enemigo para disparar, pero esta no llega. Y mientras espero no puedo evitar mirarle a la cara, tiene la edad de mi hijo, probablemente vaya a beber cerveza los viernes por la noche a algún bar buscando una chica bonita con la que poder flirtear. Bromeará con sus amigos sobre chistes verdes y su madre tendrá una foto de su hijo vestido de uniforme, orgullosa.
“Enmimismado” me doy cuenta de que he olvidado prestar atención a su arma, pero él tampoco ha disparado, me mira con cara asustada, dubitativa, perdida. Tal vez le recuerde a su padre, y puede que piense en esos días que solía pasar pescando con él en un mundo, probablemente, más azul de lo normal. No conozco su idioma ni sus costumbres, seguramente sea incapaz de pronunciar su nombre correctamente. Pero odiar… no puedo odiarlo, no soy capaz de aborrecer a alguien de quien no sé nada. Es curioso. Hasta este momento nunca me había preguntado el porqué de estar aquí, de empuñar un arma cuyo único fin es matar a alguien que no conozco, a alguien, al fin y al cabo, que no me ha hecho ningún mal.
Pongo el seguro y bajo el arma, la verdad es que no me importa demasiado morir. ¿Por qué estamos aquí, es esta zanja, en este maldito agujero de mierda? Sé que el se pregunta lo mismo ya que ha bajado el arma al igual que yo. Las explosiones han cesado y un enervante silencio inunda el ambiente. Nos sentamos, aliviados. No puedo decirle nada, no me entendería pero no lo necesitamos, tenemos lo que todos siempre ansiamos en estos momentos: un poco de silencio, un poco de paz. Le ofrezco cigarros, él me da chocolate. Me gustaría decirle que nos escapáramos, que desertáramos, que nos largáramos lejos de aquí, pero no me entendería. Que nos fuéramos a pescar, a flirtear con rubias mujeres de grandes escotes. Ha empezado a llorar y creo que sé porqué. Pero qué más dará. Le hemos fallado al país, a la bandera, al rey, al presidente, a la carta magna, a la administración, a los autobuses y a los adoquines. A las manzanas de los árboles y a los interminables campos de cultivo.
Entre lágrimas me sonríe y comienza a hablar. No entiendo nada, gesticula y parlotea muy rápido, excitado. Me enseña una foto en blanco y negro de una mujer más bien fea y rellenita. Y de pronto se oye un silbido largo y agudo, ambos miramos al cielo y nos cubrimos la cabeza, hechos un ovillo. La explosión tapona los oídos y entumece las articulaciones. Calor, calor, calor, calor, calor, calor, calor, calor, calor. Sangre caliente. He perdido mi brazo y mi pierna izquierda. Grito como un cerdo mientras pienso en un nombre. El nombre a quien he ofrecido mis miembros seccionados, pero todo se queda en blanco. El chico me apunta con el arma y duda. Está asustado. Negociamos con la mirada pero él tiene todos los ases. Suplico en mi idioma consciente de que no va a ser capaz de comprender nada en absoluto. Entre lágrimas aprieta el gatillo… No tiene balas, al parecer, así que desenfunda su cuchillo y se abalanza sobre mí gritando, poseído por esa furia artificial tan fácil de infundir en los seres humanos. Me chilla, supongo que me insulta mientras me clava la hoja en el pulmón derecho. Noto la sangre que inunda mi sistema mientras veo a la joven figura alejarse corriendo. La vida se me escapa y aún no soy capaz de comprender el porqué.