Phil y Lil vivían juntos, juntos pero no revueltos. Phil era mayor y, por consiguiente, más sabio que Lil, pero Lil, por otra parte, era más joven y bonita que Phil. Esta dicotomía sobrevivía gracias, en parte, a la necesidad que sentía cada uno por el otro, ya que, aunque no de forma exagerada y, en absoluto siendo una situación insalvable, ambos profesaban un extraño amor por el otro. Extraño, sí, pero no deshonesto, no, todo lo contrario, pero tampoco eso exactamente. Ni mucho menos un amor fraternal ni paternal, diríamos, más bien, que les gustaba follar y, aunque no sea cosa común, verse las caras cada mañana. Y eso, amigos, no es cosa baladí.
Phil, materialista acérrimo y carente de cualquier pensamiento irracional apreciaba, más bien le intrigaba, la pura espiritualidad de Lil, un sentimiento que nada tenía que ver con lo religioso o místico, sino con una curiosa armonía con el todo que la rodeaba. Como si cada una de sus acciones tuvieran sentido en un determinado contexto y que, sorprendentemente, surgiera con una naturalidad pasmosa. Cada palabra, cada movimiento era, en esencia, una nota bien colocada dentro de unos acordes capaces de crear una música rítmica y cadenciosa. Phil, en cambio, necesitaba meditar, calcular y sopesar cada una de sus decisiones, usando unos patrones cortados de forma lógica y, casi podríamos decir, matemática.
Y así era la vida de Phil y Lil. Una confrontación cariñosa de dos filosofías enemigas, enemigas acérrimas. Pero esto agradaba a ambos. Se complementaban. Las habilidades y virtudes de cada uno suplían y llenaban los vacíos que dejaban, irremediablemente, las carencias y defectos del otro. Si Phil era los engranajes mecánicos y circuitos electrónicos, Lil interpretaba, de buena gana, el papel del alma de aquella máquina.
Phil y Lil eran felices. A su manera, pero felices al fin y al cabo. Y eso, amigos, no es cosa baladí.
Phil deseaba conocer los porqués y los cómos, quería alcanzar las estrellas y tocas los átomos. Lil, por otra parte, se conformaba con degustar las delicias que la vida le regalaba. El sabor del chocolate o el tacto del terciopelo. Estas características personales encaminaron a cada uno por un sendero de la vida, ese sendero que todos tenemos que buscar y recorrer. Afectó, por supuesto, a la elección de sus trabajos y, también, a las actividades en las que ocupaban sus momentos de ocio y esparcimiento.
Un buen día, Phil encontró la puerta del baño cerrada cuando, al despertarse, quiso usar el lavabo. Esto extraño enormemente a Phil ya que Lil siempre se quedaba a dormir, al menos, media hora más que Phil. Éste llamó a la puerta, una, dos y hasta tres veces sin obtener respuesta alguna. Comenzó a ponerse nervioso y pensó en derribar la puerta de una patada. Pero, antes de hacerlo, se detuvo a reflexionar. Las puertas de la casa eran de roble macizo, sabía que si intentaba abrirla de esa manera, probablemente se rompería la pierna y, por lo tanto, tardaría aún más en dar con los motivos que la hacían estar cerrada. Se dirigió a la cocina y sacó la caja de herramientas de debajo del fregadero. Se tomó su tiempo para escoger la herramienta adecuada, un destornillador de punta de estrella de las medidas precisas. Volvió a la habitación y comenzó a destornillar todo el sistema de la cerradura que acompañaba al manillar. En menos de tres minutos fue capaz de abrir la puerta y al hacerlo descubrió, lleno de asombró debería admitir, y eso que Phil no se asombraba con demasiada facilidad, que Lil se encontraba de rodillas, con el brazo derecho apoyado sobre la taza del váter mientras que el derecho se extendía hasta el suelo para que la mano pudiese sostener el resto del peso del cuerpo y, así, mantener el equilibrio.