1,1,2,3

Julio 9, 2008 by perogrullo

pict0074 - monty

Primero abro el ojo izquierdo. La razón es más que sencilla, tumbado como estoy de lado, con la parte derecha de la cara apoyada en la almohada, abrir el ojo derecho sería estúpido. Ya es de día y parece que hace tiempo que amaneció. Menuda noche. Ayer quemé mi casa con mis libros de Dostoyevsky y mis discos de los Dead Kennedys. En sentido figurado claro. Cierro el ojo izquierdo y giro mi cuerpo hacia ese mismo lado hasta quedar en una posición paralela al techo. Estiro los brazos, estiro las piernas. Estiro todo el cuerpo y lanzo un grito de placer mañanero, como el chirriar de unas bisagras.

Aparto el edredón a un lado y me levanto pletórico, no sé muy bien porque. Me rasco el culo por debajo de los calzoncillos tipo bóxer y ando hasta el baño para echar una larga meada cuya presión afloja el esfínter trasero.

Llego hasta la cocina y me preparo un café bien cargado para intentar resucitar como un Lázaro más, de esos que abundan en nuestras ciudades, pero sin la santurronería de pega. Me siento en el sofá de la sala y apoyo los pies sobre una silla que tengo delante. Cojo el mando e intento encender la televisión, pero mierda, había olvidado que no funciona. No pienso levantarme, joder, ya lo creo. En su lugar enciendo un cigarro y me deleito con las figuras que forma el humo al salir de mi boca. No me gusta expulsarlo por la nariz, siempre me deja una sensación desagradable.

Suenan sirenas en la calle, suenan bocinas de coche. En mi cabeza en cambio suena una canción que tarareo, pero que no soy capaz de recordar completamente. Tarara, tata, taranana, con la violencia densa de un poema de Bukowski en la encimera, viendo televisión, mediocridad premiada gracias a los índices de audiencia… tarana. Y mientras balanceó la cabeza al ritmo que suena poso mi vista en una chaqueta que cuelga sobre una de las sillas de la sala. ¡Coño! Ahora recuerdo. La recuerdo. A la chica que perdió el avión. ¿Es mejor que quedarse a medias el acabar con cualquiera que te regale una sonrisa sincera? Tal vez sí, tal vez no, tal vez hasta que me atreva. Me dijo que nunca había visto el mar y que me quedaba bien la barba de tres días. Empezamos a quitarnos la ropa antes de salir del ascensor.

Llegamos a duras penas a la cama, dejando un reguero de ropa por el suelo. Ella encendió la luz. Puede que estuviéramos demasiado borrachos, pero me pareció la mujer más jodidamente cachonda del planeta. Se dejó caer en la cama y me miró suplicante, dispuesta a recibirme. Pero, ¡ay! La priva me clavó un puñal de lo más doloroso. No había manera, era imposible, intenté concentrarme pero fue peor. Los nervios y la vergüenza suelen crear una espiral, un bucle que lleva de uno al otro acrecentando las nefastas consecuencias.

Me revuelvo en el sofá y apago el cigarro. Me levanto y recojo la chaqueta abandonada.

Fui al baño aludiendo algún tipo de necesidad biológica y traté por todos los medios de hacer funcionar el asunto. Pero nada. Nada, nada, nada. ¡Joder! Volví a la habitación y pedí perdón. No eres tú, es el alcohol. Me tumbé y tapé mis ojos con las manos. Noté como se vestía de nuevo y me susurraba al oído: “no te preocupes, te dejo mi número en un papel”. Creo que me dormí antes de oír como se cerraba la puerta.

Dejo caer la chaqueta en el suelo y corro hasta la habitación. Allí está la nota de papel, doblada sobre la mesilla. Sentado en el borde de la cama puedo sentir como la humillación se desvanece poco a poco para dejar paso a una leve alegría o ilusión. Realmente era una mujer extraordinaria. Estiro la mano para coger el teléfono móvil y me tumbo. Pienso en la primera frase que le diré cuando descuelgue. Esa suele ser la más difícil, el resto viene siempre solo. ¿Algo ingenioso? No se si puedo ir de gracioso teniendo en cuenta las circunstancias. ¿Tal vez mostrar modestia y agradecimiento? Cuidado, no tengo que parecer un pardillo. Sigo dándole vueltas mientras cojo el trozo de papel doblado. Bueno, lancémonos y ya veremos lo que pasa, suelo improvisar bastante bien. Empezaremos con un buenos días. Acerco el teléfono a mi cara para poder identificar claramente cada una de las teclas. Me dispongo a marcar cuando, al desdoblar el papel, veo que no hay nada escrito en él. La vista se desenfoca y los objetos que sostenga en mis manos se convierten en figuras borrosas sobre el fondo blanco del techo. Noto como mi polla se arruga.

Joder colega, nos hemos lucido.

La pistola de Burroughs

Junio 21, 2008 by perogrullo

ombligo - borde

Petunia se viste de tiros largos para esta noche. Porque esta noche es su noche. No como todos esos sábados insulsos. No. Este sábado es su sábado. Lo sabe. Petunia está segura porque nadie puede equivocarse tantas veces ¿verdad? Es la última oportunidad. En realidad, siempre era la última oportunidad, cada jodido día era el último. Pero no, no. Hoy toca.

Petunia se coloca frente al espejo y pondera la longitud de su minifalda. Hoy en día a nadie le gustan las mujeres recatadas. Pero tú no lo eres ¿eh? La imagen del espejo no responde.

Petunia se pone una camiseta ceñida con una frase sugerente que no reproduciremos aquí por deferencia hacia el lector. Acaricia sus pechos. Simplemente quiere sentirse como una mujer, nada más. No como una madre, no, simplemente una mujer. Su hijo está con la abuela, hoy no existe, hoy no cuenta.

Al acercar la cara al espejo para estirarse las pestañas con un maybelline se percata de las arrugas del contorno de sus ojos. Siempre han estado ahí, ella lo sabe, pero tenía la extraña sensación de que hoy desaparecerían por arte de magia. Lamentablemente no ha ocurrido nada de eso. Lamentablemente.

Petunia abre el cajón de su mesilla de noche y saca una pequeña bolsa de plástico con el logotipo del supermercado más cercano a su casa impreso en ella. La pone boca abajo sobre su cama y de ella cae un paquete de 12 preservativos marca blanca. Petunia quiere usar hasta el último de ellos. Pero. Pero se alarma y duda. Y duda porque, tal vez, a los hombres jóvenes de hoy en día no les gusten los condones. O eso decía aquella revista para mujeres seguras de si mismas. A pelo. Petunia no puede evitar pensar en pequeños seres de múltiples patas y afilados colmillos correteando por su vagina y enredándose en el poco vello púbico que ha dejado sin rasurarse.

Petunia agita su cabeza intentando desembarazarse de tan grotescas imágenes. Una extraña sensación de vacío en el estómago le obliga a sentarse en el borde de la cama. Saca su lengua seca y el reflejo del espejo se ríe.

Petunia abre la caja y saca uno de los envoltorios. Lo rasga, con cuidado, como un cirujano. Introduce dos dedos de su mano derecha en el condón y lo observa a trasluz. No hay belleza, sólo látex. Goma que espera ser quemada. Lentamente, desliza la mano por debajo de su falda, apartando el tanga que lleva puesto. Petunia se acaricia y siente el contacto del látex con su cuerpo. Pero está seca. Seca.

Petunia duda, pero la curiosidad vence a la vergüenza. Siempre suele hacerlo. Alza la mano hasta dejarla a la altura de la cara. La gira hacia la derecha, luego hacia la izquierda. Sonríe y se introduce lo dos dedos revestidos en la boca. La lengua traza círculos sobre la superficie gomosa y lubricada, mientras lo labios se adaptan a esa nueva forma.

Petunia se crece. Empieza a mover la mano hacia delante y hacia atrás. La fricción la excita mientras su mente dibuja a mano alzada primitivos y toscos diseños fálicos. Vello masculino, tejido cavernoso.

Petunia se emociona ante la catarsis del espectáculo del movimiento mecánico de sus dedos. Acelera y comienza a emitir fingidos gimoteos. Las fantasías la embargan y su mente se traslada todos los callejones, a todas las camas, a todos los baños y a todos los asientos traseros de coche del planeta.

Petunia se detiene, sorprendida por la imagen del espejo. Se detiene por el reflejo en el que se puede ver sentada, con su mano en movimiento, pero ya sin preservativo que recubra sus dedos. El condón cuelga de su boca, vacío, desinflado, arrugado.

Petunia aguanta las lágrimas estoicamente. No puede estropear el rimel de sus ojos.

Petunia se levanta. Saca el condón de su boca y lo arroja al suelo. Se ajusta su falda. Se ajusta sus tetas. Se ajusta su alma.

Petunia abre la puerta y sale a la calle. Porque esta, esta es su noche.

Pacto Honrado con la Soledad (I)

Junio 11, 2008 by perogrullo

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-¿Dónde está mi hijo?

Era la pregunta que con más frecuencia repetía F. Al levantarse, al servirle el almuerzo, entre las sabanas cuando apagaban la luz. Formulaba la pregunta a todo aquel que se cruzase con él, tanto en casa como en la calle. Pero, sobre todo, se lo preguntaba a mi madre, su hija. Incluso, tal vez, con más insistencia que al resto de las personas que lo rodeaban. “¿Dónde está mi hijo?” resonaba en las paredes de nuestra pequeña casa a todas horas. Al escucharlo, los miembros de la familia intentaban simular algún tipo de distracción personal que los alejase de tan inquisitiva pregunta. Algunos levantaban el periódico del día, otros entrecerraban sus ojos intentando aparentar una gran curiosidad por algo que ponían en la tele. Todos (y digo todos) trataban de eludir esa pregunta para la que no tenían respuesta. Aunque él no lo supiera, nunca tuvo un hijo.

Esas situaciones siempre eran incomodas para todos. F perdió el juicio y a su mujer el mismo día lluvioso de noviembre. Guardó sus cenizas junto a las llaves de sus recuerdos en una habitación de la casa en la que nunca volvió a entrar. Nunca supimos si por miedo, respeto o pura y simple melancolía. Con el tiempo, aquella habitación se convirtió en el nuevo salón de la casa, con su televisor y sofá. Nos sentábamos en uno para ver el otro ignorando por completo aquel macabro recipiente.

Las luces titilantes lo asustaban y, por alguna curiosa coincidencia, siempre se mostraba agresivo con las personas cuyos nombres empezasen por una “i”. Frío, distante y nebuloso, como la tierra de donde procedía y de la que emigró hasta estos lares, azuzado por el hambre. Encorvado por el continuo trabajo de aquella tardía época industrial nunca tuvo tiempo, ni ganas,  para disfrutar de las artes en ninguna de sus variantes lingüísticas, plásticas o sonoras. Embrutecido por ese modo de vida, de sus labios nunca brotó una sola palabra de aprecio.

Su ventana de la cocina y un arrugado paquete blando, de los ducados de toda la vida, era todo a lo que todavía podía aferrarse con una inocente seguridad. Más propia de la continua repetición de una acción que de la memoria retentiva. Más propia de un animal lisiado y desorientado.

No soy capaz de recordar el tiempo exacto que vivió entre nosotros en ese lamentable estado, pero años sería la magnitud adecuada. La familia entera tuvo que someterse a la estricta, pero caótica, disciplina de sus sinusoidales cambios de humor. Y aunque sienta vergüenza al transcribir estos pensamientos, creo que todos los miembros de la familia nos mirábamos, con esa mirada triste del que conoce una verdad dolorosa, sin atrevernos a pronunciar lo que pensábamos en los instantes más duros y desagradables. No, no soy capaz de decirlo, no quiero.

A todos nos sorprendió su repentina fe y devoción. Más aún conociendo su pasado izquierdista que le valió una sistemática persecución por parte de la población rural del pueblo que le vio nacer, M, en la provincia de L. No sólo eso, sino que también le granjeó la enemistad de las autoridades locales que hicieron lo imposible por desacreditarlo. Tratamos más de una vez en comprender los motivos que pudieron impulsar su reconversión, pero la falta de comunicación que siempre existió entre nosotros se convirtió en un campo de minas insalvable. Tampoco ayudaron sus delirios seniles y la incipiente dificultad para hacerse entender fue el ingrediente que faltaba para un aislamiento impenetrable. F pasó a convertirse en una especie de pieza de museo, protegido por una urna de cristal irrompible quedó fuera de nuestro alcance para siempre. Imposible de tocar. Sólo nos permitió observarlo, tratar de comprender los matices y los trazos que dibujaba su rostro, como en un lienzo, pero sin llegar nunca a comprender por entero cuál era la visión del autor al realizar la obra. Un enigma, un misterio del que todos acabaron cansándose.

-¿Dónde está mi hijo?

Esa vez no huí. La curiosidad fue más fuerte que la exasperación. Cogí una de esas sillas que se pueden encontrar en todas las cocinas que tengan más de 20 años. Sin respaldo ni adornos. Una simple tabla cuadrada con cuatro patas de metal. La coloqué al lado de la mecedora de F y, mirándole a los ojos vidriosos, le pregunté:

-¿Cómo se llama tu hijo?

Vaciló. Parecía que la pregunta le hubiese cogido desprevenido, como si se hubiera dado cuenta de su propio de error. O puede que tal vez nunca hubiese esperado que nadie le creyera y, por lo tanto, jamás hubiese pensado en  unos datos, nombres, fechas y lugares que dieran vida a su historia. En aquel momento llegué a pensar realmente en que la obra de teatro que tanto tiempo había interpretado tocaba a su fin. ¿Sería posible? Incluso existía la posibilidad de que se levantase, tranquilo y sereno, y dijese en tono burlón: “me habéis cazado, se acabó la broma, volvamos de nuevo a la aburrida realidad”.

-A, se llama A, por supuesto.
-A… ¿qué más? – pregunté, tratando aún de desenmascarar la farsa.
-A G.

He de admitir que me sorprendió, G ni siquiera era su apellido.

-Pero F, tu no te apellidas G.

No obtuve ninguna respuesta coherente, sólo unos balbuceos ininteligibles. Sabía que no sacaría nada en claro ese día, conocía sus estados de ánimo. El temblor de sus manos anunciaba sus próximos pasos, a saber: encender la televisión y dejar puesto algún canal de forma aleatoria, apoyar los pies en la silla que tenía delante de él, cerrar su batín y sus ojos para dormitar las próximas 5 o 6 horas.

A pesar de lo absurdo de la situación, sus respuestas no hicieron más que acrecentar mi recién adquirida curiosidad. Y ¿por qué no decirlo? El morbo, ese morbo por una historia que de antemano se sabe falsa, pero que nos es imposible dejar de lado precisamente por su intrínseca pizca de locura.

No pude contener mi lengua durante la cena y acabé relatando a mi madre mi breve conversación con el abuelo. Ella rompió en lágrimas y pidió perdón mientras posaba los cubiertos sobre su plato aún lleno antes de retirarse a su dormitorio. Mi padre me lanzó una mirada de desaprobación que aún recuerdo con cierto dolor. Mi hermano y yo terminamos de comer en silencio. Miré a la ventana donde mi abuelo fumaba sus cigarros. Mierda.

Dejé pasar unos cuantos días mientras trataba de evocar alguna imagen de situaciones pasadas en la que mi abuelo y yo hubiéramos tenido algún tipo de contacto íntimo. Deslicé los recuerdos como si fueran diapositivas por mis retinas, pero no conseguí nada más que algún “hola”, algún “adiós” y muchos “¡come y calla!”. Me hizo gracia, pero sólo por un breve momento. Ja.

-A estaba en la cárcel la última vez que lo vi.
-Perdona abuelo, ¿qué has dicho?
-En la cárcel. Allí lo trataban mal. Le hacían daño. Nunca vayas a una cárcel. No son buenas.
-¿Has estado alguna vez en una cárcel?
-Iba mucho. A visitar. A visitar a mi hijo.
-Pero ¿has estado encerrado en alguna?
-No vayas a la cárcel. Las cosas duelen en la cárcel. Más que fuera. Las cosas gritan en la cárcel. Más que fuera.

Y volvió a callar.

Stand By (y 2)

Mayo 23, 2008 by perogrullo

Estoy hasta el cuello de todo tipo de mierda así que el ritmo de publicación va a ralentizarse mucho por un tiempo. Tengo un par de ideas en mente, a ver si saco tiempo de algún sitio.

Disculpen las molestias.

Casus Belli

Mayo 7, 2008 by perogrullo

cajero02 - perogrullo

Permítanme, damas y caballeros, tomarme la libertad de pasar por alto las normas más básicas de este, mi blog, por un solo día y ponerme la careta de hedonista egocéntrico. Dirán ustedes (y no sin razón) “¿Quién se ha creído este?” o “¡Qué desfachatez!”. Pero, amigos míos, hermanos todos, hoy he visto la luz. He sido iluminado, he alcanzado el nirvana, el chute definitivo. Hoy, señoras y señores, lo he comprendido. Lo he comprendido TODO.

He comprendido a esos muyahidines que, sin nada mejor que hacer oigan, se suben al autobús regional Burgos-Villacarló de los Infantes y, presionando un botón rojo que está a conectado a 5 kilos de C-4 que tiene alrededor del cuerpo, manda a freír hostias al pobre Fulanito que se zampaba su bocata de rabas.

He comprendido a aquellos kamikazes del Japón imperial que, después de beberse su sake y tragarse las milongas del bushido, estrellaban sus aviones contra los acorazados de clase Iowa que patrullaban el Pacífico al grito de “¡banzai!” con el culo prieto.

He comprendido a ese monje budista que se quemó a lo bonzo en el centro de Saigon en el 63, cuyo ejemplo cundió rápidamente entre todos los santurrones (no así entre los hippies, desgraciadamente).

Todos ellos eran gente corriente que pasaba por la vida sin pena ni gloria, como un servidor. Pero por alguna misteriosa razón (divina, civil o administrativa) eran puteados sistemáticamente. Hasta que, irremediablemente, alguien o algo tocaba el percutor, clavija o botón inadecuado. Sean sinceros, todos ustedes tienen algún gatillo, clavija o botón rojo en el que se puede leer, escrito con rotulador gordo: “DO NOT TOUCH”. Y claro, todo se va a la mierda.

He aquí mi historia.

Iba yo tranquilamente por la calle sudando y algo atontado a causa del horrible calor que nos azota estos días, pensando en lo humano y lo divino. Se me ocurrió, en mala hora, que podría sacar de un cajero de la BBK las entradas del concierto de Juliette & The Likcs de este jueves. Ni corto ni perezoso entré en el primero de los cajeros multiservicios que encontré en mi camino e hice cola como todo hijo de vecino. Siempre me ha parecido curiosa la ley no escrita de las colas, es decir, cuanta menos gente quede para su turno, más lentos realizarán las gestiones que les ocupan. Así es la ciencia, ¿qué le vamos a hacer?

Al llegar mi turno introduje mi tarjeta de crédito por la ranura y esperé. Esperé. Vaya si esperé. 5, 10, hasta 15 minutos. Pero nada. Sopesé las opciones, al no encontrar ningún objeto lo suficientemente contundente a mano opté por entrar a la sucursal a pedir ayuda. Nótese la urgencia del asunto, como bien sabrán mis estimados lectores varones, un hombre nunca pide ayuda, NUNCA. Ya puede estar perdido en el peor barrio del Bronx, su casa podría estar ardiendo con mujer, hijos y el sempiterno perro en su interior, su coche con las 4 ruedas pinchadas y sin una de recambio. Pero jamás de los jamases pedirá ayuda. Abrase visto. Pero, ay, como no podía ser de otra manera, este era el primer día en el que los laboriosos y desvividos trabajadores de esta institución no laburaban (argentino que se ha levantado uno, che) por la tarde.

Con cara de tonto pude advertir la existencia de un diminuto timbre en una de las paredes. Ring.

-¿Nombre?

-No, mire, es que creo que el cajero de…

-¿Nombre?

-Escúcheme un momento, mi tarjeta se ha…

-¿Viene por lo de la declaración de la renta?

-Pues no, resulta que…

-Cerramos por las tardes.

-Sí, ya he leído el cartel.

-Sólo atendemos consultas sobre la renta. Buenas tardes.

Todos mis allegados conocen mi temple y mi saber estar incluso en las situaciones más adversas. Toqué de nuevo el timbre.

-¿Nombre?

-Si no me atiende pienso cargarme a patadas su puto cajero.

-¿Qué?

-Que su cajero, ains, se ha tragado mi tarjeta.

-Debe llamar al número de teléfono que se encuentra al lado del cajero, es del servicio técnico. Buenas tardes.

Por supuesto, y por si alguno de ustedes lo dudaba, no era un teléfono gratuito. Llamé, pero comunicaba. Llamé hasta 3 veces con idéntico resultado.

¡Riiiing!

-¿Nombre?

-El teléfono del servicio técnico comunica.

-Ah claro, es que no trabajan por las tardes tampoco.

Algo estaba creciendo en mi cuello, una especie de bulto, un forúnculo lleno de odio.

-Y, ¿podría usted, si es tan amable, salir para echarme una mano?

5 minutos después apareció el hombre de la voz del intercomunicador. Odiaba esa voz y algo me decía que odiaría a ese hombre también.

-Como puede ver caballero, la pantalla táctil está en blanco y mi tarjeta dentro del cajero. Mañana tengo que ir a un concierto y me preguntaba si usted podría hacer algo para solucionarme el marrón de tres pares de cojones que tengo encima.

-Si la pantalla está encendida es que el problema no es del cajero, sino de la central. Por el ruido se sabe que está realizando algún tipo de operación o reajuste, así que lo único que puede hacer esperar.

-¿Esperar? ¿No puede sacarme la tarjeta?

-Lo único que puede hacer es esperar.

-¿Y cuánto tiempo se supone que debo esperar?

-El que sea necesario.

“El que sea necesario” sentenció impasible y volvió a entrar en la sucursal.

-Lo mato, por Azkuna que lo mato. Como hay Sabino que lo mato.

Eso fue todo lo que acerté a mascullar entre dientes. Resignado, dejé la mochila en el suelo y me senté junto a ella mientras encendía un cigarro. No sería el primero. Pasé otros 15 minutos de mi vida mandando a la mierda a pobres inocentes que preguntaban si había terminado ya.Mientras esperaba maté el tiempo recitando de carrerilla las capitales europeas mientras intercalaba algunas imágenes mentales del ya mencionado currela siendo sodomizado por un perro sarnoso.

“¡Aleluya!” grité al ver que el cajero estaba de nuevo operativo y se me permitía introducir mi clave secreta para luego indicarle que tenía que imprimirme las dos entradas para ver a la Julieta. La primera tardó, mucho. Pero la segunda, ay, la segunda en discordia. La segunda nunca llegó a imprimirse, el cajero volvió a colgarse cual windows vista home edition.

¡Riiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiing!

-¿Nombre?

-Miré, soy el de antes y resulta que…

-¿Viene a hacer la declaración de la renta?

Imaginé a su madre y a su padre copulando en una oscura habitación y deseé, con todas mis fuerzas, que aquel hombre se hubiera corrida en la cara de su mujer en lugar de su sagrado agujero. Con perdón.

-Salga, ahora, por el amor de Dios.

-Espero que sea importante.

De nuevo se tomó su tiempo, probablemente se tomó un cafelito con Fulanita, su compañera de trabajo que siempre venía al banco con un par de botones de su camisa desabrochados. Tal vez le miró el escote mientras le contaba chistes sobre cajeros y los capullos que se quedan sin tarjeta.

-¿Todavía aquí?

-Me ha imprimido una de las entradas pero se ha vuelto a colgar en medio de la segunda.

-Bueno, ya tiene una.

-La cuestión es que no puedo sacarla del cajero hasta que termine la operación, así que no tengo nada.

-La luz sigue encendida, así que no puedo hacer nada por usted.

-Mire, no voy a esperar más, mañana tengo un concierto y no pienso quedarme sin entrada. Así que, o me consigue mis dos entradas o les meto una denuncia que ya se puede agarrar las trenzas D. Xabier de Irala Estéve.

-No lo creo.

Era el momento de echarse un farol, de estos gordos. Cortar sin juego y con un caballo estando el contrincante a falta de 3.

-Conozco mis derechos y tengo un cuñado abogado que…

-Probablemente no se haya leído la letra pequeña de las condiciones de uso de nuestro servicio de compra de entradas. Pero si lo hiciera vería que estamos exentos de responsabilidades en caso de avería técnica o cualquier incidencia de parecida índole.

ESE fue el momento. Ahí apretó mi botón y de repente vi una luz, como un fogonazo. Entonces pude verme corriendo hacia él, abrazándolo y pulsando el detonador de la bomba sujeta a mi abdomen. Los dos volamos por los aires, esparciendo nuestras entrañas por todo el cajero. En ese mismo instante pude ver una panorámica de Bilbao, o tal vez algo más parecido al Google Earth. Todos los cajeros de la BBK explotaban y escupían llamaradas quemando y matando a los infortunados transeúntes que pasaban al lado. Los cristales rotos se clavaban en la cara de las pequeñas colegialas. Todos enloquecían. Los edificios se derrumbaban y las fuentes municipales expulsaban vino coto serano. Los perros aullaban mientras que sus dueños meaban en los árboles de la acera. Las madres arrojaban a sus hijos por las ventas. Las lesbianas violaban brutalmente a todos los banqueros introduciendo sus paraguas cerrados por sus rectos. Un gusano gigante de Arrakis reptaba por Lehendakari Aguirre destruyéndolo todo a su paso.

Fui feliz. Por un solo segundo. Créanme lo que les digo.

-Si no tiene nada más que decirme vuelvo a mi puesto de trabajo.

Volví a la triste realidad.

-Mire, mañana voy a ir a ese concierto. Necesito las dos entradas, las dos. Llevo aquí más de hora y media haciendo el idiota. Si no me devuelve mi tarjeta y la entrada me veré obligado a obtenerlas por mi cuenta, y eso no nos va a gustar, a ninguno de los dos.

-No tiene que ponerse así, veré lo que puedo hacer.

En menos de 30 segundos vi como ese cabrón reiniciaba el cajero, lo abría y me devolvía mis dos preciados artículos.

-Inténtelo en otro cajero. Tal vez pueda conseguir la otra entrada.

Aquí me permitián hacer un pequeño alto amigos míos. Me gustaría señalarles que la sucursal en cuestión es la de Lehendakari Aguirre, esa que hace esquina con la plaza de San Pedro. Ya saben que yo no soy ningún vengador enmascarado, justiciero de postín o héroe urbano. Pero si alguna de esas noches en las que van caminando por la calle, botella de kalimotxo en mano, cantando una saeta, copla o bertso (todo depende de su afiliación político-toxicómana) a los sufridos vecinos, les entra a ustedes ganas de miccionar, les invito encarecidamente a que lo hagan en la puerta de tan distinguida institución. No encontrarán un baño mejor. Incluso, si es menester y me hacen el favor, podrían intentar hacer el pequeño esfuerzo de defecar en la vía pública y escribir con las heces un “hijos de puta” de los de toda la vida. Qué Dios se lo pague.

En fin, que me desvío de la inevitable conclusión final o moraleja, si ustedes lo prefieren, que de animales vamos sobrados en el relato que nos ocupa:

La violencia es buena porque nos hace felices. La violencia tabernaria de toda la vida, esa que es más vieja que la tos. Esa es la buena violencia, y como algo moralmente irreprochable, no necesita de justificación alguna. Por ello, camaradas, les animo a que la practiquen en cualquier situación que sea propicia. Pequen al agente de la ley que les pone una multa por estar pisando 3 centímetros de raya. Peguen al profesor que les suspende en la universidad con un 4.9. Vamos, peguen a su madre por no darles su asignación semanal. Azoten hasta la extenuación a la vieja que, cual gladiador en la arena del coliseo, pugna por ser la primera en la cola del eroski Y háganme el favor, peguen sin mediar palabra a todo aquel que trabaje en una BBK de Bilbao, denle duro, con el vértice de las aristas de un ladrillo de obra, a poder ser. Mi gratitud no conocerá límites.

Torre de Babel

Mayo 5, 2008 by perogrullo

00039 - iñigo

¿Recuerdas aquella conversación que tuvimos hace tiempo? Sí, sí. En fin, seguimos igual, metidos en los mismos pantalones, escondidos en los bajos de los edificios de siempre. Asomando nuestras cabezas de vez en cuando sólo para mirar hacia arriba, sin entender, sin que nadie nos lo acabe de explicar. Volvemos a esconder rápidamente nuestros ojos en los ángulos rectos de ladrillo sucio y rojizo. Como siempre.

Pero hoy. Ay, ay, hoy. Hoy salimos a la calle guiados por una vieja luz, ya conocida, ya mordisqueada, rumiantes que somos nosotros. Decimos “¡no!” al encorbatado conserje que nos indica la salida. Lo apartamos de un puñetazo, limpio, directo a la mandíbula. Corremos por el hall y entramos en un espacioso ascensor con paredes de cristal translúcido. Apretamos el botón que indica la última planta y ascendemos a una velocidad vertiginosa.

Allí arriba las puertas son de abedul y no necesitan ninguna cerradura. Las abrimos de una patada que resuena en el gigantesco hall de proporciones tan gargantuescas que, ni en nuestros más profundos sueños, hubiéramos podido imaginarlas nunca. Columnas verticales que ascienden hasta el infinito donde se cruzan creando una bóveda colosal bañada en oro blanco. Ese oro blanco, tan familiar, en el que podemos ver reflejados nuestros rostros a pesar de la inabarcable distancia que lo separa de nosotros.

Apartamos la mirada. De los cuadros que representan antiguas batallas. De los tapices kilométricos arrebatados de las manos ensangrentadas de algún emperador asiático ya olvidado. La apartamos para dirigirla a la enorme cristalera del fondo por donde entra esa vieja luz. Para dirigirla hacia la mesa con su pantagruélico banquete. Para dirigirla al hombre que se yergue de espaldas a nosotros mientras vigila la ciudad a través de la cristalera. No se mueve. No habla. Probablemente no nos haya escuchado entrar. Sus manos cruzadas a la espalda. Satisfecho.

Nos acercamos sigilosamente y, ayudándonos de un tomo de los cantos de la Epopeya de Gilgamesh, lo derribamos al suelo. Grita como un cerdo. Asustado pregunta. Asustado suplica. Le mandamos callar. Cállate. Rodeamos su cuello con nuestras manos y apretamos con fuerza. Sus ojos se vuelven rojos. Luego negros. Y miramos, miramos en el interior de sus ojos, pero allí no hay nada. Allí arriba no hay nada. No vemos a Dios, tal vez se haya ido. No, parece que nunca estuvo allí. Sólo hay un intenso frío. Así que era verdad, al final, era verdad. Estamos solos.

Dejamos el cadáver en el suelo, con su mueca de terror. Lo comprendemos, al fin. Venimos de la nada, vivimos y volvemos a la nada. No hay razón, no hay patrón más allá del que pintamos después de esperar sentados por un tiempo. Nos golpea la evidencia de que la vida es un accidente tan remoto que la tentación de disfrazarlo como un milagro se nos hizo irresistible. Lloramos. Lloramos porque, después de todo, no es una lejana divinidad o una hebra tejida por alguna araña cósmica la responsable de todo el dolor de este mundo. No, lloramos porque ahora sabemos que simplemente somos nosotros. Sólo nosotros, los que tenemos toda la culpa. Nos duele la mandíbula de tanto gritar. De gritar por la rabia de saber que, todo aquello por lo que se luchó, se mató y se murió nunca significó nada en absoluto. Todas las vísceras, todas las entrañas … Caemos al suelo porque, aunque nos gustaría culpar a todos los demás de habernos mentido, los mayores embaucadores fuimos nosotros desde un principio.

Nos levantamos, renacemos, tal vez demasiado tarde, pero sin miedo. Lanzamos el cadáver a través de la cristalera, haciéndola añicos. Nos asomamos desde las alturas para ver como se precipita por la infinita caída. Alzamos los brazos y gritamos a pleno pulmón para dar la buena nueva. Ahora lo entendemos. Por fin entendemos que no hay nada que entender. Pero la gente ya se ha marchado, abrumada por el peso de una posible vida en blanco sin números que nos indiquen de qué color pintar cada uno de los trazos. Se alejan, asustados, corriendo hacia otras torres. Tal vez más altas, tal vez más bellas, tal vez sin ascensores ni puertas de abedul que derribar de una patada.

RPM

Abril 16, 2008 by perogrullo

a pocas vueltas - miguel

-Cariño, ¿puedes para el coche un momento?

-Llegamos tarde, a mi madre no le gusta que le hagan esperar, ya lo sabes.

-Es importante.

-¿Y no puedes decírmelo ahora mientras conduzco?

-No creo que sea una buena idea.

-Pero…, preciosa, ¿No puedes contármelo más tarde?

-No, no, ya le he dado demasiadas vueltas. No.

-Bueno, pero tendrás que recompensármelo cuando volvamos a casa…

-De acuerdo.

-¿No se te olvidará?

-No cariño, no te preocupes…

-¿No apartarás la cara en el último momento como haces siempre?

-No cariño, te lo prometo.

-Bien, como quieras.

Detuvo el coche en una pequeña gasolinera de carretera. Las luces de la tienda interior iluminaban levemente sus rostros en aquella apacible noche. Apagó el motor y después de abrir la ventanilla se encendió un cigarro.

-Bueno - expulsó humo por la bocas y los orificios nasales- suéltalo.

-He estado pensando mucho estos últimos días.

-Pensando en qué.

-En lo que hablamos el otro día, el asunto de tener un hijo, ya sabes.

-¿Te vas a echar atrás? No me jodas, ¡ya estaba todo decidido!

-No, no es eso, no hay nada que desee más ahora mismo que tener un hijo.

-¿Qué coño ocurre?

-Tengo algo, algo que decirte, algo que no me deja dormir desde hace días, que no me deja comer, que me atormenta cada vez que me toco el vientre pensando en que una criatura viva pueda crecer dentro de mí. Estoy convencida de que ni siquiera podría quedarme embarazada con este secreto alojado en mi matriz.

-¿Esterilidad sicológica?

-No te rías por favor.

Un camión aparcó en la plaza contigua haciendo que ambos miraran hacia la derecha por unos segundos.

-¿Recuerdas a Bael?

-Sí, claro. Pero todo eso es parte del pasado, no voy a echarte nada en cara.

-La cuestión es que nunca llegué a contarte toda la verdad.

-No importa, no quiero saberlo. Yo te quiero, aquí y ahora.

-Déjame terminar por favor, lo necesito.

-Como quieras.

-Me escapé a los 7 meses. Sigo odiándome por no haberte dicho nada, por no haberte dejado una miserable nota, ya lo sabes. Toda esa parte de la historia es cierta. El robo del coche de mi padre. El largo viaje sin carné de conducir. Pero tienes que entenderlo, era una cría, estaba aterrorizada.

Ella le quita el paquete de tabaco y se enciende uno de los cigarros con una mano temblorosa que intenta disimular.

-¿Desde cuándo fumas?

-No fumo.

-Ya veo.

-No sufrí ningún aborto. No me mires así. Estaba tan asustada que se me pasó la fecha. Para cuando me percaté de mi error ya era demasiado tarde. Rompí aguas en el asiento del conductor del coche, no tenía tiempo para buscar un hospital así que tuve que conformarme con un sucio motel de carretera. El “Noches Divinas”. Pagué por adelantado una noche y corrí hacia mi habitación mientras el seboso recepcionista (y presumiblemente dueño) del motel sacaba la cabeza de su cubículo para ver el reguero de líquido amniótico que iba dejando por el suelo enmoquetado.

El camionero pasó por delante del coche para dirigirse de nuevo a su vehículo, lo que provoco un corto silencio, algo incómodo.

-No quise llamar a ninguna ambulancia, por alguna razón me sentía avergonzada. Avergonzada de estar embarazada, o de haber sido tan estúpida como para dejar pasar tanto tiempo. No lo sé. Todo pasó muy deprisa, o así me lo pareció a mí. La criatura salió en poco tiempo, aunque más bien podría decirse que se escurrió de mí. Fue una sensación extraña, como cuando te revientas un grano. Escuchas el sonido de la piel rasgándose y el líquido saliendo por la brecha.

Otro cigarro. La llama del mechero ilumina sus rostros.

-Las sabanas se ensuciaron al usarlas para rodear y tapar al bebé. Lo acerqué a mi pecho. Era madre. No estaba tan mal. Pero, incluso antes de poder pensar en un nombre, sentí que algo no iba bien. A duras penas respiraba. Me asusté, mucho, en serio. Lo tumbé en el suelo, todavía estaba unido a mí por el cordón umbilical. Acerqué la cara a su pecho para intentar oír los latidos del corazón. ¡Y ahí estaban! ¡Estaba vivo! Debía darme prisa. Lo había visto cientos de veces en la televisión, en el cine, parecía fácil. Abrí sus vías respiratorias, eché su cabeza un poco hacia atrás. Cubrí su boca con la mía, le tape la nariz con los dedos y e insuflé aire hasta ver que su tórax se expandía. Apoyé mi mano derecha sobre su pecho, después la otra mano sobre la anterior e hice fuerza. Entonces ocurrió. Escuché el ¡crac! Noté como sus pequeñas costillas se partían bajo mis manos. La boca se le llenó de sangre y un horror indescriptible se apoderó de mí. Creo que perdí el conocimiento. Al abrir de nuevo los ojos pude ver su cara pegada a la mía. Me levanté y fui hasta la mesita de noche que había junto a la cama en busca de algo con lo que poder cortar el cordón. Al echar una temerosa mirada hacia atrás comprobé que había arrastrado su cadáver varios metros por el suelo. Con la ayuda de un abrecartas pude separarme al fin de nuestro hijo.

Las luces del camión se encendieron.

-Lo escondí en la bolsa de basura que había dentro de la papelera de la habitación y lo arrojé al contenedor que había fuera del motel. Al entrar de nuevo el recepcionista me gritó, dijo que me cobraría un plus por haber ensuciado el suelo del pasillo. Y eso es todo.

El marido puso en marcha el coche y se reincorporó a la circulación de la autopista sin mirar a su mujer.

-Cariño, espero que entiendas que…

-A mi madre no le gusta que le hagan esperar, ya lo sabes.

Xifopagos

Abril 10, 2008 by perogrullo

18 - amaiur

Descubrieron el cuerpo del hombre atado al frigorífico, con una cabeza de gato apoyada en sus testículos. En la escena del crimen no se encontró ni una gota de sangre a pesar de que el cadáver estaba totalmente seco. Todos los muebles de la casa estaban cambiados de lugar, según señaló entre lágrimas la mujer del difunto. Sin duda alguna este era un caso para Jano y Ani, los hermanos detectives.

Se rumoreaba que si hubieran sido un niño su padre, gran amante de la historia clásica, les habría llamado Alejandro, por el Grande, el Magno. Su madre, sencilla como era ella, les habría puesto el nombre de Margarita si hubiesen sido una niña. Al final, en el último momento, se vieron obligados a improvisar. Ese día comenzó una de las historias más repetidas y exageradas por los habitantes de todo el condado.

Su infancia fue más bien tranquila en un pequeño pueblo a las afueras de la ciudad, crecieron y jugaron rodeados por la naturaleza y una estricta educación religiosa. Sus padres siempre intentaron hacerles creer que el universo que existía fuera de las paredes del hogar era un lugar peligroso y depravado, con la esperanza de que, atemorizados, no se aventurasen en el mundo real.

Pero todo cambió radicalmente para estos hermanos al alcanzar su adolescencia. Con su madre gravemente enferma, su padre no pudo hacerse cargo de la educación que ella impartía en casa y decidió mandarlos al instituto más cercano. Pronto fueron el objeto de miradas de admiración y desprecio a partes iguales. Jano, que había desarrollado un singular atractivo, triunfó entre las féminas del centro. Ani en cambio, pálido y enfermizo, no tardó en convertirse en el marginado de la clase.

Inseparables como eran ellos, la aparición de problemas y conflictos era, simplemente, inevitable. Y así, Jano, en aras de no convertirse en alguien impopular, empezó a hostigar y humillar a su hermano en público. Mientras tanto, Ani siempre se las ingeniaba para boicotear las relaciones de su hermano en los momentos más “personales”. Las diferencias se hicieron insalvables y permanecieron más de 6 meses sin dirigirse la palabra.

Pero el vínculo afectivo entre ambos era tan grande, y el silencio que crecía entre ellos tan doloroso que, entre lágrimas, volvieron a jurarse amistad eterna y dejar de lado cualquier asunto que enturbiase su relación.

Al cumplir ambos los 18 años Ani comunicó a su hermano su deseo de cursar los estudios universitarios de medicina. Jano nunca fue un buen estudiante y ansiaba entrar en el mercado laboral con la esperanza de convertirse en un agente de policía, mas no puso ninguna traba a su hermano. Prometieron compatibilizar ambas actividades, en la medida de lo posible, para que ninguno de los dos tuviera que renunciar a sus sueños de futuro.

Y así fue como, en los años que duraron los estudios de Ani, Jano se convirtió en un afamado policía con más de 37 casos resueltos en su haber. Por aquella época, los padres de ambos perecieron. La madre, a causa de su enfermedad ya agravada, y el padre, poco tiempo después, embargado por la pena. Habiendo heredado una gran hacienda y, siendo como eran, tan respetados en su comunidad, comenzaron a pensar en la vida familiar. Rondaron a muchas señoritas de buen nombre, pero todas las relaciones fracasaron por las exigencias, por parte de las féminas, de llevar una vida totalmente independiente con cada uno de los hermanos. Nunca fueron capaces de comprender el extremo amor fraternal que unía a nuestros dos protagonistas. Decididos a no dejar que su amistad se viera truncada por los egoístas deseos de una mujer, no tuvieron más remedio que aparcar sus planes para dedicarse por entero al trabajo.

Acabados los estudios de Ani en medicina forense, tomó la resolución de unirse a la plantilla de la comisaría de Jano con el objetivo de trabajar junto a él, codo con codo. Y, por esas casualidades de la vida, el caso con el que di comienzo a esta historia fue el primero del nuevo equipo formado por los dos hermanos. Sería demasiado largo relatar las aventuras vividas por ambos hasta llegar a la resolución del mismo. Los tiroteos, persecuciones por azoteas, explosiones, amenazas y desafíos a la autoridad poniendo en peligro sus puestos de trabajo. Pero si hay algo que no podemos pasar por alto, fue el amor que surgió entre Ani y la mujer del fallecido. Incluso, en los compases finales de la investigación, cuando encontraron pruebas irrefutables de su culpabilidad, Ani no pudo dejar de amar a aquella pérfida mujer. Por primera vez en la vida, Jano tuvo que erigirse en faro de la sensatez ante la obnubilada mente de Ani.

Después de presenciar en directo la ejecución de su amada, Ani cayó en una profunda depresión y se dio a la bebida. No pasó mucho tiempo antes de ser despedido. Su hermano Jano se vio obligado a dejar también su amado trabajo para dedicarse en cuerpo y alma a cuidar de su hermano.

Pasaron los años, pero el tiempo no supo dulcificar aquel desengaño que arruinó a ambos hermanos. La vida de Ani se vio reducida a un ir y venir de la botella a la cama junto a esporádicas frases de arrepentimiento hacia su hermano, que nunca lo culpó. Una mañana de enero Jano se despertó sobresaltado al no percibir la respiración de su hermano. En efecto, parecía haber muerto mientras dormía. Jano alargó su mano hasta la parte donde sus dos cuerpos estaban unidos por el hígado y se palpó con mucho cuidado. Nadie le oyó gritar en la oscuridad.

Sus cuerpos fueron descubiertos a los tres días, y un médico determinó la muerte de ambos, a saber: Ani por una cirrosis hepática, mientras que Jano se vio arrastrado hasta la parca por su hermano. Aunque, como es costumbre, el imaginario popular adornó tan trágico final asegurando que Jano acabó muriendo de tristeza. Lo único totalmente cierto es que, cuando los policías irrumpieron en la casa avisados por los alarmados vecinos ante la desaparición de los dos hermanos, encontraron las últimas palabras de Jano escritas en la pared de su lado de la cama, incapaz de levantarse para utilizar una hoja de papel.

“Mi hermano ha muerto, y por lo tanto, no tengo más remedio que seguirle”

Distopía

Marzo 28, 2008 by perogrullo

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imagen002 - Raem Hetepet

Intentábamos estirar lo máximo posible cada uno de los momentos, sentirlo todo, arriesgar hasta el último instante, exprimir la vida al fin y al cabo. Quemar cada una de las paredes que nos imponía injustamente nuestra limitada imaginación y, por supuesto, nunca pedir perdón. Teníamos miedo de pasar desapercibidos, de ser aire, una exhalación, una bocanada que quedase diluida. Estábamos asustados, aunque nunca lo llegásemos a reconocer. Sí, aterrados.

Nos llamábamos creadores ¡orgullosos! Por decir lo que todo el mundo sabía, por escribir lo que a todos nos aburría, por fotografiar insulsas sillas de mimbre en tonos sepia. Los artistas debíamos ser anarquistas por naturaleza para señalar lo que, generalmente, es incómodo para todos. Pintaríamos el mundo de los sueños con alcohol y coches lanzados al río. Dibujaríamos un mundo sin imbéciles a golpe de resaca dominguera y comprimidos de ibuprofeno. Pero, ¡ah!, los imbéciles siempre fuimos nosotros. Que no te quepa la menor duda.

Y qué dura fue la caída. Unos Eósforos cualquiera, desterrados al abismo de la mediocridad. ¡Oh no! Entre iguales. De forma un tanto curiosa, seguimos bebiendo lo mismo, rompiendo lo mismo, arrastrando los mismos jodidos pies hasta los mismos amaneceres, diciendo, otra vez, las palabras de siempre y escribiendo, una y otra vez, las mismas líneas huecas. Pero, esta vez, en un tono más blancuzco, puede que algo grisáceo, incluso azul. ¡Azul!

Y si ya no hay torres que derribar, muros que asaltar, consignas que gritar, ni caras que recordar, por qué, y digo yo, ¿por qué coño seguimos sacrificando las mismas vírgenes, ya sin himen, a los mismos falsos dioses y musas? Puede que, al fin y al cabo, todo fuera producto del hastío, producido por un planeta sin ascensores al cielo, que intentábamos paliar construyendo débiles escaleras de asedio que nunca tuvieron los suficientes peldaños. El mismo cansancio debe ser el culpable que nos arrastra por los mismos senderos de siempre, por los mismos bares de siempre, por las mismas camas de toda la vida. Pero, ya por fin, libre de la incomoda ilusión de causar una conmoción que nunca llegó a entrar en la escala de Richter.

Hoy nos vamos a dormir, como lo hicimos antes, entre unas sábanas que no alcanzan a tapar unas miserias que, ahora ya sí, sabemos que no tienen porque importarle a nadie. Y así es como debe ser.

Random

Marzo 26, 2008 by perogrullo

sarcasmo scotch

sarcasmo scotch - míguel

-Ustedes no tienen ni idea…

-¡Responde de una puta vez jodido enfermo!

La habitación era verde, bueno, parecía verde aunque probablemente fuera blanca. O no. Cuatro hombres con sus respectivas camisas remangadas rodeaban a un quinto sentado en una silla. El foco del techo iluminaba su incipiente alopecia y le hacía sudar.

-No pueden acusarme de algo así, es estúpido y lo saben.

Uno de los hombres, el más delgado de todos, le propinó un rápido puñetazo, digno del mejor púgil, en la boca del estómago. No era el primero como atestiguaban las manchas de sangre que salpicaban la americana del hombre sentado. Al ver que seguía sin decirles lo que querían oír, estiraron el cable telefónico y se lo enrollaron al cuello tirando de los dos extremos al mismo tiempo. No tardó en empezar a soltar espumarajos por la boca.

-¿Es suficiente hijo de puta?

Intentó articular alguna palabra mientras se llevaba las manos a su dolorida garganta. Todo le daba vueltas dentro de las cuencas de sus ojos. Suspiró.

-27, han sido 27 maldito psicópata.

-¿Cómo… cómo iba yo a saberlo?

Se abrió la puerta de la habitación, entró un hombre bajito y se acercó al interrogador susurrándole algo al oído. Los ojos se le abrieron como platos.

-Vas a empezar a explicarnos ciertas cosas mal nacido. Los artificieros han descubierto que el material tenía al menos un año.

-Dos. Dos años 1 mes y 14 días.

-¿Por qué? ¿Lo habías estado guardando en casa? ¿Cómo lo conseguiste?

-¿Usted cree en Dios?

-¿Y eso qué coño importa?

-Oh, importa. De hecho, es lo único importante en todo esto.

Se hizo el silencio, los hombres se lanzaron miradas furtivas, de incredulidad.

-Empieza, desde el principio.

-¿No dudan señores? ¿No tienen días en los que dudan de todo? ¿Qué sentirían al saber que algo en lo que han creído es mentira? No pongan esas caras, saben a lo que me refiero. ¿Qué más puedo decir? Mi vida. Sí, eso es. Mi vida, siempre había dejado mi vida en manos del Señor, quiero decir, él lo sabe todo ¿no? Pero, pero… el libre albedrío. ¿Hasta dónde llega nuestra libertad de acción? ¿Dónde están los límites? Si Él lo sabe todo es porque cada una de las acciones, hechos y eventos de nuestra vida están escritos de antemano. Quiero decir. Sí. Lo que he hecho…. Lo que he hecho… ¡Yo estaba predestinado a hacerlo! ¿Cuánto hay de aleatorio en este universo?

Bajó la mirada y calló.

-Vete al grano, no tenemos todo el puto día.

-El Señor debía saber que yo compraría los 200 kilos de goma 2. Debía, tenía que saberlo. ¿Verdad? ¿Qué culpa tengo yo entonces? Programé los detonadores con una función aleatoria. ¡Eran 14 dígitos por el amor de Dios! A una permutación por segundo… las posibilidades eran ínfimas. La gente que coge el coche para ir a trabajar tiene más posibilidades de matar a alguien, ¿Cómo pueden culparme de algo así? ¿Cómo iba yo a saber que 27 porteadores de la santa Matilde de los dolores estarían de procesión en ese mismo instante? ¡No pueden hacerme responsable! No puedo tener la culpa de algo que no puedo controlar.

-Cerdo, no tienes ni mierda en las tripas hijodeputa. ¿Cómo puedes dormir tranquilo?

Ojos cerrados.

-Si han muerto es porque Dios lo quería así. Ya seré juzgado al morir, ustedes no tiene ningún derecho…

Todo pasó muy deprisa. Todos le golpearon. Todos. Alguien sacó un arma y la cosa se fue de madre. El interrogado alzó la mano y extendió tres dedos. Tres. Apretaron el gatillo. Flush flush.

- Una de tres, una de tres. Jajajaja.