Los Salvajes (VII)

Octubre 6, 2009 por perogrullo

Kepa Zaguán, cafetería de la Victoria Station, Londres (2007)

Yo… creo que llegué a entenderlo ¿sabes? Sí, estoy bastante seguro de que él mismo buscaba esas situaciones, las buscaba por encima de todo, no sé si de una forma consciente o, simplemente, movido por algo en su interior. Pero, definitivamente, las buscaba, no cabe duda alguna. Es la inercia, o algo parecido. Exactamente igual que las fichas de dominó, con tirar la primera todas, las demás seguirán el mismo camino, hasta que ya no queden más fichas. Hasta que ya no quede ni blanco ni negro ni nada. Cuál fue la primera ficha, no sabría decírtelo, es muy posible que incluso él mismo la haya olvidado, tal vez, no sería tan extraño créeme, nunca llegó a haber una primera ficha, tan sólo el recuerdo de una, que nunca existió. Necesitaba tapar todo lo anterior, sepultarlo. ¿Perdona? No, no, para nada, sólo pasamos unas cuantas noches juntos en algún bar, pero me cayó bien desde el principio. Puede que reconociese en sus ojos a alguien parecido a mí mismo. Piénsalo, tal vez te haya pasado a ti también. No me refiero al hecho de sentir simpatía hacia alguien, hablo de su actitud. Necesitaba superar sus errores, con errores aún mayores. La bola de nieve acabó convirtiéndose en algo demasiado monstruoso, de unas dimensiones tan desproporcionadas, que escapó a su control. Pero lo necesitaba, como también lo necesitamos muchos otros. Cuando la vergüenza, el temor o el odio te embargan por algo que se ha hecho o dicho la noche anterior, buscas hundirlo y aplastarlo bajo la tierra de alguna manera. La más efectiva es, como ya he dicho, superarlo con algo aún mayor. Sabes que de esa forma dejarás de atormentarte por la anterior metedura de pata, y esa idea te ofusca hasta el punto de ser incapaz de ver los problemas que acarreará la nueva mierda, que ya está empaquetada y lista para servirse. Y ya sólo buscas la negación y el olvido, y acabas viviendo en el presente, sin que exista un futuro ni un pasado. La pescadilla que se muerde la cola y todo eso, ya sabes. Ocurre más a menudo de lo que piensas, sólo hay que fijarse, en el día a día, en la calle, en los periódicos, en la tele. Su problema fue llevarlo demasiado lejos, aunque es comprensible, con el tiempo suficiente el resultado tiende hacia el horror más abyecto. ¿Muerto dices? Sí, supongo que será cierto, no me extraña, aunque nunca hay que fiarse de esa clase de rumores pero, claro, en estos casos, sólo nos quedan las habladurías.

Cupressus Funebris Saturnalius

Septiembre 24, 2009 por perogrullo

Es un árbol de crecimiento lento, que puede alcanzar los 15 metros de altura con un diámetro aproximado de 2 metros y que crece en zonas que hayan sido expuestas a algún tipo de catástrofe nuclear. Predomina sobretodo en aquellas áreas en las que la civilización haya sido reducida a un estado primitivo y que disponga de algún tipo de carencia concreta. De forma conoidal, su crecimiento es exasperantemente lento, pudiendo alcanzar los miles de años de vida en teoría, aunque en la práctica siempre ha sido mucho menor, debido a las connotaciones morales y religiosas que suele suscitar entre las poblaciones cercanas. Posee un tronco curvado y de corteza extremadamente gruesa en la que se forman orificios alargados y hondos, con el aspecto de bocas aullantes. Posee, así mismo, un reducido número de hojas de un color grisáceo y pálido. Su madera es de color negro y es tan dura que no se le ha encontrado aún ningún tipo de utilidad en el ámbito de la construcción o la carpintería general, tampoco es posible usarla como combustible por su extrema humedad.

Florece durante todas las épocas del año, de forma ininterrumpida. De sus tallos brotan diversos objetos, dependiendo de la zona y el ambiente en el que se encuentre, ya que su adaptación al medio es increíblemente eficaz.  Si los habitantes de los alrededores sufren de una alarmante falta de alimentos, el árbol dará frutos con forma de suculentos y nutritivos manjares, como chuletas de cordero, ristras de salchichas de cerdo o coloridas macedonias. Si los asentamientos humanos cercanos son predominantemente masculinos, de sus tallos surgirán bellas y atractivas mujeres, de rasgos marcadamente femeninos y explosivas curvas. Estas mujeres tendrás anchas caderas, largas cabelleras y abultados senos. Si, por el contrario, el área en el que crece el árbol, es una zona marcadamente mercantil, el árbol dará grandes cantidades de la moneda de cambio en curso, bien sea dinero, en forma de papel moneda o derivados, metales preciosos u otros.

El árbol toma sus nutrientes de los cuerpos humanos que se amontonan a su alrededor. El proceso de descomposición hace que la materia orgánica de los cadáveres fertilice la tierra circundante, aportando todos los compuestos necesarios para la supervivencia y crecimiento del árbol, que serán absorbidos por las raíces del mismo.  Y es que la táctica de la especie que tratamos ha demostrado ser de lo más eficaz. Los seres humanos que habitan sus cercanías lucharan por la posesión de los frutos del árbol, sean cuales fueren, matando a sus semejantes, siempre en las cercanías del ciprés. Esta sociedad o relación resulta, además, provechosa para ambas especies, ya que el ser humano victorioso disfrutará de los regalos naturales que ofrece el árbol como cebo. Aunque con el tiempo, los hombres han aprendido a sacar el mayor provecho a esta especie vegetal. El tiempo y la experiencia empírica han demostrado que todo fruto dado por el árbol es extremadamente efímero, y se marchita en pocos días, incluso horas. Es por ello que todo objeto debe ser consumido en la mayor brevedad posible, lo cual, también, redunda en el beneficio de la conífera, obligando a los humanos a volver a él en un breve período de tiempo.

Muchas primitivas sociedades han tratado de domesticar el Saturnalius, aunque todos estos intentos han acabado de forma desastrosa. La fertilización y reproducción de la especie es aún un misterio, y no parece que vaya a desvelarse en un futuro próximo. Su reducido número siempre ha dificultado cualquier estudio sistemático. Se ha especulado mucho en este campo, habiendo teorías para todos los gustos. Las más creíbles entre ellas tienen un marcado denominador común. Se habla de una mujer-fruto que en lugar de ser simplemente usada como objeto sexual, ha sido obligada a casarse con su propietario, resultando la unión en una rápida conversión de la fémina en semilla, después de un vertiginoso marchitar de sus tejidos vivos. También es común la leyenda del individuo que, en lugar de consumir o gastar con prontitud los frutos del árbol, decide ocultarlos y atesorarlos. En este último caso, esas preciadas posesiones también han acabado convirtiéndose en semillas para un futuro árbol. En todos los casos, las habladurías señalan una prematura muerte del individuo en cuestión. Todos los ejemplos arraigados en la cultura popular hablan de la avaricia como motor o vehículo de la reproducción de la especie. Es importante señalar que ninguna de ellas soporta el más ligero análisis científico y, por lo tanto, no pueden ser tomados más que por una extendida superstición.

BSO Segundo Cajón – vol 1. Rumbo a Texas

Septiembre 24, 2009 por perogrullo

Rumbo a Texas

Mientras escribo estas gilipolleces que soléis leer suelo tener algún tipo de música de fondo. Con el tiempo me he dado cuenta de que hay canciones que, simplemente, no son adecuadas para tal ejercicio y, simplemente, suelo pasarlas. En cambio, otros temas, vienen como anillo al dedo y las dejo sonar. Así que he pensado que podría recolectar esas canciones a medida que van sonando. Este disco es el primero de esos recopilatorios, para quien quiera leer estos panfletos lavacerebros con una bana sonora de fondo.

BSO Segundo Cajón – vol 1. Rumbo a Texas

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Lección de historia (I)

Septiembre 22, 2009 por perogrullo

Buenos días clase. Sentaos y abrid el libro por la página 67. Hoy hablaremos de uno de los episodios más negros en la historia reciente de nuestra hermosa ciudad. Ocurrió en Bilbao, en aquel horrible verano de 2009. Fue aquella una época convulsa y llena de incertidumbre. No os asustéis niños, todo esto ya pasó. Ya sé que es desagradable, pero es importante mantener viva la historia y así evitar caer en los mismos errores. Prestad atención. Existía, por aquel entonces, una casta o clase social que, afortunadamente, desapareció y nos es desconocida en nuestra vida presente. Se conocía entonces por el nombre de jubilados, los infames jubilados. En el libro podéis ver una representación gráfica que ilustra perfectamente a esas “personas”. Lo que llevan en su mano izquierda se denomina bastón, una de sus omnipresentes herramientas y cuya utilidad se ha perdido para siempre en los anales de la historia. Lo que agarran con su mano derecha, y elevan hacia el cielo con evidente hostilidad, es una AK47, su arma preferida y que tantas vidas segó en nombre de ideas aberrantes.

Para comprender la proliferación y posterior sublevación de los jubilados es necesario situarlos en su contexto. Más de 30 años de democracia habían creado serios cambios en la sociedad bilbaína, cambios que aquella clase social fue incapaz de comprender y asimilar. Y así, anquilosados en su pasado, los jubilados tuvieron que ver como sus hijos y nietos  se convertían en publicistas, jueces, funcionarios, ingenieros y economistas. Ante aquella situación los jubilados no vieron otra salida que levantarse en armas. La primera semana de agosto lanzaron una fuerte ofensiva contra los edificios más emblemáticos de la ciudad. Las fuerzas de seguridad no supieron reaccionar ante un problema para el que nunca fueron entrenados. En poco tiempo el movimiento insurgente se hizo con el edificio del BBVA y la majestuosa torre de Iberdrola, donde situaron su cuartel general, y desde la cual hicieron públicas sus exigencias, a saber: La demolición de todas y cada una de las universidades de la ciudad, así como la vuelta a profesiones más honradas y clásicas, como la del sereno, el albañil o el taxista.

Entre todo aquel caos surgió la figura de Lord Ramón de Azkarate y Benavente, famoso filántropo y descendiente tangencial de Diego López de Haro. Con su temple, serenidad y aguda inteligencia propuso una serie de medidas, ante el consejo municipal o alcaldía, para solucionar el problema. La más importante de ellas, aunque pudiera sonar impopular en aquella mojigata época, establecía la obligación de fusilar, sin previo juicio, a toda aquella persona mayor de 60 años que necesitase una asignación pública para su manutención. ¡Qué valentía y aplomo la de aquel hombre! El edicto, por supuesto, acabó con el reinado de terror que los jubilados ejercían sobre la indefensa población.

Pero la genialidad de nuestros amados dirigentes no acabó ahí, no. El alcalde y sus consejeros, en un momento de divina inspiración, añadieron una pequeña enmienda a la ley antes de que esta fuera votada. Ese breve anexo suponía, en resumidas cuentas, el bombardeo táctico de todos los hogares de la margen izquierda, así como la instalación de nidos de ametralladoras en puntos clave para rematar a los supervivientes. Las cenizas de los cadáveres fueron mezcladas con cal y agua para ser usadas como argamasa en la ampliación del edificio del Euskalduna.

Y así es, niños, como fue salvada, de nuevo, nuestra maravillosa ciudad. Ya sé que ha sonado la campana, pero seguid sentados unos segundos. Sólo quiero recordaros que mañana espero vuestras redacciones sobre la importancia de escribir redacciones.

Los Salvajes (VI)

Agosto 27, 2009 por perogrullo

Julián Etxegarate, sala de invitados, Hospital Psiquiátrico San Juan de Dios, Arrasate (2006)

Creo que se olvidó. Eso me dijo al menos, que se había olvidado. Es gracioso, yo también suelo olvidar cosas. ¿Sabe? A veces no recuerdo si me gustan los hombres o las mujeres, o los dos, o ninguno. Tal vez me guste follar ovejas. Es gracioso. Solíamos bromear con eso. Como los vascos, decíamos.  Nos subíamos a las azoteas de los edificios y él me decía sí y yo le decía no, así pasábamos las tardes. Fumábamos mucho, aquí no me dejan fumar, lo echo de menos. Se ha largado ¿verdad? Eso pensaba. Siempre nos amenazaba con lo mismo. Decía que ya no podría terminar lo empezado. Desde las azoteas mirábamos y hacíamos planes. Él decía que las cosas cambiarían, que triunfaríamos donde otros fracasaron, que nos pedirían perdón. No sé. Ya no me acuerdo. ¿Le he dicho que tengo una memoria infalible? Lo que ocurre es que sólo me funciona cuando se trata de trivialidades. Ya me dirá usted para qué me sirve recordar los precios de los productos del supermercado en un lugar como este. Así que supongo que se olvidó de todo aquello, por su bien. Todos solemos hacerlo, por nuestro bien, la salud es importante. Para no quemarnos el cerebro. Hay noches en las que se me olvida dormir, no sabe usted lo molesto que puede llegar a ser eso. Él quería dejarlo todo, echarle huevos, decía. Aunque hoy creo que volvemos a tener puré de patatas para comer, eso no me gusta demasiado. No solíamos andar demasiado y tampoco me llevaba bien con sus amigos. Debe de haber alguna secreta razón para que todas las batas sean blancas, ¿verdad? Es por el buen gusto, por ir a juego con las paredes y los muebles y los guardias. Aquel día le acompañé a comprar una pistola, ahorró dinero durante bastante tiempo. Para escribir, decía. Bueno, razón no le faltaba. Creo que no me gusta el coñac. En una de esas azoteas me dijo que lo mejor era olvidar, que una vez conocida la verdad uno ya no puede volverse atrás o cambiarla por una mentira, es demasiado tarde, decía. Así que lo mejor era olvidar la verdad. Él iba a olvidar, con la pistola, claro. Nos reímos mucho aquel día. Él era muy gracioso, espero que lo siga siendo. Lo mejor es borrar la verdad. Investigamos mucho el tema, ya lo creo. Pero no de cualquier manera, no. Como buenos científicos nunca dejamos de lado la rigurosidad y el método. Creo que publicamos un libro sobre ello, ya no me acuerdo, probablemente no lo hiciéramos. Calculamos la cantidad y el tipo de sustancias necesarias, así como el ambiente y las condiciones idóneas para destruir una verdad. También la velocidad y la altura, la presión y la temperatura. Una verdad, aunque resistente, es inesperadamente maleable bajo ciertas influencias externas. El truco consistía en darle la forma adecuada para, después, aplicar los procedimientos ya estudiados. Léalo, está todo en el informe que he dejado en la mesa de su despacho. Ya sabe que yo soy siempre puntual. ¿Ya le he dicho que soy incapaz de olvidar? Una vez meamos en un confesionario.

DOMINGO. Lisergia automovilística. Kasey se rebela contra la tiranía del rojo y la monotonía asesina.

Agosto 23, 2009 por perogrullo

El coche iba a toda velocidad. El GPS no paraba de repetir que estaban sobrepasando el límite de velocidad. Una y otra vez, aunque el conductor parecía ignorar aquellos consejos por completo. La radio no dejaba de enunciar terribles accidentes ocurridos en la carreta junto a la magnitud de cada uno de ellos, como la longitud del atasco provocado y demás. El cielo totalmente despejado, la carretera totalmente vacía.

-¿Veis? ya os había dicho que si salíamos pronto no habría ningún problema.

Nadie responde al conductor, ninguno de sus acompañantes. Él piensa que puede ser debido al respeto que suscita el decir una verdad incontestable. Sin embargo, la realidad es mucho menos condescendiente. La apatía de la tripulación del vehículo es el principal motor de cada una de las conversaciones e interacciones sociales en el susodicho.

Padre, madre, hijo, hija y Kasey, la muñeca de plástico barato que, a pesar del evidente inconveniente de ser un mero juguete, ha logrado ocupar un lugar privilegiado en los asientos traseros del coche. Hijo va leyendo un tebeo de aventuras medievales, hija, con espejo y cepillo en mano, trata de imitar el peinado de su cantante pop preferida, madre mira por la ventanilla hacia el yermo paisaje que los rodea y padre da consejos a todo el resto de la familia. Todos están cansados de escuchar sus discursos, por lo que simplemente ignoran cada una de las palabras que salen por su boca. Padre siempre intenta disimular su poca cultura y su poco mundo con anécdotas que repite una y otra vez de una forma más exagerada en cada ocasión. Aunque por supuesto, él no es consciente de tal artimaña que surge por puro reflejo.

Hijo tiene unos 14 años y no tiene un pelo de tonto. Con su tebeo de importación revive la gesta de Saladino al tomar Jerusalén. Hijo se lo imagina con una AK47 y miles de sarracenos suicidas vestidos de C-4 y lanzados por encima de las murallas con la ayuda de catapultas. Sonríe. Y al sonreír se percata de que algo realmente duro está haciendo presión contra su bragueta. Tiene una erección, lo que le hace sentirse algo culpable. Intenta disimularla con su tebeo mientras mira hacia todos lados para comprobar si alguien se ha dado cuenta de ello. En algún momento su vista se fija en las piernas de su hermana, en hija. Permanece varios segundos mirándolas, son unas piernas delgadas y bonitas. Y se asusta. Cree que le hecho de mirarlas es una prueba de que su excitación proviene de una oculta atracción hacia su hermana. Se asusta mucho.

Me gustan los carteles y las señales. Los carteles. Las señales. Carreteras de madera, tallos de hojas. Afila las luces.

Hija sigue peinándose. Lleva más de 2 horas haciéndolo, no por coquetería, no por vicio. Lo hace por necesidad. Por los nervios que le provoca el no saber cómo ni cuándo formular una pregunta. Kasey tampoco puede ayudar, ni de lejos. Sigue notando el calor líquido. Puede que se esté muriendo, es normal, es bastante normal. Ella ha visto sangrar otras cosas. Ya ha estado antes en el lugar al que se dirigen. Tiene varias amigas allí, una de ellas bastante mayor. Confía en aguantar hasta entonces y pedir consejo de una forma discreta. Algo ha visto en la tele, pero la verdad es que no se aclara demasiado.

Es triste pedir.

Madre repasa una lista mental. La lista incluye una larga serie de cosas que puede haberse olvidado o que pueden salir mal.

-¿Has cogido?

-Sí.

-¿Nos hemos acordado de?

-Sí.

-¿Has avisado de que?

-Sí.

-¿Te has puesto?

-Sí.

-¿La de la oficina folla mejor que yo?

-Sí. Espera… ¿Qué?

-Tienes dos hijos gilipollas. No te voy a reprochar que no pensases en mí, pero joder, tus hijos…

-Pero qué coño…

-Sé que escapamos, tenía un presentimiento, además del olor, el olor no suele fallar. Pero ahora no me cabe ninguna duda.

-¡ROJO!

Todos callaron.

-¿Quién ha dicho eso? – preguntó madre.

-Yo no – contestó hijo.

-A mí no me mires – dijo padre.

-Ha sido Kasey- susurró hija.

La muñeca giró lentamente su cabeza de plástico describiendo un semicírculo de 180 grados.

-¡ACABA DE PASAR UN COCHE ROJO¡

Dicho lo cual se abalanzó sobre la cara de padre, tapando con sus cortitos brazos los ojos del conductor.

Los Salvajes (V)

Agosto 8, 2009 por perogrullo

Paco Hernández, bar El Tigre, Madrid (2008)

Esos hijos de puta aún me deben dinero.

Los Salvajes (IV)

Agosto 1, 2009 por perogrullo

Dra. Gorriti, bar Lamiak, Bilbao D.F (2007)

La última vez fue hace unos 6 meses. Vino a visitarme a mi casa con alguna estúpida excusa. Al principio no quise abrirle la puerta, no me fiaba demasiado. Insistió durante unos 15 minutos, tenía miedo de que me montase una escena en el portal así que accedí y le permití pasar. Parecía borracho, al menos olía a alcohol, aunque con él nunca puedes estar seguro de nada. Una vez dentro de mi apartamento empezó a hablar de forma incoherente. Su discurso no parecía seguir ningún hilo lógico, no eran más que ideas escupidas al azar. Estaba nervioso así que le invité a una cerveza. Fui a la cocina a por un par y al volver a mi habitación me lo encontré sentado en el suelo, con las piernas cruzadas. Le ofrecí el botellín pero creo que ni siquiera llegó a verlo. Dijo que me tenía que dejar, que no volveríamos a vernos en una buena temporada. Es curioso, para entonces ya llevábamos muchos meses sin vernos. Antes solíamos llamarnos y quedábamos para…, bueno, para follar. Ya sabes. Era algo inocente al principio. Sexo, cigarro y adiós. No estaba mal, ninguno de los dos pretendía tener nada más serio. Somos adultos, no hay nada de malo en ello. Con el tiempo la cosa se fue apagando, ya nadie llamaba al otro, no hubo ninguna razón especial, simplemente ocurrió. Cuando me soltó aquello yo no supe qué responderle, me acerqué a la ventana y fijé la mirada en la ciudad. Oí como me decía algo sobre una carretera y un objetivo, no lo sé, desvaríos nada más. También me dijo que traía algo para mí. Entonces posó su mano en mi hombro y yo se la aparté de un golpe. ¿Por qué lo hice? No sabría decírtelo, pero no me gustó. Cuando le miré a la cara pude ver el desconcierto en sus ojos. Allí estaba, aquel hombre que siempre se había creído tan importante totalmente perdido, con la boca abierta, parecía un vagabundo embrutecido por el vino barato y la cordura hecha jirones por la soledad de la calle. En pocos segundos el desamparo de su mirada se tornó en odio, me llamo puta y me soltó un guantazo en la mejilla. Noté mucho calor en el lugar del golpe y mientras me llevaba una mano a la cara, con la otra agarré un cenicero y se lo rompí en la cabeza. En cuanto logró incorporarse salió corriendo de mi casa. Esa fue la última vez que lo vi, ahora Dios sabe dónde andará. ¿El regalo? Sí, fíjate que casualidad, justo ahora lo llevo en el bolso. Mira, es esto que está envuelto en papel de periódico, con un lacito de los que vienen en las tartas para llevar de la pastelería. A decir verdad, siempre lo he llevado conmigo desde entonces, aunque nunca he querido abrirlo. Parece que es un libro, no lo sé, no quiero saberlo. Perdona, soy una estúpida, no suelo ponerme a llorar delante de un desconocido. Sí, toma, puedes quedártelo… No quiero saber nada del maldito regalo. Ni de él.

Los Salvajes (III)

Julio 30, 2009 por perogrullo

Sargento Gogeaskoa, El Boulevard, Donostia (2005)

No pararon en ninguno de los semáforos anteriores. No sabría decirle con exactitud pero, tal vez, a unos 100 o 120 km/h. Como locos, como perros rabiosos. Pasaron rozando unos cuantos coches, destrozándoles los retrovisores laterales y arañándoles parte de la pintura. Tenía que haber estado allí para poder ver el enfado de los propietarios de los susodichos vehículos. En fin, al menos no hubo que lamentar ninguna pérdida personal. Y créame, tuvo que existir algún tipo de intervención divina, sino, no me lo explico. A medio camino el copiloto bajo su ventanilla, saco el brazo y comenzó a disparar al presunto vehículo perseguidor. Aquel individuo realizó hasta nueve disparos, según los testigos, en menos de diez segundos. La policía científica sólo pudo encontrar seis casquillos de una 9 mm. Suponemos que el resto cayeron dentro del vehículo del propio tirador. Lo más curioso, y esto que le voy a contar es lo que va a hacer que merezca la pena su pequeña propina, es que cada casquillo llevaba inscrita una palabra. ¿Cuáles? Margarita, Mephistopheles, Marthe, Heinrich, Valentín y Wagner. Vaya usted a saber por qué. Si mira usted más adelante, podrá ver la marca que dejaron los neumáticos al frenar y dar la curva. Sí, sí, allí. Justo antes del edificio del ayuntamiento. Mmm. No, no. Nunca se pudo identificar a los perseguidores. En ese mismo punto que acabo de mostrarle su vehículo perdió el control y salió de la carretera, atravesó esos jardines y chocó contra el tiovivo. Debían de portar algún tipo de explosivo ya que, al chocar, el vehículo estalló y salió volando por los aires para aterrizar justo en la arena de la playa. Los cuerpos quedaron totalmente irreconocibles y el vehículo era robado. Ya ve usted, un callejón sin salida.

La Cafetería (Estudio preliminar)

Julio 23, 2009 por perogrullo

Esto es una cafetería. Esto es una cafetería y son las siete y media (7:30) de la mañana. Esto es una cafetería y ese hombre mira el vaso que tiene delante de él. Antes de salir a trabajar ha discutido con su mujer. Ya no es capaz de recordar el motivo de la pelea. Hace tiempo tuvo un grave problema con el alcohol. Lleva 5 años sin beber. Se ha pedido un whisky doble. Esto es una cafetería y ese hombre mira fijamente su vaso de whisky doble.

En esta cafetería (cafete-ría) ese otro hombre lee el periódico. Lee una noticia sobre un accidente de tráfico (múltiple). Intenta imaginarse conduciendo su coche y sufriendo un accidente. Se imagina lo que debe sentirse cuando un trozo de metal te atraviesa algún órgano vital. Después se mira la barriga. Ve que está gordo. Cada año está más gordo. Cada año está más calvo. Piensa en hacer ejercicio. Piensa en chicas bonitas. Este otro hombre sonríe en la cafetería, cierra el periódico y apura un último sorbo de su café.

En una de las mesas de nuestra cafetería aquel hombre se frota las manos, nervioso. Al salir de casa ha atropellado a un perro. Ha salido del coche y ha visto que no tenía ningún collar. El perro aún gemía cuando lo ha acariciado. Aquel hombre de la cafetería ha mascullado “Toby” al ver la gravedad de la herida. Después ha sopesado las implicaciones que acarrearía el llevarlo a u  veterinario. Mirando su reloj de pulsera ha calculado que no podría tomarse su café de antes de entrar a trabajar. Aquel hombre que se frota las manos ha tomado una decisión.

En el baño de la cafetería una mujer mira su reflejo en un espejo. Se alisa su camisa, se peina  pelo. Es su primer día en un nuevo trabajo, no puede permitirse perder este también. Quiere causar una buena impresión, quiere demostrar su valía, quiere dejar claro que tiene mucho que aportar, que puede con todo. Quiere dejarlos a todos con la boca abierta. Tiene un título universitario. Tiene un máster. Necesita este trabajo. Se desabrocha 2 botones más de la camisa.

Esto es una cafetería y son las siete y media (7.5). Fuera de ella no ocurre nada, el tiempo se ha detenido. Fuera todo está sumergido bajo el agua. Fuera estalla una guerra nuclear. Dentro de la cafetería no ocurre nada. Todos los clientes están sumergidos bajo el agua. Las bombas termonucleares explotan dentro de sus cavidades torácicas.