Idorteak dirau.
BSO Segundo Cajón vol.6 – Ez dago bide samurrik
diciembre 24, 2011Prometeo
diciembre 21, 2011Ángel Caído (Parque del Retiro – Madrid)
En realidad, la historia de Lucifer tiene mucho en común con el mito prometeico. Si nos fijamos en el yezidismo, que es mucho más antiguo que el propio cristianismo, pero mucho eh, el ángel caído se rebela contra Dios para poder otorgar la sabiduría al hombre. Aunque castigado en un principio, Dios vio que lo que hizo fue bueno y lo perdonó y le permitió sentarse a su diestra y disfrutar de su gracia por siempre. Y así debería haber sido también en nuestra religión. Al fin y al cabo, es gracias a Lucifer que el hombre puede discernir entre el bien y el mal. Fíjate bien, no hay mucha diferencia entre el mito del robo del fuego a los dioses y el del árbol de la ciencia, es que son idénticos. ¿Lo pillas? Es cierto que ambos responsables son castigados, pero no me jodas, Prometeo acaba siendo un puto héroe para el ser humano. ¿Y qué pasa con Lucifer? Pues que le ponen nombres como Perdición y Satanás y lo condenan a ser el tío más despreciable de la creación. No nos parece justo.
Sí, bueno. Te conocimos por una noticia en el periódico. Luego te vimos en la tele, como te llevaban esposada al juzgado. Se habló mucho de ti en las tertulias y magazines. Seguimos con gran interés tu caso. En realidad llevábamos tiempo buscando a alguien como tú. Te vimos ahí sentada en el juzgado, te oímos declarar ante el juez. Nos obsesionamos un poco. Coleccionamos todo lo que tenía que ver contigo. ¡Tenemos la pared de la habitación empapelada con tus fotos! Al principio no estábamos del todo seguros, pero cuando vimos tu rostro al escuchar la sentencia, nuestras dudas se disiparon. Tu forma de encajar aquello. Joder. Te estaban contando cómo iban a joderte el resto de tu vida y ni si quiera pestañeaste. ¡Qué huevos! Y la palabra se materializó en nuestras mentes: Sacrificio.
Sí, a eso vamos ahora. A ver cómo te lo explicamos. Nosotros siempre hemos sido bastante creyentes. Así nos educaron, esas cosas no las puedes elegir. Total, que nos empollamos el tema de pe a pa. Durante años. Y en algún momento llegamos a la misma conclusión. O sea, no puede ser que nadie se haya dado cuenta en todo éste tiempo de que hay cosas que no cuadran, que no encajan. Hay contradicciones, hay cosas ambiguas. En realidad, es una chapuza. Es que no sé ni por dónde empezar. ¿Sabías que en el hebreo antiguo escrito no hay vocales? Es una movida. El viejo testamento nos dice que el nombre de Dios es YHWH. Un italiano calculó todas las combinaciones posibles con esas consonantes:
Yahvah Yehvah Yihvah Yohvah Yuhvah
Yahveh Yehveh Yihveh Yohveh Yuhveh
Yahvih Yehvih Yihvih Yohvih Yuhvih
Yahvoh Yehvoh Yihvoh Yohvoh Yuhvoh
Yahvuh Yehvuh Yihvuh Yohvuh Yuhvuh
¡Por favor! No sabemos ni cómo se llama Dios en realidad. Y eso no es más que un pequeño ejemplo. Pero lo peor no es eso no. De pequeños siempre nos dijeron que debíamos buscar consuelo en la palabra de Dios. Y, bueno, al principio funcionaba, no te lo vamos a negar. Está bien eso de tener alguien con quien hablar y todo ese rollo. Pero con el tiempo, al darle vueltas al asunto, nos fuimos dando cuenta de que ese estímulo desaparecía para dejar paso a una sensación de desánimo. Como si tuvieras una piedra enorme en la espalda. Estuvimos de acuerdo en que Dios no nos tiene demasiada estima. No para de decirnos que somos indignos, que somos imperfectos, sucios y despreciables. Que no se puede confiar en nosotros, que somos, en definitiva, malas personas. Eso no mola. No mola que te estén machacando todo el día. Encima, va Dios y manda a su hijo para que le demos matarile. Dice que la idea era que nos redimiéramos de nuestros pecados. Pues no sé donde ha quedado eso. Aquí seguimos, sufriendo las consecuencias del pecado original, siendo igual de hijos de puta que antes. Y encima con cargo de conciencia. Ese era el verdadero objetivo. El sacrificio de Cristo hizo que todos los seres humanos fuéramos peores personas a ojos de Dios. ¿Nadie se ha dado cuenta de esto antes? No podemos creerlo. Cada vez que alguien hace algo bueno, desprendido, algo lleno de luz y amor, automáticamente, nos degrada un nivel más en la escala, nos hace peores a todos los demás. Así no hay salvación posible.
Cuando comprendimos todo eso supimos lo que teníamos que hacer. Aunque hubo otros, como el noruego ese, fue tu caso el que más nos interesó. Nos ha costado horrores conseguir que nos incluyeras en la lista de visitas. Pero bueno, ya estamos aquí y queríamos darte las gracias en persona. Tú serás la primera santa de esta nueva iglesia. Nos emocionó vivamente tu relato de los hechos. La forma en la que te sacrificaste abandonando a tu hijo bajo aquellos contenedores a una muerte segura de la forma más abyecta posible. Los orines, la basura y el nauseabundo detalle de las ratas nos pareció sublime. Lo despreciable de tu asqueroso delito ha conseguido que todos y cada uno de los seres humanos de éste planeta seamos un poco mejores ante los ojos de Dios. Ahora lo entendemos. Cada monstruoso acto del individuó acercará a la humanidad al completo un paso más hacia la salvación. Tu martirio será un ejemplo, tus lecciones no caerán en saco roto, todo tiene sentido, hemos comprendido la parábola, la lección. Prometeo, Lucifer, tú. Nos toca poner nuestro granito de arena por el bien del alma del hombre. Gracias.
Adiós/Agur (13 de 1000)
diciembre 14, 201112.12.11 - 03:35 - M. U. | BILBAO.
Nadie sabe qué pasó por la cabeza de T.R., una chica bilbaína de 24 años de edad, para dar a luz a su bebé en la calle 2 de mayo (Bilbao) y dejarlo allí abandonado, donde fue descubierto la mañana siguiente por tres vecinos de la localidad a medio comer por las ratas. Ocultó su embarazo a todo el mundo, familia, amigos e incluso a su compañero sentimental usando como excusa unos supuestos cambios hormonales producidos por la píldora, que había empezado a tomar desde que su pareja le hiciese partícipe de su preocupación por la naturaleza sumamente artificial y distanciadora del preservativo.
La noche del 10 de diciembre, cuando se hallaba junto a su pareja en los baños del Kremlin, local de copas nocturno de dudosa reputación, presumiblemente consumiendo sustancias estupefacientes, comenzó a sentir un fuerte dolor. Después de hacer salir a su acompañante, aduciendo una imaginaria urgencia biológica (número 2), parió en la misma taza del váter. Siendo consciente del deplorable estado de las instalaciones y el extraño color y hedor del agua, la acusada sacó a su recién nacido hijo tirando del cordón umbilical que aún colgaba de sus entrañas, arrancándoselo inmediatamente después con sus propias manos.
Después de constatar que aún seguía vivo, envolvió a la criatura, junto al cordón umbilical y la placenta, en su chaqueta y, con gran disimulo, huyó del local. No tuvo que andar demasiados metros hasta encontrar un par de contenedores de basura en la misma calle bajo los cuales deposito el fruto de su vientre. En un intento de aparentar normalidad volvió al bar para continuar la noche.
El cadáver era descubierto horas después (ninguno de los testigos ha sido capaz de especificar la hora concreta) por tres amigos que abandonaban otro infame local de la misma calle llamado El Bullit. Los tres se mostraron reacios a la hora de aclarar a la policía el motivo que los llevo hasta aquellos contenedores. Sólo después de que el inspector al mando del caso les prometiera, por escrito, que quedarían exentos de cualquier sanción siempre y cuando la falta fuese administrativa, confesaron que su intención era la de miccionar en la vía pública antes de tomar el transporte público hacia sus respectivas viviendas. Y asó lo hicieron. Uno de ellos, al agacharse para recoger la cartera que se le había caído en el charco de orín que acababan de crear, se percató del extraño bulto. El cadáver del bebé fue encontrado con varios mordiscos en la cara y el tórax. Las ratas habían empezado a comérselo. Tras varias pesquisas T.R. fue detenida a las pocas horas y puesta a disposición judicial. Sus otros dos hijos han quedado, por ahora, bajo la tutela del Estado.
Vieillard au soleil
noviembre 18, 2011
Otra nueva casa, ya he perdido la cuenta. La segunda en Madrid (Madriz/Madril). Esta es pequeñita, está en un tercero, aunque en realidad es un cuarto si lo comparamos con los edificios cercanos. Es una corrala, patrimonio de la humanidad lo llaman los castizos, una macedonia de olores más bien, de fritanga y especias. Justo al lado de la salida de metro de uno de esos barrios que tiene toda ciudad para barrer bajo su alfombra todo lo molesto, todo lo feo, lo incómodo. Todo lo que pueda devaluar los bienes inmuebles cercanos. Esta vez no hay nada que describir, mantengo la casa desnuda, no tiene nada, no tiene vida, sólo paredes blancas. Intento teñirlas a base de cigarros.
Cada vez que me asiento en una nueva casa comienzo a amontonar libros. Tienen que ser nuevos, no suelen servir los que ya usé en el edificio anterior. Los voy leyendo y apilando en algún rincón, todos juntos. Los amaso, los toco, los miro. No subrayo ninguna palabra. Doblo. Doblo los bordes de las páginas que sé que en un futuro tendré que volver a leer. Así me obligo a buscar esa frase, ese párrafo que me llamó la atención y ayudo a evocar de nuevo la sensación que me provocó. Busco consuelo, supongo. No lo sé.
Y me doy cuenta ahora de que esas pequeñas bibliotecas son mi verdadero hogar, pues no siento al edificio como mío, no es mi lugar, nunca lo será. Me resigno a no encontrar paz entre las paredes. Me la suda, la verdad. Como todo últimamente. Pero me resulta inquietante el pensar que mi cordura reside en ese extraño ente formado por libros que vuelvo a crear con cada mudanza. Ya he perdido la cuenta. Después, siempre lo mismo, llevarlos todos a mi casa natal para ordenarlos en mis estanterías. Cualquiera podría pensar que allí, en esas habitaciones, confluyen todos los hogares que he tenido y que, inevitablemente, esa será mi patria. Pero no. Cada vez que vuelvo y me apoyó en la pared para mirar sus lomos, sus páginas, me siento más perdido que nunca, más incómodo que nunca. Es como un picor. Y no lo entiendo y me asusta.
Me asusta, como ya he dicho, que mi cordura resida en cada una de esas compilaciones momentáneas, temporales. Efímeras. Me aterra prestar un libro, deshacerme de una parte de ello, como si fuera a entregar una parte de mi lóbulo parietal. Qué gilipollez. Pero no puedo evitarlo. Me asusta que no sea más que una creación de mi mente, un sustento abstracto, una seguridad hipotética, Una entelequia. Y trato de razonar, de descartar estos sentimientos por absurdos. Pero, casi sin darme cuenta, caigo una y otra vez en el fundamentalismo más religioso, en la adoración a un altar pagano que sé falso, pero sin el cual no siento el suelo bajo mis pies.
A la derecha del sofá, en esta casa, tengo un ventanal que da a un minúsculo balcón. Los días de lluvia puedes dejarlo abierto y, sentado en ese sofá, dejar que las gotas de agua más finas y livianas te mojen un poco sin poner perdido el mueble. Eso me gusta.
Relatos del Trapi (I)
noviembre 10, 2011Aunque ya no vaya tan a menudo me sigo acercando al Trapi. Ahora, por alguna razón que me es esquiva, prefiero quedarme en casa, aunque suela tratar, de forma inconsciente, de mimetizar mi habitación al estilo del bar. Tengo sus mismas cervezas, sus mimos vasos. Incluso un cenicero que compré en un chino idéntico a los de la barra. Bueno, cuando aún se podía fumar. El humo es indispensable. Recuerdo, con cariño y algo de nostalgia, esas madrugadas de muros de nicotina, de ambientes tan cargados y humaredas tan espesas que se hacía imposible distinguir a la persona que tenías al lado. Así era más fácil poner las entrañas sobre la mesa y, como con un cura en su confesionario, mostrárselas a los desconocidos. El humo te permitía esconderte de tus enemigos y huir de tus malas acciones, de tus malas palabras. El humo se te metía por los poros, por los agujeros de tu cuerpo y al lamer una lengua nadie te ponía cara rara. Ahora, en cualquier bar o en la calle, te toca soportar las lamentaciones de las mujeres, “las bocas nos saben a cenicero”. No se dan cuenta de que tras un beso perdura más el mal sabor de boca que el del dentífrico. No se dan cuenta de que lo importante no es el aroma, sino la huella.
La semana pasada volví a entrar al Trapi. El camarero, viejo amigo sin nombre, me deslizó una hoja de papel doblada, “lo han dejado para ti”. Era de Ella. Hacía años que no la veía, que no sabía nada de su vida. No es que me extrañara, nos hicimos tan miserables el uno al otro que llegamos al punto de no tener ni basura que sacar a la calle, de no tener ni suciedad que echarnos en cara. Éramos como un cadáver que tuviera que pedir prestada la putrefacción. En la nota me conminaba a presentarme en el bar el siguiente miércoles. Me pedí un vaso del mejor whisky y celebré aquella noticia como se celebra un funeral, alzando la copa y bajando la mirada. Recuerdo a Lapido sonando en los pequeños altavoces del las paredes “… creo recordar, que luego dijiste…”. Las despedidas no se me daban tan mal, las despedidas eran soportables. Pero a los reencuentros, en cambio, no estaba seguro de saber sobrevivir. No hubo ni pompa ni solemnidad aquella noche, pero el paso fúnebre duró hasta el amanecer.
Llegó la fecha señalada y yo desperté en el sofá de mi sala, en posición fetal, con la televisión encendida, la ventana abierta de par en par, el parqué empapado por la lluvia y una resaca totalmente en forma que empezó a usarme de sparring. Llamé al trabajo para decir que estaba enfermo, pero la amable voz de la señorita que había al otro lado de la línea me dijo que allí no tenían ningún empleado con mi nombre. Colgué, me recosté y encendí un cigarro. Pensé que los despidos debían ser como los divorcios, un alivio al principio y una desgracia después de la tercera paja seguida. Luego caí en mi error. Llamé de nuevo, esta vez marcando el número correcto, para avisar de mi ausencia. Pasé el resto del día entre la ducha y el minibar, entre largas estancias en la taza del váter y el cigarro en el balcón. Reflexionando. Hacía tiempo que sabía que la felicidad no era más que la ausencia de nausea. Que no tenía cuerpo, que no era un sólido, que no existía en sí misma, que no era más que un continente que había que mantener vacío. Y yo estaba a punto de, no llenarlo pues llevaba tiempo cargadito sino, rebasar los bordes y dejarlo todo hecho un Cristo.
Llegué pronto al Trapi, estaba cerca de mi casa, pero ella, como siempre, llevaba ya un buen rato sentada en uno de sus taburetes, con el bolso sobre la barra. Llevaba un sencillo vestido negro, unas medias que no dejaban ver su piel, el pelo sobre los hombros y los labios pintados de un rojo casi granate, casi burdeos. Casi sangre. Me senté a su lado y le pedí al barman lo mismo que estuviese tomando ella. Me sacó un café. Volví a pedir, esta vez una cerveza. Estuvimos un rato sin hablarnos, sin mirarnos. Ambos nos preparábamos para algo agotador, teníamos que calentar un poco. Sentí sobre mi espalda las miradas de todos los parroquianos del garito, pero al girarme pude comprobar, sorprendido, que nadie nos estaba prestando la más mínima atención.
Me dijo que estaba en la ciudad por trabajo. Venía a dar una charla en la universidad sobre algo. Ni ella se preocupó en explicarme el tema del simposio, ni yo mostré demasiado entusiasmo por averiguarlo. También comentó, como si no le diera demasiada importancia, que se había divorciado. “No sabía que te hubieras casado”. Al parecer yo no sabía muchas cosas, según ella. Lo dijo sonriendo a la taza de café. “El amor suele dejar de valer la pena cuando te das cuenta de que resiste más de lo que dura”. Aún no sé si lo dijo por su ex marido o por mí. Me preguntó por mis ex mujeres y yo pude responderle, casi con orgullo, que aquel contador aún seguía a cero. Yo ya me había resignado y había comprendido que las mujeres, como las pulgas, saltan de los perros moribundos antes de que caigan fulminados.
En algún momento hizo ademán de salir a fumar un cigarro. Fui tras ella. En la calle llovía a cántaros y el Trapi, que no era más que una puerta negra de metal en una pared, no ofrecía cobijo alguno. “Podemos ir a mi casa, está aquí al lado”. No respondió, simplemente guardó la pitillera en el bolso y esperó a que le mostrase el camino.
Mi casa daba verdadero asco. No había anticipado nada como aquello aunque en realidad, en mi fuero interno, sabía exactamente que aquel desenlace era inevitable. Dejé sus cosas sobre la cama de mi habitación y nos sentamos en el sofá. Saqué dos cervezas de la nevera y acerqué el cenicero a la mesita de la sala. Encendimos nuestros cigarros. “Estoy fea, cada día lo estoy más”. No dije nada. Si no lo había entendido en todos esos años ya no lo entendería jamás. Por respuesta obtuvo una media sonrisa y mi lengua en su oreja. Siguió fumando, pero me acarició la cara con la mano que tenía libre. No necesité más permisos ni salvoconductos, tomé el atajo que había debajo de su vestido hasta los aros de su sostén. Me dijo que los hombres ya no le hacían eso, que ya sólo admiraban su currículum, que piropeaban más sus artículos que su culo. Levanté su vestido y solté el sujetador. Enterré la cabeza en su pecho y oí de nuevo su voz. “Debí haberte abandonado para siempre desde el primer momento…”. Dejó escapar un suspiro. “…o al menos después del aborto”. Terminé de comprobar que todas las partes de su cuerpo seguían sabiendo igual que la última vez y me quedé de rodillas frente a ella. “Me llevas abandonando toda la vida”.
Me pidió que no la dejase así. Le bajé sus leotardos, que había confundido en un principio con medias, y le quité las bragas. Todas las prendas eran de color negro. Metí mi cabeza entre sus piernas dejando que los ojos sobresalieran como un periscopio para otear su rostro. Tenía la cabeza echada para atrás y su mirada posada en el techo. La presión de sus muslos en mis sienes y la posterior caricia en mi cabello me señaló el final. Apoyé la cabeza en su pierna, “sabes” dije, “tu coño siempre ha sido mi lugar favorito del mundo”. Pero ella me apartó de su lado y se levantó. Se agachó para recoger su ropa y empezó a vestirse. Me pidió que comprendiera que no era conveniente que ella me devolviera alguna muestra de afecto. “Claro” mentí.
Ya vestida se recogió su pelo en una coleta y me dio un beso en los labios con su boca cerrada. De camino a la salida se cruzó con un espejo. Se quedó mirando su reflejo durante algunos segundos con una mirada sombría. Abrió la puerta, salió y la cerró detrás de ella. Yo, sentado en el sofá, encendí la televisión y un cigarro. La lluvia de la calle me hizo imaginar una inundación, pero yo estaba en un cuarto piso. No hay cataclismos suficientes para acabar con ciertas vidas.
Adiós/Agur (12 de 1000)
octubre 19, 2011Nunca supimos quién o qué construyo el puente. Cómo fue capaz de levantarlo en tan poco tiempo, sin que nadie prestara demasiada atención, sin que nadie notase algo extraño. Nadie preguntó. Pero un día, al despejarse la bruma matutina, lo vimos. Bueno, lo vieron, o eso dicen, ya que yo nunca he estado lo suficientemente cerca. Lo vi por televisión, como todo el mundo. Lo vi en Internet. Nada más.
Cañerías
septiembre 25, 2011El otro día entro corriendo al baño de minusválidos, un milagro que no haya cola, gracias a Dios y me siento en la taza para dejar escapar una horrible flatulencia que me lleva jodiendo todo el día y.… Esperad, que veo que aquí hace falta algo de contexto, a ver que os explique el tema.
Por si no lo sabíais, en el curro tengo que llevar traje y corbata. Y camisa y zapatos y el resto del disfraz. No hacerlo es motivo de despido. He investigado, me he documentado. Está escrito, negro sobre blanco, no con esas mismas palabras, pero lo está. Lo está en el contrato y el convenio. Cuando vas de traje todos te hablan de usted, incluso a mí, que sólo se me habían dirigido de esa forma los distintos cuerpos y fuerzas de seguridad del estado, no así las autonómicas, que son más suyas, más como de provincias, muy cercanas, muy de “a que te comes la porra chaval”. Lo del usted me incomoda, pero no se puede negar que el atuendo éste tiene sus ventajas. Los empujones en el metro se ven reducidos en un alto porcentaje, ya lo estoy calculando pero aún me falta aumentar el número de muestras. Las señoras no se te cuelan en la cola del super, supongo que movidas por algún tipo de miedo hacia la figura caciquil heredado de su adolescencia de posguerra pueblerina. Los vagabundos no te miran mal cuando les niegas la limosna, comprenden que los hombres con traje se mueven con soltura en un ambiente de transferencias internacionales y compra-venta de acciones bursátiles pero son más bien torpes con la cosa del suelto.
Pero todos esos pros no pueden balancear las desventajas que trae incorporada la corbata. Una que me resulta especialmente molesta es la súbita transformación que sufre el individuo medio al encasquetarse la americana. De repente los katxis de kalimotxo a 3 euros del bar de Paco ya no van con él y siente la irrefrenable necesidad de estar en la lista del MOMA 56 y sus cubatas a 15 pavos, y todo eso a pesar de que cobra menos que el segurata de la puerta. Cosas veredes amigo Sancho. Podría seguir con esto todo el día así que me voy a saltar las menudencias para ir al plato principal. Lo peor de trabajar en un lugar en el que tienes que llevar traje es que no puedes tirarte pedos con libertad. Nada de ventosidades, ni eructos ni hurgarte la nariz con el dedo.
Lo jodido es que no es estrictamente ilegal. Sobre esto también he hecho un exhaustivo trabajo de investigación y documentación tras el cual puedo decir, como mucho, que el sonido producido por la vibración de la apertura anal flota tranquilamente en un vacío legal. El convenio laboral prevé sanciones en función de la gravedad de la falta cometida. ¿Es la expulsión necesaria de gases producidos por distintos motivos una falta? Bien, echemos un vistazo.
El artículo 24.1.A nos indica que será considerada una falta leve la falta de aseo e higiene personal, al mismo nivel que la embriaguez ocasional, qué cosas. ¿Tirarse un pedo es una muestra de falta de higiene? Podría ser considerado tal si junto al gas se expelen partículas aerosolizadas de excrementos, como suele ocurrir en ocasiones.
Si vamos al artículo 24.1.B, el convenio dicta que serán consideradas faltas graves Las cometidas contra la disciplina en el trabajo o contra el respeto debido a sus superiores. Si yo, después de haberme metido entre pecho y espalda una comida de tres pares de cojones en el restaurante de menú del día a 9.50€ con vino de la casa de al lado de la oficina vuelvo a mi puesto de trabajo y me peo como un orangután como muestra de satisfacción personal y admiración hacia el trabajo del cocinero venezolano del anteriormente mencionado establecimiento o local ¿podría considerarse una falta de respeto? Yo, que soy un hombre moderno, cosmopolita, leído y con bastante mundo diría que no. Y diría que no porque entiendo que es algo necesario que no se hace por capricho y de lo empático que soy, que mi madre siempre me dice “hijo, qué empático que eres”, siento como mía la felicidad que experimentan los demás al liberarse de esa opresión intestinal que lo puede volver a uno loco. Pero claro, quién me dice a mí que mis superiores van a ser tan comprensivos y de mente abierta. De nuevo el mismo problema de indefinición. Ya me he puesto en contacto con mi enlace sindical para hacerle llegar mi preocupación en relación a estos puntos del documento y le he instado a que sean debatidos en la próxima negociación colectiva por el peligro que suponen para la clase trabajadora de nuestro sector estas ambigüedades legales tan fáciles de explotar por un empresario sin escrúpulos y algo de perverso ingenio. Y de eso andamos sobrados en esta época oscura que nos ha tocado vivir. Arriba parias de la tierra.
La cuestión sigue siendo que no puedo tirarme pedos, ni eructar ni hurgarme la nariz en el trabajo. Y todo por miedo. Llevo un año en la oficina y no he visto ni a una sola persona hacerlo. Y todo por llevar traje, un uniforme que por arte de magia abracadabra me encorseta en un marco ético y moral en el que me siento oprimido, como un par generosas tetas a punto de hacer estallar ese indefenso botón de la camisa al primer estornudo. Pero qué le vamos a hacer. Y así paso las horas del día, aguantando todas esas necesidades básicas, como la vivienda y la igualdad, y al igual que estás, olvidadas en la vida real. Si me ausentara del puesto de trabajo cada vez que me viese acosado por alguna de estas obligaciones biológicas, mis relaciones laborales se verían resentidas. Trabajo codo con codo con mis compañeros y superiores, en cubículos, largas mesas o salas de reuniones y, por lo tanto, me veo forzado a espaciar mis ausencias, improcedentes a sus ojos, de nuevo, por culpa de esa insalvable barrera que levanta entre nosotros el traje, artefacto de Satán, que nos impide expresarnos libremente, “perdóneme Sr. Ruiz, pero he de salir un momento a echarme un pedo que se barrunta terrible”, “vaya usted con Dios y no vuelva hasta que se alivie”. ¿Es, acaso, mucho pedir? ¿Es un sueño tan descabellado? ¿Una utopía irrealizable?
Total, que uno se aguanta como puede. Pero bien es sabido, y ahí están los documentos históricos para ser repasados y no olvidar lo que otros ya vivieron antes que nosotros y extraer las posibles lecciones de sus relatos para no caer de nuevo en los mismos errores e ignominias del pasado, que toda fuerza ejercida conlleva una reacción igual y opuesta, y que toda opresión provoca una revolución tan intensa como la tiranía sufrida. Y es así como la acumulación de gases, que deberían ser libres para decidir su futuro, ponen en pie de guerra al tracto digestivo que se alza en armas en pos de sus derechos. Sabemos que el flato recorre el mismo camino que las heces y gracias a idénticos movimientos peristálticos, provocando sensaciones muy parecidas de urgencia e incomodidad. Las terminaciones nerviosas del recto suelen ser capaces de distinguirlas la mayoría de las veces, pero hay ocasiones en las que fallan. Hay que ser precavido en caso de duda y disponer de un lugar seguro por si las moscas.
En mi trabajo, los excusados para caballeros disponen de 3 urinarios en una de las paredes, 3 lavabos delante de un espejo y 3 pequeños cubículos con un retrete en cada uno. Las paredes que separan los cubículos son extremadamente finas, no disponen de techo o elemento que tape la parte superior y, por si todo esto fuera poco, esas mismas paredes no llegan hasta el suelo, un aberrante error de diseño que unido al pulido suelo de imitación de mármol negro, permite al usuario del retrete, sentado en el mismo con los pantalones bajados hasta los tobillos, ver el reflejo del usuario del cubículo adyacente desde un ángulo poco decoroso. Comprenderéis mi reticencia a usar esas instalaciones. Además, supongo que derivado del uso del traje y sus ya mencionadas connotaciones, he desarrollado el síndrome del esfínter tímido, que imposibilita la evacuación en lugares demasiado públicos. Pero hace tiempo que encontré la solución. En mi planta existen dos baños para discapacitados, uno de ellos siempre está cerrado a cal y canto, pero el segundo no. Es un baño de lo más espacioso bastante aislado de los demás, aunque esté pared con pared con los que usan las personas que pueden andar. A pesar de que no contamos con ningún discapacitado en plantilla, éste preciado lugar suele estar concurrido por otras personas que, imagino, se encuentran en mi misma situación y se enfrentan a las mismas adversidades. La espera merece la pena.
Así que, como os decía al principio, el otro día entro corriendo al baño de minusválidos, un milagro que no haya cola, gracias a Dios y me siento en la taza para dejar escapar una horrible flatulencia que me lleva jodiendo todo el día. El ruido que provoca es increíble, pero me siento a salvo en el anonimato del baño individual. Al terminar no me siento aliviado, la incomodidad persiste y el causante hace su aparición sin previo aviso. Existen elementos cuya composición hace dudar del estado de la materia, si nos paramos a pensarlo, en realidad, la línea que separa al sólido del líquido es delgada y difusa. Con el trabajo a medio acabar me doy cuenta de que no he seguido mi protocolo personal, es decir, la limpieza concienzuda de la taza mediante papel higiénico al que, inmediatamente después, le doy un uso adicional cortando nuevos trozos que coloco en el retrete hasta cubrir toda su superficie y que me permite disponer de una fina barrera de seguridad entre la taza y mis nalgas. Pero la urgencia no ha permitido ninguna floritura. También me percato de que mis pies no están tocando el suelo, cosa que no es habitual pues, aunque sin ser especialmente alto, tampoco es que sea bajo para los estándares peninsulares. Y ya por último, y que me hace sospechar definitivamente de que algo no va bien, noto la ausencia de frío en mis carnes, en su lugar disfruto de una plácida, agradable y tibia sensación térmica. El carraspeo que oigo detrás de mi nuca es la guinda del pastel. Con los párpados aún temblando debido al placer que estoy experimentando giro la cabeza por mi lado derecho hasta cruzar mi mirada con la de un anónimo caballero. El señor, pelo gris engominado hacia atrás, traje de corte italiano y corbata roja me mira con severidad desde detrás de las lentes de sus gafas. Tiene unos ojos azules muy bonitos. Vuelve a carraspear cuando nota mis manos apoyándose en sus piernas, un gesto muy característico de mi persona que no suelo poder reprimir cuando estoy sentado en cualquier lado. Es entonces cuando mi cordura, sostenida por ese frágil castillo de naipes que es la lógica y la razón, empieza a tambalearse. Estoy bastante convencido de que no había nadie sentado en la taza al entrar, pero claro, ¿no es Heráclito quién nos aconseja desconfiar de nuestros sentidos?, y yo he llegado con mucha prisa y mi cabeza en otra parte, pero aún así, digo yo que me tenía que haber dado cuenta. El terror empieza a apoderarse de mí, no sé si pedir perdón con las manos unidas como si fuera a rezar o vomitar de miedo completando ya el cuadro escatológico que estoy pintando. Pero mientras sopeso las distintas opciones y bajo su atenta e inflexible mirada, no puedo evitar entrecerrar los ojos, apretar los labios y la barbilla, y terminar, ya del todo, lo que he ido a hacer allí.
Epílogo
septiembre 16, 2011Antes
¿Y cómo se llama?
No lo sabemos.
Algún nombre tendrá.
No llevaba nada encima. Y aún no ha aparecido nadie por aquí.
Pero…
¿Qué?
…tiene que tener algún nombre.
¡Por el amor de Dios! Dile a tu hijo que se calle de una vez. Tengo que salir de aquí.
¿Cómo ha ocurrido?
Son cosas que pasan hijo.
No. ¡No son cosas que pasan!
Cielo…
¡No! Siempre lo estás protegiendo y mira lo que has conseguido.
No hables así delante del chaval.
Se va a enterar de todas formas. Ten el valor de decirle la verdad.
Iba borracho ¿verdad?
Sí…
Es lo que dicen todos por los pasillos.
No te preocupes.
Ya.
Se pondrá bien, seguro.
¿Ella?
No… no lo sé, hablaba de él, hijo.
Pero ¿cómo cojones puedes preocuparte más por ella?
Me parece lo más justo.
Décima Parte
septiembre 14, 2011En realidad nunca llegué a planearlo, simplemente ocurrió ¿sabe? Al principio de forma casi inocente, muy suave, muy tranquila, pero con el tiempo, con el tiempo se hizo completo, total, absoluto. Si era tan fácil con los demás por qué iba a ser diferente conmigo. Quiero decir, quién puede conocerme mejor que yo, entender mis mecanismos, mis rutas, los atajos de mi alma. Cada conexión, cada circuito, cada panel de control. ¿Verdad? Lo mejor es que ni llegué a darme cuenta. Hasta que cayó el telón la obra fue, sencillamente, perfecta. Fui todo, uno y trino, como Dios, director, actores y apuntador. Quiero decir, es mejor esto que no lo otro, para eso lo hice, supongo, espere, incluso puede que, espere, espere, puede que esto siga siendo parte de la obra, puede que sea el siguiente acto, quiero decir, claro, qué genialidad, la víctima, el inocente, el objetivo puede ser desorientado para que, al retirarle el suelo que esté pisando, acepte agarrarse a lo primero que quede a su alcance y le salve de la caída, es una de las reglas, una de las lecciones, las reglas las inventé yo ¿sabe? Me las dicté, las escribí en alguna parte, tal vez no, no lo recuerdo, pero esta vez me he superado, una obra maestra, no puede haber, no puede existir ¡no puede! una mentira más perfecta, más hermética que la que usa el propio mentiroso para engañarse a sí mismo, no hay escapatoria, no hay ayuda posible ¿no lo entiende? el ardid debe adaptarse al entorno, a la víctima y para eso hay que comprender una verdad fundamental, qué paradoja, y es que las personas, todos nosotros, interpretamos un papel concreto en función de lo que nos rodea, de los que nos rodean, de sus ojos, de su forma de vernos y mirarnos, de su forma de hablarnos y tratarnos, y nos gusta modificarnos para encajar en su definición de nosotros mismos y por eso actuamos y a veces tenemos que aprendernos más de un papel porque no siempre son las mismas variables las que nos acosan y al final saltamos de uno a otro, corriendo entre bastidores, cambiándonos de maquillaje y de vestuario y de cara y de piel y de tripas y puede llegar un punto en el que ya no sabemos si en ese momento somos nosotros o uno de nuestros roles o, incluso, si aún recordamos nuestro papel original o, incluso, si alguna vez hubo alguno y entender todo esto y aceptarlo es necesario para moldear nuestra artimaña y así tenga una progresión y se adapte como un virus, como una enfermedad ¿sabe? hay mentiras que son mejor que la verdad, hay que dejar los escrúpulos a un lado, se puede nublar la verdad, marearla, anestesiarla y cuando ya no la sienta extirparla, dejando un hueco, un hueco que la mentira corre a tapar, como una plaqueta y la mentira ya nunca más es mentira, es verdad y por lo tanto lo que era cierto se convierte en falso, y como algo falso se olvida y ya sólo queda la mentira, digo la verdad, ya me entiende ¿verdad, agente?
Novena Parte
septiembre 12, 2011La noticia me la dio una amiga suya de clase en uno de los recreos del instituto. Habían encontrado el cuerpo en su dormitorio, desangrado. Usó un cúter. Se había cortado las muñecas. Se había rajado el vientre y la cara. Incluso, según parece, había cortado el flujo sanguíneo de su brazo con una mano hasta que la vena cefálica se hinchó lo suficiente como para meter la punta de su herramienta bajo ella y tirar, cortándola de abajo hacia arriba, de adentro hacia afuera. Como las burbujas del río del puente, pensé. Un trabajo de lo más concienzudo. Dejó una nota, pero la familia no quiso hacerla pública.
El rumor corrió como la pólvora y pronto fui el objeto de todas las miradas del colegio. No me importaba demasiado. El director se personó en clase y me llevo ante la psicóloga del centro. Pasó dos horas reconfortándome con palabras vacías. Yo no dije nada. Después quiso saber si habíamos tenido algún problema recientemente. Me encogí de hombros. Al final me dieron el día libre, tal vez fuese porque creyeron que al ser mi novia el dolor sería demasiado grande como para sacar provecho de las clases, o por el terror que les podía inspirar un instigador de suicidios. No quise ir a casa, probablemente hubieran llamado a mis padres y una charla sobre el asunto era lo que menos me apetecía en aquel momento. Me puse a andar sin pensar demasiado en el trayecto. ¿Era yo un asesino? No me sentía como tal. Fue ella quien creyó ver algo especial donde sólo había fluidos. Fluidos. Yo me alimenté de los suyos. Y crecí, y engordé. Pero los míos convirtieron su útero en un sótano, su boca en un erial. La pudrí por dentro. Pero la culpa fue suya.
De repente me encontré en el hospital. En la habitación de mi hermano. ¿Cuánto tiempo llevaba andando? Cerré la puerta tras de mí, quería estar solo un rato. Me senté a su lado. Intenté hablarle sobre ella. Explicarle su olor. Ella olía bien. Explicarle cómo me miraba. Como una tonta. Pero no dije ninguna palabra. En lugar de ello empecé a gritar, como un animal. Un grito de rabia y asco, informe y sin vocales. Caí al suelo. La imagen de la habitación empezó a desdibujarse, sus formas a desenfocarse. No, no, no, aún no. Busqué el origen del problema. Era mi hermano, su cuerpo, se movía, sus ojos, parpadeaban. Estaba despertando. ¡No! Tiré todos los aparatos de la estancia al suelo. Noté un pitido en el oído, un ruido estridente como por detrás del cerebro. No, joder. Tenía que aguantar, tal vez pudiese intentarlo una vez más. Pero dolía, mucho. Desconecté todos los cables, arranqué todos los tubos. Mientras desenchufaba a mi hermano de todo lo que lo conectaba a aquellos cacharros nuestras miradas se cruzaron y pude ver el brillo de la consciencia en sus ojos. La habitación tembló, de adentro hacia afuera. Alguien abrió la puerta, de una patada. Fue el hombre que me hizo preguntas extrañas sobre mi hermano. Al verlo entrar salté sobre su cama y comencé a darle de puñetazos en su tullida cara. Puse las manos alrededor de su cuello en un intento por ahogarlo. Pero fracasé. El hombre, ayudado por un par de enfermeros del hospital, la señora de la limpieza y varios curiosos que pasaban por ahí me separaron de mi hermano. Los tubos fluorescentes comenzaron a parpadear con un sonido como de gotas de agua demasiado pesadas cayendo en un barreño. Me desembaracé de todos ellos y salí corriendo de aquel lugar, pero mis pies volvieron a traicionarme. Me escondí en la primera habitación que me pareció adecuada. Cerré la puerta y, con la frente apoyada en ella, conteniendo la respiración, pude oír las pisadas de mis perseguidores que pasaron de largo. Suspiré. Me giré y apoyé mi espalda contra la puerta deslizándome hasta que mi culo se posó en el suelo. Mi hermano despierto, pensé para mí mismo. Y al alzar la vista vi esa cama, igual que todas las camas de los hospitales. Vacía al principio. Pero poco a poco comenzó a hincharse, como una colchoneta a la que se le insufla el aire a golpe de pedal hasta que las sábanas dibujaron una silueta humana. Ya sabía quién era, y supe también que verla sería la guinda del pastel de mi fracaso. Pero me acerqué. Y también la destapé. Allí estaba ella. Inmóvil. Una máquina respiraba por ella introduciendo aire en sus pulmones por medio de un tubo sujeto a su boca con esparadrapo. Tenía la cara hinchada y amoratada.
Me senté en la silla que había al lado de la cama.
Probando. Un, dos, tres.
Ya no funcionaba. Me quedé mirando a la pared. Esperando.




